Estela tiene veinticinco años y la vida rota. Tras perder a su padre y cuidar a su madre enferma, se refugia en sus musicales favoritos. Es una soñadora que espera un amor de película, sin saber que el destino aguarda en la primera fila de un teatro.
David es el barítono del momento, una estrella internacional cansada de la soledad. Al salir al escenario para encarnar al Fantasma de la Ópera, una mirada inocente y húmeda entre el público lo hechiza por completo.
Decidido a conocerla sin el ruido de su fama, David inicia un juego desde el anonimato. Mediante rosas, notas y llamadas de madrugada con una voz que la derrite, reconstruye el mundo de Estela. Pero cuando los secretos se vuelven pesados, la realidad de la fama, los chantajes de una actriz y un embarazo en el exilio amenazan con destruir su paraíso.
¿Sobrevivirá el amor cuando caigan las máscaras? Descubre una historia profunda donde él fue salvado por sus ojos; y ella, arrullada por su voz.
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CAPITULO 6. MELODIAS EN LA DISTANCIA
A lo largo de la semana siguiente, la rutina de Estela cobró una dimensión completamente nueva. Los días, que antes le parecían grises y repetitivos entre los cuidados de su madre y sus trabajos de traducción, ahora estaban iluminados por la expectativa de la noche. Su teléfono móvil se había convertido en un portal hacia un universo paralelo. Cada noche, cuando el silencio se adueñaba de la casa, las iniciales E.D.S. aparecían en su pantalla, dando inicio a conversaciones que se extendían hasta la madrugada.
Al principio, los mensajes eran tímidos y giraban en torno al arte, la música y la literatura. Estela descubrió con asombro que su misterioso interlocutor poseía una cultura fascinante y una sensibilidad idéntica a la suya. Hablaban de acordes musicales que erizaban la piel, de los poemas malditos de Baudelaire y de cómo una obra de teatro podía salvar a una persona de su propia realidad. Sin embargo, a mitad de semana, la conversación dio un giro mucho más íntimo y profundo.
«Hoy te noto un poco distante en tus palabras, Estela», le escribió él una noche de martes. «Tus textos suelen tener un ritmo alegre, pero hoy siento un eco de melancolía entre tus líneas. ¿Ha ocurrido algo en tu mundo?».
Estela se quedó contemplando la pantalla, conmovida por la increíble capacidad de ese extraño para leerla a través de una simple pantalla. Dudó si abrir su corazón. Apenas se conocían, pero la confianza que él le inspiraba era un imán irresistible.
«Es un día difícil», confesó ella, tecleando con lentitud. «Hoy se cumplen exactamente seis meses desde que mi vida cambió para siempre. Mi padre falleció en un accidente de tráfico... Él era mi guía, la persona que alimentaba mis sueños. Desde su partida, siento que tengo que ser la roca de esta casa. Mi madre está sumida en una profunda depresión y yo... a veces siento que me ahogo bajo el peso de tener que ser fuerte todo el tiempo».
En su habitación de hotel, a pocos kilómetros de allí, David leyó el mensaje y sintió que un nudo opresivo le cerraba la garganta. La honestidad y la vulnerabilidad de Estela lo conmovieron hasta lo más profundo. No era una fan buscando llamar la atención de un artista; era un alma herida desnudándose ante él. Apartó la tableta un momento, respiró hondo y comenzó a escribir desde su propia experiencia, despojándose de cualquier fachada.
«Lamento tanto tu pérdida, Estela. No puedo imaginar el tamaño de ese vacío», respondió David, midiendo cada palabra con infinita ternura. «Pero déjame decirte algo: no tienes la obligación de ser de piedra. Las rocas también se quiebran con el agua. Está bien sentirse cansada, está bien llorar y está bien extrañar. Tu padre te enseñó a ser una soñadora, y mantener vivas tus ilusiones es la mejor manera de honrar su memoria. No estás sola en este universo, aunque ahora el cielo parezca cubierto de nubes».
