Un contrato por deber. Un secreto por proteger. Un amor nacido de la amargura.
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Capítulo 6: El Peso de las Máscaras
El trayecto de vuelta en el coche es un túnel de silencio. Las luces de la ciudad pasan velozmente sobre el rostro de Julian, acentuando sus facciones duras y su mirada perdida en el cristal. Él ha vuelto a su estado natural: solitario y hermético. Benerice se encoge en su asiento, todavía sintiendo el calor de su mano en su cintura durante el baile, un fantasma de cercanía que se desvanece con cada kilómetro que los acerca a la mansión.
Al llegar, Julian baja del vehículo sin esperar al chofer y entra en la casa con paso decidido. Benerice lo sigue a una distancia prudente, su corazón hundiéndose al notar que la tregua de la gala ha terminado.
—Julian… —se atreve a decir cuando están en el gran vestíbulo.
Él se detiene en seco y se gira. Su expresión es amargada, cargada de una fatiga que va más allá del cansancio físico.
—Ha sido una noche larga, Benerice. No busques palabras donde no las hay —dice con frialdad.
En ese momento, el teléfono personal de Julian vibra sobre la consola de mármol. Él lo toma y, al ver la pantalla, su mandíbula se tensa. Es un mensaje de Vittorio, el padre de Benerice. Sin decir nada, Julian camina hacia su despacho y hace un gesto para que ella lo siga.
Al entrar, él lanza el teléfono sobre el escritorio.
—Tu padre sigue insistiendo en que el incidente del aniversario debe ser compensado. Sugiere que asumas un puesto directivo en la sede de Londres para limpiar tu imagen. Dice que Isabella ya estaría dirigiendo la mitad de la empresa a tu edad.
Benerice siente que el aire le falta. Londres significaría estar lejos de su refugio, sola con su culpa en una ciudad extraña.
—Yo… yo no quiero irme, Julian. No soy como ella.
—Lo sé —responde él, acercándose a ella con una mirada calculadora y demandante—. Sé perfectamente que no eres ella. Isabella era ambiciosa, brillante y... predecible. Tú, en cambio, eres un misterio de timidez y harina que se desmaya ante la menor presión.
Él se sirve un whisky, el cristal chocando contra la botella con un sonido seco.
—A veces me pregunto si tu silencio es una forma de castigo para mí, Benerice. ¿Es eso? ¿Crees que si te muestras lo suficientemente rota, finalmente me sentiré culpable por estar vivo?
—¡No! —Benerice alza la voz por primera vez, asustada de su propia audacia—. Jamás pensaría eso. Solo… solo intento sobrevivir.
Julian la ignora y camina hacia el ventanal, dándole la espalda. La luz de la luna baña sus hombros anchos.
—Sobrevivir no es suficiente. No en este mundo.
Benerice da un paso hacia él, impulsada por un recuerdo que le quema el pecho.
—¿Te acuerdas de cuando cumplí dieciséis? —susurra.
Julian se tensa, pero no se gira.
—Mis padres organizaron aquella fiesta temática en el jardín —continúa ella, con la voz temblorosa—. Isabella llevaba aquel vestido rojo que tú le regalaste. Yo me sentía tan fuera de lugar con el vestido rosa que mi madre me obligó a usar... Me escondí en el laberinto de setos porque sentía que todos se reían de mis curvas. Tú me encontraste.
Julian exhala un suspiro largo, un sonido que parece una confesión de derrota.
—Te estabas comiendo un trozo de tarta de manzana que habías robado de la mesa de postres —dice él, su voz perdiendo parte de su dureza, volviéndose ronca y nostálgica.
—Me dijiste que no tenía por qué esconderme para disfrutar de lo que me hacía feliz —recuerda Benerice, acercándose un poco más—. Me diste tu pañuelo para que me limpiara la comisura de los labios y te quedaste allí, en silencio, hasta que terminé. Ese día, Julian, por un momento, sentí que alguien me veía de verdad.
Julian se gira lentamente. Sus ojos azules están nublados por una amargura que ella no alcanza a comprender del todo.
—Ese día yo era un idiota que creía que el mundo era sencillo, Benerice. Creía que podía proteger a Isabella y darte un poco de paz a ti. Pero el mundo real no tiene laberintos de setos donde esconderse. El mundo real es el coche destrozado y el silencio que dejas en esta casa cada vez que bajas la mirada.
Él deja la copa en la mesa y se acerca a ella. Su presencia es varonil y abrumadora. Coloca una mano en la pared, justo al lado de la cabeza de Benerice, atrapándola en su espacio personal.
—Tu padre no te enviará a Londres. No porque yo sea un santo, sino porque no permito que nadie, ni siquiera él, mueva mis piezas en el tablero. Pero vas a tener que empezar a hablar, Benerice. Vas a tener que decirme qué hay detrás de ese miedo constante, porque estoy cansado de vivir con un fantasma que hornea trufas por la noche.
Él se inclina, y por un segundo, Benerice piensa que la besará. Su respiración se mezcla con la de él, inteligente y demandante. Pero Julian, fiel a su naturaleza, se aparta en el último momento.
—Vete a dormir —ordena, volviendo a su tono amargado—. Y Benerice... mañana quiero que desayunes conmigo. En la mesa, no en la cocina. Es una orden, no una invitación.
Él vuelve a su escritorio, ignorándola de nuevo mientras abre su ordenador portátil. Benerice sale del despacho con las piernas temblando, pero con una pequeña chispa de esperanza. Julian recuerda. Julian la ve, aunque le duela hacerlo. Y mientras sube las escaleras, sabe que la batalla por su propia voz acaba de empezar.