Cathanna creció creyendo que su destino era convertirse en la esposa perfecta y una madre ejemplar. Pero todo cambió cuando ellas llegaron… Brujas que la reclamaban como suya. Porque Cathanna no era solo la hija de un importante miembro del consejo real, sino la clave para un regreso que el reino nunca creyó posible.
Arrancada de su hogar, fue llevada al castillo de los Cazadores, donde entrenaban a los guerreros más letales de todo el reino, para mantenerla lejos de aquellas mujeres. Pero la verdad no tardó en alcanzarla.
Cuando comprendió la razón por la que las brujas querían incendiar el reino hasta sus cimientos, dejó de verlas como monstruos. No eran crueles por capricho. Había un motivo detrás de su furia. Y ahora, ella también quería hacer temblar la tierra bajo sus pies, desafiando todo lo que crecía.
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CAPÍTULO CUATRO: UNA DAMISELA EN APUROS
Cathanna.
Ballet, danza contemporánea, gimnasia, todo eso tenía que estudiar, cada una dividida en horarios durante la semana. Era estresante en cierta parte porque mi cuerpo terminaba gritando por descanso, pero en otra me gustaba, me hacía mantener la cabeza ocupada de mi familia, que seguían hablando de mí como un pedazo de carne.
Mis abuelos estaban felices por el compromiso, al igual que todos los demás. Mi unión con ese hombre traería cosas buenas a la familia, decían ellos.
El carruaje se movía sobre las piedras del suelo. Estábamos en Aureum, a una hora del castillo. Pocas veces venía aquí, ya que, según mi madre, no tenía nada que buscar. Pero esta vez había sido diferente, aunque no sabía el motivo, no me quejaba.
Iba contando cada persona que veía hasta que mi mirada terminó en ellos… Cazadores. Tan letales como venerados. Muchas mujeres perdían la cabeza por ellos, soñando con desposar a uno, porque según ellas, así podrían ser protegidas de todo mal.
Eran una élite, un grupo selecto compuesto por hombres y mujeres, las cuales solo fueron aceptadas oficialmente hace veinticinco años, un lapso insignificante para una orden con más de cinco siglos de existencia. Sin embargo, los rumores decían que siempre hubo mujeres en sus filas, aunque sus nombres jamás salieron a la luz.
Considerando que hasta hace apenas cuarenta años las mujeres fueron reconocidas como humanas y no como animales gracias a la Ley Femenina —una ley que, irónicamente, solo las valoró al asumir que podían poseer el mismo pensamiento crítico y lógico que un hombre—, no podía esperar mucho de una organización como la suya.
—¿Sabes tú quién es la novia de tu hermano?
—No sabría responder, madre. —Me acomodé sobre el respaldo del carruaje —. No estaba al tanto que él se encuentra en una relación con alguien.
—Pensé que tenían mucha confianza para decirse las cosas —lo dijo con ese tono de dureza que me hacía obedecer siempre. Pero realmente, ya comenzaba a cansarme de él.
—La tenemos, madre —suspire pesadamente—. Sin embargo, él posee una vida privada. No puede estar diciéndome todo lo que ocurre en ella. Además, pocas veces nos vemos. Las cartas que nos enviamos, no son suficiente para saber lo que pasa en cada uno.
—Pues deberías saberlo —sus ojos me observaron con reprensión—. Eres su hermana. Es tu obligación, Cathanna. No podemos permitir que tu hermano caiga en manos de cualquier mujer. Sería un escándalo total. La alta sociedad nos vería como ropa vieja y desechada. Debe estar con una joven refinada, de clase, y lo más importante, de una familia a la altura de la nuestra.
—Lo siento, realmente no sé con quién está mi hermano, madre —recite, encogiéndose de hombros—. Sé que Xaren no me lo dirá. Y está en todo su derecho. No puedo obligarlo.
—Mmm, solo espero que no sea como esa mujer. Todavía no logro entender que le vio Xaren —dijo con desdén, arrugando la nariz como si el simple pensamiento le resultaba nauseabundo—. Mi hijo, un hombre tan de buena familia con esa… cosa. Creo que esa mujer lo hechizo para que le hiciera caso. No hay otra respuesta.
Dirigió su mirada hacia mí, evaluándome.
