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Amor Entre Murallas Y Mareas

Amor Entre Murallas Y Mareas

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Completas
Popularitas:671
Nilai: 5
nombre de autor: Luisa Manotasflorez

En la Cartagena de Indias del siglo XVIII, una ciudad amurallada que resplandece bajo el sol del Caribe y late al ritmo del comercio y los secretos, nace una historia de amor imposible.

Ella, una joven de alta cuna, rebelde al silencio de las leyes coloniales, oculta tras su nobleza un corazón valiente que ayuda en secreto a los esclavos y desamparados.
Él, un apuesto escocés, extranjero de mirada clara y alma indomable, llega a la ciudad con las mareas, trayendo consigo un destino marcado por la pasión y el peligro.

Entre cartas escondidas, encuentros furtivos y miradas prohibidas, florece un amor tan profundo como frágil, capaz de desafiar las murallas de piedra, las cadenas de la Corona y la condena de la Inquisición.

Pero el mar, que un día los unió, también puede convertirse en el escenario de su mayor tragedia.

Amor entre Murallas y Mareas es una novela de pasiones intensas, secretos prohibidos y destinos marcados por la fuerza del corazón y la crueldad del tiempo.

NovelToon tiene autorización de Luisa Manotasflorez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 5

Después de todo aquello, aquí estaba todavía… viva, aunque marcada, aunque distinta. Mi cuerpo cargaba las huellas del tormento, cicatrices frescas que ardían en la piel y también en el alma. Caminaba poco a poco, tambaleante, apoyándome en el brazo de mi esclavo más fiel. Cada paso era una batalla, pero también un triunfo que arrancaba lágrimas de mis ojos cansados.

—Ayúdame un poco más… —susurré con voz quebrada, apenas articulando palabra.

Él asintió en silencio, sosteniéndome con una fuerza paciente, como si supiera que en ese andar lento y doloroso se jugaba mi voluntad de seguir viva.

Así, pasito a pasito, de un extremo a otro de la galería, aprendí a reclamar mi cuerpo otra vez, respirando hondo, mordiéndome el dolor, temblando por dentro. Cada instante parecía eterno. Y cada cierto momento llegaba aquel hombre, James, el escocés, con una canasta de frutas frescas: mangos, uvas, naranjas que brillaban bajo la luz del día, como pequeños trozos de sol.

Ese día, además de la fruta, traía en sus brazos un pequeño perrito de orejas caídas y mirada dulce. El animalito se movía inquieto, intentando saltar hacia mí, como si presintiera mi fragilidad. James se acercó despacio, respetuoso, y con voz baja dijo:

—Esto… es para usted. Quizás le acompañe, quizás le devuelva un poco de alegría.

Me quedé mirándolo sorprendida, con los ojos húmedos, y sentí que un nudo se me hacía en la garganta. Mis labios resecos intentaron formar palabra. Con esfuerzo, apenas dejando salir un hilo de voz, articulé:

—Gra… cias…

Las sílabas se quebraron en el aire, torpes, pero fueron suficientes. Lo miré, y con una fuerza que no sé de dónde saqué, le esbocé una pequeña sonrisa. Una sonrisa débil, rota, pero verdadera. James se inclinó apenas con la cabeza, y en sus ojos vi un brillo extraño, mezcla de alivio y respeto. El perrito, como si entendiera mi gesto, movió la cola y se acurrucó contra mis pies.

Después me acomodaron en una mecedora junto a la ventana abierta. El sol caía tibio, la brisa traía olor a sal del mar cercano, y el aire fresco me acariciaba la piel como si quisiera borrar, aunque fuera por un instante, todo lo que aún dolía. Observé la naturaleza en silencio: los árboles que se mecían suavemente, las flores que temblaban con el viento, y los pájaros que seguían cantando como si nada en el mundo hubiera cambiado. Y allí, con el vaivén lento de la silla, las lágrimas empezaron a caer.

