Sebastián Vélez vive convencido de que su matrimonio con Luciana Salazar es un plano perfecto que no necesita reformas, aferrándose a una vida de lujos, libertad y la compañía de sus dos gatas. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, Luciana está lista para ampliar la familia y le entrega un ultimátum que amenaza con demoler su mundo ideal.
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Buenas noticias
...CAPÍTULO 24...
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...SEBASTIÁN VÉLEZ ...
Saqué el celular casi por inercia, con una punzada de culpa en el pecho. Si mi papá estaba ahí afuera con una chica que podría ser mi prima menor, ¿quién diablos estaba en casa con mi mamá? Marqué el número esperando que no contestara, pero lo hizo al segundo tono.
—¡Hola, hijo! —la voz de mi madre retumbó con esa energía eléctrica que heredé de ella. Se escuchaba el sonido de ollas y el chisporroteo de algo delicioso en la estufa—. ¿Cómo está Luciana? ¿Y mi nieto? Cuéntame que ese niño ya tiene ganas de salir a conocer a su abuela.
—Están bien, mamá. Lu está en reposo, todo está bajo control —respondí, tratando de que mi voz no temblara mientras veía, a través del cristal del restaurante, cómo mi padre le abría la puerta de un auto deportivo a la "veinteañera".
—Me alegra tanto, hijo. Mira, te dejo rápido porque le estoy preparando una cena especial a tu padre. ¡Ay, Sebastián, no te imaginas lo tierno y romántico que ha estado ese hombre últimamente! —soltó una risita juvenil que me dio un escalofrío—. Me trae flores cada dos días, me escribe todo el tiempo... el fin de semana estuvo aquí en casa toda la tarde charlando conmigo y con una amiga que hace mucho no venía. ¡Es un sol!
Me quedé en silencio, asintiendo mecánicamente mientras Daniela me miraba con una mezcla de lástima y horror. El nudo en mi estómago se apretó.
—Qué bueno, ma... me alegra que estén tan... conectados —logré decir con un tono que pretendía ser neutral, pero que sonaba a pura tristeza—¿Y cuándo vienen a visitarnos? —pregunté, queriendo cambiar de tema antes de que me contara más detalles de la "ternura" de mi padre.
—Ay, mijo, pregúntale a tu papá cuando tenga un tiempo libre del trabajo. Es que últimamente tiene muchísimo trabajo, sale tarde de la oficina todos los días, el pobre está agotado de tanto producir.
—Trabajo... sí, claro. Mucho trabajo —repetí con amargura, viendo cómo el auto de mi padre se perdía en la avenida.
—Bueno, te dejo que se me quema la comida. ¡Dale un beso a Luciana!
Colgué el teléfono y me quedé mirando la pantalla en negro por un largo rato. Sentía que el cinismo de mi padre me estaba manchando a mí también. La traición tenía un olor rancio que ni la salsa de la hamburguesa podía ocultar.
—Sebas... —Daniela puso su mano sobre la mía, esta vez sin bromas ni comentarios ácidos—Está en casa cocinándole —susurré, frotándome la cara—. Y él está allá afuera "trabajando" en tener una versión más joven.
Suspiré profundamente, tratando de sacudirme la sensación de suciedad. Me puse de pie y busqué mi chaqueta. Ya no tenía hambre, ya no quería recordar los viejos tiempos. La realidad me estaba golpeando en la cara con demasiada fuerza.
—Dani, gracias por la salida. De verdad necesitaba el respiro, pero... —hice una pausa, pensando en Luciana esperándome en el hospital, ajena a todo este lodo familiar—. Ahora es momento de visitar a mi esposa. Ella es lo único real y honesto que tengo ahora mismo, y necesito estar con ella.
—Te entiendo, ve tranquilo —dijo Daniela, dándome un abrazo rápido—. Y ni se te ocurra contarle esto a Luciana ahora. Bastante tiene con su propia familia de locos como para que le sumes la tuya.
Salí del local hacia el frío de la noche, caminando rápido hacia mi auto. Mientras manejaba hacia hospital, solo podía pensar en una cosa: yo no iba a ser como mi padre. Ni en diez, ni en veinte, ni en cincuenta años. Mi plano de vida era distinto, y los cimientos los estaba poniendo hoy mismo al lado de la cama de Luciana.
