Dicen que la venganza sabe dulce al principio, pero que termina dejando un sabor amargo que ni el tiempo puede borrar.
Ella lo creyó culpable de su dolor y dedicó cada latido, cada suspiro, a destruirlo. Pero lo que no imaginó era que al herirlo, también desgarraba el corazón de un hombre que solo deseaba amarla incondicionalmente.
Él, marcado por las sombras de un error que nunca cometió, vio cómo el que creía el amor de su vida se le escapaba de las manos sin poder hacer nada, roto antes de poder florecer.
Pero entonces apareció ella, luminosa, inesperada, distinta. Ella que con su sola presencia lo sacaba de su zona de confort, irritandolo a cada momento. Sin embargo, con una sonrisa era capaz de desarmar a cualquiera provocando que su corazón temblara sin medida.
El destino ya había trazado un camino, pero la venganza lo torció… Ahora, se trazaba uno nuevo en el cual ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.
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¡¿Ahora huyes?!
El resonar de sus pasos era lo único que se escuchaba en el oscuro pasillo. Las luces titilaban de manera intermitente, reflejando la silueta esbelta de Sofía, quien avanzaba con el corazón acelerado, intentando ocultar el torbellino que la consumía. No quería pensar, no quería sentir… y mucho menos ver a Maximiliano.
Había ido a ese lugar únicamente para despejar su mente, para ahogar el peso que llevaba dentro, ese que ardía en lo más profundo de su pecho y que se negaba a extinguirse. Pero por más que lo intentara, su mente siempre encontraba el mismo punto de retorno.
Sí, podía fingir ser una mujer arrogante, fría y calculadora; podía mirar al mundo por encima del hombro y burlarse del sufrimiento ajeno, pero había algo que no podía negar, algo que ni todo su orgullo podía enterrar, y ese era el amor que aún sentía por ese hombre.
Un amor que jamás fue correspondido. Un amor que nació en silencio… y que también fue condenado al silencio. Maximiliano siempre había estado enamorado de Valeria. Esa mujer de sonrisa perfecta, mirada encantadora y voz dulce, que tenía la habilidad de manipular los corazones de todos los hombres que se cruzaban en su camino. Y él, por más racional y fuerte que aparentaba ser, tampoco pudo resistirse a su encanto.
Sofía, en cambio, tuvo que resignarse a mirar desde la distancia, a ser una sombra invisible, una espectadora en una historia donde nunca fue invitada. Y justo cuando pensaba que había logrado sepultar todo aquello, él apareció nuevamente en su vida sin ser invitado.
Apareció como un fantasma del pasado, trayendo consigo todas las emociones que creía muertas. Ahora, cada vez que intentaba alejarse, la vida se encargaba de cruzarlos, y a veces hasta ella misma provocaba esas casualidades..
Al escuchar que alguien la seguía, Sofía se detuvo. Pero no lo hizo por miedo, sino porque al sentir su toque sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. No necesitó voltear para saber de quien se trataba.
— ¿Ahora huyes? — La voz de Maximiliano sonó grave, profunda, cargada de algo más que simple curiosidad.
Sofía se giró apenas, pero no respondió. El toque de su mano en su brazo no el permitía reaccionar, este no era un agarre brusco, sino suave… pero a pesar de eso sentía que le quemaba.
— ¿Qué haces aquí? — Preguntó con voz baja, intentando controlar el temblor que amenazaba con delatarla.
— Te vi. — Respondió él, su voz rasgada por la duda. — Y quería…
No le permitió terminar la frase. No hacía falta porque ella ya lo había entendido todo, pero ese tampoco era el momento adecuado para hablar sobre eso, no cuando su corazón estaba tan vulnerable, no cuando sentía que la barrera que había construido con tanto esfuerzo podía derrumbarse con una sola mirada.
— Si lo que quieres es disculparte por lo de esta tarde, no es necesario. — Dijo ella finalmente, intentando zafarse de su agarre. — Ahora puedes irte.
Maximiliano no la soltó. Su agarre se volvió más firme, aunque no violento, aunque él tampoco entendía lo que sucedía, no quería soltarla. Con un leve movimiento la giró hacia él, y entonces quedaron frente a frente.
Sus miradas se encontraron, y en ese instante, todo el mundo pareció detenerse. No había arrogancia en ella, tampoco ironía. Solo una mujer con el alma desnuda, frágil, vulnerable, sosteniendo el peso de un sentimiento que nunca fue dicho.
El aire se volvió denso mientras sus respiraciones se mezclaban. Él podía sentir el perfume de su piel, y al ver el leve temblor en sus labios, algo en su interior comenzó a desenfrenarse.
El corazón de Maximiliano comenzó a latir con una fuerza desmedida. No podía apartar la mirada de ellos; esos labios entreabiertos que parecían invitarlo a cruzar esa delgada línea entre lo correcto y lo inevitable.
Sofía, por su parte, sentía que cada respiración la consumía. Era como una lucha interna entre el deseo y el orgullo, entre lo que su corazón pedía y lo que su mente le exigía negar.
