--tú tienes algo que yo quiero,si me lo das, dejo es paz a el idiota ese -que es eso ?? -tú cuerpo
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Capítulo 7 mil y una vez detenida
Narra mariana
Hoy, al llegar a KB Tecnología, supe que nada sería igual. La oficina estaba demasiado silenciosa para un lunes, y cada paso que daba me recordaba lo mucho que él podía desarmarme con solo aparecer.
Mi escritorio estaba listo, los informes organizados, pero mi mente no lograba concentrarse. Recordaba cómo Keynel me había observado toda la mañana pasada, y cómo sus palabras parecían desafiarme sin siquiera tocarme. Esa sensación de peligro mezclada con deseo seguía viva, y no podía ignorarla.
—Mariana, necesito que vengas a mi despacho un momento —dijo su voz desde el pasillo, firme y directa.
Mi corazón dio un vuelco. No era solo que él necesitara algo; era la manera en que lo decía, la forma en que sus ojos buscaban los míos al final de la frase.
Tomé aire y caminé hacia él. Cada paso se sentía demasiado largo, demasiado pesado, como si estuviera caminando sobre un cable invisible que podía romperse en cualquier momento.
Cuando entré, Keynel estaba junto a la ventana, con los brazos cruzados y la mirada fija en la ciudad. Su presencia llenaba el despacho de una manera que hacía difícil respirar.
—Necesito tu opinión sobre estos contratos —dijo, señalando los papeles—. Pero quiero que me digas lo que realmente piensas.
Mientras revisaba los documentos, sentí cómo su brazo rozaba el mío accidentalmente al señalar una cláusula. El contacto fue mínimo, pero suficiente para que un escalofrío recorriera mi espalda. Intenté concentrarme en los números y palabras, pero cada vez que levantaba la vista, lo encontraba mirándome, observándome de esa manera que me hacía sentir vulnerable y poderosa al mismo tiempo.
—Mariana —dijo finalmente, bajando la voz—. ¿Sabes que a veces me cuesta mantener la distancia contigo?
Mi corazón se detuvo por un segundo. Lo escuché claramente, pero no sabía cómo responder. Era la primera vez que me decía algo así, y la franqueza me desarmó.
—No… no debería —logré susurrar, intentando parecer firme, aunque mis manos temblaban.
—Tal vez no deberíamos —dijo, acercándose un poco más—. Pero cada vez que estás cerca, siento que pierdo el control.
No sabía si era prudente mirar hacia él, pero no pude evitarlo. Su rostro estaba demasiado cerca, y la mezcla de su aroma y esa energía que parecía tocarme sin contacto físico me hizo contener la respiración.
—Keynel… —susurré, tratando de mantener la voz estable.
Él no dijo nada más. Solo inclinó un poco la cabeza, y por un instante, nuestros labios estuvieron a centímetros. No hubo beso, pero la proximidad era suficiente para sentir cómo todo lo que habíamos estado evitando se hacía más intenso.
—Mariana —murmuró finalmente—. Mantengamos la profesionalidad, ¿sí?
Asentí, aunque mis manos seguían temblando y mi corazón golpeaba contra mi pecho.
—Sí… claro —respondí, apenas audible.
Después de eso, trabajamos en silencio. Cada toque accidental, cada roce de hombro o brazo parecía cargar la habitación con electricidad. La oficina se sentía más pequeña, y a veces tenía que mirar a otra parte para no perderme en su cercanía.
Durante la tarde, Isabella pasó frente a mi escritorio y me lanzó una mirada que no podía interpretar. No estaba segura si era amigable o una provocación. Mi primera reacción fue sentir celos, pero recordé lo que Keynel había dicho esta mañana: “Mantengamos la profesionalidad”. Respiré hondo, intentando enfocarme en el trabajo.
Cuando llegó la hora de cerrar, Keynel se acercó nuevamente.
—Mariana —dijo suavemente, casi como un suspiro—. Hoy estuviste increíble. Has manejado todo con calma y precisión, y aun así… hay algo en cómo lo haces que me desconcierta.
Me mordí el labio, tratando de mantener la compostura. No era solo un halago profesional; había algo más en su tono, algo que hacía que mis mejillas se calentaran.
—Gracias —susurré—. Intento dar lo mejor.
—Lo logras —respondió, con una sonrisa leve—. Pero ten cuidado. No quiero que nuestra cercanía te confunda ni te haga perder el foco.
Asentí, aunque sabía que estaba perdida. Cada gesto suyo, cada palabra, cada mirada, me hacía sentir que la línea entre lo profesional y lo personal se borraba cada vez más.
Cuando finalmente me fui, no pude evitar mirar hacia atrás. Él seguía allí, observándome mientras cerraba la puerta de su despacho.
Sentí un escalofrío que no era solo por la tensión del día; era porque sabía que algo había cambiado. Algo peligroso. Y, aunque debía resistirme, una parte de mí deseaba que no lo hiciera.
Caminando hacia mi departamento, mi mente repetía cada instante de ese día: el roce accidental, la cercanía, la forma en que me había mirado. Me di cuenta de que estaba atrapada en un juego que no podía controlar, y aún así, no quería escapar.
Porque Keynel no era solo mi jefe.
Era un desafío que quería enfrentar, aunque eso significara perder un poco del control que me quedaba.
gracias