un romance entre un mafioso y un femboy
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LOS CELOS DEL REY
El enemigo no atacaba con armas. Lo hacía desde las sombras, eligiendo el arma que sabía que más dolería: la incertidumbre.
Cada mañana, al despertar, Dante encontraba algo nuevo. Un sobre sellado sobre la mesa. Una fotografía pegada en el cristal de su coche. Un mensaje de texto anónimo en su teléfono. Ninguno decía lo mismo, pero todos transmitían el mismo terror helador: Sé dónde está él. Puedo llegar cuando quiera.
Las imágenes mostraban a Adrián caminando por el jardín, leyendo en la biblioteca, incluso durmiendo. Alguien había estado allí. Cerca. Observando. Y cada fotografía hacía que los muros que Dante había construido con tanto esfuerzo se desmoronaran un poco más.
Una tarde, Adrián entró al despacho y lo encontró de pie frente a la ventana, con una de esas fotografías apretada entre los dedos, los nudos blancos por la fuerza. Su postura era rígida, tensa como una cuerda a punto de romperse.
—¿Otra vez? —preguntó suavemente, sin querer asustarlo.
Dante asintió, sin girarse.
—Cada vez están más cerca. Cada vez son más detallados. ¿Y si un día dejan de enviar fotos y envían… algo más? No puedo dejar de pensar en ello. Es como si estuviera esperando a que baje la guardia para arrebatármelo.
Adrián se acercó y puso una mano sobre su hombro.
—No puedes vivir así, Dante. No puedes pasar cada minuto esperando lo peor. Ese es exactamente su juego. Quieren que pierdas la cabeza antes de que siquiera lleguen a pelear. No les des esa satisfacción.
—¿Y si tienes razón y ocurre algo? —La voz de Dante era baja, temblorosa—. No podría perdonarme. Si te pasa lo más mínimo…
—Entonces lo enfrentaremos —lo interrumpió Adrián, firme—. Juntos. No intentes cargar tú solo con todo el peso del mundo. Ya no estás solo.
Dante se giró lentamente. Sus ojos oscuros estaban cansados, profundamente marcados por noches sin dormir, pero brillaban con una ternura que solo él sabía mostrarle a él.
—Tengo tanto miedo de perderte —confesó, como si fuera un secreto que solo se atrevía a decir en voz baja.
—Entonces no me alejes —respondió Adrián, acercándose más—. No me encierres lejos de ti. Quédate conmigo y confía en que podemos con esto.
Dante miró la fotografía en su mano y, con un suspiro que pareció aliviarle el pecho, la dejó sobre la mesa.
—Estoy intentando cambiar —dijo sinceramente—. Es difícil. He pasado toda mi vida anticipándome al peligro, controlando todo lo que puedo. Pero tú… tú eres la única cosa que no puedo controlar, y eso me aterra.
—Lo sé —Adrián sonrió, suave y tranquilo—. Y valoro que lo intentes. Pero todavía tienes mucho trabajo por delante, señor Valenti.
Dante soltó una risa, corta pero genuina, y por un instante la tensión en su rostro se suavizó.
—Eso parece —admitió.
Mientras él descansaba un poco más, Adrián decidió hacer algo más. No quería meterse en peligro, ni andar con armas ni enfrentamientos, pero tenía ojos y sabía pensar. Y así, durante varios días, comenzó a observar en silencio. Anotó horarios, fechas, momentos en que llegaban las amenazas. Y pronto notó algo que a nadie más se le había ocurrido buscar: un patrón.
Las amenazas no llegaban al azar. Siempre aparecían poco después de que Dante tomara una decisión interna, moviera recursos o cambiara rutinas dentro de su propia organización. No era coincidencia. Alguien estaba contando cada paso. Alguien estaba escuchando cada palabra.
Cuando se lo explicó a Dante, este se quedó en silencio unos instantes, mirando las anotaciones que Adrián había hecho en una libreta común, con letra clara y ordenada.
—Tienes razón —dijo finalmente, con seriedad—. Nadie fuera de mi círculo más cercano podría saber esto. Tenemos un topo. Alguien dentro.
—¿Eso significa que hice algo bien? —preguntó Adrián, con un toque de esperanza.
Dante lo miró, y por primera vez en mucho tiempo, no había miedo en sus ojos, sino respeto genuino.
—Significa que eres más inteligente de lo que aparentas —dijo, y sus labios se curvaron en una sonrisa sincera—. Me has ahorrado semanas de búsqueda, Adrián.
Adrián sonrió más ampliamente.
—¿Eso era un cumplido? —bromeó.
—Sí.
—Necesitas practicar. Fue muy seco.
Dante rió de verdad, una risa profunda y libre, que llenó la habitación y alejó las sombras por unos minutos. En ese momento, no había enemigos, ni amenazas, ni peligro. Solo ellos dos, descubriendo que juntos eran más fuertes de lo que jamás habrían sido por separado.
Pero ambos sabían, en lo profundo de sus corazones, que esto era solo el principio. Había un traidor dentro de la organización. El enemigo sabía sus pasos. Y el enfrentamiento final estaba cada vez más cerca, inevitable y peligroso. Sin embargo, ahora no lo enfrentarían con miedo. Lo harían unidos. Y eso marcaba toda la diferencia del mundo.