A sus 23 años, Alejandro Rodríguez es la personificación del poder sin límites. Frío, implacable y dotado de una mente calculadora que convierte la ambición en destino, no hay negocio ni objetivo personal que se le resista. Él lo tiene todo, excepto lo único que el dinero no puede comprar: el sentimiento. desde la muerte de su hermano por culpa de una mujer lo ha convencido de que el amor es debilidad, condenándolo a vivir en una opulenta soledad, un rey en un trono sin corazón.
Con 21 años, Azul Estrella Luna García ha vivido toda su vida con doloroso pasado el maltrato que vivió con su madre y el abandono de su padre y abandonada en una un orfanato a los cuatro años a forzado su vida con impulso graduándose de diseño gráfico y administración de empresas
¿Podrá Alejandro derribar su muro del cinismo y volver a creer en el amor Azul dejara sus miedos para darle una oportunidad a la felicidad
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Capítulo 7: El Eco de las Ausencias
La lluvia golpeaba con una fuerza rítmica los cristales del ático de Alejandro, donde se habían trasladado para terminar los detalles de la presentación para los inversores asiáticos. El ambiente estaba cargado de café frío y el brillo azulado de las pantallas. Alejandro, sumergido en sus gráficos, no se dio cuenta de que Azul se había quedado estática, mirando un pequeño dije de plata que colgaba de su cuello.
El jardín de las promesas: El recuerdo de Azul
Un relámpago iluminó la sala, y para Azul, el estruendo se convirtió en la risa de su padre. Se vio a sí misma con cinco años, en el pequeño jardín trasero de su antigua casa, antes de que el mundo se tiñera de gris.
—¡Mira, papá! ¡He encontrado una piedra que brilla! —gritó la pequeña Azul, mostrando un trozo de cuarzo sucio.
Su padre, con su camisa de cuadros remangada y el olor a serrín y campo que siempre lo acompañaba, se arrodilló frente a ella. No la regañó por ensuciarse; en cambio, tomó la piedra como si fuera un diamante de un millón de quilates.
—¿Sabes por qué brilla, Estrellita? Porque tiene un pedazo de luz guardado dentro. Así es el corazón de las personas valientes. Aunque nos cubra el barro o nos traten de esconder, la luz siempre encuentra una grieta para salir. Prométeme que, pase lo que pase, nunca dejarás de buscar tu propia luz.
Él la levantó en vilo y la hizo girar. En ese momento, Azul se sentía invencible, protegida por un gigante que la amaba por encima de todas las cosas. Fue el último momento de paz pura antes de que el abandono de él la dejara a merced de la amargura de su madre. Ese recuerdo era lo que le permitía caminar con la cabeza alta en el imperio de Alejandro; ella era la piedra que brillaba a pesar del barro.
La última lección: El recuerdo de Alejandro
Alejandro, por su parte, se levantó para servirse un whisky. El sonido del hielo chocando contra el cristal lo transportó a una tarde de verano en la biblioteca de la universidad donde estudiaba Alexander. Alejandro tenía apenas dieciséis años y ya vestía de traje, tratando de impresionar a su hermano mayor.
—Deja de ser tan rígido, Alex —le dijo Alexander, cerrando un libro de poemas—. La arquitectura no son solo planos y ángulos rectos. Si no le pones alma a lo que construyes, solo estás levantando jaulas de oro.
—Las jaulas de oro protegen, Alexander. La libertad es peligrosa —respondió el joven Alejandro con la arrogancia que lo caracterizaba.
Alexander se levantó y caminó hacia la ventana, mirando a los estudiantes que reían en el campus.
—Prefiero morir libre y amando que vivir cien años encerrado en mi propio miedo. Prométeme algo, hermano: si algún día encuentras a alguien que te haga dudar de tus muros, no la dejes ir. El amor es el único riesgo que realmente vale la pena correr. Sin él, solo somos estatuas de mármol en un museo vacío.
Meses después, Alexander moriría por ese mismo riesgo, y Alejandro juraría que su hermano se equivocó. Pero hoy, mientras observaba a Azul trabajar con esa determinación feroz, la voz de Alexander resonaba en su cabeza como una advertencia silenciosa.
La colisión de dos mundos
Alejandro dejó el vaso sobre la mesa con demasiada fuerza. Se acercó a Azul, quien se sobresaltó al sentir su presencia tan cerca.
—Tu padre te llamaba "Estrellita", ¿verdad? —preguntó Alejandro. Su voz era un susurro ronco que erizó la piel de Azul.
Ella lo miró, sorprendida de que él recordara ese detalle.
—Sí. Decía que la luz siempre encuentra una grieta. Supongo que por eso estoy aquí, intentando encontrar una grieta en su muro de hielo, señor Rodríguez.
Alejandro dio un paso más, acortando la distancia hasta que sus respiraciones se mezclaron. La luz de los monitores perfilaba sus rostros, creando un claroscuro dramático.
—Mi hermano Alexander decía que yo era una estatua de mármol —confesó Alejandro, sus ojos fijos en los de ella—. Pasé años orgulloso de eso. Pero tú... tú estás haciendo que el mármol se agriete, Azul. Y eso me aterra.
Azul no retrocedió. Extendió su mano y, por primera vez, fue ella quien inició el contacto, rozando la mejilla de Alejandro con las yemas de sus dedos. El contacto fue eléctrico, una descarga de humanidad que ambos habían intentado evitar.
—No me tenga miedo, Alejandro —dijo ella suavemente—. No soy la mujer que destruyó a su hermano. Y usted no es el hombre que me abandonó en aquel orfanato. Somos solo dos personas rotas tratando de recordar cómo se sentía la luz.
Alejandro cerró los ojos, inclinándose hacia su toque. Por un instante, el magnate implacable desapareció, dejando paso al adolescente que extrañaba a su hermano y al hombre que, por primera vez en años, deseaba ser algo más que un rey en un trono sin corazón.
—Azul... —susurró él, rodeando su cintura con sus brazos fuertes, atrayéndola hacia sí.
Pero el miedo es una sombra larga. Justo cuando sus labios estaban a punto de rozarse, el teléfono de Alejandro vibró con una urgencia ensordecedora. Era una llamada de su abogado principal: algo sobre la auditoría del pasado de Alexander que él mismo había ordenado en secreto. El hechizo se rompió. Alejandro se alejó bruscamente, recuperando su armadura de frialdad en un segundo.
—Vete a casa, Azul —dijo, dándole la espalda—. Ya es tarde. Terminaremos esto mañana en la oficina.
Azul se quedó allí, con el calor de su piel aún quemándole los dedos. Sabía que Alejandro acababa de dar diez pasos hacia atrás. Pero también sabía que la grieta ya estaba allí, y que ninguna auditoría ni ningún contrato podría volver a sellar el mármol que ella, con su sola presencia, había empezado a romper.