Cathanna creció creyendo que su destino residía únicamente en convertirse en la esposa perfecta y una madre ejemplar para los hijos que tendría con aquel hombre dispuesto a pagar una gran fortuna de oro por ella. Y, sobre todo, jamás ser como las brujas: mujeres rebeldes, descaradas e indomables, que gozaban desatarse en la impudencia dentro de una sociedad atrancada en sus pensamientos machistas, cuya única ambición era poder controlarlas y, así evitar la imperfección entre su gente.
Pero todo eso cambió cuando esas mujeres marginadas por la sociedad aparecieron delante de ella: brujas que la reclamaron como una de las suyas. Porque Cathanna D'Allessandre no era solo la hija de un importante miembro del consejo del emperador de Valtheria, también era la clave para un retorno que el imperio siempre creyó una simple leyenda.
NovelToon tiene autorización de lili saon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO NUEVE
055 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua
Día del Olvido, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
CATHANNA
Miré el reloj en la pared de mi habitación: eran apenas la siete de la noche. La luna ya estaba brillando con intensidad en el cielo, mientras que yo solo podía ver el reloj, recordando la ceremonia donde me presentaron ante el sagrado Siems del reino como un objeto de mi padre hasta que pasara a manos de mi esposo. Tenía siete años cuando eso sucedió. Fue en el templo de Vhaul, donde se realizaban desde hacía más de quinientos años.
Recordaba muy bien mi felicidad en ese momento, porque me habían dicho que era algo importante en la vida de cada mujer en el reino y que ninguna podía vivir sin realizarla. Sin embargo, ahora me aterraba demasiado pasar de las manos de mi padre, a las manos de un desconocido que posiblemente me trataría de la misma manera o incluso muchísimo peor.
No ambicionaba recibir golpes, humillaciones, mucho menos órdenes de cualquiera que no fuera de mi familia, aunque sabía que no estaba bien que permitiera eso solo porque alguien venía de mí misma línea de sangre. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer para cambiarlo? Todo se salía de mis manos.
—Todo estará bien, Cathanna. —Salí de la habitación con pasos lentos, sintiendo el sonido de mis tacones acariciar el suelo—. Deja los nervios de lado. No te están persiguiendo. No hay animales salvajes detrás de ti. Solo es una fiesta de compromiso. Siempre quisiste esto. ¿Por qué estás tan nerviosa ahora?
Después de varios minutos de una caminata demasiado lenta, llegué al lugar: un salón grande, con candelabros de cristal en el techo y mesas llenas de comida en el fondo, que desprendían un olor delicioso. Puse mi mano en la baranda de la escalera, enmudeciendo de inmediato el murmullo. Mis ojos recorrieron las miradas que me analizaban: la de mi madre, quien estaba con una sonrisa grande; la de mi padre, que me observaba como si quisiera que no cometiera ningún error; la de mis primas junto a sus maridos; la de mis tíos; y la de mi desgraciado abuelo, al que le tenía un odio tan profundo que solo anhelaba verlo muerto cuanto antes.
Sin embargo, mis ojos se detuvieron en una persona en especial: un hombre que destacaba entre todos. Se notaba mucho mayor que yo, de porte elegante. Por los dioses, ¿era él Orpheus? Me sentí demasiado paralizada, con voces en mi cabeza que me gritaban que me diera la vuelta y corriera a mi habitación.
Me obligué a descender con cuidado, asegurándome de no tropezar con mi largo vestido de un rojo tan intenso como mis labios. Al llegar al final, mi padre se adelantó con una sonrisa radiante y me envolvió en un fuerte abrazo, carente del amor de un padre a su hija. Y yo, simplemente, deseé empujarlo fuerte lejos de mí.
—Estás hermosa, hija mía —dijo con un entusiasmo tan desbordante que parecía iluminar toda la sala—. Estoy seguro de que Orpheus quedará encantado contigo y, sobre todo: con esa belleza que posees, mi niña. No puedo creer que esto realmente esté sucediendo.
—Es un gusto verte padre después de tantos días fuera de casa —susurré, con una sonrisa forzada, antes de dejarle dos besos en las mejillas a modo de saludo—. Y estoy emocionada por conocerlo también. No sabes cuántas noches imaginé este momento... Y ya está aquí. Solo espero que la noche termine bien. —Jugué con mi collar.
—Entonces, vamos, mi niña —indicó, colocando suavemente una mano en mi hombro, provocándome asco, aunque no sabía por qué—. No perdamos más tiempo aquí conversando. Ya tendremos tiempo para eso. Orpheus tiene treinta y cinco. Sé que parece un tanto mayor para ti, pero te aseguro que es un hombre muy respetable.
Dirigí la mirada hacia Orpheus, que seguía con la misma sonrisa dibujada en el rostro. En cambio, yo solo quería huir de aquel maldito circo de apariencias. No me sentía cómoda, mucho menos segura. Todo en mí pedía escapar. Refugiarme dentro de una cueva donde nadie me encontrara jamás. En serio quería llorar por todo esto.