—Por ahora, solo debemos concentrarnos en tu compromiso con Orpheus Daveri. He estado pensando en dónde podría celebrarse la boda. El Coliseo... un lugar majestuoso, digno de albergar el matrimonio de mi hija. O tal vez en la Catedral de Lora, su arquitectura evoca una sensación de grandeza. Puede ser tan bien en el castillo como las otras bodas, pero quiero hacer algo único.
Rodé los ojos, sin que ella lo notara.
—Por cierto, tenemos que mandar a hacer tu vestido cuanto antes. Blanco, por supuesto, para representar la pureza en cuerpo y alma, y que te haga lucir hermosa. Mi hija no puede verse fea el día más importante de su vida. Debe ser un diseño exquisito. Quizás algo con encaje, un corsé bien ajustado… Sí, resaltará tu figura sin caer en la vulgaridad. Después de todo, una novia debe ser elegante, no provocativa. Eso solo lo dejarás para tu esposo cuando estén solos.
—Madre… —Frote la cuenca de mi nariz.
—Tendremos una buena charla tú y yo sobre cómo atender al hogar —dijo, ignorando mi llamado—. Todo sobre los hijos y cómo educarlos bien. Cualquier error que tengas puede ocasionar que tu esposo te deje. Sería una humillación eso.
Quise abrir la boca, decirle que no me importaba el Coliseo ni la Catedral, que no quería casarme con Orpheus Daveri, que no era una muñeca a la que podía vestir a su antojo. Pero sabía que cualquier intento de protesta sólo haría que su mirada se volviera más fría, más cortante. No era algo que quisiera soportar, no cuando el sol estaba a tope y el calor dentro del carruaje amenazaba con hacerme desmayar.
—Tenemos que realizar una fiesta donde ustedes se conozcan, ya que dentro de unos meses serán marido y mujer. Sería lindo que la boda fuera el día de tú cumpleaños —prosiguió con felicidad.
Arrugue la frente. El día de mi cumpleaños era algo sagrado para mí porque recibía más atención de la que tenía a diario y, sobre todo, regalos. No hay nada en el mundo que me gustara más que las cajas llenas de joyas, zapatos y vestidos lujosos. No quería compartir mi día con nadie más que no fuera mi sombra.
—¿Mi cumpleaños? —-mi voz salió incrédula —. No planeo arruinar mi día con una boda, madre. Es inaceptable.
—No es para tanto, querida. —Puso su mano sobre la mía —. Tendrás muchos cumpleaños, pero bodas solo una. Imagínate todo lo que te darán en ese día especial. ¡Será fantástico!
Al llegar frente a la gran tienda, descendimos del carruaje. Varias miradas curiosas se posaron en mí, algunas con reconocimiento, otras con un simple interés pasajero. El calor era sofocante. El sombrero sobre mi cabeza proporcionaba algo de sombra, pero no era suficiente para mitigar el ardiente clima. Solté un suspiro y abrí el abanico que llevaba en mis manos.
—¿Cuánto tiempo estaremos aquí, madre? —Me costó dar algunos pasos debido a que el piso de suelo tenía espacios por donde se iba la punta de mi tacón —. Este lugar puede asimilarse al infierno. Ni un paso decente puedo dar.
—Solo unos minutos. Iré con la señora Ris a buscar unos vestidos. Puedes ir a comprar lo que quieras aquí, pero no quiero que llames la atención de nadie. ¿Entendidos?
En cuanto asentí la cabeza, percibí un olor fuerte y perturbador llegó a mí. Era una mezcla extraña entre hierba y café, con un sutil pero inconfundible rastro de sangre. Recorrí el lugar con la mirada. Dos niñas pequeñas jugaban despreocupadas, una pareja discutía sobre algo y, en una banca cercana, una mujer leía el periódico con absoluta tranquilidad.
—¿Hueles eso, madre? Es como hierba, café y sangre.
—Tal vez es solo tu imaginación, querida.
No estaba segura de que fuera solo mi imaginación. Ese olor era demasiado fuerte, demasiado real. Mi madre se marchó, ajena a mi incomodidad. Observé de nuevo a mi alrededor, buscando el origen de aquel aroma perturbador. Las niñas seguían jugando, la pareja seguía discutiendo, y la mujer con el periódico no había cambiado de postura.
Todo parecía normal... demasiado normal. Pero entonces, un escalofrío recorrió mi espalda cuando el olor se intensificó, como si algo—o alguien—se estuviera acercando. Mi corazón se aceleró. Me giré lentamente. Y ahí, en la esquina más oscura del lugar, una silueta. Alta, inmóvil, me observaba.
