La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.
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V- la insurrección de la flor
Clara:
El rugido del motor cortó el aire del bosque como una sierra eléctrica desgarrando seda. Era un sonido gutural, violento, que hacía vibrar la madera bajo mis pies. No era solo un coche; era el aviso de un monstruo que reclamaba su territorio.
—Quédate atrás, Clara —ordenó María, su voz perdiendo toda la seda y convirtiéndose en puro acero.
Dante desenvainó algo que brilló con un destello frío cerca de la ventana. Bianca se colocó frente a mí, con una mano en la cintura, lista para desenfundar una elegancia que yo sabía que era mortal. Todos estaban listos para la guerra. Todos estaban listos para decidir mi destino mientras yo esperaba en un rincón como una de las orquídeas que podaba cada mañana.
Pero algo se rompió dentro de mi pecho. El miedo, que hasta hace un segundo me asfixiaba, se transformó en una náusea ardiente. Estaba harta. Harta de los anillos con espionaje, de las huidas en coches deportivos y de esta familia de reyes oscuros que me trataban como a una pieza de ajedrez.
—No —dije. Mi voz sonó extraña, más grave, más firme.
—¿Clara? —Bianca me miró de reojo, sorprendida.
Caminé hacia la puerta. Mis pasos no vacilaron. Sentía el calor de la chimenea a mi espalda y el frío polar del bosque filtrándose por las rendijas, y en medio de ambos, yo era el fuego.
—¡Clara, regresa aquí ahora mismo! —mandó María con un grito de autoridad que habría detenido a un ejército.
No me detuve. Puse la mano en el pomo de hierro, giré la llave y empujé la puerta pesada. El aire gélido me golpeó el rostro, despejándome la mente de un plumazo. Salí al porche de madera y la luz gris del atardecer me cegó por un instante.
Allí estaba él.
El coche negro estaba cruzado en el sendero, escupiendo humo por el escape. Alessio acababa de bajar. No se parecía en nada al hombre que me regaló la esmeralda. Su camisa estaba desabrochada, su cabello era un desastre y sus ojos... Dios, sus ojos eran dos pozos de locura verde que se clavaron en mí en cuanto me vio. En el asiento trasero, la silueta masiva de su león, Belial, gruñía contra el cristal, impaciente por salir.
Alessio dio un paso hacia el porche, con las manos manchadas de grasa o quizás de algo peor, y una sonrisa torcida, triunfante, empezó a asomar en sus labios.
—Ratoncito... —su voz llegó hasta mí, cargada de una posesividad que me revolvió las entrañas—. Creíste que podías correr. Creíste que mi madre te escondería lo suficiente.
Escuché a mi espalda cómo la familia Veraldi salía al porche, formando una barrera de poder detrás de mí, pero yo no retrocedí ni un centímetro. Me crucé de brazos, sintiendo el peso del anillo vacío en mi bolsillo.
—¡No des un paso más, Alessio! —le grité. Mi voz resonó en el silencio de los pinos—. ¿Viniste por tu GPS? ¿O viniste a ver qué tan bien mientes cuando no tienes una joyería de por medio?
Alessio se detuvo en seco. La sorpresa cruzó su rostro por una fracción de segundo antes de ser reemplazada por una intensidad depredadora. Sus propios familiares guardaron silencio; nadie esperaba que la "frágil florista" saliera a recibir al lobo a mitad del bosque.
—Vine por lo que me pertenece, Clara —respondió él, bajando el tono, volviendo a esa suavidad peligrosa que ahora me daba asco—. Y tú llevas mi marca en el dedo.
—Tu marca está en la basura —mentí, sosteniéndole la mirada con una rabia que ni yo sabía que poseía—. Aquí no hay ninguna presa, Alessio. Solo hay una mujer que acaba de descubrir que eres un cobarde que necesita tecnología para seguirle el paso a una chica común.
Vi cómo su mandíbula se apretaba hasta que los músculos de su cuello se tensaron. La fiera estaba herida en su orgullo. Di un paso hacia el borde del porche, desafiándolo, sintiendo ese "potencial" del que hablaba María quemándome por dentro.
—Si quieres llevarme —dije, bajando la voz pero haciéndola llegar clara hasta sus oídos—, vas a tener que hacerlo frente a tu madre, tu hermana y tus hombres. Porque yo no vuelvo a caminar a tu lado por voluntad propia.