—Cathanna —dijo Orpheus con voz suave, mirándome como un depredador a su presa—, es un placer finalmente conocerte. Puedo decir que las palabras no le hacen justicia verdadera a tu belleza. Es que no creo exista alguna capaz de describir ese bello rostro como es debido, sin llegar a faltarte el respeto. —Me dio una sonrisa enorme.
Lo recorrí de arriba abajo con disimulo, intentando aguantar la carcajada que esas palabras me ocasionaron. Pero solo llevé la mano a la boca, fingiendo toser, porque reírme de él en su cara sería muy grosero, y mi madre cambiaría esa mirada de cortesía a una de enojo.
Orpheus era, sin duda, la encarnación del encanto refinado. Su cabellera larga y negra, caía en leves hondas sobre sus hombros, contrastando con el blanco de su atuendo. Y sus ojos, de un verde hermoso, como una esmeralda, eran verdaderamente hipnóticos. No podía negar que era un hombre de gran belleza, así como imaginaba que fuera mi futuro esposo, pero la manera en la que intentaba halagarme sonaba demasiado rebuscada.
—¿De verdad cree eso, usted, joven Orpheus? —pregunté, con una sonrisa educada, que no llegaba a ser real, pues la incomodidad reinaba dentro de mi cuerpo—. Es la primera vez que alguien me dice algo así. —Volví a jugar con mi collar, buscando distraerme.
—No suelo decir lo que pienso —respondió él, dando un paso adelante, lo suficiente para que yo pudiera percibir la suave fragancia de especias exóticas que lo envolvía—. Y créame, usted, señorita... he visto muchas bellezas a lo largo del reino, pero ninguna como la suya.
—Me halaga demasiado, Orpheus —dije con una ligera reverencia, esforzándome para no reírme en su cara. Tomé una buena bocanada de aire—, aunque me temo que no estoy acostumbrada a halagos tan directos por parte de los hombres, joven.
—Entonces será mi deber acostumbrarla, señorita D'Allessandre —expresó, inclinando la cabeza hacia mí.
—Bueno, entonces será un gusto ver su intento de acostumbrarme. —Elevé un poco la ceja.
—Así será —dijo él, dejando un beso en mi mano.
Algunos minutos pasaron para que mi madre se acercara a mí, pidiéndome un momento a solas que le concebí, a pesar de haber dudado unos segundos. Caminamos juntas hacia un rincón apartado, lejos de las voces que parecían debatir sobre mí, como si no fuera más que una pieza de carne en exhibición que pronto sería comprada por el más rico de los hombres. Rodé los ojos, ignorándolos.
—Luces muy hermosa, mi niña. —Llevó su mano a mi mejilla, sonriendo—. Estoy tan feliz por ti, Cathanna.
—¿Estás segura de esto, madre? —La miré directamente a los ojos, sin molestarme en ocultar mi desconfianza—. Orpheus es muy guapo, no lo puedo negar, pero... parece un hombre tan arrogante. No siento que hayamos conectado muy bien, como esperaba. Ciertamente no me siento cómoda, madre. —Dejé escapar un suspiro bajo.
—No creo que “arrogante” sea la palabra correcta para describirlo —dijo ella, con ese tono condescendiente que usaba cuando pretendía ser amable—. Es un amor de persona. Te ha halagado todos estos minutos. Deberías sentirte a gusto con eso, Cathanna. —Acarició mi mejilla lentamente—. Además, sabes perfectamente que ni tu padre ni yo permitiremos que te casaras con alguien que no pudiera darte lo mismo o incluso más de lo que nosotros mismos te hemos dado todos estos años.
—Hay otras personas que tienen mucho más que ofrecerme, madre. Entonces, ¿por qué no puedo elegir yo? —hablé con miedo—. Tal vez por amor. Sé que suena estúpido, pero es lo que deseo. Que lo que llegue a mi vida sea porque yo lo elegí, no porque alguien más decidió por mí. Aprecio lo que hacen, pero quiero tener autonomía.
—El amor no sirve, hija —sentenció con una frialdad que me heló la sangre—. ¿Para qué sirve que te amen? ¿Para qué sirve que alguien te aprecie? Te lo diré: no sirve para nada. El amor es un lujo que solo se permiten las mujeres ingenuas, Cathanna. ¿Y sabes en qué termina siempre? En decepción. Los hombres traicionan, tarde o temprano, a las mujeres que los aman con locura. ¿Qué te hace pensar que contigo sería distinto? Nunca ames a un hombre que, aunque te ame, jamás te dará fidelidad. Porque el amor sin lealtad no es amor... es egoísmo disfrazado. ¿Por qué no puedes entenderlo?
—¿Qué... qué dices, madre? —balbuceé, incrédula—. Pero tú te casaste con mi padre por amor... porque lo querías. ¿Por qué ahora me dices que no sirve? De verdad no tiene sentido.
