Morí sin haber amado…
y desperté en un mundo donde el destino se divide en Alfas, Deltas, Omegas y Enigmas.
Reencarnado como un omega en una era antigua llena de magia y alquimia, Arion finge amnesia para sobrevivir.
Todo cambia cuando conoce a Eryndor, un poderoso Enigma capaz de escuchar los pensamientos más profundos del omega… incluso los recuerdos de una vida pasada.
Un amor prohibido.
Un destino que desafía las leyes.
Una familia nacida contra todo pronóstico
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Capítulo 5: Pensamientos prohibidos
Desde aquel encuentro en el jardín, Arion sintió que no tenía secretos.
Cada pensamiento, cada miedo, cada confusión, parecía un libro abierto frente a Eryndor. Y no solo eso: había algo más. Algo peligroso, desconocido, y, al mismo tiempo, tentador.
Me atrae.
El pensamiento le sorprendió, y luego lo aterrorizó. No debía sentir eso. No podía. No tenía derecho a…
Pero no quería huir. Ni de Eryndor, ni de esa sensación que le quemaba el pecho.
Durante los días siguientes, Arion se encontró observando cada movimiento del Enigma. La forma en que caminaba, silencioso y seguro, sin alardes; cómo sus ojos dorados parecían leer no solo su mente, sino incluso los recovecos que él mismo ignoraba; cómo, con un gesto mínimo, podía inclinar el equilibrio de cualquier conversación.
El miedo seguía allí, siempre, pero ahora se mezclaba con una tensión que no podía ignorar. Cada encuentro, cada palabra compartida, lo hacía palpitar más rápido. Y cada vez que Eryndor lo miraba directamente, Arion sentía que una corriente invisible recorría su espalda, uniendo mente y cuerpo en un calor difícil de soportar.
Una noche, mientras la luna bañaba la habitación con su luz plateada, Eryndor se sentó frente a él. No dijo nada al principio. Solo lo observó. Y Arion, atrapado en su mirada, supo que no podía fingir esta vez. No podía esconder lo que sentía.
—No te avergüences —dijo finalmente Eryndor, con su voz grave, suave y peligrosa—. Sentir no es un pecado.
Arion bajó la mirada, las mejillas ardiendo, incapaz de sostener su mirada. El corazón le latía con fuerza.
—En mi vida pasada… nunca amé a nadie —susurró, como si decirlo en voz alta fuera confesar una debilidad imperdonable.
Eryndor se inclinó un poco hacia adelante, acercándose lo justo para que el omega sintiera su calor. No lo tocó, pero el espacio entre ellos se volvió eléctrico, cargado de promesas no pronunciadas y deseos contenidos.
—Entonces esta vida te dará esa oportunidad —dijo, como si fuera un hecho inevitable—. Te enseñará lo que significa abrir el corazón.
Arion tragó saliva. La voz de Eryndor era una mezcla de consuelo y advertencia, de cercanía y dominio. No podía decidir si era un regalo o un riesgo mortal.
—Pero… yo no sé cómo… —murmuró, la voz temblando—. No sé cómo amar.
—Lo sentirás cuando llegue el momento —replicó Eryndor, apoyando la mano sobre la suya, solo un instante, suficiente para que un fuego recorriera la piel de Arion—. No se trata de instrucciones. Se trata de permitirte sentir.
Arion cerró los ojos. Cada latido de su corazón resonaba en sus oídos, mezclando miedo, deseo y algo que se parecía peligrosamente a esperanza.
Los días pasaron y cada interacción con Eryndor lo dejaba más inquieto, más consciente de cada pensamiento prohibido que cruzaba su mente. Pensamientos que jamás había tenido en su vida pasada. Pensamientos que podrían ser su perdición en un mundo donde un omega vulnerable podía ser manipulado, poseído o destruido.
Pero no podía evitarlo.
Se sorprendía imaginando la calidez de Eryndor, la manera en que podía inclinar la balanza de la habitación solo con su presencia. Se sorprendía deseando su cercanía, su voz, su atención.
Un día, mientras caminaban por los corredores del palacio, Eryndor se detuvo, giró y lo miró directamente, esa mirada dorada que parecía perforar cualquier defensa.
—Tus pensamientos me siguen —dijo con suavidad—. No puedes ocultarlos de mí.
Arion se estremeció, la garganta seca. No sabía si debía sentirse expuesto o protegido.
—Entonces… ¿qué hago? —susurró—. ¿Debo intentar detenerlos?
Eryndor sonrió, apenas perceptible, y apoyó un dedo sobre el labio de Arion en un gesto de advertencia más que de afecto.
—No. Solo déjalos fluir. Son tuyos. Y ahora… también son míos, de cierta manera —dijo, y Arion sintió un escalofrío que recorrió toda su columna—. No luches contra lo que sientes. Aprenderás a vivir con ello.
Esa noche, Arion se quedó despierto largo tiempo, repasando cada palabra, cada gesto, cada roce imaginario que aún ardía en su piel. No había manera de negarlo. Eryndor lo había alcanzado incluso en sus pensamientos más íntimos.
Y aunque sabía que estaba cruzando límites peligrosos, no podía apartarlo de su mente.
Me atrae… y no puedo detenerlo.
Era un pensamiento prohibido. Peligroso. Tal vez mortal. Pero también era lo primero que Arion había sentido realmente suyo desde que despertó en este mundo.
Un mundo donde fingir para sobrevivir ya no bastaba.
Un mundo donde los pensamientos podían traicionar y la atracción podía ser un arma.
Y Arion, atrapado entre miedo y deseo, comprendió algo fundamental: Eryndor no solo escuchaba sus pensamientos. También lo estaba moldeando.
Y él… no quería escapar.