Alessio:
Me quedé petrificado en el barro del sendero, con el motor de mi coche todavía latiendo como un corazón mecánico a mis espaldas. El frío del bosque era una caricia comparado con el hielo que sentí en el pecho al escuchar su voz. No era el susurro tembloroso de la florería. No era el gemido de una víctima. Era un latigazo.
Mis ojos, inyectados en sangre por la falta de sueño y la furia, recorrieron cada milímetro de su rostro. Busqué desesperadamente esa grieta, ese pequeño temblor en la comisura de sus labios, el brillo del pánico que me alimentaba. Quería ver el miedo. Necesitaba que se encogiera bajo mi sombra para sentir que el orden del mundo regresaba a su sitio.
Pero no había nada.
Clara estaba allí, de pie en el porche, con el pelo alborotado por el viento y las mejillas encendidas, mirándome como si yo fuera un insecto al que estaba dispuesta a aplastar con su bota. Mi madre estaba detrás de ella, una sombra silenciosa y satisfecha, y supe en ese instante que María había logrado lo que yo más temía: le había enseñado a Clara a morder.
—¿Cobarde? —solté una carcajada seca, un sonido animal que hizo que Belial golpeara el cristal del coche con una garra—. ¿Me llamas cobarde por querer saber dónde dormía mi inversión, Clara?
Di un paso hacia ella, dejando que mi cinismo se desbordara como veneno. Mi mirada bajó hacia su mano izquierda, la que estaba vacía, la que ya no portaba mi esmeralda. El vacío en su dedo me dolió más que el puñetazo de mi padre.
—Te puse un anillo de diez mil euros y lo primero que haces es correr a que un joyero de mala muerte le saque las tripas —siseé, acortando la distancia hasta la base de las escaleras del porche—. Eso no te hace valiente, ratoncito. Te hace malagradecida.
Me detuve al primer escalón. Podía sentir la presencia de Dante a mi izquierda, su mano seguramente acariciando la culata de su arma, y a Bianca, que me miraba con un desprecio que solo una hermana puede profesar. Pero solo me importaba ella. Clara no retrocedió. Ni siquiera parpadeó.
—No vuelves a caminar a mi lado por voluntad propia, ¿eh? —repetí sus palabras, saboreándolas con una sonrisa cínica—. Qué discurso tan heroico. Casi olvido que hace menos de veinticuatro horas suspirabas cuando te tocaba la mano en tu pequeña y polvorienta tienda.
La miré con fijeza, esperando que ese recuerdo la humillara, que la hiciera bajar la vista. Pero Clara dio un paso hacia el borde del escalón, quedando por encima de mí. Su resolución era tan tangible que casi podía olerla; era el aroma de la tierra húmeda antes de un rayo.
—Aquel hombre no existía, Alessio —respondió ella, y su frialdad me caló hasta los huesos—. Solo era una máscara de lino y mentiras. Este que veo ahora, el que patea puertas y rastrea mujeres, es el que me da asco.
Sentí un impulso violento de subir esas escaleras, de agarrarla por los hombros y sacudirla hasta que volviera a ser la chica dócil de las flores. Pero el cinismo me mantenía anclado. Me crucé de brazos, desafiando no solo a ella, sino a toda mi familia que actuaba como su guardia pretoriana.
—El asco es un sentimiento muy fuerte, Clara. Casi tanto como la pasión —dije, bajando la voz a un susurro peligroso que solo ella pudiera sentir—. Puedes odiarme todo lo que quieras. Puedes quemar mis mapas y tirar mis anillos a la basura. Pero mírame a los ojos y dime que no sientes este hilo que nos une. Dime que no tienes curiosidad por saber qué pasa cuando el lobo finalmente atrapa a la presa que ha aprendido a rugir.
Mis ojos devoraron los suyos, buscando un rastro de la antigua Clara. No la encontré. En su lugar, había algo nuevo, algo que mi madre había despertado y que yo, con mi obsesión, había forjado. Ya no era una florista. Era una Veraldi en potencia, y esa comprensión me hizo sentir un hambre que ninguna joya podría saciar.