—¿Amor? —Soltó una risa breve, demasiado amarga para ser genuina—. Yo nunca estuve enamorada de tu asqueroso padre. Tenía apenas catorce años cuando me obligaron a casarme. Unas semanas después, ya estaba embarazada de tu hermano. Y tenía quince cuando volví a quedar embarazada de ese hijo varón que nunca nació, porque tú le robaste su lugar. ¿De verdad crees que a esa edad sabía lo que era amar?
—¿Quince...?
—Nunca quise casarme, Cathanna —continuó, mirándome con todo el odio que podía sentir una persona lastimada—. Era una niña cuando todo ocurrió. Una niña obligada a hacer cosas que ni siquiera entendía... Y odio con cada fibra de mi ser a mis padres y, sobre todo, al tuyo, Cathanna. Lo odio porque me arruinó la vida. Porque me forzó a hacer cosas que no quería. A tener hijos que nunca pedí. Lo odio por todo. Por cada pedazo de mí que se llevó sin mi maldito permiso.
Era la primera vez que veía a mi madre como una víctima, una mujer con cicatrices y no solo como alguien que quería moldearme a su antojo. No sabía su historia, ni cómo contrajo matrimonio con mi padre hasta este preciso momento. Nunca le pregunté, y ella nunca me lo dijo. Y eso lo hacía más doloroso, porque había vivido en la ignorancia absoluta todos estos años.
—Y también te odio a ti, Cathanna, más de lo que puedes imaginar. —Su mano apretó mi mejilla con fuerza. Quise apartarme, pero me lo impidió con su agarre—. Eres el recuerdo del infierno que viví cuando ni siquiera sabía lo que era vivir. Te miro y me repugnas. Te miro y deseo arrancarte la vida con mis propias manos.
Pero a pesar de todo lo que me estaba diciendo, de cada palabra que debería desgarrarme el alma hasta llevarme a llorar, no podía odiarla. No podía sentirme herida. Porque a ella... a ella le permitiría cualquier cosa. Incluso si eso significaba morir, con tal de verla bien. Enfermizo, lo sabía más que nadie, pero no podía cambiarlo.
—Nunca vuelvas a hablar de amor, Cathanna, porque esa mierda no existe para nosotras. Nadie te va a amar. Aprende a sobrevivir con las migajas que otros te tiren. Tu padre no te ama, nunca lo ha hecho, porque eres mujer... y él odia a las mujeres. Me odió el día que saliste de mi vientre. Él te maldijo en ese momento. ¿Lo sabías? ¿Sabías que tu padre te rechazó desde el primer día?
—¿Tu odio hacia mí es tan grande, madre, como para vender mi alma sin siquiera tener remordimiento? —balbuceé, sin la tristeza que, en teoría, debería sentir—. Madre, ¿Por qué me haces esto?
No era que quisiera admitirlo, pero ya estaba demasiado acostumbrada al maltrato emocional de su parte. Lo peor de todo era que empezaba a necesitarlo. A pensar que tal vez era lo único que merecía en esta vida. Yo quería amar de verdad, de ese amor que no te hacía llorar, ni sufrir, ni rogar. Pero tal vez... solo tal vez lo mío sería sufrir. Tal vez ese sea mi único y verdadero destino y debía aceptarlo.
—¿Por qué debo arrastrar el mismo infierno, solo porque tú no pudiste escapar del tuyo? —continué, sin despegarle la mirada—. ¿Por qué si yo te amo con todo mi corazón, madre? No entiendo nada.
—No me hagas reír, Cathanna. ¿De verdad crees que tu miserable alma tiene algún valor? Eres mercancía. Lo has sido desde el día en que naciste, y lo seguirás siendo hasta que te mueras. Tu único valor está en lo que puedas parir. —Clavó la mano sobre mi vientre plano con una fuerza que me robó el aliento—. Si tu cuerpo crea a un varón, te alabarán como una diosa, pero si es una niña tendrá nuestra misma suerte. Porque este mundo no nos quiere viva. Nos quiere bien calladitas y obedientes, o metros bajo tierra, niña.
Bajé la mirada hacia la mano que me sujetaba. Por un segundo, me imaginé embarazada. Un sueño que llevaba anhelando desde siempre, porque amaba demasiado a los niños, como para querer escuchar sus escandalosas risas de por vida. Pero una duda cruzó mi mente en ese momento, mientras veía la mano de mi madre en mi vientre: ¿Sería capaz de amar a una hija, sabiendo lo que el mundo le haría solo por ser mujer? ¿Sería capaz de verle la cara todos los días sin sentir el mismo odio que sentía mi madre por mí?
—Yo solo quiero que me ames como amas a tus hijos varones. Solo eso te pido... aunque sea una vez —rogué, tomando su mano—. Quiero que me trates como a una niña pequeña, que me mires y me digas que me amas con todo tu corazón. Porque cuando pude ser una niña, me obligaron a actuar como una mujer. Y ahora... ahora quieren que me comporte como una niña, solo porque les aterra verme crecer. Porque no soportan la idea de que me convierta en una mujer. —Mi voz tembló, pero me obligué a tomar aire y calmarla—. ¿Por qué tengo que cerrar la boca para mantenerme con vida? ¿Por qué a ellos no les toca lo mismo que a mí? Quiero libertad... solo eso, madre. Quiero la misma libertad que le dan a tus hijos.