Parpadeé y desapareció.
Agite un poco la cabeza mientras acomodaba el abanico en mis manos. Recibí el retículo que uno de los guardias me brindó. Tenía algunas monedas dentro que me había dado mi madre cuando salimos del castillo. No sabía que podría comprar. Ya tenía muchas cosas, y la mayoría no me las ponía dos veces. Nadie en el castillo entendía por qué lo hacía, y aunque lo explicara, no lo entenderían como debe ser.
Caminé hasta la parte de atrás de la tienda, donde pude visualizar un jardín con animales y detrás, más tiendas y personas que transitaban. Pero para mi desgracia, no llegué muy lejos, cuando estaba por cruzar, una dura espada se interpuso en el camino, haciéndome perder el equilibrio y caer al suelo de manera poco elegante. No sabía que era peor, que el pequeño grito que solté llamó la atención de varias miradas burlescas o que mi vestido ahora estaba lleno de polvo.
—¿Podrías fijarte por dónde caminas? —levanté la mirada al escuchar esa voz llena de desdén. Era de un Cazador cubierto de cabeza a pies—. No sé qué tiene la gente de esta ciudad, pero parecen disfrutar caer al suelo como si fueran bolsas de basura.
—Tú fuiste quien no se movió del camino —respondí, todavía en el suelo, bastante irritada—. Deberías estar ayudándome en este momento en lugar de hablarme de esa manera tan descortés.
—No tengo por qué hacerlo —su tono no cambió ni un poco—. Estoy de guardia. ¿Acaso no ves o necesitas limpieza en los ojos?
Apreté los labios con fuerza, tratando de calmarme. Definitivamente, los Cazadores no conocían lo que significaba la educación.
—¿De verdad crees que me interesa lo que hagas? —solté, molesta—. Lo mínimo que deberías hacer es pedirme disculpas por tropezar conmigo y ayudarme a levantarme, como todo un caballero. No hablarme así, como si fuera uno de tus amigos.
—¿Por qué debería hacerlo? Tú caíste sola. No tengo ojos en todos lados para saber cuándo una persona viene detrás de mí.
—¡Es mínima decencia!
—¿Crees que me importa la mínima decencia? No tengo tiempo para estos juegos infantiles. Si quieres ponerte de pie, hazlo tú misma. Tienes piernas, ¿no? Úsalas.
Me observó por unos segundos antes de girarse y marcharse. Me levanté como pude, tomando mi bolsa que ahora se encontraba con polvo, al igual que mi vestido. Mire por donde había desaparecido. Sentí muchas ganas de ir detrás de él y golpearlo hasta que se retractaba por la forma que me había tratado.
Me dirigí a donde estaban las mariposas. Notaba las miradas en mí, pero decidí ignorarlas. No necesitaba lidiar con esta gentuza. Después de unos minutos viendo las mariposas, entré a una de las tiendas, por un vestido nuevo.
Había muchos, pocos realmente llamaban mi atención, hasta que llegué a uno lila, adornado con pequeños bordados y volantes en el escote. Las mangas cortas y abullonadas rozaban los hombros del maniquí, mientras la falda caía con gracia hasta el suelo. Era perfecto para mí.
—Compraré este —le dije a la mujer tras de mí —. Por favor, llévalo al vestidor. Y no lo manches.
Baje la mirada a mis zapatos. No combinarían con el vestido. Eso significaba que necesitaba zapatos nuevos. Recorrí todos los zapatos que se encontraban en la pared.
—Y estos zapatos. —Señalé los más claros.
Salí de la tienda, por la puerta trasera del lugar, con mi nuevo atuendo. El viento chocó contra mi rostro. El sol estaba bajando por fin. No entendía a las personas que seguían viviendo en el sur, donde el sol era pan de cada día, en lugar de venir a tierras como estas, donde pocas veces hacía calor.
De repente, sentí unas manos rudas sujetándome con fuerza. Un filo afilado rozó mi cuello. Contuve la respiración. Mi sombrero cayó al suelo, dejando al descubierto mi largo cabello. No tuve tiempo de reaccionar.
Mi captor comenzó a retroceder, llevándome con él, tomándome como rehén mientras corría, arrastrándome en su espalda.
