Valeria Salcedo, arquitecta de cuarenta años, cree tener todo bajo control. Hasta que un joven diseñador la empapa de café en su primer día de trabajo y, sin saberlo, le desordena la vida.
Héctor Mora, veinticinco, es ingenioso, un foco del desastre y peligrosamente encantador: justo el tipo de caos que Valeria evita desde hace años.
Entre proyectos, pullas y risas, lo que empezó como un accidente se convierte en una atracción que ninguno logra disimular.
Ella teme ser un cliché; él insiste en que el amor no entiende de edades, solo de ganas y afinidad.
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CAPÍTULO 10
🔞🔞🔞 Capítulo exclusivo para público adulto
Valeria estaba en su departamento, sábado por la noche, intentando convencerse de que limpiar el horno era una forma válida de distraerse.
Tenía el celular a un lado, la música encendida y el pensamiento fijo en no pensar.
Se dijo a sí misma, no pienses en él. No pienses en cómo se veía, con la camisa pegada al torso por la lluvia, los labios entreabiertos cuando te miró antes de subir al taxi. No pienses en lo cerca que estuvo su mano de la tuya cuando te pasó los documentos en la reunión; en días en que le costaba demasiado disimular la atracción.
El timbre sonó. Valeria se asomó por la mirilla. Era Héctor. En jean, chaqueta empapada y una caja de pizza en la mano.
—¿Sabes que existen los mensajes de texto? —dijo ella al abrir.
—Sí, pero algunos mensajes se entienden mejor en persona. —Levantó la pizza—. Diplomacia italiana.
Ella apretó los dientes, pero el calor que le subía por el cuello traicionaba su intento de mantenerse indiferente.
—¿Qué haces aquí?
—Pasaba cerca.
—¿Cerca de qué?
—De ti. —Sonrió, sabiendo que sonaba cursi, y no le importó.
Ella trató de mantener el gesto serio, pero la risa le traicionó.
—Eres un descarado.
—Lo intento. ¿Puedo pasar o prefieres que la pizza se enfríe con dignidad?
El olor a queso derretido y a hierbas le hizo rugir el estómago, traicionándola. Suspiró, retrocediendo un paso para dejarlo entrar, aunque cada instinto le gritaba que era una mala idea. Héctor cruzó el umbral con la confianza de quien ya conocía el terreno: dejó la pizza sobre la mesa de la cocina, se quitó la chaqueta con un movimiento fluido y la colgó en el respaldo de una silla. La camiseta blanca que llevaba debajo se ceñía a sus brazos, marcando los músculos con una claridad que hizo que Valeria apartara la mirada.
—Solo un rato —advirtió Valeria.
El “rato” se convirtió en dos copas de vino y media pizza.
La conversación fluía fácil, como si el silencio de los últimos días no hubiera existido.
—¿Siempre invades casas ajenas así? —preguntó ella.
—Solo las que me gustan. —Él la miró con descaro amable—. Y no todas tienen vista a Bogotá y olor a café.
—Y tampoco todas tienen una dueña con mal genio.
—Exacto. Tengo un gusto cuestionable.
Valeria negó con una sonrisa, pero el corazón le latía rápido.
Él estaba sentado a su lado, no frente a ella.
Demasiado cerca. Su cuerpo recordaba demasiado bien la última vez que lo había tenido cerca, en el ascensor del edificio, con sus labios a centímetros de los suyos y el mundo reducido a respiraciones entrecortadas.
—¿Y esto qué es, Héctor? —preguntó al fin.
—Una pizza.
—No finjas.
—No finjo —dijo él, dejando la copa—. Estoy harto de esperarte.
—¿Esperarme?
—Sí. Esperar a que te decidas, a que dejes de mirar atrás, a que me veas como algo más que “el chico del trabajo”.
Las palabras la golpearon como un puñetazo en el estómago. Porque era cierto. Porque durante meses había fingido que lo que sentía era solo atracción pasajera, solo curiosidad, solo "algo" que podía controlar. Pero Héctor nunca había sido solo algo. Era el modo en que la miraba cuando creía que no lo veía, la forma en que su risa se volvía más grave cuando estaban solos, la manera en que su cuerpo reaccionaba al suyo como si fueran imanes.
—No es tan simple —murmuró, bajando la mirada hacia sus manos, que se retorcían en su regazo.
—Nunca lo es —reconoció él, y su voz era baja, íntima. Luego, con una lentitud que le permitió retroceder si quería, alzó una mano y le rozó la mejilla con los nudillos. El contacto fue eléctrico, quemando a través de su piel como una marca—. Pero no pienso fingir que no me importas. Ni que no quiero quedarme cuando todos se van.
Valeria contuvo el aliento. Podía sentir el latido de su propio corazón en la yugular, acelerado, desbocado. "Debería detenerlo. Debería decirle que se vaya, que esto no llevaba a nada bueno, que eran demasiado diferentes, que él era demasiado joven, que ella tenía demasiado miedo."
—No deberías estar aquí —susurró, aunque las palabras sonaron débiles, incluso para sus propios oídos.
—Lo sé —admitió Héctor, y su aliento le rozó los labios, cálido y con un dejo a vino—. Pero no quiero estar en ningún otro lugar.
