Cuando El Reino Colmillo y Sombra Era una de las Poderosas y temidas por su generaciones de Reyes Alfas , con la espera de un nuevo Rey, todo dio un gran giro al tener una Niña Alfa llamada Ema.
Su Poder estaba en juego como su corona, no la creían apta, su vida fue criticada y usada para benéfio de muchos enemigos al ser una niña dulce y vulnerable.
La tomaron de menos, cuando su tortura escalo hasta una noche donde su mejor amiga la mató en un intento de celos por un el amor del Alfa Lucas quien era el más poderosos y deseadas por todas. La manada fue tomada y traicionadan por su tio lleno de odio y envidia hacia el Rey, tomo el control, llevando a su hijo ser el nuevo Rey Alfa, dando una muerte terrorífica a su hermano y su familia
Pero la muerte es algo misteriosa, pues en el cuerpo de Ema recae el alma de una joven totalmente diferente al resto, una máquina mortal llamada Cecilia.
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Megan
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En el Reino de la Manada
La luz penetraba sutilmente en la amplia oficina, mientras un hombre corpulento de cabellos largos y negros fumaba y revisaba meticulosa y minuciosamente sus expedientes.
–Mi Rey, traje los resultados de los exámenes —anunció una voz ronca detrás de la puerta.
–Pasa, Patrick —suspiró—. ¿Algo emocionante este año?
–Yo diría que sí, mi Rey —sonrió esperando que leyera los nombres.
–Mmm… La alfa Ema fue una de las destacadas… Veo que abandonó su torre de marfil.
–Así es; fue recomendada por los generales para la guardia real —entregó el informe.
–Entonces la mimada y llorona se enfrentó al vetusto Verfor… —sonrió con malicia.
–No creo que esos rumores sean ciertos, Majestad. La vieron con un aire distinto; Óscar llegó a afirmar que era «impecable en porte y cortesía» —dijo con una sonrisa astuta.
El hombre abrió los ojos de par en par y soltó una carcajada:
–Eso es demasiado viniendo de él… Pero si lo afirma, tendremos que comprobarlo en una semana —levantó las cejas con interés.
–Sí, mi Rey. También quisiera informarle que Casia desea hablar con usted —suspiró ligeramente molesto.
–Desvíela; ya le dejé claro que no busco lazos con ella —su semblante se endureció.
–Bien… ¿Pero qué le respondo a su madre? Llegará mañana y espera su respuesta —sacó una tableta digital.
–Esa mujer me volverá loco. Dile que aún no he encontrado candidata adecuada y que no intente nada… Mejor aún, espero su visita para decírselo en persona —suspiró.
–Entendido; seguro llegará con una nómina de damas como la vez pasada —bromeó, provocando una risa en el soberano.
–Seguro que sí… —rió—. Cree que elegir una reina es como seleccionar mercancía en un almacén —suspiró—. ¿Todo listo para partir?
–Sí, Rey; el automóvil está listo —confirmó.
–Y deja de llamarme así. Sabes que debes decirme Adrián —le palmoteó la espalda.
–No puedo; aunque seamos hermanos, Clarisa me haría añicos —rió.
–Es una orden, hermano. Si ella se queja, no podrá oponerse —subió al vehículo. Patrick rodó los ojos y lo siguió.
...
Manada Sangre y Sombras
Ema despertaba placidamente, se preparó y descendió a desayunar: ese día tenía libertad. Mientras bostezaba bajando las escaleras, vio a su padre ingresar al castillo con paso veloz.
–Ahí estás, dormilona… —sonrió—. Tengo una noticia para ti.
–Buen día, padre; estás muy animado… —rió—. Desayunemos en el jardín y cuéntamelo —él asintió y ambos se dirigieron al exterior.
(...)
–Guardia real… ¡Increíble! —exclamó. «Aunque no me sorprende; soy excelente en todo lo que me propongo»
«¿Modestia? ¿Dónde se esconde esa virtud?» —rió Bell.
Ema sonrió mientras leía la carta del general:
–Parece interesante, pero sabes que no puedo abandonar a mi manada, padre.
–Lo sé, cariño, pero estoy muy orgulloso de tus logros; tus calificaciones son excelentes. Podrías ir a conocer el lugar para distraerte… Tu tío es el jefe de la guardia; puedes pedirle ayuda —sugirió.
«Cierto, ese canalla es el jefe… Entonces el Rey se fía ciegamente de sus sandeces. Ahora comprendo por qué en la novela consiguió un aliado tan poderoso… Un detalle crucial que ignoraba»
–Está bien, padre… —dijo sonriendo. «Debo aproximarme a ese escroto y averiguar si el Rey está involucrado»
–Perfecto; le avisaré enseguida —agarró su teléfono móvil.