—¡Suéltame! —grité, forcejeando, pero su agarre era demasiado fuerte —. ¡Ya mismo!
—Calma, linda damisela —dijo con un tono de morbosidad—. No te haré nada… a menos que tú quieras.
—¡Asqueroso depravado!
Me arrastró hasta un edificio en ruinas, un lugar de poca luz y húmedo, donde las ratas corrían entre los escombros. El hedor era insoportable. Hice una mueca de asco. Moví mis manos al compás, haciendo que una ráfaga de aire comenzaba a formarse. La corriente golpeó al hombre, haciéndolo caer.
No iba a quedarme a esperar que se pudiera de pie. Comencé a correr con la velocidad que mis tacones me permitían. El lugar parecía un laberinto sin salida. Por donde iba, había otro callejón. El sonido de pasos detrás de mí, me hacían alarmarme más de lo que ya estaba. Cuando los necesitaba, los estúpidos guardias no aparecían.
Durante varios minutos, corrí y corrí sin tener la suerte de encontrar la salida. Me detuve, cansada. Me di aire con mis manos. De pronto, los pasos detrás de mí se hicieron más cerca. Gire rápidamente.
—¡Secuestrador! —grité, retrocediendo—. ¡Te denunciaré ante la Corte Suprema! ¡Le diré a mi padre que te mandé decapitar! ¡Abusivo! ¡Degenerado!
—¡No planeó secuestrarte! —respondió él, haciéndose visible—. Estás a salvo, ¿de acuerdo? Sí que eres dramática.
—¿Dramática yo? —Abrí la boca, ofendida—. Las chicas bonitas como yo no tienen tiempo para esas tonterías, ¿lo entiendes? —respiré para calmarme —. Y por cierto, ¿dónde se encuentra ese hombre?
—Posiblemente, ya esté siendo llevado a una celda en la Corte Suprema. —Su rostro se había descubierto en algún momento, no sabía cuándo, pero ahora podía verlo con claridad.
Bajé la mirada hasta sus pies y luego la deslicé lentamente por todo su cuerpo. Era alto, unos centímetros más que yo. Su cabello blanco y largo estaba recogido en una coleta desordenada. Pero sin duda, lo que realmente me desconcertó fueron sus ojos. Eran de un azul. No el azul claro o celeste típico, sino un tono eléctrico.
Eran hermosos. Destellos plateados danzaban en su iris como relámpagos atrapados en el centro de una tormenta. Por un instante, sentí que, si me acercaba demasiado, podría percibir el calor de esa energía, el cosquilleo de la electricidad contra mi piel.
—¿Te encuentras bien? —Me despertó del trance.
—Por supuesto que sí. —Aclaré mi garganta —. ¿Por qué no lo estaría?
—Acabas de ser secuestrada. Tal vez puedas estar con miedo. Es normal en las mujeres como tú. A todo le temen, incluso a quedarse sin maquillaje o cucarachas.
—No debería contar como un secuestro real —respondí, algo nerviosa, mientras me quitaba algunos mechones de cabello que se habían pegado a mis labios —. Y no le temo a nada, menos a esto. Es insignificante para mí.
—¿No debería contar como un secuestro real? —repitió, con burla en su voz—. Acabas de ser tomada como rehén por un criminal, llevada a un lugar desconocido, y tu vida estuvo en peligro. Si eso no es un secuestro, entonces no sé qué lo es.
—¿Ahora quién es el dramático? —dije, cruzándome de brazos mientras lo miraba con una ceja arqueada —. Cambiamos de lugar tan rápido.
—¿Dramático yo? —Esbozó una sonrisa ladeada—. No me hagas reír.
—No sabía que ahora era comediante para hacer reír a las personas. —Mi boca se inclinó en una sonrisa burlona.
—Tienes una boca muy afilada, ¿sabes?
—Solo corto a quienes lo merecen.
—¿Yo lo merezco? —Mordió su labio inferior con sutileza, dejando entrever una sonrisa.
—Por supuesto, por descortés.
—Descortés, mis…
—¡Ni se te ocurra! —lo interrumpí, mirándolo con horror—. No sé cómo puedes ser tan… tan vulgar.
—Talento natural, señorita.
Rodé los ojos.
—¿Cuál es tu nombre? —Me atreví a preguntar. No había un motivo aparente. Tampoco se debía buscar uno para saber como se llamaba mi rescatador.