La vi meter la mano en el bolsillo de su chaqueta con una lentitud que me crispó los nervios. Por un segundo, el silencio del bosque fue tan absoluto que juré escuchar el latido de su corazón... o quizás era el mío, martilleando con una anticipación enfermiza.
Sacó el anillo.
La esmeralda captó la luz grisácea del atardecer, brillando con esa intensidad verde que me había obsesionado desde el primer momento. Pero ya no estaba en su dedo. Reposaba en su palma como un trozo de cristal sin valor, despojado de la tecnología que me permitía poseerla en la distancia.
—Toma tu "inversión", Alessio —dijo ella. Su voz no tembló. Ni un poco.
Con un movimiento seco y elegante, lanzó la joya. El anillo voló por el aire, trazando un arco parabólico antes de caer con un tintineo metálico y sordo sobre el barro, justo a la punta de mis botas de cuero. Se quedó allí, hundiéndose lentamente en la suciedad del sendero, manchándose de la misma tierra que yo pretendía que ella nunca pisara.
—Dáselo a alguien que no tenga ojos para ver quién eres realmente —sentenció, y sus palabras me golpearon con más fuerza que cualquier bofetada de mi madre—. Alguien que se trague tu fachada de caballero y no vea al monstruo que se esconde detrás de un fajo de billetes. Porque yo ya te vi, Alessio. Y no hay suficiente oro en el mundo para que vuelva a mirarte con respeto.
Me quedé mirando el anillo en el lodo. El cinismo que me servía de armadura empezó a agrietarse. Sentí una punzada de algo que no era rabia, algo mucho más peligroso: una humillación púrpura que me subía por el cuello. Clara Rossetti, la pequeña florista que apenas ayer no se atrevía a sostenerme la mirada, acababa de tirarme a la cara el símbolo de mi poder frente a toda mi familia.
Detrás de ella, vi a Bianca esbozar una sonrisa ladeada, una mueca de puro triunfo fraternal. María, mi madre, simplemente cruzó los brazos, observándome con esa frialdad de quien ve a un perro ser puesto en su sitio.
—¿Eso es todo? —mascullé, levantando la vista hacia ella. Mis ojos debían de parecer los de un animal herido, pero mi sonrisa seguía siendo una herida abierta—. ¿Crees que un gesto dramático cambia las cosas? Ese anillo vale más que tu tienda entera, Clara.
—Ese anillo no vale nada si el precio es mi libertad —respondió ella, dando medio paso hacia atrás, cerrando el espacio personal que yo tanto ansiaba invadir—. Lárgate de aquí. Vuelve a tu mansión y dile a tu espejo que sigues siendo el rey. Pero a mí... a mí ya no me asustas.
El silencio que siguió fue sepulcral. Belial soltó un rugido ahogado dentro del coche, impaciente por mi inacción. Yo estaba allí, bajo la lluvia que empezaba a caer, humillado por una mujer que no tenía armas, ni apellido, ni ejército, pero que me acababa de derrotar con una simple verdad.
Me agaché lentamente, recogiendo el anillo del barro con dos dedos. Estaba frío y sucio. Lo apreté en mi puño hasta que el metal me lastimó la palma.
—Esto no ha terminado, Clara —susurré, tan bajo que solo ella pudo captar la promesa de mi voz—. Has aprendido a rugir, es cierto. Pero recuerda que yo soy el que te enseñó dónde estaban tus garras.
Me di la vuelta sin mirar a mi madre ni a mi hermana, sintiendo el peso de sus miradas de juicio en mi nuca. Subí al coche y arranqué con tal violencia que las ruedas escupieron barro hacia el porche, una última rabieta de un hombre que sabía que, por primera vez en su vida, había perdido el control total sobre su presa.
Clara:
(cuatro semanas despues)
Las cuatro semanas en el Bosque de los Susurros habían transformado el silencio en mi único aliado. Al principio, cada crujido de las ramas me hacía saltar, esperando ver la silueta de Alessio recortada contra la luna, pero con el paso de los días, el miedo se decantó como el lodo en el fondo de un río, dejando una claridad fría y cortante.
María y Bianca se habían ido hacía tiempo, dejándome bajo la vigilancia silenciosa de Dante, quien aparecía entre las sombras de los árboles como un fantasma protector. Yo ya no era la chica que lloraba por una puerta rota. Había aprendido a encender el fuego, a escuchar el bosque y a cargar con el peso de mi propia soledad.
