En la efervescente Buenos Aires colonial, donde el dominio de poder se pierde en las redes del amor, la obsesión y la lucha de clases. La posesión colisionan en una época de profundos cambios y un latente anhelo de libertad.
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capítulo 4: El precio de las uvas.
La noche había caído sobre la hacienda, y los sirvientes trabajaban sin cesar para asegurarse de que el festejo de los nuevos señores fuera un éxito. Pero una vez que terminaron sus tareas, se retiraron a descansar, olvidando por completo la única ración de comida de los esclavos que se refugiaban en las pequeñas casillas. La oscuridad y el silencio se cernieron sobre el lugar, y solo se escuchaba el sonido de los estómagos rugiendo de hambre.
Esperanza, no podía conciliar el sueño. Su estómago dolía de hambre, y la bilis subía hasta su garganta. No podía aguantar más, así que decidió salir en busca de alimentos. La noche era fría y oscura, y la escarcha crujía bajo sus pies descalzos y rajados por los caminos rocosos. La fina tela que la cubría no era suficiente para protegerla del frío invierno que se cernía sobre la hacienda.
La oscuridad de la noche envolvía la casona, pero una pequeña luz que se filtraba por una ventana llamó la atención de Esperanza. La curiosidad, una fuerza tan potente como peligrosa, la impulsó a acercarse. Sabía que espiar era un acto prohibido, una transgresión que podía costarle caro, pero la tentación de lo desconocido era demasiado fuerte. Si nadie la veía, ¿qué daño podría hacer?
Se acercó sigilosamente, como una sombra más en la penumbra, y asomó la cabeza. Lo que vio la dejó sin aliento, el aire pareció escaparse de sus pulmones. El joven amo estaba allí, sentado en una silla, inmerso en su propio mundo. En una mano sostenía un caballo de madera, un juguete quizás, o un objeto de contemplación. En la otra, el deseo personificado: un ramo de uvas. Con una lentitud desgranaba las uvas con la boca, una a una, saboreando cada una con una quietud hipnotizante. La boca de Esperanza se llenó de agua, un anhelo primitivo por esas frutas dulces que él disfrutaba tan despreocupadamente.
Pero justo cuando se encontraba hipnotizada por la escena, el joven amo se detuvo. Sus ojos, penetrantes como los de un halcón, se clavaron directamente en la ventana, en el punto exacto donde ella se escondía. Un escalofrío de terror le recorrió la espalda. Esperanza bajó la cabeza lentamente, esperando ser invisible, temiendo lo peor. "¿Me ha visto? ¿Debo quedarme o huir?". Lentamente, comenzó a darse la vuelta para escapar, pero en ese instante, el crujido de la ventana al abrirse de par en par la detuvo en seco.
El sonido fue un estruendo en el silencio de la noche, un golpe seco que resonó en el pecho de Esperanza. Su corazón, desbocado, golpeaba contra sus costillas, amenazando con salirse. El aire se volvió denso, difícil de respirar, y el tiempo pareció congelarse. Entonces, la voz susurrante del joven amo flotó en el aire, una melodía inquietante que la envolvió: "¿Qué haces?"
Esperanza se giró con lentitud como si sus movimientos no le pertenecieran. Y mira al joven a la cara por instinto y se encuentra con esos ojos azules que brillaban como diamantes bajo la luz de la luna y sintió cómo se hundía en su profundidad.
El rostro del joven amo, apenas unos años mayor que ella, poseía una presencia que desbordaba su juventud, una autoridad innata que lo hacía parecer mucho más grande. Sus ojos, antes fijos en los de Esperanza, se deslizaron lentamente hacia el ramo de uvas que aún sostenía. Él, como un felino acechando a su presa, siguió el trayecto de su mirada con una calma perturbadora.
"¿Quieres esto?", preguntó, agitando el ramo con un gesto que parecía burlarse de su deseo, como si le ofreciera un hueso a un perro hambriento.
Esperanza, decide bajar la mirada al suelo en señal de sumisión, se inclinó lentamente, un gesto de respeto forzado que no ocultaba su firmeza. "Disculpe, amo. Por favor déjeme ir", su voz apenas un susurro cargado de urgencia.
Con un movimiento fluido, el joven amo abrió la otra ala del ventanal, el aire nocturno invadió la habitación. Se colocó frente a ella, su imponente figura enmarcada por la luz. "Mírame", ordenó, su voz baja y cargada de un desafío velado.
"Mírame con el descaro que lo has hecho anteriormente."
La exigencia era clara, no quería sumisión, sino el fuego salvaje que había vislumbrado en sus ojos, esa chispa de rebeldía que ahora parecía anhelar.