—¿Mi nombre? ¿Para qué deseas saber mi nombre? No creo que sea algo relevante en esta situación.
—Solo pregunto por curiosidad —respondí, mirando mis uñas que tenían un suave color rosa —. No te creas tan importante, Cazador.
—No lo hago.
—¿Y bien? —Entrelace mis manos—. ¿Me dirás tu nombre o no?
—Soy Zareth.
—Zareth —repetí—. No es un hombre común en Aureum.
—Tal vez porque no es de aquí. Soy de Dagora, al norte —sonrió de lado, dejando ver sus filosos colmillos—. ¿Y el tuyo, pequeña damisela en apuros? ¿Cuál es tu nombre?
—Soy Cathanna —dije, manteniendo la mirada fija en él.
—Un nombre perfecto para una chica tan...
—¿Tan qué…? —Arrugue el rostro.
—Tan... tú.
—Eso no tiene sentido.
—Claro que lo tiene. Es un nombre que encaja perfectamente contigo. ¿Cómo podría describirlo?
Entrecerré los ojos, sin estar segura de si se estaba burlando de mí o si simplemente hablaba con naturalidad. A pesar de su actitud relajada, su presencia era intensa.
—Solo… —dije, intentando desviar la mirada—. Sácame de este lugar. Huele horrible. Es como si miles de ratas asquerosas hubieran muerto aquí. ¿Cómo es que nadie se atreve a limpiar este lugar? Es un horror.
—No es el peor lugar del mundo.
—¡Pero claro que sí! —bufé, cruzándome de brazos—. Deberían venir aquí más seguido para darle un manito de gato. Tal vez un tono neutro, piso de mármol y candelabros, algo más elegante. O mejor aún… —chasqueé la lengua y giré sobre mis talones—. Sería más práctico demoler esto y construir una estética. Sería mejor aprovechado.
—¿Acaso solo piensas en eso? ¿En verte bonita?
—¿Y es que acaso tiene algo de malo preocuparme por mi apariencia?
—Hay cosas mejores en las que preocuparse.
—¿Cómo cuáles? ¿Planetas chocando entre sí? ¿El cambio que sucede a nuestro alrededor? ¿El intenso sol? —solté una risa burlona—. Realmente no me interesa nada de eso. Prefiero, como dices, preocuparme por mi apariencia.
—Eres tan… aburrida.
—Como tú digas. Sácame ya de este lugar — ordené —. No quiero estar ni un segundo más aquí.
Estiró su mano hacia mí, y lo miré extrañada.
—¿Qué haces?
—Para sacarte de aquí, debes tomar mi mano.
—Estás demente. —Retrocedí un paso—. No tomaré tu mano. No tengo idea de qué cosas hayas tocado con ella. Podrías contagiarme alguna enfermedad y terminar matándome.
—Entonces quédate aquí y espera una muerte segura gracias a las ratas. Créeme cuando te digo que hay demasiadas aquí. Lo suficiente para arruinar tu bello rostro, señorita. Tú eliges.
—¿No hay otra forma? No sé… donde no tenga que haber contacto entre nosotros.
—No conozco este laberinto para guiarte hasta la salida.
Miré su mano con recelo, intenté llevar la mía a la suya, pero siempre terminaba apartándola, como si el simple contacto pudiera causarme heridas fuertes. Tenía guantes que impedían que mis manos se ensuciaran. Sin embargo, no quería arriesgarme.
—No tengo todo el punto.
—No tienes que ser tan grosero.
Cuando nuestras manos se rozaron, una electricidad recorrió mi cuerpo, y cerré los ojos por un instante, sorprendida por la intensidad. Al abrirlos de nuevo, me encontré de vuelta en la tienda, sin la compañía de Zareth.
—¡Cathanna! —escuché la fuerte voz de mi madre acercarse —. Te dije que no te movieras de aquí. ¿Por qué nunca haces caso? Los guardias te estaban buscando por todas partes. No entiendo por qué eres tan desobediente. ¿Así serás con tu esposo?
—¿Podemos hablar de otra cosa que no sea de los maridos?
—Debes prepararte para el tuyo —insistió sin mirarme.
—Ya lo sé, madre. Mi cerebro funciona perfectamente.
—No me hables en ese tono, Cathanna.
—Disculpadme la existencia, madre —murmuré con tono burlón, rodando los ojos sin que me viera—. ¿Adónde iremos ahora?
—Solo camina.