Después de unos minutos, su padre concluyó la llamada: le habían informado que ese mismo día podría mostrarle las instalaciones. Ema suspiró —era su único día libre, pero necesitaba confrontar a aquel idiota. Asintió y esperó a que la recogieran.
–¿Puedo ir caminando, padre? No me molesta ir sola.
–De ninguna manera; una alfa no puede desplazarse sin escolta. Te buscarán, cariño —afirmó con firmeza.
–Bueno, papa —dijo sonriendo.
Después del desayuno, se vistió con ropa cómoda; no pensaba usar vestidos, y todo lo que poseía en su guardarropa no le convencía del todo.
«Debo renovar este armario de niña bien educada»
«Ema, hoy saldremos a galopar; no lo olvides» —meneó la cola emocionada.
«Sí, Bell. Después de esta visita pasaremos el día en el bosque descansando» —sonrió. Bell revoloteaba de alegría en su interior.
(...)
Ema subió al automóvil negro que la esperaba, levantando las cejas ante su imponente majestuosidad.
«Ese Rey sí que tiene gustos suntuosos»
«No estaría nada mal tener uno así»
«¿Te lo imaginas? Debe alcanzar velocidades vertiginosas, aunque existen modelos aún más veloces y potentes»
«Quiero montar en uno; sería una experiencia trepidante»
«Yo también… Seguro compraré alguno cuando nuestros negocios estén más consolidados, gracias a mis estrategias. ¿Quién sabe?» —levantó las cejas pensativa.
«Sí, Ema; lo espero con anhelo»
El vehículo se detuvo en la imponente entrada del reino. Ema bajó la ventanilla para admirar el gran recinto.
«No está nada mal…»
Su tío la esperaba en la puerta. Ema descendió haciendo una sonrisa forzada al ver su rostro.
–Bienvenida, alfa… —dijo casi a duras penas—. Espero que tu viaje haya sido placentero —sonrió guiándola adentro.
–Sí, muy tranquilo. Mi padre le informó que solo vengo a conocer el lugar; no creo aceptar el puesto realmente —afirmó seria.
–¿Por qué no? Sería un honor sin igual formar parte de la guardia real —dijo cínico. «Una oportunidad perfecta para eliminarte del tablero»
–Porque tengo una manada que no permitiré que nadie dirija… Querido tío —lo miró fijamente. Notó cómo Luis tragaba con dificultad, forjando una sonrisa falsa.
(...)
En aquel breve lapso, Luis le explicó y mostró los cuarteles de la guardia, de forma tan rápida como si no esperara que ella comprendiera algo.
–Y bueno, aquí es donde se gestionan todos los registros. Al lado se encuentra la oficina del Rey; siempre está a su disposición —concluyó.
–Ya veo. Gracias por su tiempo, tío —dijo dirigiéndose a la salida.
Una mujer pelirroja irrumpió con rudeza, empujándola con fuerza.
–¡Córrete! —dijo mirándola con desprecio.
Ema la observó, solo levantó una ceja y se dio media vuelta sin darle importancia. Vio cómo los guardias se negaban a dejarla pasar.
–¡Saben quién soy! El Rey me convocó personalmente —decía prepotente.
–Déjala pasar —ordenó Luis.
–Tenemos órdenes expresas de no permitir su ingreso; el alfa Patrick se lo prohibió —respondió el guardia. La pelirroja apretó los dientes.
–Dije que pase… Soy el jefe de seguridad y ella es una persona conocida —afirmó con autoridad.
«Este no teme perder la cabeza, y el estúpido monarca ni se da cuenta de que alberga una serpiente venenosa en su círculo»
Los guardias se intercambiaron miradas y la dejaron avanzar. Ema observó con claridad cómo la pelirroja le guiñó un ojo y sonrió coqueta.
«Se está colando en su confianza»
«Sí, y no lo oculta. ¡Qué asco…»
–Me retiro —dijo Ema subiendo al automóvil. Luis asintió, mirándola de soslayo.
(...)
En el camino de regreso, Ema conversaba con Bell cuando vio a Megan salir de un comercio con el rostro encendido.
–Bájeme aquí… Gracias —pidió al chofer, quien asintió y se retiró.
Siguió a Megan por detrás, ocultando su olor. Llegaron hasta una vivienda muy humilde; los llantos de la joven se hicieron escuchar en el instante en que cruzó el umbral.