Crucé la puerta de la habitación con el corazón todavía un poco pesado por la llamada de mi madre, pero en cuanto vi la cara de Luciana, el mundo volvió a cobrar color. Estaba sentada, apoyada en las almohadas, y por primera vez en días no tenía esa sombra de cansancio extremo bajo los ojos.
—¡Sebas! —exclamó con una sonrisa que me devolvió el alma—. ¡Llegas justo a tiempo!
Miré a Sera, que estaba sentada en el sillón lateral, y ella asintió con una expresión de alivio cómplice. Antes de que pudiera preguntar, la puerta se abrió de nuevo y el doctor entró revisando una tableta electrónica.
—Justo el hombre que necesitaba —dijo el médico, levantando la vista y ajustándose las gafas—Señor Vélez, me alegra verlo. Tenemos noticias que creo que le van a gustar, aunque vienen con una letra pequeña muy importante.
Me acerqué a la cama y tomé la mano de Luciana, que estaba tibia y firme.
—Dígame, doctor. Somos todo oídos —respondí, sintiendo que el nudo en mi estómago empezaba a aflojarse.
—La señora Luciana ha respondido al reposo y al tratamiento de una manera excepcional. Los monitoreos muestran una estabilidad que no esperábamos hace una semana. Por lo tanto... —hizo una pausa dramática que me recordó a las entregas de tesis— mañana mismo le daremos el alta.
Luciana soltó un pequeño grito de alegría y apretó mi mano. Yo sentí que un peso de mil toneladas se me caía de los hombros, pero el doctor levantó un dedo en señal de advertencia.
—Pero —continuó con tono severo—, el alta es bajo condiciones estrictas que usted, Sebastián, tendrá que supervisar personalmente. No es un regreso a la vida normal. Es un traslado del hospital a una habitación de cuidados en casa.
—Lo que sea necesario, doctor —dije con firmeza—Dígame las condiciones.
—Primero: reposo absoluto. Y cuando digo absoluto, es de la cama al baño y del baño a la cama. Nada de cocinar, nada de subir escaleras, nada de estrés. Segundo: lo más sensato es que tenga a alguien profesional o de absoluta confianza que la cuide y esté pendiente de ella las 24 horas. No puede quedarse sola ni un minuto.
Miré a Sera y luego a Luciana. Sabía que Doña Antonia y Sera se turnarían, pero yo tendría que ser el sargento de esta misión.
—Estamos actuando con mucho cuidado —concluyó el doctor, acercándose para revisar el suero—Luciana se ve estable, pero no se confíen. Un solo disgusto, un esfuerzo innecesario, y el riesgo de perder al bebé volverá a ser crítico. El bebé es fuerte, pero todavía depende totalmente de que su madre esté en una burbuja de paz. ¿Estamos claros?
—Como el agua, doctor —respondí, mirando a Luciana—. De aquí mañana sale para una caja de cristal donde no le va a dar ni el viento.
Luciana puso los ojos en blanco, pero no dejó de sonreír. El milagro seguía en marcha, y aunque el camino a casa era delicado, al menos íbamos a estar juntos, lejos de los pasillos fríos de este hospital y, sobre todo, lejos de cualquier Salazar que intentara asomarse.
El doctor salió de la habitación dejándome con una mezcla de euforia y pánico logístico. El alta era un sueño, pero ese "alguien que la cuide 24/7" me estaba martilleando la cabeza. Gabriel me necesitaba en la oficina para terminar de organizar el desastre de los planos y claramente necesitaba el dinero. No podía dejarla sola.
—¿En qué piensas, Sebas? Te sale humo de la cabeza —dijo Luciana, apretando mi mano—. Ya sé lo que te preocupa. No puedes multiplicarte.
—Es que no quiero contratar a una desconocida, mi cielo. Y Sera tiene sus cosas, Antonia tiene que encargarse de su restaurante... Necesito a alguien que tenga autoridad sobre ti, porque te conozco y a los diez minutos vas a querer levantarte a organizar cualquier cosa en el apartamento—le dije, medio en broma pero con el susto real en la voz.
Luciana sonrió y me miró con esa chispa de inteligencia que siempre tiene.
—¿Y por qué no le preguntas a tu mamá? —soltó con naturalidad.
Sentí un escalofrío. La imagen de mi padre con la "veinteañera" volvió a mi mente como una ráfaga. ¿Cómo iba a traer a mi mamá a casa mientras su matrimonio se estaba desmoronando sin que ella lo supiera?