Al leer aquellas palabras, Estela rompió a llorar en la soledad de su habitación. Pero no fueron lágrimas de desesperación, sino de un profundo alivio. Sentía que, por primera vez en seis meses, alguien validaba su dolor sin exigirle que fuera fuerte.
«Gracias», escribió cuando logró calmarse. «No imaginas lo mucho que necesitaba escuchar eso. ¿Cómo es posible que un desconocido me entienda mejor que mi propia familia?».
«Quizá porque los dos miramos el mundo con los mismos ojos, Estela. Descansa. Mañana será un día más amable, te lo prometo».
La promesa de David no fue una frase vacía. Al mediodía del miércoles, el timbre de la casa de Estela volvió a sonar. Esta vez, la joven no dudó. Corrió hacia la entrada y abrió la puerta de golpe, esperando vislumbrar al misterioso mensajero, pero el pasillo volvía a estar desierto. Sin embargo, sobre la alfombrilla descansaba un nuevo paquete. Era un sobre plano de cartón rígido, elegantemente envuelto en papel craft y atado con una cuerda de yute.
Con las manos temblorosas por la emoción, Estela entró al salón y deshizo el nudo. Al abrir el sobre, su corazón dio un vuelco. En el interior había dos objetos. El primero era un libro antiguo, una edición descatalogada y preciosa de Rimas y Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, con las páginas amarilleadas por el tiempo y las tapas de cuero grabado. El segundo objeto era una partitura musical manuscrita, donde alguien había dibujado las notas de una melodía desconocida con una caligrafía impecable.
Una tarjeta blanca acompañaba los regalos. Estela la leyó con una sonrisa radiante dibujándose en sus labios:
«Para los días en que el peso del mundo sea demasiado grande. Bécquer decía que mientras exista un misterio para el hombre, habrá poesía. Espero que estas páginas te devuelvan un poco de la magia que el dolor te ha robado. La partitura es una pequeña pieza que compuse pensando en la luz de tu mirada. Se titula "El Vals de Estela". Ojalá algún día pueda tocarla para ti. Tu admirador desde las sombras».
Estela apretó el libro contra su pecho, aspirando el aroma a papel antiguo y tinta. Estaba completamente conmocionada. Aquel hombre no solo la escuchaba a través de una pantalla; se tomaba el tiempo de buscar tesoros literarios para ella y, lo más increíble de todo, ¡había compuesto una melodía con su nombre! Era un gesto de un romanticismo tan puro y elevado que superaba cualquiera de las películas que había visto con Laura.
Inmediatamente, cogió su teléfono y abrió el chat con E.D.S.
«¡Es el regalo más hermoso que me han hecho en la vida!», escribió, desbordando emoción. «¿Un vals con mi nombre? ¿Una edición antigua de Bécquer? Me vas a volver loca de la intriga. Necesito saber quién eres. Esto es demasiado perfecto para ser real».
David, que acababa de terminar su ensayo vocal en el teatro, vio el mensaje y sonrió con una mezcla de felicidad y una pizca de temor. Cada vez se sentía más atrapado en su propia red. Estaba cayendo rendido ante la autenticidad de Estela, pero sabía que cuanto más profunda fuera la conexión digital, más difícil sería revelarle la verdad sin que se sintiera engañada.
«Es completamente real, Estela, te lo aseguro», contestó él, sentándose en el borde del escenario vacío. «Me alegra saber que te ha gustado. Solo quiero ser ese refugio donde puedas desconectar de tus obligaciones. No tengas prisa por descubrir mi rostro. Disfruta del misterio. A veces, las cosas más bellas de la vida son aquellas que no podemos ver, pero que sentimos con fuerza en el corazón».
Estela leyó el mensaje y acarició las notas dibujadas en la partitura de "El Vals de Estela". Miró por la ventana, contemplando el atardecer sobre la ciudad, y se dio cuenta, con un agradable escalofrío en el cuerpo, de que se estaba enamorando perdidamente de una sombra, de una voz sin rostro que estaba reconstruyendo su mundo pedazo a pedazo.