—Eso lo tendrás, claro, será el día de tu muerte —me dijo con una sonrisa torcida—. No todo es tan malo como parece. Al final, terminas acostumbrándote porque no podemos poner resistencia.
—Pero madre...
—No hay nada que hacer para cambiarlo. —Me tomó del brazo y me arrastró con ella—. Solo finge que estás feliz. Por tu bien. —Se detuvo y me envolvió en sus brazos—. Tener miedo es normal, Cathanna, pero no debes permitir que ese miedo te domine.
No sabía si me estaba odiando o protegiendo.
Los minutos pasaban con una lentitud exasperante. Deseaba escapar de aquel lugar, pero la mano de Orpheus en mi cintura me mantenía anclada, como si fuera su propiedad, causándome un terror que me quitaba la respiración por segundos. Mi madre, que se encontraba a mi derecha, parloteaba sin cesar sobre lo emocionada que estaba por el compromiso, sin notar —o sin importarle— lo tensa que yo me sentía. Y ni hablar de mi padre, que se encontraba con el magistrado riendo a carcajadas.
—¿Cuánto tiempo durará esto, madre?
—No seas imprudente, Cathanna —me reprendió.
Orpheus mostró una sonrisa y un extraño presentimiento se adueñó de mi pecho. Mi estómago comenzó a sentirse pesado, como si una roca de gran tamaño hubiera nacido en mi interior. Las náuseas no se hicieron esperar, amenazando con subir por mi garganta.
No entendía qué sucedía.
Las conversaciones se fueron apagando, una a una y luego, la música cesó de golpe. Algo estaba ocurriendo, pero mi mente iba un paso detrás de los hechos. Las manos de Orpheus se deslizaron lejos de mi cintura. Demasiado rápido como para empezar a procesarlo. Mi instinto me dijo que retrocediera, pero antes de que pudiera dar el primer paso, Orpheus ya estaba frente a mí, sosteniéndome ambas manos, deseando transmitir una falsa seguridad.
—Cathanna...
Me alarmé al escuchar mi nombre. Comencé a respirar con dificultad, sacudiendo la cabeza como si pudiera negar lo evidente.
—Eres todo lo que un hombre desearía. —La sonrisa en su rostro no decaía—. Tienes una gran belleza. Serás la esposa perfecta para construir mi familia.
—¿Belleza? —cuchicheé, arrugando la frente—. ¿Eso es lo único que ves en mí? ¿Una cara linda, un cuerpo deseable para poner a tus hijos?
—Es lo único que puedes ofrecer —susurró antes de arrodillarse. De su traje sacó una pequeña caja de terciopelo en forma de majestuosas alas de dragón, envueltas alrededor de su contenido—. Cathanna D'Allessandre, ¿aceptas convertirte en mi esposa?
Separó despacio las alas hacia los lados, dejando ver el anillo de diamante, cubierto por finos cristales que se alzaba en su interior. Cerré la garganta con fuerza al sentir el vómito subir nuevamente. Esto no podía ser real. Giré la cabeza, buscando a mi madre con la mirada, deseando encontrar algún resquicio de compasión. Pero lo único que encontré de su parte, fue esa maldita sonrisa de falsa felicidad que comenzaba a odiar
«Dile que no»
«No quieres hacerlo»
«No lo hagas»
—Acepto casarme contigo...
—No te arrepentirás, Cathanna.
El anillo fue deslizado en mi mano derecha y los aplausos no tardaron en llenar la sala, pero yo apenas los escuchaba. Todo sonaba tan distante, como si estuviera atrapada en un horrible sueño del cual no podía despertar por mucho que buscara la salida.
Las palabras de Celanina aterrizaron en mi mente: “Muchas darían lo que fuera por tener un hombre que al menos pueda comprar el silencio con joyas”. ¿De verdad mi voz podía ser callada con dinero? ¿Mi independencia borrada como si no valiera absolutamente nada? ¿Estaría dispuesta a sufrir en silencio para complacer a mi marido?
—Cathanna es una chica encantadora. Y, sobre todo, muy obediente —dijo mi madre con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, como si estuviera hablando de un simple animal—. Créeme, Orpheus, no tendrás ningún problema con ella. Estarás feliz con mi Cathanna.
—Eso espero, Lady Anne —dijo Orpheus, con una sonrisa ladeada que me hizo desviar la vista hacia los cuadros de la pared—. No me gustaría tener que lidiar con una esposa terca que no sabe cuál es su bendito lugar. Mi madre suele ser así... aunque, bueno, mi padre siempre se encarga de ponerle las ideas en orden.