«Debemos averiguar qué sucede; ese llanto no augura nada bueno»
«Sí… Pero dudo que nos cuente algo; debe estar aterrorizada»
Ema decidió intervenir cuando vio a un hombre con una botella en la mano acercarse a la casa. Se ocultó detrás de un árbol, observando atentamente.
«Esto no luce bien»
«No permitiré que le haga nada; necesito saber la verdad»
El hombre entró furioso, gritando a Megan, quien bajó con temor, se secó las lágrimas rápidamente y comenzó a preparar la comida.
–¡Apúrate, mugrosa! Eres tan lenta como la idiota de tu madre —vociferó.
Ema miró por la ventana, escuchando cada palabra.
–Sí, padre.
«Es su padre, el miserable»
–¡Rápido! Es para hoy —apoyó la botella con fuerza en la mesa y golpeó la superficie.
Megan sacó unas monedas de su bolsillo y las colocó sobre la madera, ante el ímpetu de su progenitor.
–¡Esto es una miseria! ¿Acaso esa alfa te paga tan poco, o simplemente no sabes hacer tu trabajo? —gritó.
«Infeliz; ese oro vale más que su propia vida»
–Pero padre… Son cinco monedas de oro…
Una bofetada impactó su rostro, haciéndola caer al suelo.
–¿«Pero»? ¡Te atreves a contradecirme, escoria!
Ema rompió la puerta de un empujón, con los ojos rojos de ira. Megan abrió los ojos al verla sujetando a su padre del cuello en medio de la habitación.
–Alfa… —dijo entre suspiros.
–Al… fa… —su padre abrió los ojos como platos, sintiendo que le faltaba el aire.
–Megan… —la miró—. ¿Lo matamos, o lo llevamos a prisión? Tú decides —dijo con los ojos aún encendidos.
Megan miró a su padre, llena de temor.
–Tú eres dueña de tu destino ahora —afirmó Ema, manteniendo su agarre—. ¿Quieres seguir viviendo así, o le darás un alto definitivo? —preguntó con firmeza, sin desviar la mirada.
–Yo… —se agitó, recordando todos los años de sufrimiento—. No quiero… No quiero que siga vivo —dijo entre lágrimas.
Su padre abrió los ojos de par en par:
–¡Hija de pu…! —balbuceó. Ema sonrió, hundiendo sus garras en su cuello de un solo movimiento. El cuerpo cayó inertemente al suelo.
«¡Qué satisfacción!»
Megan se desplomó, viendo cómo su progenitor se desangraba. Permaneció unos instantes observándolo hasta que comenzó a sonreír y luego a reír a carcajadas.
Ema la acompañó en silencio; aquella risa era una mezcla de alivio, miedo y profundo dolor. Después, la joven lloró como una niña pequeña.
Ema se acercó y la abrazó, brindándole consuelo. Megan la estrechó, dejando caer sus lágrimas en su pecho. Pasaron largo rato así hasta que la joven se calmó.
–Alfa… Disculpe… La he ensuciado con mis mocos —dijo avergonzada.
Ema sonrió; su hermana había sido igual cuando lloraba:
–Tranquila. Me alegro de que hayas tomado esta decisión… Ahora debemos concluir lo empezado.
Megan asintió, buscó una sábana vieja y envolvió el cuerpo. Lo llevaron hasta una laguna cercana; Ema arrojó el cadáver, y la cabeza la lanzó cerca de donde un gran reptil mostraba sus fauces hambrientas. Las aguas eran peligrosas, pobladas de cocodrilos —nadie lo buscaría jamás.
Ambas vieron cómo el animal se abalanzaba sobre la carne, desgarrándola.
–Espero que no le cause una embriaguez alcohólica al pobre cocodrilo —comentó Megan.
Ema rio a carcajadas:
–Desde hoy estarás bajo mi protección, pero no permitirás nunca más que nadie te ponga una mano encima. ¿Está claro? —dijo.
–Alfa… No puede hacer esto… No soy digna de usted —dijo apenada.
–No te pedí permiso. Serás mi «guardiana»; quiero que te entrenes. Además, no puedes seguir viviendo así: con lo que ganabas deberías habitar cerca del reino —suspiró.
–¿Por qué… me ayuda, alfa? No tengo nada que ofrecer para ser su guardiana —bajó la cabeza.
–Me recuerdas a alguien que decía lo mismo. Y créeme: eres perfecta para ello —levantó su rostro con delicadeza. Megan sonrió, aún con lágrimas en los ojos.