Lloré sin esconderme, sin detener el torrente que brotaba desde lo más hondo de mí. No eran solo lágrimas de dolor físico, sino de todo lo vivido: la humillación, la rabia, la impotencia, pero también la resistencia que me mantenía en pie. Mi esclava, fiel compañera en aquel infierno, me vio y no pudo contenerse.

—Señorita… ¿por qué llora? —dijo con voz temblorosa, sus propios ojos inundados—. Señorita… usted está llorando…

Y entonces ella también lloró conmigo, como un espejo que compartía mi herida, como si sus lágrimas cargaran parte del peso que yo ya no podía sostener sola.

De pronto, escuchamos pasos apresurados. Mi padre apareció corriendo, con el rostro desencajado por la angustia. Al verme, su alma se quebró en su mirada. Sin pensarlo, se arrodilló junto a mí, me rodeó con sus brazos y me abrazó con tanta fuerza que tembló.

—Todo está bien, Selene, todo está bien… —susurraba una y otra vez, con la voz hecha pedazos—. Ya no dejaré que nadie te toque, ya no dejaré que nada te haga daño.

Me acurruqué contra su pecho como cuando era niña, y aunque el dolor ardía en cada parte de mi cuerpo, en ese abrazo sentí por primera vez en mucho tiempo algo parecido a la calma. El viento siguió soplando, llevando con él mi llanto y mis suspiros, mientras mi padre me sostenía como si temiera perderme otra vez.

Y allí, entre la brisa marina, las frutas frescas que James había dejado junto a mí, el perrito que me lamía suavemente la mano, el llanto compartido de mi esclava y el abrazo desesperado de mi padre… supe que, aunque mi cuerpo estaba roto, mi espíritu seguía vivo.

Ya recuperada, aunque aún con las huellas de lo pasado, comencé a salir otra vez. No era la misma, lo sabía bien, pero necesitaba enfrentar el mundo, respirar el aire de la ciudad, sentirme viva. Cuando caminaba por las calles y me dirigía al mercado, lo hacía siempre con mi velo de encaje blanco, delicado y fino, que me cubría el rostro casi por completo. Tras él me sentía protegida, como si pudiera esconder las cicatrices de mi cuerpo y de mi alma.

Aun así, percibía las miradas. La gente detenía un instante sus ojos en mí, como si quisieran descubrir lo que escondía tras las transparencias del encaje. Algunos lo hacían por curiosidad, otros por respeto, y unos pocos por malicia. Pero yo mantenía el paso erguido, con la frente alta, prefiriendo el silencio del velo a la desnudez de ser observada.

—Amelia… toma esto —le decía suavemente, entregándole las canastas donde iba guardando las compras.

Ella, mi fiel Amelia, nunca se apartaba de mi lado. Cargaba los cestos con diligencia, caminaba un poco detrás, y a veces me susurraba consejos sobre qué puesto elegir o qué vendedor ofrecía lo mejor.

El mercado era un mundo vivo, bullicioso, donde los aromas y colores parecían mezclarse como en un cuadro vivo. Me detenía siempre en los puestos de telas. Allí, rollos de lino blanco y crudo colgaban de los bastidores, junto a sedas brillantes que venían de oriente y algodonados bordados traídos desde las colonias. Pasaba mi mano por encima de los tejidos, cerrando los ojos un momento, imaginando un vestido ligero para los días cálidos de verano o cintas delicadas para adornar mis peinados.

—Mira, Amelia… este encaje negro podría servirme para el cabello —le decía con un dejo de ilusión en la voz.

Ella asentía, sus manos también rozando la tela con cuidado, como si compartiera mis sueños silenciosos.

Alrededor, los pregones de los vendedores llenaban el aire: hombres que ofrecían especias en sacos de colores, pescadores que gritaban la frescura de su mercancía llegada al alba desde el puerto, mujeres que exhibían cestas de frutas brillantes como joyas. El aroma del pan recién horneado se mezclaba con el fuerte perfume de la canela y el comino, con el salobre olor de los peces y el dulzor de las frutas.