El sonido de un motor —esta vez uno familiar y menos agresivo— me sacó de mis pensamientos. El coche de Valentina apareció por el sendero, levantando hojas secas a su paso. Se detuvo frente al porche y ella bajó, con ojeras marcadas pero con una determinación que no le veía desde antes de la joyería.
—Se acabó, Clara —dijo, abriendo el maletero con un golpe seco—. No vamos a volver a esa ciudad a escondernos. Si vamos a vivir en guerra, al menos tendremos ropa limpia para dar la batalla.
Me acerqué al coche y sentí un nudo en la garganta al ver el contenido. Valentina no había traído solo lo básico; había traído nuestras vidas enteras.
En el suelo del sendero, alineó seis maletas grandes, pesadas y desgastadas por el viaje.
—Tres para ti y tres para mí —sentenció Val, señalando los bultos—. Traje todo lo que pude rescatar de la florería antes de que los hombres de Alessio terminaran de "vigilarla". Tus vestidos favoritos, tus libros de arte, incluso las herramientas de poda que tanto te gustan. Y las mías... bueno, digamos que mi apartamento ya no era un lugar seguro para dejar mis chaquetas de cuero.
Me quedé mirando las maletas. Tres de ellas contenían mis restos de civil, la Clara que vendía lirios y sonreía a los desconocidos. Las otras tres eran el arsenal de supervivencia de mi mejor amiga.
—¿Te vas a quedar aquí conmigo? —pregunté, sintiendo un alivio inmenso.
—¿Crees que te voy a dejar sola en esta cabaña de película de terror con los Veraldi acechando? —Val sonrió de lado, aunque sus ojos buscaban instintivamente los alrededores—. Además, Dante me da menos miedo que la idea de que Alessio te encuentre sin nadie que le rompa una botella en la cabeza.
Agarramos las primeras maletas para subirlas al porche. Mientras arrastraba la mía, sentí el peso de mi nueva realidad. Ya no era una visita temporal; esto era un cuartel general. Alessio creía que me había roto, pero lo que no sabía es que, al enviarme a este bosque, me había dado el tiempo necesario para dejar de ser su presa y empezar a construir mi propia fortaleza.
—Bienvenida a casa, Val —susurré, cerrando la puerta tras nosotras mientras el bosque empezaba a oscurecerse.
Valentina:
Jamás, en todos mis años trabajando detrás de la barra del Blue Velvet, aguantando borrachos impertinentes y mezclando cócteles para gente que no sabe ni cómo se llama, había presenciado un espectáculo tan glorioso. Mi plan original era simple: relajar a Clara, que estaba más tensa que una cuerda de violín, y quizás sacarle un poco de esa melancolía de "princesa en apuros". Pero lo que obtuve fue oro puro.
Ahí estaba ella, la delicada florista, la chica que pide perdón por existir, ahora transformada en la líder de una resistencia intergaláctica de aves de corral.
—¡Es que no lo entiendes, Val! —gritó, agitando una cuchara de madera como si fuera el cetro de un reino perdido. Señalaba una mancha de humedad en la pared con una intensidad que me asustaba—. Los patos... los patos son los verdaderos dueños del mundo. Tienen un plan. Caminan así, cuac-cuac, para que no sospechemos que están organizando un golpe de estado.
Me desplomé en el sofá, sosteniéndome el estómago porque el aire ya no me llegaba a los pulmones.
—¿Los patos, Clara? ¿En serio? —logré articular, mientras las lágrimas de risa me nublaban la vista.
—¡Sí! ¡Y la comida...! —Se puso de pie, o bueno, lo intentó. Dio un traspié digno de un marinero en medio de un huracán y terminó abrazando una hogaza de pan artesanal con una ternura infinita—. Este pan me está mirando feo. Me dijo que tiene sentimientos y que le duele que lo cortemos en rodajas. ¿Y si el queso también habla? ¿Y si el queso tiene secretos de Estado? ¡Imagínate las conversaciones en el refrigerador, Val! ¡El drama! ¡La traición láctea!