La joven tomó la única foto que poseía de su madre y prendió fuego a la casa; ese era su único recuerdo preciado. Vio cómo el edificio se desmoronaba hasta convertirse en cenizas.
Después de ello, Ema ordenó asignarle una habitación y ropa nueva. Informó a su padre sobre lo sucedido; éste primero se quejó por la falta de aviso, pero comprendió su indignación cuando Megan le contó todo lo que había padecido.
–Eres bienvenida, Megan. Me alegro de que hayas confiado en Ema —dijo Fernando. La joven alzó la mirada, no esperaba tal acogida.
–Alfa Fernando… No puedo agradecerle lo suficiente… Daré todo de mí —dijo entre sollozos. Fernando sonrió, mirando a Ema, quien mostraba una sonrisa sincera. Le alegró verla así.
Megan se instaló rápidamente; todo parecía un sueño. Lloró mucho aquel día, agradeciendo con fervor a Ema.
–Deja de llorar; te quedarás sin lágrimas —rió—. Ahora descansa: mañana comienzas tus clases. Puedes preguntarme lo que necesites si algo no te queda claro.
–Sí, alfa… Estoy lista; no la fallaré —dijo feliz.
–Llámame Ema. Ahora somos amigas, Megan —sonrió. La joven volvió a llorar, y Ema la abrazó riendo.
...
Después de aquello, Megan durmió placidamente. Ema aprovechó para retirarse al bosque; la noche había caído con celeridad. Dejó salir a Bell, quien corrió libremente, disfrutando de la luz lunar.
«Hoy hemos hecho algo extraordinario, Ema. Eres una gran alfa»
«Somos un gran equipo, Bell. Y seguiremos actuando así por nuestra manada…»
«Tienes mi apoyo incondicional, Ema»
Permanecieron un rato más admirando la luna, mientras Bell le contaba sobre Selene y su leyenda. Ema conocía algunos detalles, pero profundizar en su historia resultaba fascinante. Luego regresó a su forma humana, se vistió y se dirigió directo a su cama: al día siguiente comenzaría de nuevo su rigurosa rutina.
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••Horas antes en el Reino ••
Adrián llegaba furioso al enterarse de que la pelirroja se encontraba en su despacho.
–¿Quién les autorizó dejarla pasar? —preguntó a los guardias, quienes temblaban ante el poder de su forma licántropa.
–El señor Luis… —respondió uno de ellos con voz entrecortada.
Adrián gruñó con furia y se dirigió directamente hacia él, con los ojos amarillos de la cólera.
«No entiendo por qué lo toleras; debimos eliminarlo hace mucho tiempo» —comentó su lobo, Aron.
«Sabes que debo descubrir sus planes. Si lo matamos, nunca sabré quién comenzó este conflicto de verdad»
«Como gustes, pero ya no podré contenerme más» —gruñó el lobo.
Adrián llegó a su oficina; Luis estaba sentado y se sobresaltó al verlo. El soberano sintió un aroma dulce y envolvente que impregnaba toda la sala.
«Ese olor… Es el de nuestra pareja» —gruñó Aron— «Huele hasta mi oficina con su esencia»
–Yo también quiero averiguarlo… —apretó los dientes con intensidad.
–Mi Rey… ¿Ocurre algo? —titubeó Luis, sintiendo la presión de su poder.
–Dime, Luis… ¿Acaso mi orden de prohibir específicamente el ingreso de esa persona es insignificante para ti? —desplegó su aura, haciendo que el otro tiemble— ¡HABLA!
–Rey… Pensé que, como busca a su pareja, la señorita Casia sería una excelente candidata para el puesto —dijo bajando la cabeza, mientras el peso de la presencia real le oprimía el cuerpo.
–Quítate esa idea de la mente —lo miró fijamente—. Siento el olor de otro lobo. ¿Quién más estuvo aquí? —preguntó.
–Fue mi sobrina, Rey… Solo le ofrecí un breve recorrido, nada relevante —respondió. «No permitiré que esa jovenzuela vuelva. Tendré que idear otro plan para asegurar mi posición»
«Su aroma está en todas partes… No soporto que invada nuestro espacio. Es nuestra»
–Cálmate, Aron. Debemos descubrir quién es por nuestra cuenta —dijo en voz baja.
–Ahora sí te lo digo claro: no quiero volver a verla en mi castillo. Se cumplirá mi orden, ¿queda entendido, Luis? —gruñó. Luis asintió a duras penas, aún bajo el peso de su poder.
Adrián se retiró para buscar a Patrick de inmediato; necesitaba saber quién era aquella sobrina, y de paso, deshacerse de la molestia que aún permanecía en su oficina.
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