Relatos cortos del héroe multiversal Perseo, contado desde la mente de Exístencia, el creador de la realidad y del ser. Ven y ve el abismo y la luz como nunca antes creíste poder verles, adéntrate en esta historia de tragedias, triunfo que saben a derrotar y a la valentia que tiene un alma eterna que viaja libre sin las cadenas de la existencia escrita sobre su ser.
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Parte: 7.
7. La naturaleza del horror cósmico.
El búnker de seguridad se convirtió en una trampa de metal deformado en cuestión de segundos. El grupo de supervivientes, liderado por Aloki y escoltado por Carol y Héctor, se adentró en los túneles de servicio que descendían hacia el corazón de la Nautilos-Magna. Perseo caminaba en medio, sintiendo el peso de la mirada de los demás. Para ellos, era una mezcla de salvador y maldición.
A medida que bajaban, la arquitectura de la nave desaparecía. Las paredes de acero eran sustituidas por formaciones óseas y membranas que vibraban con un tono sub sónico. El aire era tan denso que la luz de las linternas apenas penetraba unos metros.
—Aloki —susurró Perseo, acercándose al científico—, ¿qué es Amine realmente? No puede ser solo una planta espacial.
Aloki no dejó de caminar, pero su voz sonó hueca a través del comunicador.
—Amine es una inteligencia biológica que opera en escalas de tiempo que no podemos comprender. No come para sobrevivir, asimila para recordar. Cada especie que encuentra es una nueva página en su enciclopedia biológica. Nosotros somos... una entrada particularmente interesante debido a nuestra capacidad tecnológica.
De repente, Carol se detuvo, soltando un gemido ahogado. Se apoyó contra una pared de carne y su mano se hundió en ella. Al retirarla, hilos de moco rojo quedaron pegados a su guante.
—Carol, ¿estás bien? —preguntó Héctor, acercándose con preocupación.
Ella no respondió. Se quitó el casco con un movimiento brusco, algo que estaba estrictamente prohibido. Sus ojos estaban inyectados en sangre y de su herida en el hombro brotaban ahora raíces que se movían como gusanos bajo su piel, subiendo hacia su cuello.
—Es tan... cálido —murmuró ella, con una sonrisa vacía—. Ya no me duele, Héctor. Puedo escucharlos a todos. Es como una canción que nunca termina.
—¡Carol, ponte el casco! —gritó Perseo, intentando acercarse, pero Aloki lo detuvo con un brazo firme.
—Es demasiado tarde —dijo Aloki con frialdad—. La infección ha alcanzado su sistema nervioso central. Ahora es un transmisor.
Carol se giró hacia ellos. Sus rasgos empezaron a derretirse, literalmente. Su piel se volvía líquida, revelando una estructura de filamentos brillantes debajo. Soltó un grito que comenzó siendo humano y terminó en un chirrido metálico. De su espalda brotaron cuatro extremidades adicionales, hechas de hueso y cables de la nave.
—¡Atrás! —gritó Héctor, levantando su pistola de clavos, pero sus manos temblaban.
No podía disparar a la mujer que le había salvado la vida minutos antes.
La criatura que antes era Carol saltó sobre uno de los supervivientes, desgarrándole la garganta con una eficiencia aterradora. El hombre ni siquiera tuvo tiempo de gritar antes de que las raíces de Carol se introdujeran en su cuerpo, empezando a transformarlo en segundos.
—¡Tenemos que irnos! ¡Ahora! —ordenó Aloki, empujando a Perseo hacia un túnel lateral.
Héctor finalmente disparó, pero los clavos apenas frenaron a la criatura. Tuvo que correr tras los demás mientras los gritos de los supervivientes que se habían quedado atrás llenaban el túnel. Perseo no podía dejar de mirar hacia atrás, viendo cómo Carol, su protectora, se convertía en un monstruo que devoraba a su propio grupo.
—
—¡Cállate, Andrómeda! ¡Acaban de morir todos! —gritó él.
Llegaron a una cámara enorme que parecía ser un antiguo depósito de agua. Ahora estaba vacío de líquido, pero lleno de algo mucho peor. En el centro de la sala, suspendido por miles de cables y tendones, había un objeto geométrico negro, del tamaño de una casa. Era la sonda. De ella emanaban las raíces principales que se extendían por toda la estación.
—Ahí está —dijo Aloki, su voz llena de un asombro morboso—. El corazón de la bestia.
Alrededor de la sonda, cientos de cuerpos humanos estaban dispuestos en círculos concéntricos. No estaban muertos, pero tampoco vivos. Estaban fusionados entre sí, formando una especie de procesador orgánico gigante. Sus cerebros estaban expuestos y conectados a la sonda por finos hilos plateados y rojizos.
—Están... computando —susurró Aloki—. Amine está usando sus mentes para descifrar los códigos de salto de la nave.
De repente, las raíces del suelo se agitaron. Aloki, que estaba más cerca de la sonda, fue atrapado por los tobillos.
—¡Aloki! —gritó Perseo, intentando alcanzarlo.
—¡No! —rugió el científico mientras era arrastrado hacia el centro de la sala—. ¡Sigue adelante, Perseo! ¡Llega al puente! ¡Mi maletín... tiene la secuencia de virus que desarrollé! ¡Úsala!
Perseo vio con horror cómo Aloki era elevado hacia el techo. Las raíces no lo mataron de inmediato; empezaron a pelar su ropa y su piel, integrándolo en la masa de cuerpos que rodeaba la sonda. Aloki gritó hasta que una raíz entró en su boca, silenciándolo para siempre.
—¡Perseo, muévete! —Héctor lo agarró por el traje y lo arrastró hacia una salida al otro lado de la cámara.
Mientras huían, Perseo vio cómo el rostro de Aloki se unía a la pared de mentes, sus ojos abriéndose de nuevo, ahora con el mismo brillo púrpura que tenían los de Elías. El horror cósmico no era solo la muerte, sino la pérdida absoluta de la privacidad de la propia alma.