Cuando terminábamos de comprar lo necesario, buscábamos sombra bajo los toldos de las fondas que rodeaban la plaza. Allí me sentaba, en un banco de madera, y pedía lo que se había vuelto un pequeño lujo cotidiano: una taza de café caliente, oscuro y amargo, que acompañaba con un pedazo de bizcocho esponjoso, aún tibio, que se deshacía en la boca. El contraste de sabores me devolvía una sensación de normalidad, como si en esos instantes pudiera olvidar la fragilidad de mi cuerpo.

Al mediodía, Amelia y yo compartíamos la comida en aquellas mesas rústicas. Nos servían cocido madrileño, donde los garbanzos tiernos se mezclaban con carne guisada y verduras de la huerta. El caldo humeante llenaba de olor la mesa, y siempre había pan moreno, crujiente por fuera y blando por dentro, que mojábamos con deleite. Algunas veces probábamos pescado en escabeche, adobado con vinagre y especias, o bien una perdiz estofada en vino que se deshacía en el paladar. De postre, casi siempre había dulces sencillos: membrillo con queso, o frutas frescas de la temporada —uvas dulces como miel, peras jugosas, higos maduros que teñían los dedos de púrpura.

Yo comía despacio, saboreando cada bocado como si cada plato fuera una ofrenda a mi renacimiento. El café me reconfortaba el alma, el pan caliente me llenaba de fuerza, y las frutas me recordaban que aún existía dulzura en el mundo, que no todo era dolor ni cicatriz.

Entre tanto, observaba a la gente pasar. Niños correteando con risas claras, mujeres que discutían el precio de las verduras, ancianos que caminaban despacio apoyados en sus bastones. Yo, oculta tras mi velo de encaje, miraba todo con una mezcla de distancia y pertenencia. Era parte de ese mundo, y a la vez, estaba apartada por lo que había vivido.

Y sin embargo, en cada salida, sentía que algo de mí volvía. Paso a paso, sorbo a sorbo, compra tras compra, iba recobrando mi lugar en la vida. Ya no era solo la sombra de una víctima. Era Selene, hija de un comerciante poderoso de España, que aunque había sido herida, llevaba en sí la voluntad y la dignidad de levantarse una y otra vez.

El viento del mercado me acariciaba el velo, el sol se filtraba entre los toldos, y en medio del bullicio yo encontraba pequeños momentos de calma. Momentos que me decían que la vida, pese a todo, seguía su curso… y que yo seguía en ella.

Después de todo, aquí estábamos. El mercado hervía de vida, como un río desbordado que llevaba consigo voces, olores y colores. Yo me entretenía en un rincón, probando un pequeño instrumento que había visto en una de las tiendas: un laúd de cuerdas finas, pulidas, que sonaban suaves al rozarlas con mis dedos. Lo hacía sonar despacio, casi en secreto, como si aquella música pudiese distraerme de todo lo que había pasado.

De pronto, lo vi. James. Se acercaba poco a poco entre la multitud, con ese paso seguro y medido que lo distinguía de los demás hombres. Había algo en él que imponía presencia, aunque no buscara hacerlo. Caminaba sin prisa, como si calculara cada movimiento, y aun así su figura destacaba entre mercaderes y campesinos.

Lo observé de reojo mientras acariciaba las cuerdas, intentando disimular el ligero vuelco de mi corazón. El sonido del mercado pareció apagarse por un instante. Tragué saliva, obligándome a mantener la compostura, aunque bajo mi velo de encaje podía sentir cómo mis mejillas se encendían.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se inclinó apenas, como marcando un respeto solemne, y con voz grave y cordial dijo:

—Señorita… ¿cómo está? Espero que se haya recuperado un poco.

Me detuve, dejé de tocar, y respiré hondo. No podía permitir que mi voz temblara.

—Bien… aquí estoy, bien —respondí con calma, aunque el rubor me delataba bajo el velo—. ¿Y usted, señor James? ¿Cómo se encuentra?