Rodé los ojos y lo miré de reojo. Respiré hondo, obligándome a guardar silencio para no soltar nada que pudiera ponerme en peligro. La forma en que hablaba me revolvía el estómago. ¿Quién podía referirse a su propia madre de una manera tan despreciable? Si así trataba a la mujer que le dio la vida, ¿qué podía esperar yo a su lado?
—Te lo aseguro, no lo harás —respondió rápido mi madre, aun con esa sonrisa en el rostro.
En ese preciso instante, comencé a sentirme mal, como si el aire de pronto solo se negara a entrar en mis pulmones, y en segundos la vista se me volvió extremadamente borrosa. Con una excusa tonta, me escabullí hacia el baño, sin esperar respuestas de nadie. Al ingresar, cerré la puerta con seguro y apoyé las manos en uno de los muchos lavabos, respirando con dificultad. Sentí mis venas arder con fuerza, debilitándome más de lo que ya estaba en ese momento. Me llevé la mano al pecho, intentando ahuyentar esa sensación de asfixia.
Levanté la vista al espejo y el corazón casi se me sale corriendo del pecho. Mis ojos estaban de un color rojo. No uno cualquiera, sino ese mismo tono que cargaban mi hermano y mi abuelo. Parpadeé desesperada, una, dos, tres veces, hasta que por fin volvieron a su gris habitual. Sin embargo, lo peor era sin duda mi cabello, que también había cambiado a rojo.
Di unos pasos atrás con las piernas temblando. Estaba más que aterrada. Nunca me había visto así. Sí, antes había manifestado fuego —aunque fuera una hija nacida del aire—, pero jamás de esa manera tan intensa. Tragué duro varias veces, antes de sentir una punzada dolorosa en mi cabeza que me hizo soltar un gemido ahogado.
Me aferré de nuevo al lavabo, evitando terminar en el suelo, posiblemente inconsciente. Abrí rápido el grifo, y metí mis manos bajo el agua; aquel contacto las envolvió en un humo rojizo que me dejó pasmada. Mi boca se abrió levemente, mientras sacaba mis manos con cuidado del agua.
Solté una risa incrédula. Todo lo que estaba pasando en mi vida me resultaba tan estúpido y difícil de comprender. Primero lo que escuché en esa habitación sobre que yo, Cathanna, hacía parte de una ridícula maldición de la que nunca me contaron, aun sabiendo que era mi derecho saberlo desde el principio; después lo que sucedió con mi abuelo; y ahora el fuego que se hizo presente de una manera que solo me dejaba confundida.
Salí del baño rápidamente, con la mente girando de un lado al otro. Mis ojos recorrieron el pasillo hasta que se clavaron en mi hermano Calen, que se encontraba de pie en un rincón, vestido con ese uniforme militar que tanto odiaba nuestra madre porque, según ella, le restaba mucha elegancia en reuniones como estás. Pero como siempre, a Calen eso le daba igual.
—Sinceramente no pensé que vendrías a esta reunión —dije, deteniendo mis pasos frente a él—. ¿No se supone deberías estar en la academia, entrenando para ser un gran artillero, Calen?
—Recibí una carta un tanto... amenazadora por parte de tu madre —respondió, alejándose de la pared—. Escribió tantas cosas que ya no recuerdo cuál fue la peor de todas ellas. Creo que esa mujer debería organizar sus ideas. —Dejó escapar una carcajada—. ¿Cómo estás con esta no tan pequeña fiesta de compromiso, Cathanna?
Sonreí, encogiéndome de hombros.
—Siempre supe que este momento llegaría tarde o temprano, pero... siento que no estoy lista para una responsabilidad tan grande como lo es un matrimonio. —Mis labios se abultaron, secuestrando el aire en mis mejillas—. No quiero casarme, menos con ese hombre. No puedo negar que es apuesto, pero hay algo en él que no me convence. Presiento muchas cosas qué deseo evitar.
—Entonces no lo hagas, hermana —dijo, con una calma casi insultante, como si estuviera ignorando años de historia con una sola frase—. Nadie puede obligarte a hacer algo que no quieres. Solo tienes que decir que no. Ve con nuestros padres y diles que no te vas a casar con ese hombre. Así de fácil. Es mucho menos doloroso que arrastrar las cadenas de un “sí” que no te pertenece.
Solté una risa sarcástica.
—Tú no logras entender lo que sucede —murmuré, bajando la mirada al suelo—. No es algo simple, Calen. Lo dices como si bastara solo con abrir la boca para que todo cambiara mágicamente. Pero no lo es. Al menos no para mí. —Levanté la cabeza, clavando la vista en su rostro—. Es demasiado irónico, ¿sabes? Nacimos del mismo vientre, tenemos los mismos padres… y, aun así, la vida nos arrastró por caminos completamente distintos. Tú tienes libertad. Puedes romper reglas, desobedecer, decir que no… y lo peor que te puede pasar es un par de reproches que te resbalan como si no importaran.