Era hipnótico verla así. Sus mejillas estaban de un rojo encendido, su cabello —siempre tan perfecto— era un nido de pájaros, y sus ojos brillaban con una lucidez... bueno, con una "lucidez etílica" que me hacía querer grabarlo todo para chantajearla el resto de su vida.
Se sentó en el suelo, cruzada de piernas, y de repente su rostro se volvió sombrío, adoptando una seriedad conspiranoica que me hizo soltar otra carcajada.
—Si Alessio viene ahora... —susurró, inclinándose hacia mí como si estuviéramos rodeadas de espías—, le voy a presentar al pan. Le diré: "Alessio, este es Pedro el Pan, y está muy decepcionado con tu comportamiento". ¡Eso lo destruirá! Un regaño de un carbohidrato es... es... ¡el fin de su imperio! ¡Boom! ¡Derrotado por el gluten!
Terminé rodando por el suelo, literalmente. El vino era bueno, sí, pero el show de Clara era de primer nivel. Mientras yo intentaba recuperar el aliento, ella se giró hacia un racimo de uvas que quedaba en la mesa y empezó a susurrarles, preguntándoles con una cortesía exquisita si sabían dónde estaba el baño o si necesitaban un salvavidas, porque según ella, la cabaña "estaba navegando hacia el Triángulo de las Bermudas".
La miré ahí, peleándose con las uvas y defendiendo el honor de un pan llamado Pedro, y por primera vez en semanas, el nudo de miedo que tenía en el estómago desapareció. Alessio Veraldi podía tener todo el dinero del mundo, podía tener leones y rastreadores, pero no tenía esto. No tenía esta humanidad tan ridículamente hermosa.
Si ese imbécil se atrevía a cruzar esa puerta, se iba a encontrar con una guardaespaldas armada... y con una Clara Rossetti dispuesta a lanzarle un ejército de patos revolucionarios.
Servirle esa tercera copa fue, probablemente, la decisión más cuestionable y brillante de toda mi carrera como barman. Si los Veraldi supieran que la futura "reina" de su imperio está ahora mismo intentando perrear —si es que a ese movimiento espasmódico se le puede llamar así— contra una de las vigas de madera de la cabaña, se les caería la mandíbula al suelo.
—¡Val! ¡Mira! ¡Soy una... soy una bailarina de caja de música con la cuerda rota! —exclamó Clara, soltando una carcajada que sonó más bien como un hipo prolongado.
Empezó a girar sobre sí misma con los brazos extendidos, pero sus pies no parecían estar de acuerdo con la dirección que elegía su cabeza. Arrastraba las palabras como si tuviera la boca llena de nubes de azúcar, estirando las vocales hasta que perdían el sentido.
—El sueeelooo... el suelo se mueve como una gelatina de fresaaaa —balbuceó, dando unos saltitos ridículos, encogiendo los hombros y moviendo las manos como si estuviera espantando moscas invisibles—. ¡Mira mis pies! ¡Son rebeldes! ¡No quieeeeren obedecer a la autoridad central!
Se detuvo en seco, tambaleándose peligrosamente hacia atrás, y me señaló con un dedo acusador mientras entrecerraba un ojo, tratando de enfocarme.
—Tú... tú eres una mala influ... influencia, Valentina. Me has dado jugo de risas. Y ahora... ahora tengo que ir a la guerra con los patos. Pero primero... ¡el baile del fideo loco!
Y entonces lo hizo. Empezó a sacudir los brazos de arriba abajo, deshuesada, con una expresión de concentración absoluta que solo un borracho puede fingir. Parecía una niña pequeña que acababa de descubrir que tiene extremidades y no sabe muy bien para qué sirven. Daba pasitos cortos hacia los lados, arrastrando las botas por el suelo, y de repente se quedaba congelada en una pose dramática, solo para soltar una risita tonta y seguir con su coreografía de fideo al dente.
—Alessio... ese hombre... —dijo de pronto, deteniendo su baile de forma abrupta y poniéndose "seria" de nuevo—. Si me ve bailar así... se va a enamorar de mis pasos de... de... ¿cómo se llama? ¡De pingüino con rumba!
Se abrazó a sí misma, girando lentamente mientras tarareaba una melodía que no existía en ningún pentagrama conocido. Verla así, tan ridícula, tan libre de la sombra de los Veraldi por unas horas, me partía el alma y me daba la vida al mismo tiempo.