Hace tres siglos, la joven reina Isolda fue traicionada la noche antes de firmar un tratado que habría salvado su reino.
En su última hora, una mujer misteriosa le prometió: “Tendrás otra oportunidad, pero no en este tiempo.”
En el 2025, Tomás Vidal, es un arquitecto urbano y orgulloso escéptico de todo lo sobrenatural, encuentra en la restauración de un antiguo palacio europeo a una mujer desorientada, vestida como si acabara de salir de una pintura. Dice ser reina. No recuerda cómo llegó allí.
Entre intentos por adaptarse a un mundo sin carruajes, sin criadas y con “pantallas mágicas”, Isolda se convierte en un fenómeno viral.
Tomás intenta protegerla de la prensa y de sí misma, pero acaba descubriendo que lo imposible tiene su propia lógica y que está empezando a enamorarse de alguien que, literalmente, no pertenece a su tiempo.
Mientras tanto, los fragmentos de la traición que la condenó comienzan a resurgir.
¿Sobrevivirán al pasado o al presente?
HISTORIA DE 25 CAPÍTULOS. GRACIA
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CAPÍTULO 6
El amanecer llegó como un suspiro.
El reloj seguía en silencio, su esfera agrietada reflejando la luz tenue que entraba por la ventana.
Isolda no había dormido. Observaba el perfil de Tomás, aún medio dormido en el sofá, con el cabello despeinado y una manta cubriéndole el pecho. Había algo reconfortante en su presencia: tan mortal, tan simple… tan real.
Afuera, la ciudad despertaba con su ruido de motores y bocinas, un caos que aún le resultaba ajeno.
En su mundo, el amanecer olía a incienso y a hierba húmeda. Aquí, olía a café instantáneo y pan tostado.
Tomás se movió, desperezándose.
—¿Sigues despierta?
—No sé si dormí o si soñé —respondió ella, con un hilo de voz—. Pero fue… tranquilo. Por primera vez.
Él sonrió, sin abrir del todo los ojos.
—Entonces vas mejorando. El insomnio real es cuando uno sueña con correos electrónicos.
Isolda arqueó una ceja.
—¿Qué es eso?
—Algo que arruina vidas y paga cuentas.
Se levantó, y ella lo siguió con la mirada. Tomás caminó hacia la cocina, medio dormido, buscando el café como si fuera un talismán.
Isolda se acercó curiosa. Tocó la cafetera, observó el vapor, el ruido, la vibración del aparato.
—¿Es magia? —preguntó, con total seriedad.
—Ojalá —dijo él, riendo—. Pero sí, parece un poco infernal.
El aroma la envolvió. Probó el café con recelo y torció el gesto.
—Sabe a armadura quemada.
—Es café —replicó él—. Nadie lo toma por el sabor, sino por la necesidad de sobrevivir.
Ella dejó la taza en la mesa con delicadeza, como si fuera un objeto sagrado, y se sentó a observarlo mientras él revolvía el azúcar.
—A veces me pregunto cómo soportan este mundo —dijo ella, en voz baja—. Tantas luces, tantos sonidos, tanto… ruido.
—Nos acostumbramos —respondió Tomás, mirándola—. Igual que tú te acostumbraste a las traiciones de tu corte.
—No, nunca me acostumbré —susurró—. Solo aprendí a sonreír frente a ellas.
Él se quedó quieto. Había una melancolía serena en su voz que lo desarmaba.
—Isolda…
—No digas nada —lo interrumpió ella, sonriendo leve—. Si hablas, pierdo la ilusión de que esto es solo un sueño.
Él dejó la taza y se acercó despacio.
—Entonces soñemos un rato más.
El silencio que siguió no fue incómodo.
El reloj seguía quieto, pero algo en el aire vibraba: una calma nueva, tibia, como si el tiempo hubiera decidido observarlos sin intervenir.
Más tarde, Tomás la convenció de salir.
“Solo una vuelta corta”, le dijo, aunque en realidad quería ver cómo reaccionaba ella al mundo.
Isolda caminó por la calle con asombro infantil. Cada cosa era un misterio: los semáforos, los autos, los anuncios digitales.
—¿Y toda esta gente va a alguna parte? —preguntó.
—No siempre. A veces solo huyen del tráfico —respondió él.
—¿Y esos… aparatos? —señaló unos patinetes eléctricos—. ¿Sirven para escapar de los enemigos?
—Solo si los enemigos no corren muy rápido.
Él la vio reír por primera vez, abiertamente, sin peso en los hombros.
Esa risa bastó para que pensara —solo por un instante— que quizás el tiempo había hecho bien en traerla.
De regreso, ella se detuvo frente a una vidriera. Había un vestido rojo, moderno, de líneas simples. Lo miró con curiosidad.
—¿Las mujeres de este siglo usan eso?
—Sí.
—No parece proteger de nada.
—No tiene que hacerlo. Solo tiene que gustarles.
—Entonces… sí me gustaría usarlo —dijo ella, con una sonrisa tímida.
Esa noche, Tomás la vio probarse el vestido frente al espejo.
No era una reina, ni una aparición del pasado: era una mujer que empezaba a descubrir que podía ser libre, incluso del tiempo.
Él la observó desde la puerta, y ella lo miró de reojo.
—¿Qué ves? —preguntó.
—A alguien que podría volver loco a un siglo entero —respondió él.
Ella rió, girando sobre sí misma.
Y mientras el reloj, sobre la mesa, parecía dormir… una de sus manecillas se movió un milímetro.
Nadie lo notó.