Él esbozó una media sonrisa, de esas que parecen guardar un secreto.

—Bien, bien. Aunque debo confesar que al verla de pie, en el mercado, después de todo lo que ocurrió, me siento aliviado. Me alegra verla entre la gente, con fuerza en la mirada.

Sus palabras me sorprendieron; no eran meras cortesías. Había en ellas una sinceridad poco común. Para disimular, arqueé una ceja y contesté con ironía:

—Fuerza en la mirada… no sé si es fuerza o terquedad, señor.

Él rió suavemente, y la risa le iluminó el rostro.

—Tal vez ambas —dijo—. Pero créame, la terquedad puede ser virtud cuando la vida intenta quebrarnos.

La conversación empezó a alargarse, como si ninguno de los dos quisiera marcharse todavía. Me preguntó por mi salud, pero también por mi familia, por mi padre, por cómo llevaba la hacienda después de los últimos incidentes. Su tono era amable, pero al mismo tiempo inquisitivo, como si buscara conocerme más allá de lo superficial.

—¿Y sus hermanos? —preguntó con un leve brillo en los ojos—. Tengo entendido que el mayor se interesa en negocios de ultramar.

—Así es —respondí, jugueteando con las cuerdas del instrumento—. Se cree mercader antes que noble. Y yo… bueno, yo prefiero no hablar demasiado de sus aventuras, no vaya a ser que me robe protagonismo.

Él soltó una carcajada franca.

—Tenéis esa lengua tan filosa como bella, bella dama… —dijo, inclinándose un poco más hacia mí—. Y debo confesar que lo encuentro atractivo. No todas las mujeres saben usar las palabras como espadas.

Lo miré fijamente, y aunque intenté mantenerme seria, no pude evitar que una sonrisa fugaz se dibujara en mis labios.

—¿Y acaso es eso lo que busca en una mujer, señor James? ¿Lengua afilada y sarcasmo?

—Busco lo que no se doblega —contestó sin dudar—. Lo que resiste, lo que aún después de haber sido herido sigue de pie con la cabeza erguida. Eso, señorita, es más atractivo que cualquier joya.

El silencio entre nosotros se llenó de un aire distinto, pesado y ligero a la vez. Yo bajé la mirada apenas, intentando disimular que sus palabras me habían atravesado más de lo que quería admitir.

Después hablamos de trivialidades: de las frutas frescas que había en el mercado, de la música que tocaban algunos músicos en la plaza, de las telas que yo había elegido para nuevos vestidos. Yo respondía con frases cargadas de picardía, él replicaba con humor y una chispa de coquetería escondida. El intercambio era como un duelo de espadas: yo no quería ceder, él tampoco.

Finalmente, cuando pareció que debía marcharse, tomó mi mano con una delicadeza inesperada. La sostuvo apenas unos segundos, como si aquella breve unión dijera más que las palabras que habíamos cruzado. Se inclinó y besó mi mano con respeto, pero también con una fuerza que me estremeció.

—Hasta pronto, señorita —dijo, con voz baja.

Y se fue, perdiéndose entre la multitud del mercado. Yo quedé allí, con el instrumento aún entre mis dedos, sintiendo el eco de sus palabras y de aquel beso ligero que aún ardía en mi piel.

Después de aquel encuentro en el mercado, fui llevada a la casa de mi suegro. Él era un hombre que imponía con solo entrar a la estancia: un guerrero marcado por los años y por la batalla. Tenía una pierna de palo que resonaba contra el suelo de piedra al caminar, una mano caída y sin fuerza, y un ojo tuerto que lo hacía ver siempre severo, aunque en el fondo su mirada guardaba nobleza. Su rostro estaba cruzado de arrugas profundas, como mapas de una vida llena de guerras, pérdidas y victorias.

Yo me detuve en el umbral, respiré hondo y avancé con serenidad, inclinando la cabeza en un gesto de respeto. Él me miró con atención, como si quisiera descifrar cada rincón de mi ser.