Hice una pausa, sintiendo ese maldito ardor en la nariz que llegaba cuando las lágrimas estaban por salir. Respiré hondo, desviando la mirada a donde se encontraban mis padres hablando con la familia de Orpheus, posiblemente de lo bien que me comportaría con su hijo, cuando ya estuviéramos unidos en el “sagrado” matrimonio, como lo contemplaban los dioses.
—Pero yo no tengo ese lujo —dije, mirándolo nuevamente—. Porque esas palabras que para ti no significaba nada, para mí son cadenas que, por más que trate de quitarme, simplemente se aferran a mi cuerpo. —Respiré de nuevo, ahogando las lágrimas en mis ojos—. No puedes simplemente decirme que diga que no, cuando nadie nunca me escucha. ¿Sabes cuantas veces en mi vida he dicho esa palabra? —Apreté los labios con fuerza—. Tantas que ya no recuerdo. Pregúntales cuántas veces respetaron mi “no”. Y luego dime otra vez que es "fácil".
Calen se quedó en silencio, tal vez porque no sabía qué decir... o porque en el fondo sabía que yo tenía razón. Desde que nació, la sociedad le había dado muchísimos privilegios que a mí jamás me concederían, solo por el simple hecho de haber nacido siendo una mujer y no un varón. Nadie se atrevía a imponerle un destino y, si alguien lo intentaba, él podía darse el lujo de ignorarlo, como siempre lo hacía. Yo no. Yo nunca tuve esa ventaja.
—Lo ves, Calen —susurré, con amargura, ignorando aquel dolor en el pecho que me estaba robando las respiraciones—. Ni siquiera puedes negarlo porque sabes que es la única verdad que existe para nosotros. Nunca te habías planteado esto hasta ahora, ¿Verdad?
—No es justo —admitió Calen, pasando una mano por su cabeza—. Pero tampoco sé cómo cambiarlo. Hago lo que puedo para protegerte, Cathanna, pero no puedo cambiar la sociedad. Eso se sale de mis manos.
—¿De qué me sirve tu falsa protección en este momento, cuando me están haciendo mucho daño? —Arrastré la mano por mi rostro, quitando la lágrima que se escapó—. Nunca has cuestionado este sistema porque jamás te ha aplastado a ti. Nunca te has planteado qué tan mala es esta sociedad con tu propia hermana, porque no es algo que afecte a tu vida, como a la mía.
—Pero, Cathanna, ¿qué puedo hacer para cambiar esto? ¿Qué puedo hacer para salvar a mi hermana?
—No necesito tu salvación, Calen —dije, entre dientes, algo enojada—. No necesito ningún dios salvador que esté siempre para mí, cuidándome. Necesito que tú me veas, que los demás me vean. Que me vean de verdad. Que me vean como una persona independiente y no como alguien que necesita de otros para vivir. Puedo valerme por mí misma. Puedo salvarme a mí misma. Eso quiero que vean. No soy solo una mujer. Soy una persona que merece el respeto que te tienen a ti solo por ser hombre.
Ambos quedamos envueltos en un silencio tan incómodo que ni siquiera las voces que parloteaban alto de fondo lograban atravesarlo. Calen parecía demasiado confundido. Y yo solo estaba cansada. No enojada, mucho menos triste o rota, solo demasiada cansada.
—Cathanna…
Lo interrumpí, abrazándolo con fuerza. Sabía que él no tenía la culpa de los privilegios que le tocaron desde su nacimiento. Sabía que él no había creado el sistema que me oprimía, ni las reglas que me asfixiaban día tras día. Sabía que mi hermano no era el enemigo del que debía cuidarme, y no debía ser tratado como tal solo por errores que cometía, como cualquier otra persona en el mundo. Porque a pesar de las diferencias, del enojo que podría surgir entre nosotros, seguíamos siendo hermanos, y por el momento, eso era más que suficiente.
—No estoy aquí para quejarme de la injusticia de la vida contigo, Calen. —Sonreí, separándome de sus brazos—. ¿Te parece si tomamos algo? —Tomé dos copas de alcohol de la bandeja que un sirviente llevaba.
—¿Desde cuándo bebes este tipo de tragos?
—Siempre hay una primera vez para todo.
—Puede que tengas razón.
Habían pasado apenas unos minutos cuando una risa suave inundó el salón, dejándonos a todos congelados de golpe. Sonaba como el canto de los pájaros en primavera, tan ligera y dulce. De pronto, un olor extraño, a frutas tropicales demasiado maduras, se me metió directo por la nariz, lo que se sintió como recibir una cachetada. El estómago se me revolvió de inmediato y las ganas de vomitar subieron por mi garganta.
—¿Qué clase de broma de mal gusto es esta? —pregunté, llevando una mano a mi nariz.
Noté a Calen entrecerrar los ojos, desconcertado. Se apartó de mí y avanzó hacia nuestros padres, que también miraban alrededor, igual de confundidos. Entonces, la risa volvió a escucharse, más fuerte, junto a otras carcajadas, que parecían estar burlándose de nosotros, como si fuéramos un espectáculo divertido.