El silencio fue tan intenso que hasta la ciudad parecía aguantar la respiración. Valeria levantó la vista, y lo encontró ahí, tan cerca que podía sentir su respiración.
Por un instante, todo lo que la había frenado —la edad, las dudas, el miedo a repetir historias— se disolvió.
Héctor alzó una mano, rozándole el rostro con los dedos.
—Si me dices que no, me voy —susurró.
—Y si no te digo nada… —empezó ella, temblando apenas.
—Entonces me quedo.
Y se quedó.
El primer beso no fue como los de las películas. No fue perfecto, ni calculado, ni suave. Fue torpe, con sus narices chocando levemente, sus labios entreabiertos en un suspiro antes de fundirse. Héctor saboreó a vino y a pizza, y Valeria a menta y a algo dulce que ella no podía nombrar. Se rieron contra la boca del otro, nerviosos, incrédulos, antes de profundizar el beso, esta vez con más seguridad, con más hambre. Las manos de Héctor se enlazaron en su nuca, acercándola, mientras las de ella se aferraban a los pliegues de su camiseta, como si temiera que fuera a desaparecer.
Más tarde, mientras la lluvia golpeaba el balcón y la ciudad seguía ardiendo de luces, Valeria pensó que nada en su vida había salido según el plan.
Y por primera vez, no le molestaba.
—¿Vas a seguir sonriendo así toda la noche? —preguntó Héctor, medio recostado en el sofá.
—Depende. —Ella le lanzó una servilleta—. ¿Piensas seguir viniendo sin avisar?
—Solo si prometes abrir la puerta.
—No lo sé —dijo, juguetona—. Quizás debería hacerte rogar un poco.
—Entonces me quedaré practicando —replicó él, acercándose otra vez.
Lo que siguió no tuvo nada de suave.
Sus manos se movieron con desesperación, desabrochando botones, deslizando cremalleras, arrancando telas. La camiseta de Héctor voló por los aires, dejando al descubierto su torso musculoso. Valeria pasó los dedos sintiendo cómo se estremecía bajo su tacto, antes de que él la tumbara sobre el sofá, su cuerpo pesado y cálido cubriéndola.
—No tienes idea de cuánto he querido hacer esto —confesó Héctor contra su cuello, sus labios húmedos dejando un rastro de besos que bajaban hacia el escote de su blusa, ya desabrochada, exponiendo el encaje negro de su sostén.
Valeria gimió cuando su boca se cerró alrededor de su pecho, la tela mojada por su saliva, la succión enviando una descarga directa entre sus piernas.
—Héctor… —jadeó, arqueando la espalda cuando sus dedos encontraron el botón de sus jeans, desabrochándolos con una habilidad que la hizo maldecir en voz baja.
—¿Qué pasa, Valeria? —preguntó él, su aliento caliente rozando su vientre mientras le bajaba el pantalón junto con la ropa interior, dejándola expuesta, húmeda, necesitada. Sus dedos rozaron su entrada, recolectando su excitación con un gemido de satisfacción—.
Ella no tuvo tiempo de responder. Sus dedos se hundieron en ella, primero uno, luego dos, curvándose para rozar ese punto interno que la hizo ver estrellas. Valeria se aferró a sus hombros, sus uñas clavándose en su piel mientras él la trabajaba con una precisión infuriantemente experta, su pulgar circulando su intimidad.
—Más —suplicó, moviendo las caderas contra su mano, buscando más presión, más fricción, "más todo".
Héctor no la hizo esperar. Se deshizo de sus jeans en un movimiento rápido, liberando su erección, dura y palpitante. Valeria lo miró, deseosa, mientras él se posicionaba entre sus piernas.
—¿Quieres esto? —preguntó, aunque su voz era un gruñido, sus músculos tensos por el esfuerzo de contenerse.
—Sí —gimió ella, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo hacia sí.
Y entonces entró en ella, lento al principio, estirándola, llenándola hasta que Valeria sintió que no podía respirar. Héctor se quedó quieto por un instante, disfrutando la sensación, antes de comenzar a moverse con embestidas profundas, sus caderas chocando contra las de ella con un ritmo que la dejó sin aliento.
—Más fuerte —suplicó Valeria, clavando las uñas en su espalda, marcándolo. Quería sentirlo al día siguiente. Quería que le doliera. Quería que supiera que esto había sido “real”, habían pasado muchísimo años, desde que sintió su cuerpo vibrar, y ahora lo hacía más que nunca.
Héctor obedeció, sus embestidas se volvieron más brutales, el sofá golpeando contra la pared con cada movimiento. El sonido de sus cuerpos chocando, de sus respiraciones entrecortadas, de los gemidos ahogados de Valeria, llenó la habitación. Ella podía sentirlo en todas partes: en su boca, en sus manos, dentro de ella.
Y entonces, con un último empuje, se derrumbó sobre ella, llegando juntos al clímax, gritando su nombre, sus cuerpos temblando en sincronía, la lluvia cayendo incansable tras los cristales.
Por primera vez en años, Valeria no pensó en el mañana. No pensó en las consecuencias, ni en las dudas, ni en el mundo que seguía girando afuera Por primera vez, solo quería quedarse ahí. Con él. Así. Para siempre.