Pesadillas terribles torturan la conciencia y cordura de un Hombre. Su deseó de proteger a los suyos y recuperar a la mujer que ama, se ven destruidos por una gran telaraña de corrupción, traición, homicidios y lo perturbador de lo desconocido y lo que no es humano. La oscuridad consumirá su cordura o soportará la locura enfermiza que proyecta la luz rojo carmesí que late al fondo del corredor como un corazón enfermo.
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El Hombre Sin Ojos. Pt3.
Está de rodillas sobre el suelo frío, la espalda curva, las manos ensangrentadas todavía alzadas hacia el espejo. El rostro alzado. Sus ojos… no están. Los párpados se abren en una mueca permanente, pero no hay ojos. Las cuencas están vacías, heridas, desgarradas.
No hay rastro de espanto en su cara; más bien hay una calma terrible, como si el hombre hubiera hecho lo que tenía que hacer sin esperar algo más.
La escena me golpea de una manera que no esperaba. Reconozco la postura. La conozco. La había visto, en la libreta, en la tinta que me despertó a mitad de la madrugada. El sueño. La misma pose. La misma sensación. El mismo aroma…
—¿Es… el espejo, el mismo de tu sueño? —susurra Héctor, sin levantar mucho la voz.
—No. Pero el gesto de él. Si…
No toco nada. No me acerco más de lo necesario.
Los detalles hablan sin pedir permiso: restos de un líquido negro formando pequeños charcos que se acercan al borde del marco metálico; marcas en el suelo, como si alguien se hubiera arrodillado con deliberación; una línea fina, casi ceremonial, dibujada con un dedo en la tierra: un semicírculo que le abraza las rodillas. Cuatro pares de huellas diferentes lo rodean por la espalda, como un público maldito.
Me acerco lentamente al espejo. La fractura del espejo crea una red de líneas que parte su rostro y el mío en mil fragmentos.
Me acerco un poco más y miro el espejo. Por un instante, mi reflejo llega con un retraso mínimamente extraño; mi boca se mueve un parpadeo después. Es una trivialidad microscópica, pero la siento como una grieta.
El vidrio devuelve mi figura teñida de negro. Por un segundo, me parece no ver mi rostro. Solo una silueta negra detrás de mí.
Me giro… Nada… Detrás de mí solo hay una oscuridad que no existe en la sala.
Héctor me saca del trance, pateando mi rodilla en el suelo. Siento que carga con lo leído esta mañana en mi libreta. Me pide un cigarrillo con su mano que no puede dejar de temblar.
—¿Qué mierda pasó aquí? —pregunta, pero la pregunta no tiene respuesta inmediata.
Saco uno de mi bolsillo y se lo doy, él lo enciende y se aleja por un momento llevando su mano a la nuca, esperando respuestas.
—Esto no está bien.
—Lo sé. —le respondo—. Pero esto no es una coincidencia.
Saco la libreta de sueño, y paso la punta del bolígrafo sobre la última hoja grabada, sin escribir todavía. No quiero que nadie vea las palabras manchadas de tinta que no entiendo del todo.
Escucho pasos lejanos, voces quejándose de la hora y el lugar. Guardo la libreta nuevamente en mi pecho. Las luces de las linternas de los técnicos titilan entre la pesada nube de polvo en el lugar, llega de regreso el equipo forense.
Un oficial enciende una barra de focos por dentro del cuarto, y nos pide que retrocedamos unos pasos.
Procedimientos. Rituales que mantienen el mundo en su sitio por unas horas.
Me inclino hacia el cuerpo otra vez, por instinto más que por investigación. Los dedos ensangrentados parecen haberse aferrado a algo que ya no existe. Las puntas de sus dedos están desgarradas, sus falanges expuestas llenas de sangre, como si el hombre se hubiera arañado hasta salir de su propia piel. En sus mejillas, tiene trazos rojos que bajan por todo su rostro, hasta su camisa.
Con el bolígrafo muevo uno de sus rígidos dedos aun alzados. Necesito saber. ¿Cuánto tiempo lleva muerto este tipo? ¿De que vivía?
La tensión de su dedo me susurra; que ya lleva unas 24 horas sin que su corazón bombee sangre. Las heridas en sus cuencas son de desgarro, siento que cada corte en ellas, se alinearían a la perfección con los contornos de sus falanges rotas.
El aroma que desprende me llega con dolor, incluso huele a eso, —a dolor—. Papel viejo y tinta puedo distinguir al fondo de mi nariz. Sin duda se dedica a algo con dinero y una oficina silenciosa.