La campana de la tarde sonó.
Tome los bordes de mi vestido para poder caminar mejor por el pasillo de mármol que llevaba al salón de música donde mi hermano se encontraba con los dedos en las teclas del piano. Era un gran músico, aunque no se dedicara a ella, a pesar de que era lo que más quería desde niño.
Me quedé en el filo de la puerta, observándolo, hasta que él levantó la mirada, con ese rostro serio, tan característico de él.
—Pensé que estabas en Klinso, hermano. —Me senté a su lado.
—Me iré en unas horas. —Volvió a llevar su mirada al piano —. Tenemos que comenzar con el entrenamiento con los dragones nuevamente. El reino en cualquier momento puede entrar en guerra con Alastoria. Necesitamos estar preparados.
—¿En cuánto tiempo crees que se desate la guerra? —No me gustaba saber sobre guerras, pero en este momento, debía conocer cada parte de ella. En cualquier momento podríamos recibir un ataque como hace unas semanas en el otro costado del reino, donde muchas personas fueron asesinadas. Pensaba que con este, el reino respondería, sin embargo, no ha pasado nada. Ya habían sucedido tres. Y el cuarto llegaría en cualquier día.
—No lo sabemos con certeza. Podría ser en cualquier momento. El rey no quiere responder. No sé qué demonios espera ese hombre. Más ciudades serán atacadas en cualquier momento por esos dragones.
—No quiero que suceda eso —dije, poniendo mi mano en su hombro —. Me aterra que te suceda algo, Xaren. Sé que a ti no te importa si se desata o no, pero yo no quiero perder un hermano.
—Cathanna, no hay que tenerle miedo a la muerte. —Sus manos se posaron en las mías —. Solo es un proceso natural, como nacer.
—No hay nada natural en ser asesinado —lo reprendí con la mirada —. No eres inmortal. No puedes simplemente decir: “oh, que increíble ir a la guerra y morir por el honor”. No tiene nada de bueno eso. ¿Por que no eres capaz de verlo? Eres igual a nuestro padre en ese aspecto.
—No exageres, Cathanna. Los hombres hemos sido preparados para morir por nuestro reino si es necesario. ¿Quién podría temer a eso? Nuestro padre lo haría sin dudar, como lo hizo su padre y todos los que los antecedieron. No es gran cosa, Cathanna.
—No son simples piezas en un tablero —mi voz salió enojada —. Tienen esa idea de morir por el reino cuando podrían usar ese pensamiento para algo más útil, como forjar alianzas, tal como han hecho otros reinos. Pero no, los señores desean sacar el pecho y matarse.
—Díselo a tu padre, él es miembro del consejo, no yo. —Me palmeó el hombro —. No puedo hacer nada para impedir esto.
Tenía razón. Mi padre podría influir en ese aspecto, pero sabía que, por más ideas que le propusiera, no me escucharía. Siempre había sido ignorada cuando se trataba de dar mi opinión, y eso me hacía sentir impotente. Nunca entendí la verdadera razón por la que me silenciaban. Decían que una mujer no debía opinar, pero ¿qué lógica tenía eso? ¿Por qué no podía expresar lo que pensaba? Nací con boca, con voz… Si las mujeres no debíamos hablar, entonces, ¿por qué nací con ellas?
—Dejemos ese tema de lado — suspiré con pesadez —. Mi madre tiene una duda que al parecer no la dejara tranquila hasta que sea resuelta. ¿Podrías decirme quién ha robado tu duro corazón de piedra?
Él soltó una carcajada.
—¿Y te ha mandado a ti para cuestionarme? —Se cruzó de brazos.
—Te equivocas —sonreí de lado —. No le diré nada de lo que me digas. La lealtad entre hermanos es lo que importa.
—No te metas en lo que no te incumbe. —Despeinó mi cabello —. No veo por qué debería decirte con qué mujer me acuesto, ¿o sí?
—No seas vulgar. —Rodé los ojos con fastidio—. ¿Por qué me interesaría saberlo? Aunque, pensándolo bien, no me sorprendería que la hayas traído aquí, igual que haces con Katrione, solo para acostarte con ella.
—Tu amiga es bastante habilidosa, siempre me termina chu…
—¡Cállate! —Puse la mano en su boca, interrumpiéndolo—. Me largo de aquí. Es imposible hablar contigo de manera civilizada.
—Cierra la puerta.