Ella no necesita que la rescaten.
Él no cree en el amor.
Luciana Ríos es una mujer que manda. Jefa en su oficina, independiente y acostumbrada a tomar decisiones que otros solo se atreven a sugerir. No depende de apellidos ni de fortunas ajenas… y jamás pensó convertirse en la esposa de nadie.
Alexander Montclair es el hombre más poderoso del continente. Exmilitar, magnate y heredero de un imperio que no admite errores. Frío, reservado y meticuloso, su vida se rige por contratos, reglas y control absoluto.
Un encuentro inesperado los enfrenta.
Un acuerdo los une.
Un matrimonio por contrato lo cambia todo.
Mientras una influencer caída en desgracia intenta recuperar el estatus que perdió, y un exnovio poderoso se consume entre celos, secretos y traiciones, Luciana descubre que ceder el control no siempre significa perder el poder… especialmente cuando el hombre que intenta dominarla es el único capaz de mirarla como un igual.
En un mundo donde el dinero compra silencios y los contratos
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Capitulo 9
Luciana
No debería haber pensado tanto en ese gesto.
Fue automático. Instintivo. Estratégico, me dije a mí misma.
Pero mentiría si dijera que no sentí nada cuando apoyé la mano sobre el pecho de Alexander Montclair.
No fue su cuerpo lo que me descolocó. Fue la solidez.
No tensión, no rigidez innecesaria. Era como tocar una pared que no necesitaba demostrarse firme porque ya lo era. Y durante un segundo demasiado largo, tuve la absurda sensación de que, si algo se salía de control, él no dudaría en interponerse.
Eso fue lo que me inquietó.
No dependo de nadie. Nunca lo he hecho.
Y sin embargo, esa noche, al cerrar los ojos, recordé cómo no me apartó.
Sacudí el pensamiento mientras revisaba por tercera vez la lista de proveedores del salón. El lugar era espectacular: techos altos, líneas limpias, seguridad privada integrada y accesos diferenciados para prensa y familiares. Perfecto para una boda que no era una boda, sino una operación de imagen cuidadosamente calculada.
—Este sirve —dije, cerrando la carpeta—. Cumple con todo.
Alexander asintió a mi lado. Traje oscuro, expresión neutra, atención absoluta.
—Y envía el mensaje correcto —añadió—. Estabilidad. Poder. Continuidad.
Sonreí de lado.
—Hablas como si fueras a lanzar una empresa, no a casarte.
—En esencia, es lo mismo.
Antes de que pudiera responder, mi celular vibró. Una notificación. Luego otra. Y otra más.
Instagram. X. Portales digitales.
El aire cambió.
Abrí el primer enlace y sentí el golpe seco en el estómago.
“Luciana Ríos: ¿la mujer detrás del contrato? Filtraciones revelan acuerdos previos, beneficios ocultos y un pasado que ahora cobra sentido.”
Deslicé. Fotos. Documentos. Frases fuera de contexto. Un correo interno de mi empresa, manipulado. Una insinuación peligrosa: que yo era la beneficiaria real de negocios oscuros. Que Montclair era solo la cara visible.
—Están intentando voltearte la narrativa —dijo Alexander con calma controlada—. Poner el riesgo en ti.
Respiré hondo.
No iba a darles el gusto de verme caer.
—No van a poder —respondí—. Todo lo que tengo está en regla.
—Lo sé —dijo—. Pero no se trata de legalidad. Se trata de percepción.
Ahí entendí el verdadero objetivo: usarme como flanco débil.
Y entonces lo vi. El error de ellos.
—Esto nos beneficia —dije lentamente—. Si lo manejamos bien, refuerza la idea de equipo. De bloque.
Alexander me miró con atención. No sorpresa. Evaluación.
—Exactamente —respondió—. Si atacan a uno, responden dos.
Horas después, salimos juntos. Cámaras. Micrófonos. Titulares en vivo.
No nos escondimos.
Él colocó su mano en mi espalda. Precisa. Visible.
Yo alcé la barbilla.
No negamos. No explicamos de más. Solo una declaración clara: apoyo mutuo, transparencia y una fecha de boda que ahora era imposible ignorar.
Prueba pública.
Unidad.
Control.
Cuando por fin subimos al auto, el McLaren P1, de Alexander, rugió bajo mis manos. Me gustaba conducir. Y él lo sabía.
—Confío en ti —dijo, abrochándose el cinturón.
—Deberías —respondí, acelerando.
La ciudad quedó atrás. Las luces se estiraron en el parabrisas.
Entonces lo sentí. No un sonido. Una presencia.
—Luciana —dijo Alexander, sin elevar la voz—. Mantén la velocidad constante.
—¿Por qué?
Giró levemente la cabeza hacia el retrovisor.
—Porque no nos están siguiendo por curiosidad.
Mi pulso se aceleró.
—¿Alexander?
Sus ojos se encontraron con los míos en el reflejo del espejo.
—Nos están persiguiendo.
Y esta vez, no era parte del contrato.
déjense de tanto juego 🤦🏼♀️
a cuidarse las espaldas /Shy//Slight/