Un contrato por deber. Un secreto por proteger. Un amor nacido de la amargura.
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Capítulo 3: El Peso de la Fragilidad
El despertar fue como emerger de una neblina espesa y fría. Lo primero que Benerice percibió fue el aroma a sándalo y cuero, el perfume inconfundible de Julian que parecía haber impregnado sus propias sábanas. Abrió los ojos con lentitud, sintiendo sus párpados pesados y la cabeza palpitando con un ritmo sordo.
No estaba en el salón. Estaba en su habitación, y la luz de la tarde ya se filtraba de forma oblicua por las pesadas cortinas. Al intentar incorporarse, un mareo la obligó a caer de nuevo contra las almohadas.
—No lo hagas. El médico dijo que tu presión está por los suelos —la voz de Julian, profunda y gélida, llegó desde un rincón en sombras.
Él estaba sentado en un sillón orejero, con las piernas cruzadas con esa elegancia varonil que lo hacía parecer el dueño de cada átomo de la estancia. Tenía una copa de cristal con un poco de whisky en la mano, y su mirada, calculadora y solitaria, estaba fija en ella. No parecía enfadado, pero su amargura era palpable, como una barrera invisible.
—Lo siento… —susurró Benerice, su voz apenas un soplido—. No quería causar este espectáculo frente a mis padres.
Julian tomó un sorbo de su bebida, observándola sobre el borde del cristal. La ignoró por unos segundos, dejando que el silencio se volviera denso, una táctica que siempre la ponía nerviosa.
—Tus padres ya se han ido. Les aseguré que solo era el estrés del aniversario —dijo él finalmente, con una indiferencia que cortaba—. Aunque tu madre insistió en que tu "falta de vigor" es algo que deberías trabajar.
Benerice bajó la mirada, sintiendo la punzada de humillación de siempre. Julian se levantó y caminó hacia la cama. Su altura y su presencia dominante hacían que la habitación se sintiera pequeña. Se detuvo a un costado y dejó la copa en la mesilla de noche.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste algo que no fuera azúcar, Benerice? —preguntó él. No era una pregunta de preocupación, sino una demanda de información, como un interrogatorio de negocios.
—No tenía hambre… —mintió ella, encogiéndose bajo las mantas.
Julian soltó una risa corta, sin rastro de humor. Su inteligencia siempre iba un paso por delante de las tímidas mentiras de ella.
—Mientes mal. El médico dice que estás desnutrida y agotada. Es irónico que la mujer que se pasa el día horneando dulces a escondidas se olvide de alimentarse a sí misma.
Él se inclinó un poco, apoyando una mano sobre el colchón, cerca del brazo de Benerice. Ella contuvo el aliento. En ese momento, Julian no parecía el hombre amargado que la ignoraba en el desayuno; sus ojos tenían un brillo pícaro, casi cruel, pero extrañamente atento.
—Si vuelves a desmayarte en un evento público, Benerice, tendré que tomar medidas más drásticas —dijo en voz baja—. Este matrimonio es un contrato de estabilidad. Y tú, ahora mismo, eres lo más inestable que tengo en mi inventario.
—Solo soy una decepción para todos, ¿verdad? —susurró ella, las lágrimas asomando finalmente por el cansancio físico y emocional.
Julian la miró en silencio. Por un breve instante, la dureza de su mandíbula pareció ceder, pero fue solo un destello. Se enderezó, recuperando su postura de mando.
—La decepción es una emoción demasiado fuerte. Digamos que eres una variable que aún no he aprendido a controlar —Él caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo sin girarse—. Martha te traerá una sopa. Cómetela toda. No quiero tener que subir aquí de nuevo a comprobar que sigues viva.
La puerta se cerró con un clic preciso, dejando a Benerice sola en la penumbra. Se tapó la cara con las manos, respirando el rastro de su perfume que aún flotaba en el aire. Julian la ignoraba la mayor parte del tiempo, la trataba como a una obligación molesta, pero ese momento en que la sostuvo en brazos antes de que ella perdiera el conocimiento… ese calor no había sido parte del contrato.
Unos minutos después, la señora Hennessey entró con una bandeja. La depositó sobre la mesa con un golpe seco, sin mirarla.
—El señor Julian ha dado órdenes estrictas de que no baje a la cocina hasta nuevo aviso, señora. Dice que el aroma a vainilla le está causando dolor de cabeza.
Benerice sintió que el corazón se le oprimía. Él le estaba quitando su único refugio.
—Está bien, Martha —murmuró, volviendo a su papel de mujer callada y asustadiza.
Mientras tomaba la sopa, fría y sin sabor comparada con sus creaciones, Benerice recordó una tarde de su adolescencia. Había llovido y ella estaba llorando en el invernadero de sus padres porque Isabella le había roto una de sus figuras de porcelana favoritas. Julian, que estaba de visita, entró a buscar refugio de la lluvia. No le preguntó qué pasaba, simplemente se sentó a su lado, sacó un chocolate de su bolsillo y se lo entregó. "El azúcar ayuda a pensar antes de hablar, Benerice", le había dicho con una sonrisa de medio lado, inteligente y pícara.
Aquel chocolate había sido el más rico de su vida. Ahora, el hombre que se lo dio era el mismo que le prohibía entrar en la cocina.
Se terminó la sopa por miedo a su reacción, no por hambre. Sabía que en algún lugar de esa mansión, Julian estaba en su despacho, rodeado de sus números y su soledad, ignorándola de nuevo con éxito. Pero ella, en la oscuridad de su cuarto, empezó a entender que si quería sobrevivir a ese hombre frío y demandante, tendría que aprender a ser algo más que una sombra asustada. Aunque no sabía si tenía la fuerza para lograrlo.