— No deberías mirarme así. — Susurró ella, apenas audible, intentando recuperar el control.
— No puedo evitarlo. — Respondió él sin apartar la vista.
El silencio se volvió aun mas cargado de tensión, de recuerdos y sentimientos no dichos. Un paso más, una mirada más… y todo se iría al carajo. Sin embargo, Sofía, con un esfuerzo que le costó el alma, apartó la vista. Y dio un paso atrás, buscando recuperar el control.
— No vuelvas a seguirme, Maximiliano. — Dijo con voz firme, aunque por dentro temblaba.
Y antes de que él pudiera responder, ella se marchó, dejando tras de sí el eco de sus pasos firmes, su perfume en el aire… llevando consigo un corazón dividido entre el orgullo y lo que nunca se atrevió a decir.
Maximiliano se quedó allí, inmóvil, con la respiración agitada y emociones ardiendo en su mente. No comprendía por qué cada vez que ella aparecía él sentía como si una tormenta lo arrasará. Pero lo que sí sabía era que, pese a todo… Sofía se estaba convirtiendo en algo más que un fastidio.
Después de lo sucedido en el pasillo, Maximiliano se sentó en la barra, la noche le pesaba en los hombros y las palabras de Sofía seguían cortando su tranquilidad.
— Lo de siempre. — Dijo, sin mirar al barman.
La copa llegó humeante y oscura; al tomar el primer sorbo, este le quemó la garganta y, por un momento, sintió que la sangre volvía a su ritmo. Pensó en Sofía, en lo que estaba sintiendo, en Alexander… todo se mezcló y lo dejó mareado. No notó la sombra que lo observaba desde un rincón ni la mano que rozó la botella antes de que se la sirvieran. Tampoco percibió la ligera diferencia en el sabor que se colaba entre el dulzor del licor.
La música continuaba mientras el humo parecía una neblina espesa, mientras él terminaba su bebida para acallar las voces internas. Pero al cabo de unos minutos, algo cambió, empezó a sentir un peso que se instaló en su cabeza; las luces le punzaron; sus manos comenzaron a perder firmeza. Se incorporó tambaleante, apoyándose en la barra, con la respiración corta.
Todo comenzó a verse borroso. Con pasos vacilantes y apenas firmes comenzó a caminar alejándose de todo llegando hasta la salida. Sofía, que no estaba lejos y que había salido a tomar un poco de aire después del enfrentamiento, lo vio salir del bar, pero al ver como se sujetaba la cabeza pudo notar que algo iba mal. Sus ojos se estrecharon, y por un instante olvidó el orgullo y la máscara; porque el hombre frente a ella estaba en peligro.
— Max. — Susurro y corrió hasta él. — ¿Estás bien? — Preguntó al estar cerca de él sosteniéndolo en sus brazos.
Él la miró con los ojos vidriosos, intentando hablar, pero las palabras se le enredaron. Sofía lo sostuvo como si su vida dependiera de ella, notando el sudor frío en su frente.
— Te ves… pálido. — Dijo con voz cortante. — Ven, te llevo a un lugar seguro.
Lo condujo a la acera, y le pidió a un transeúnte que le alcanzara una botella de agua fría, cuando este volvió, sin pensarlo mucho la acercó a los labios de Maximiliano. Él bebió con desesperación, mientras sus manos temblaban, la prioridad de Sofía era ayudarlo; lavó su rostro con la misma agua, le frotó la nuca, le habló con dureza pero también con ternura a la vez.
— ¿Por qué eres tan descuidado? — Le reprochó. — Siempre te metes donde no debes.
Maximiliano esbozó una mueca, intentó sonreír y murmuró algo incomprensible, entonces las náuseas lo golpearon fuertemente. No sabía que el vaso del bar había sido alterado.
Mientras él se apoyaba en ella para no caerse, un auto se detuvo junto a la acera. Pensando que era el chófer de Maximiliano o alguna ayuda providencial, Sofía aceptó que le ofrecieran llevarlos a un lugar seguro. Estaba distraída, agotada por la noche y por la sensación de que alguien los observaba.
Subieron al vehículo sin mirar mucho. El interior estaba en penumbra y el conductor, de voz neutra, los tranquilizó. Sofía tomaba nota mental de las placas, de las caras, con la tensión siempre alerta… hasta que el cansancio la traicionó.
Mientras él apoyaba la cabeza en su hombro, sintiéndose un poco más tranquilo, alguien se acercó con cuidado por la parte de atrás. Cuando Sofía sintió el movimiento, un paño, húmedo y frío, rozó su piel; entonces un olor químico la golpeó. Intentó reaccionar, pero el efecto fue más rápido de lo que esperaba, y en un instante se le nublaron los sentidos.
Antes de perder la conciencia, vio a Maximiliano desvanecerse al otro lado del auto, su respiración entrecortada; sus dedos buscaban los suyos y, al encontrarlos, se aferró con lo último de su voluntad.
— No… — Fue lo último que pensó.