Volvió hacia mi rápido y, sin decir una sola palabra, me tomó del brazo y echó a correr, arrastrándome con él hacia las escaleras. Subimos a toda prisa, como si un animal salvaje nos persiguiera, hasta salir al pasillo, donde los cuadros colgados en las paredes parecían seguirnos con la mirada.
—¿¡Qué está sucediendo, Calen!?
Calen no me respondió. Solo siguió corriendo conmigo, hasta detenerse frente a un cuadro en particular, de una mujer de cuerpo robusto, con las manos rojas, acariciando a un gato muerto. Presionó con los dedos los ojos de la mujer, y el cuadro se deslizó hacia un lado, revelando unas escaleras de piedra que descendían hacia la negritud.
—¡Me estás lastimando! —dije, tratando de zafarme de su agarre—. Dime que está sucediendo.
—Tienes que salir de aquí ya mismo —me reveló, caminando apresuradamente por el estrecho pasillo al que habíamos llegado después de bajar las escaleras—. Te encontraron esas malditas cosas.
—¿De qué hablas? —inquirí, sintiendo un extraño presentimiento en mi pecho—. ¿Quién me encontró?
Ambos nos detuvimos en seco frente a frente. Lo vi debatirse consigo mismo, como si las palabras se le hubieran quedado atoradas en la garganta. No entendía nada de lo que estaba pasando y esa maldita contención suya solo me calentaba aún más la sangre.
—¿Quién me encontró? —insistí.
—Las brujas, Cathanna —susurró, evitando mis ojos—. Ellas te encontraron. Por eso tienes que salir de aquí... —Alzó la mirada a mi rostro—. Tienes que irte rápido del castillo.
El mundo se detuvo a mi alrededor.
—¿Por qué las brujas me buscarían? —tartamudeé.
—Porque tú eres el camino a su líder. —Lo vi tragar duro, como si estuviera muy nervioso—. Nuestros padres te ocultaron muchas cosas porque sabían que posiblemente lo verías como algo imposible de creer. —Soltó una risa, pasando una mano por la cabeza—. Incluso a mí me pareció una estupidez cuando lo supe. —Puso una mano en mi hombro—. Escúchame muy bien lo que diré, porque no hay tiempo para repeticiones: las mujeres de nuestra familia materna están malditas.
—¿A qué te refieres con “malditas”? —farfullé, quitando su mano de mi hombro de forma brusca—. ¿Estás bromeando, acaso?
—Hace muchos años hubo una bruja que lanzó una maldición hacia las mujeres de su estirpe, ligándolas así a años de sufrimiento —dijo, viendo sobre mi hombro al pasillo sombrío—. Esa maldición hablaba sobre...
—Una que la traería nuevamente a la vida —continué, parpadeando de manera lenta—. Yo… yo he estado soñando con una mujer desde hace muchos años. —Tragué duro, desviando la mirada—. Pensé que todo era un producto de mi imaginación... Pero no entiendo que tiene que ver todo esto de esa maldición conmigo.
—Dioses, Cathanna —dijo, pasando ambas manos por su cabeza, notablemente frustrado—. ¿No lo comprendes, acaso? La última de las descendientes de Verlah, por alguna maldita razón eres tú. Por eso las brujas te quieren viva. Porque solo a través de ti ella puede volver a caminar entre nosotros. ¿Ahora entiendes por qué no pueden encontrarte esas brujas?
Mis ojos se abrieron tanto que dolieron. Entonces, de lo que mi abuela, mi madre y ese hombre desconocido hablaban en esa habitación con mucho misterio, se trataba de esa maldición. Empecé a respirar de forma errática. No podía ser cierto. Debía tratarse de una broma. Pero los ojos de Calen me decían que era verdad.
—¿Qué carajos? —Retrocedí unos pasos, bastante asustada. Junté las cejas, intentando mantener una expresión de calma, pero mi rostro me traicionó de inmediato—. ¿Cómo se supone que haré eso? Eso es una locura sin ningún sentido. No es momento para hacer este tipo de bromas. Debemos volver arriba. Por si no recuerdas, tengo que estar al lado de mi bendito prometido. —Le mostré el anillo.
—¿Por qué eres tan terca, carajo?
—¡Porque estás loco!
Calen me tomó del brazo y me arrastró sin tener ningún cuidado. Creo que al tonto de mi hermano se le olvidó que debía tratarme con delicadeza, porque, que yo recuerde; yo no era un trapo desechable. Cuando estaba por protestar, doblamos el pasillo a la izquierda, y al fondo apareció una vieja puerta de madera. Calen la empujó con el hombro y nos encontramos con una habitación polvorienta, de olor horrible, apenas iluminada por unos faroles en las paredes. Me llevé la mano a la nariz para taparla, asqueada.