No se ve como un vago, sus zapatos son finos, costosos. Su pantalón y camisa están destrozados, llenos de sangre. Pero estas no son prendas que portaría un vago o un pandillero de mi distrito. Siento que fue un buen tipo, limpio y decente. Además, según mi libreta de sueño, el… estaba del lado izquierdo del corredor.
Siento pasos engreídos caminando hacia mí. El forense llega a nuestro lado, es un tipo pálido y nervioso, con gruesas gafas.
—No toquen nada —grita el forense, con voz mecánica—. No hay que contaminar la escena.
Asiento. No tengo que decir que ya la he contaminado con algo peor: mi propio sueño mezclado con la muerte real.
Me levanto y me giro junto a Héctor. Miro sus grandes gafas directo a sus ojos. Al vernos, contrae su cuerpo. Solo se queda quieto con los ojos bien abiertos mirándonos, sabe quiénes somos.
—¿Podría haberse hecho esto el solo? O ¿Fue hecho por otro? —pregunta Héctor en voz baja, exhalando el humo.
El forense vuelve en sí y toca la pantalla de su tableta. Con voz nerviosa nos informa:
—Los ojos fueron arrancados, no cortados. Un acto violento. Personal. Casi como un ritual. Si lo hizo el… alguien lo miró hacerlo. Alguien lo dejó allí, en esa pose, para que se viera. Sus dedos fueron mutilados al parecer, no sabemos aún si fue con herramientas o algo más.
Trago saliva. Casi puedo oír gritar al cadáver frente a mí.
Un silencio crece entre nosotros, pesado, sofocante. En mi cabeza, las palabras de mi libreta se repiten; el hombre arrodillado, las manos llenas de su propia visión, el espejo que lo devuelve multiplicado. Siento que algo me observa desde el vidrio, y la sensación no es humana.
—La víctima —continua—, tenía entre unos treinta y cinco años o cuarenta. Caucásico. Calculo su muerte en las últimas 24 horas. Sin signos de lucha, su ropa está llena de sangre, pero no encontré más heridas visibles. Lo último a lo que se aferró, fue a sus propios ojos al parecer —se queda en silencio un segundo mirando el rostro del hombre—. Pero no encontramos los ojos por ningún lugar, es cómo… si alguien más se los llevara, o se los comieron las ratas.
—No tenemos ID. Ni billetera —dice el oficial a cargo, interrumpiendo al forense—. Pero encontramos esto en el bolsillo de su camisa.
Me pasa una fotografía nueva. La tomo…
En ella se ve a un hombre de unos cuarenta años, cabello castaño bien peinado, sonrisa honesta. Rodea con los brazos a tres chicos de unos quince a diez años. Junto a él, una mujer de mirada fuerte, larga cabellera rubia, con un vestido blanco. Al fondo se ve una linda y acogedora casa de madera a las orillas de un hermoso lago cristalino.
La giro. Al reverso, escrito con amor: "Familia Slim. 20 años de matrimonio. Siempre tuyo, Helen".
Algo dentro de mí se rompe. Por un segundo volvió a mí. Ese rostro. Lo había visto. No en esta vida. En el sueño… En el reflejo del espejo…
—¿Sabemos algo más de él? —pregunta Héctor, al ver mi rostro en blanco mientras sostengo la fotografía.
Un oficial frente al cadáver carga un lector de huellas, pega uno de los mutilados dedos del cadáver; Su meñique izquierdo es el único que aun está casi completo. Con voz firme nos informa:
—Detectives. Las huellas acaban de arrojar su identidad: Mat Slim, 42 años. Casado con: Helen Slim, 38 años. Tres hijos; varones. Contador. Trabajaba para una empresa de inversiones. Intachable; ciudadano verde. Grado; medio alto, según los registros financieros. Fue despedido hace una semana atrás, según el registro de ciudadano.
El nombre suena absurdo en esta habitación. Mat Slim, de camisa remangada un domingo con las manos llenas de barbacoa, ahora con las manos teñidas de rojo y las cuencas vacías.
—Demasiado limpio para esta ciudad —respondo—. Que un ciudadano verde termine en este lugar, de esta forma. No es algo bueno.
Héctor asiente sin decir más. Solo fuma su cigarrillo en silencio.
—Bien, les dejo el resto a ustedes, informen al teniente de todo y no se salten nada. Busquen incluso en las demás habitaciones, recojan todo lo que pueda parecer fresco en estas últimas 24 horas. Esta es una orden directa, así que acátenla o se verán conmigo y Héctor en el tribunal de comportamiento… ¿Les quedo claro?
Termino de hablar y siento la tensión en mi rostro, sin duda es mi espantosa sonrisa. Los miro directamente. Todos aprietan el cuerpo al ver mi expresión.