Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.
Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.
Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.
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Capítulo 10: Vulnerabilidad Compartida
La lluvia había cesado, dejando tras de sí un cielo nocturno lavado, oscuro y brillante como terciopelo mojado.
La multitud en la librería comenzaba a dispersarse, llevándose consigo la energía bulliciosa y dejando un silencio expectante en su lugar.
El aire olía a tierra húmeda que se filtraba por la puerta entreabierta y a las migajas de los canapés que Sofía y Val recogían con somnolencia.
Valentina estaba arrodillada detrás del mostrador, reorganizando unos folletos desordenados, cuando la puerta de la trastienda se abrió. Esperaba ver a Sofía con más bolsas de basura, pero las botas que aparecieron en su campo de visión eran de cuero fino, masculinas, y no se movían. Alzó la mirada lentamente, sabiendo ya quién era antes de ver su rostro.
Dante estaba allí, apoyado en el marco de la puerta, observándola con una intensidad que hacía que el espacio reducido de la trastienda se sintiera aún más pequeño.
Había dejado la copa de vino en alguna parte. Sus manos estaban metidas en los bolsillos de sus jeans, y el jersey de cachemira resaltaba la amplitud de sus hombros de una manera casi obscenamente atractiva.
—Parece que el ejército se retira —dijo él, su voz un rumor grave en la quietud.
—La batalla por la cultura está ganada por hoy —respondió Val, poniéndose de pie y cepillándose las rodillas. Intentó que su voz sonara normal, pero el recuerdo de su tacto en su muñeca aún le quemaba la piel—. ¿Disfrutó del evento?
—Fue… ilustrativo —dijo él, y su mirada dejaba claro que lo único que le había interesado estaba ahora delante de él.
Ella desvió la vista, sintiendo que el calor le subía al rostro.
Se volvió hacia una pila de libros que necesitaban ser devueltos a las estanterías, un quehacer cualquiera al que aferrarse para parecer ocupada. Alargó el brazo para coger un par de volúmenes pesados: una antología de poesía y un libro de arte.
Los tomó, pero al girarse, un ligero mareo residual de la noche anterior, combinado con el cansancio y la proximidad abrumadora de él, le jugó una mala pasada.
El mundo se bamboleó levemente. No fue nada dramático, apenas un breve titubeo, un parpadeo de inestabilidad. Pero fue suficiente. Su cuerpo, traicionero, flaqueó por una milésima de segundo. No se cayó. No dejó caer los libros. Solo se tambaleó.
Fue más que suficiente para Dante.
Él se movió con una velocidad y una precisión sorprendentes. En un instante, había cerrado la distancia entre ellos. Su mano no se posó en su brazo con condescendencia, ni la agarró con fuerza. Se colocó firme y cálida en la curva de su espalda baja, un punto de anclaje seguro e inquietantemente íntimo.
Su otra mano se cerró sobre la pila de libros que ella sostenía contra su pecho, aliviándola del peso.
—Yo llevo eso —dijo, su voz firme y práctica. No había alarma en su tono, solo certeza.
Valentina se quedó paralizada, la espalda ardiendo donde su mano la tocaba a través de la fina lana de su suéter. Podía sentir la palma grande y plana, la presión segura. Él no la estaba sosteniendo como a una inválida; la estaba estabilizando. Como si fuera lo más natural del mundo.
—Estoy bien —logró decir, pero su voz sonó débil, temblorosa—. Solo… un paso en falso.
—Los suelos de madera antigua son traicioneros —mintió él por ella, aceptando la fachada sin cuestionarla, mientras retiraba su mano de su espalda con la misma naturalidad con la que la había puesto. Sostuvo los libros con facilidad—. ¿A dónde van?
Ella tragó saliva, intentando recuperar el compás de un corazón que ahora latía con fuerza, no por el pánico, sino por la proximidad, por la simple y abrumadora realidad de su contacto.
—A la sección de arte. Al fondo.
—Adelante, muéstrame el camino —dijo él, con un leve gesto de la cabeza.
Caminaron juntos por el pasillo central de la librería, ahora vacía y en penumbra, iluminada solo por las luces de seguridad.
El crujido de las tablas del suelo bajo sus pies era el único sonido. Valentina era hiperconsciente de él a su lado, de su calor, de su silencio expectante. Él no intentó llenar el vacío con charla trivial. Solo caminaba, llevando los libros como si fuera parte de su equipo.
—¿Siempre te quedas hasta tan tarde limpiando los campos de batalla cultural? —preguntó al fin, su voz resonando suavemente en el espacio silencioso.
—Solo cuando Sofía me soborna con el chocolate que salva almas —respondió ella, encontrando un atisbo de su yo sarcástico—. Y cuando necesito… ordenar mis pensamientos.
—¿Y funcionan? ¿Los pensamientos se ordenan entre estas estanterías? —preguntó, y su tono decía que sabía que no era solo por los libros.
—A veces. Otras veces solo se hacen más ruidosos.
Llegaron a la sección de arte. Ella señaló un estante vacío.
—Ahí. Gracias.
Él colocó los libros con cuidado, alineándolos perfectamente con los demás. No se dio la vuelta de inmediato. Se quedó mirando los lomos, dando la espalda.
—¿Sabes? —dijo, su voz más baja—. La mayoría de la gente, cuando tropieza, se agarra a algo. A una mesa, a una pared. Tú no. Te tensaste toda. Te preparaste para caer sola.