—Así que… usted es Selene —dijo con voz ronca, cargada de autoridad y de cierta dureza que no parecía falsa, sino fruto de la costumbre de mandar.

—Sí, señor —respondí suavemente, levantando apenas el velo para mostrarle el rostro—. Soy yo.

Él me observó un largo instante antes de asentir.

—Tiene los ojos firmes. Eso no se hereda, se forja. —Se apoyó en su bastón y caminó hasta sentarse frente a mí—. Dígame, ¿le asusta mi apariencia?

Yo sonreí apenas, negando con la cabeza.

—No, señor. He visto cosas más terribles que una pierna de palo o una herida de guerra. Usted es prueba de fortaleza.

Su ojo bueno brilló un momento, como sorprendido.

—Hum… lengua afilada, como ya me advirtieron. Eso me gusta. —Y luego, suavizando el tono—. No tema a mis preguntas. Soy hombre directo. Quiero conocerla, porque no todos los días uno recibe en la familia a una mujer tan… distinta.

—¿Distinta? —repliqué con un dejo de curiosidad.

—Sí. No se esconde, aun cuando lleva velo. Habla como si el miedo fuera un visitante que usted echó de su casa hace tiempo. Y eso, muchacha, no es común.

Bajé un poco la mirada, pensando en mis cicatrices, en todo lo que había pasado.

—El miedo aún me visita, señor. Pero he aprendido a que no me domine.

Él se inclinó hacia adelante, apoyando su brazo sano en la mesa.

—Bien dicho. —Hizo una pausa y me examinó otra vez—. Dígame, ¿qué espera de este matrimonio con mi hijo?

Tragué saliva antes de responder.

—Espero… aprender, crecer, quizá encontrar paz. Y darle a él apoyo, como esposa y compañera. No vine buscando fortuna ni poder.

El viejo guerrero soltó una carcajada seca, breve, como un trueno apagado.

—¡Bien! Porque fortuna y poder pesan más que un yugo, y pocas mujeres lo entienden. Si lo que busca es serle fiel y caminar a su lado, entonces ya tiene más valor que muchas damas que solo miran coronas.

Lo miré con respeto y una chispa de osadía.

—¿Y qué espera usted de mí, señor?

Él se quedó pensativo, golpeando suavemente el suelo con su pierna de madera.

—Que lo cuide. Mi hijo es fuerte, sí, pero el mundo y las batallas no siempre lo serán. Quiero que tenga a su lado alguien que sepa sostenerlo cuando la guerra esté dentro y no fuera.

Mi pecho se apretó ante esas palabras, tan duras y a la vez tan tiernas.

—Haré lo posible —le aseguré—. No prometo perfección, pero sí entrega.

El suegro sonrió de lado, con cierta satisfacción.

—Eso basta. —Hizo una pausa más y añadió con un suspiro—. Y espero también nietos. No se lo voy a negar. Esa es la forma en que los hombres de mi linaje entienden la eternidad.

Sentí arder mis mejillas y desvié la vista, mordiéndome el labio para no sonreír demasiado.

—Con el tiempo, quizá… —musité.

Él rió otra vez, esta vez con más calidez.

—Me gusta usted, Selene. No tiene miedo de hablar ni de callar cuando hace falta. Con mujeres así se construyen familias que duran.

Nos quedamos en silencio un momento, mientras el viento entraba por la ventana moviendo las cortinas. Y entonces lo entendí: aunque sus ojos y su cuerpo estaban marcados por la guerra, su corazón seguía siendo el de un padre que lo único que quería era asegurarse de que su hijo estuviera en buenas manos.

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Iliana Curiel
me encantó tu inició 🥰🥰🥰
Luisa Manotasflorez: Gracias
total 1 replies
Iliana Curiel
Hola autora me marca error no me deja dar like
Luisa Manotasflorez: No sé , será por el internet que tienes o la señal no sé disculpa me🤭🤣🥰
total 2 replies
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