La puerta se cerró mientras yo recorría el lugar con la mirada, aún con la mano en la nariz. Clavé mis ojos en mi hermano, con la intención de hostigarlo con preguntas, pero en ese instante una figura apareció en el centro de la habitación, haciéndome retroceder de golpe, con el corazón agitado. Ese olor lo reconocí al instante: era el imbécil del cazador que me había secuestrado de los guardias. Bueno… también debía admitir que me había salvado de las brujas.
—¿Qué hace este hombre aquí? —pregunté, desviando los ojos.
—Te llevará a un lugar seguro —respondió Calen, con la espalda pegada a la puerta, como si quisiera impedir que alguien entrara—. Donde las brujas no puedan encontrarte.
Fruncí el ceño y volví la mirada al cazador, recorriéndolo de arriba abajo para asegurarme de que no fuera una alucinación. Mis ojos regresaron a su rostro, y entonces noté aquello que me dejó sin aliento. Aunque la mitad de su cara estaba cubierta por una pañoleta negra que iba desde su cuello hasta la nariz, sus ojos estaban descubiertos. No eran de un azul claro ni de un celeste común. Eran de un azul eléctrico, tan intenso que dolía mirarlos demasiado.
Pero, aun así, me resultaba imposible apartar la mirada de ellos. Destellos plateados danzaban en sus iris, tan similares a relámpagos atrapados en medio de una terrible tormenta que amenazaba con destruirlo todo a su paso. Por un momento, juré que, si me acercaba demasiado, podría sentir la electricidad en mi piel.
—¿Sigues bromeando conmigo, Calen? —Me crucé de brazos, soltando un bufido, al tiempo que alejaba mis ojos de ese hombre—. No pienso moverme del castillo. Nadie me asegura que no sea una maldita broma tuya. No es momento para eso, lo sabes muy bien. Además, ¿por qué tiene que ser justo ese hombre? —Lo señalé con un dedo—. El mismo al que llevo sintiendo detrás de mí durante semanas, pegado como un maldito perro. ¿Acaso conspiran todos juntos?
—¡Ya detente, Cathanna, por los dioses! —estalló Calen, sujetándome de los hombros con la poca suavidad que poseía—. Tienes que salir de aquí ya mismo. En minutos, las brujas estarán encima de nosotros como una maldita plaga. —Apuntó la puerta—. No es ninguna broma. No tengo motivos para hacer una mierda como esa en este momento. Tienes que creer en lo que te digo. ¡Dioses!
Apreté los puños hasta que mis uñas se clavaron con fuerza en las palmas de mis manos, pero ni siquiera sentí dolor como lo esperaba. Era como si todo mi cuerpo se hubiera adormecido por la furia que comenzaba a crecer en mi interior. Cuanto más lo asimilaba, más traicionada me sentía. Tantos años y nadie se había tomado el tiempo de decirme lo que sucedía con mi linaje; que era parte de una maldición que me había estado acechando desde antes de que supiera hablar. ¿Por qué me habían dejado crecer en la ignorancia, en lugar de decirme que era la descendiente de algo más grande que yo?
—¿Estás bien? —Calen se atrevió a preguntar tras unos instantes donde el silencio reinó en la habitación—. Cathanna...
—Estoy más que bien. Siempre lo estoy —dije con sarcasmo, sonriendo, mientras jugaba con mi collar, como si eso pudiera liberarme de la ansiedad que me estaba robando el aliento—. No es como que me hayan ocultado tantas cosas por toda mi vida y ahora solo me digan que soy la descendiente de una demente bruja que quiere volver a la vida. ¿Por qué carajos no estaría bien?
—Mmm, tienes un sarcasmo muy filoso —dijo el cazador, acercándose a mí con pasos firmes, con esos aires de militar que me hacían estremecer, porque sentía que me estaban amenazando—. Como dijo tu hermano: en cualquier momento, las brujas podrían llegar y créeme que, aunque quisiera, no puedo contra todas ellas. Tenemos que salir ya de aquí, si quieres conservar tu vida.
—¿Ir contigo? —Le dediqué una sonrisa falsa, dejando que mis hombros se relajaran—. ¡Pero claro que sí! Porque confío ciegamente en completos desconocidos que aparecen de la nada con aires de héroe barato. Qué reconfortante. — Mi boca se apretó en una línea tensa, mientras las comisuras parecían querer ceder hacia abajo—. Hazme un gran favor, cazador: resérvate el numerito y desaparece. No necesito un niñero, y mucho menos uno con complejo de dios salvador.
Él entrecerró los parpados.
—Soy Zareth, comandante. No soy un héroe barato, mucho menos un dios salvador —señaló, acercándose a mí y obligándome a mirar sus ojos de cerca—. No tenemos tiempo para tus berrinches de niñita caprichosa. —Su voz salió brusca—. Nos vamos ya mismo. Así que deja de hacerte la terca y danos tu ayuda. Nos serviría demasiado.
—No estoy siendo terc... — Las palabras murieron en mi boca cuando la puerta se abrió de forma brusca, revelando a una mujer hermosa, de ojos rojos, que me hicieron retroceder por instinto.