Valentina sintió que se le helaba la sangre.
Lo había visto. Lo había visto todo. No solo el tropiezo, sino su reacción instintiva, la de alguien tan acostumbrado a caer que ni siquiera espera que alguien la sujete.
—La autosuficiencia es un vicio —murmuró, mirando su espalda ancha, deseando poder desaparecer entre las estanterías.
Él se giró entonces. Su rostro estaba en sombras, pero sus ojos grises captaban la tenue luz, brillando con una inteligencia feroz.
—No es un vicio. Es una cicatriz. La gente solo aprende a caer sola cuando se ha caído muchas veces. Y cuando nadie la ha cogido.
La precisión de su observación le dio en el blanco. Le dejó sin palabras, sin aliento. Él no se acercó. Solo se quedó allí, a unos pasos de distancia, ofreciéndole la verdad que había visto en ella como un hecho, no un juicio.
—¿Eres siempre así de… directo? —preguntó, su voz un hilo.
—Solo cuando algo me importa —respondió él, sin pestañear.
Las palabras flotaron entre ellos, pesadas y significativas. Cuando algo me importa. No «cuando alguien me importa». Era más sutil, más seguro. Pero era una admisión. Una enorme.
Valentina sintió que las defensas que con tanto esfuerzo había levantado comenzaban a resquebrajarse. No por un ataque frontal, sino por una comprensión tan aguda que se sentía como una caricia en el alma herida. Este hombre no le ofrecía compasión. Le ofrecía percepción. Y era infinitamente más peligroso.
—No sé qué hacer con eso —confesó, la honestidad arrancada de lo más hondo de ella.
—No tienes que hacer nada —dijo él, y por primera vez su voz sonó suave, casi tierna—. Solo tienes que saberlo.
Se produjo otro silencio, pero este era diferente. No estaba cargado de tensión sexual o de curiosidad, sino de una complicidad naciente, de un entendimiento tácito. Él sabía que ella escondía algo. Ella sabía que él lo sabía. Y, por ahora, eso era suficiente.
Desde el frente de la tienda, llegó la voz de Sofía.
—¡Val! ¿Sigues viva? ¡He encontrado una botella de vino medio llena! ¡Premio de consolación!
La magia del momento se rompió. Valentina parpadeó, volviendo a la realidad. Dante esbozó una sonrisa pequeña, casi imperceptible.
—Suena a una oferta que no se puede rechazar —dijo, extendiendo el brazo en un gesto de «después de ti».
Ella pasó por delante de él, sintiendo su mirada en su nuca. Al llegar al mostrador, Sofía ya había sacado tres copas. Al ver a Dante, arqueó una ceja expresivamente.
—Oh. Hola. ¿El fantasma de la ópera se une a la fiesta de las sobras?
—Solo asegurándome de que mi… inversión en literatura local esté bien custodiada —dijo Dante, con una sequedad que hizo que Sofía soltara una carcajada.
—Claro, claro. Inversión. Toma —le tendió una copa con vino blanco—. Invierte en esto.
Dante cogió la copa. Sus dedos rozaron los de Sofía brevemente y luego se volvió hacia Val. No brindó. Solo alzó ligeramente la copa hacia ella, un gesto íntimo y privado en medio de la trivialidad del momento.
Valentina tomó su copa con la mano ligeramente temblorosa. El vino le supo a uva y a algo más: a posibilidades aterradoras y emocionantes. Sofía parloteaba sobre lo aburridos que eran algunos de los críticos presentes, pero Val apenas la oía.
Solo podía mirar a Dante. A cómo sostenía la copa con naturalidad, a cómo asentía con la cabeza a los comentarios de Sofía sin apartar los ojos de ella. Él no intentó quedarse mucho más tiempo. Bebió un sorbo de vino, dejó la copa en el mostrador y se despidió con un simple «Buenas noches, señoritas» dirigido a ambas, pero con una mirada solo para Val.
Cuando la puerta se cerró tras él, el silencio que dejó fue ensordecedor.
Sofía silbó suavemente.
—Vaya. Ese tipo… es intenso. Te miraba como si… no sé. Como si fueras un manuscrito raro que quiere descifrar.
—Algo así —susurró Val, tocando el borde de su copa justo donde sus labios habían estado.
No mencionó la mano en su espalda, la estabilidad que le había ofrecido, ni las palabras que habían intercambiado en la penumbra. Eran suyas. Solo suyas. Un secreto frágil y precioso.
Esa noche, al acostarse, no pensó en su corazón enfermo ni en el miedo.
Pensó en la calma en la voz de Dante cuando dijo «Yo llevo eso».
Pensó en la seguridad de su tacto.
No era el rescate de un caballero de armadura brillante. Era la ayuda serena de alguien que veía la carga y, sin hacer preguntas, alargaba la mano para compartir su peso.
Y, por primera vez, la idea de que alguien supiera, de que alguien como él supiera, no le pareció una pesadilla.
Le pareció, aunque solo fuera por un segundo fugaz, una posibilidad. Aterradora, sí. Pero también profundamente tentadora.
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Esto sí que no me lo esperé. Me parecían unos padres medio lejanos, pero nada más. Igual, ella debió decirles.
¡Un amor más grande que el amor!
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