de una casualidad paso a una historia completa
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Capítulo 9
Después de la victoria, Camila, Martín y Luna se quedaron en la selva por unos días más, para celebrar con la gente y descansar. Luna pasaba su tiempo con los niños, enseñándoles cosas que había aprendido en la ciudad y aprendiendo cosas nuevas de ellos. Martín ayudaba a Juan a planificar un proyecto para desarrollar el poblado de forma sostenible —construir casas con materiales ecológicos, crear un centro de educación para los niños, promover el turismo responsable.
Una tarde, mientras caminaban por la cascada donde Martín le había pedido matrimonio a Camila, Luna le preguntó a sus padres:
—Papá, mamá, ¿podemos venir a vivir aquí? Me encanta la selva, los niños, tío Juan. Quiero estar aquí todo el tiempo.
Camila y Martín se miraron. Habían pensado en lo mismo —la selva le había dado mucho a ellos, y querían darle algo a cambio.
—Tal vez no vivamos aquí todo el tiempo, mi amor —dijo Camila. —Pero podemos venir con frecuencia. Y podemos ayudar a tío Juan a construir el centro de educación, a desarrollar el poblado.
—Sí —dijo Martín. —He estado pensando en crear una fundación para proteger la selva y apoyar a las comunidades que viven ahí. Tu mamá puede diseñar los materiales, yo puedo diseñar las construcciones, y tú... tú puedes ser la voz de los niños.
Luna sonrió, llena de emoción. —Me encanta la idea! Quiero ayudar a los demas.
Al día siguiente, empaquetaron sus cosas y se dirigieron de regreso a donde vivian . Luna estaba triste por irse, pero sabía que volverían pronto. Durante el viaje, Camila y Martín hablaban de la fundación, de los proyectos que querían hacer, de cómo ayudar a la gente.
Cuando llegaron a su apartamento, encontraron a Doña Ana esperándolos con un pastel y flores.
—Mi amorcitos! —dijo ella, abrazándolos. —He escuchado la noticia buena! Estoy tan orgullosa de ustedes.
—Gracias, Doña Ana —dijo Martín. —Y tenemos una noticia para ti. Vamos a crear una fundación para proteger la selva y apoyar a las comunidades. —Miro a Camila y ella asintio con la cabeza.— Y queremos que tú seas la presidenta honoraria.
Doña Ana se emocionó, y se le llenaron los ojos de lágrimas. —Claro que sí, mi amor. Será un honor.
Los siguientes meses fueron llenos de trabajo. Camila y Martín fundaron la fundación "Estrella de la Selva", y empezaron a trabajar en sus primeros proyectos. Luna ayudaba a diseñar los materiales para los niños, y escribía su diario en la página web de la fundación. Doña Ana ayudaba a reunir fondos y a contactar con gente que quería apoyar la causa.
Una tarde, mientras estaban en la oficina de la fundación, que habían abierto en el centro de la ciudad , Martín le dijo a Camila:
—Recuerdas el día que te encontré en la lluvia? Nunca imaginé que llegaríamos hasta aquí —dijo él, mirándola a los ojos. —Tener una familia maravillosa, un trabajo que amamos, y poder ayudar a la gente.
—Yo tampoco —respondió ella. —Pero sé que la estrella que nos unió nos ha guiado todo el camino. Y seguirá guiándonos.
Se abrazaron, y Luna entró en la oficina con un dibujo que había hecho —un dibujo de la selva, con una estrella brillando en el cielo y una familia abrazada en el centro.
—Mamá, papá! Este dibujo es para la fundación —dijo ella. —Para que todos vean que la selva es nuestra casa.
Camila y Martín miraron el dibujo, y se emocionaron. Sabían que habían hecho lo correcto, que su vida tenía un propósito —proteger la selva, apoyar a la gente, y dejar un mundo mejor para su hija y para las generaciones venideras.
Y así, con la estrella que los unía brillando en el cielo, empezaron un nuevo capítulo en su vida —un capítulo lleno de amor, esperanza, y un sueño que iban a cumplir juntos.
Un año después de fundar la fundación "Estrella de la Selva", los proyectos estaban avanzando bien. Habían construido el centro de educación en el poblado de la selva, y muchos niños estaban estudiando allí. Habían desarrollado un programa de turismo responsable, que permitía a la gente conocer la selva sin dañarla, y que generaba ingresos para las familias del poblado. Camila había diseñado una línea de productos ecológicos con imágenes de la selva, y los ingresos iban a la fundación.
El día del cumpleaños de Luna —ya tenía doce años—, Camila y Martín organizaron una fiesta en el parque de la ciudad, donde se habían casado. Invitaron a sus amigos, familiares, a los voluntarios de la fundación y a algunos niños y adultos del poblado de la selva, que habían venido a la capital para la ocasión.
La fiesta fue una alegría. Los niños bailaban, jugaban y comían. Martín habló sobre la fundación, sobre los logros que habían alcanzado y sobre los proyectos que venían. Camila habló sobre la importancia de proteger la naturaleza, y sobre cómo cada persona podía ayudar.
Luna se subió a la plataforma, y habló con la gente. Tenía una sonrisa amplia, y sus ojos brillaban de emoción.
—Amigos —dijo ella. —Gracias a todos por venir a mi fiesta. Y gracias por ayudar a la fundación. La selva es mi casa, y los niños del poblado son mis amigos. Quiero que todos puedan conocerla, amarla y protegerla. Porque si protegemos la selva, protegemos a todos nosotros.
La gente aplaudió y gritó de alegría. Juan se acercó a ella, y le dio un regalo —un collar con una pequeña estrella de madera, tallada por él mismo en la selva.
—Esta estrella es para ti, Luna —dijo Juan. —Es la misma estrella que une a tu papá y a tu mamá. Ahora te une a ti, a la selva y a todos nosotros.
Luna se puso el collar con emoción, y abrazó a Juan. —Gracias, tío Juan. Te quiero mucho.
Después de la charla, la música empezó de nuevo, y todos se pusieron a bailar. Camila y Martín bailaron con Luna, y luego se quedaron solos un rato en un rincón del parque, mirando a la gente celebrar.
—Mira lo que hemos logrado, amor —dijo Camila, acurrucándose en el pecho de Martín. —Tenemos una hija maravillosa, una fundación que ayuda a la gente, amigos y familiares que nos apoyan.
—Todo gracias a ti —dijo él, besándola en la cabeza. —Tu valentía, tu creatividad, tu amor... eres la razón de todo lo bueno que me ha pasado en la vida.
—No, amor —respondió ella. —Lo hemos hecho juntos. Siempre juntos.
Mientras hablaban, Doña Ana se acercó a ellos con una taza de café caliente.
—Mi amorcitos —dijo ella. —Estoy tan contenta de verlos así. La estrella que los unió no ha dejado de brillar nunca.
—Tú eres parte de esa estrella, Doña Ana —dijo Martín. —Sin ti, nada sería lo mismo.
Doña Ana sonrió, con lágrimas en los ojos. —Mi niños, yo solo he hecho lo que cualquier persona haría. El amor es lo que mueve el mundo, y ustedes tienen mucho amor.
Al final de la noche, cuando la fiesta terminaba, Luna se acercó a sus padres y les dijo:
—Mamá, papá, tengo una idea. Quiero organizar un campamento de verano en la selva para los niños de la ciudad y los niños del poblado. Así pueden conocerlos, jugar juntos y aprender sobre la naturaleza.
Camila y Martín se miraron, sonriendo. Era la idea perfecta.
—Claro que sí, mi amor —dijo Camila. —Vamos a organizarlo juntos. Será el mejor campamento de verano de todos.