—No estoy seguro, Lu... ella está muy ocupada con sus cosas y con mi papá —mentí, sintiéndome como el peor hijo del mundo.
—Ay, por favor, Sebastián. Tu mamá me adora y se muere por consentir a su nieto. Además, ella es la única que tiene el mismo carácter que tú; es la única que me va a obligar a quedarme quieta —insistió Luciana—. Deberías ir a verla ahora mismo. Convéncela y tráela mañana para el alta.
Me quedé dudando, mirando al piso.
—Ve, de verdad —continuó ella, dándome un empujoncito con la mano—. Aquí estoy bien. Tengo buena compañía con Sera y en un rato llega doña Antonia con el arsenal de comida. Aprovecha que estoy bien y ve a hablar con ella. Asegúrate de que venga.
Miré a Sera, que asintió con la cabeza, dándome el visto bueno.
—Está bien, tú ganas —suspiré, dándole un beso en la frente—. Voy a ver si la convenzo de que se mude con nosotros unos días. Pero si empieza a reorganizarme la cocina por colores, será tu culpa.
Salí de la habitación con los nervios de punta. El plan de Luciana era perfecto desde el punto de vista del cuidado, pero era una bomba de tiempo familiar. Iba a buscar a mi mamá para que cuidara de mi esposa, sabiendo que su "esposo romántico" estaba en la calle jugando a tener veinte años otra vez.
Caminé hacia el ascensor con una sola idea en la cabeza: tenía que ser el mejor actor del mundo. No podía dejar que mi mamá sospechara nada, al menos no mientras Luciana y el bebé dependieran de su tranquilidad. La misión era clara: traer a la abuela al rescate, aunque mi propio árbol genealógico se estuviera incendiando por fuera.
Llegué a la casa de mis padres con el estómago hecho un nudo. Al bajarme del auto, miré hacia la entrada con una mezcla de nostalgia y una rabia sorda que no terminaba de irse. Toqué el timbre y, unos segundos después, mi madre abrió la puerta, todavía con el delantal puesto y una espátula en la mano.
—¡Sebastián! ¡Casi me das un infarto, muchacho! —exclamó, haciéndose a un lado para dejarme pasar—. ¿Qué haces aquí tan tarde? ¿Pasó algo? ¡¿No deberías estar en el hospital cuidando a Luciana?!
—Tranquila, mamá, respira —le dije, dándole un beso en la mejilla mientras sentía el olor a vainilla de su cocina—. Todo está bien. De hecho, Luciana está mejor que nunca. El doctor dice que mañana le dan el alta, y precisamente por eso estoy aquí. Vengo a pedirte un favor de abuela... el favor más grande de todos.
Caminamos hacia la cocina. La mesa estaba servida para dos, con velas y una decoración que me rompió el corazón un poquito más.
—¿Un favor? Dime lo que sea, hijo. Por ese nieto mío soy capaz de irme caminando hasta el fin del mundo —respondió ella, sonriendo con esa ilusión que me hacía sentir como el peor traidor del planeta por lo que sabía.
Me senté en el taburete de la barra y traté de sonar casual.
—¿Y mi papá? No veo su auto afuera —pregunté, aunque ya sabía perfectamente la respuesta.
Mi madre soltó un suspiro, pero no fue un suspiro de tristeza, sino de esa paciencia resignada de quien cree que su marido es un héroe del trabajo.
—Ay, hijo, ya sabes cómo es él. Llamó hace un rato avisando que no llegará sino hasta muy tarde. Me dijo: "Mi amor, no me esperes despierta, tengo una montaña de expedientes y reuniones de última hora que no pueden esperar". El pobre hombre se está desviviendo por cerrar esos contratos.
Hice una mueca de fastidio que no pude ocultar. Me froté la nuca, sintiendo que la sangre me hervía. "Mucho trabajo, claro. Reuniones de última hora con minifalda", pensé con una amargura que casi me hace soltar la verdad ahí mismo.
—¿Te pasa algo, Sebas? Tienes una cara... parece que te comiste un limón —me dijo ella, mirándome con preocupación.
—No, nada, ma. Solo... cansancio. Mucho estrés en la oficina —mentí, forzando una sonrisa—. El punto es que Luciana necesita reposo absoluto en casa. Alguien tiene que estar con ella 24/7 y ella no quiere a nadie más que a ti. Dice que eres la única con la autoridad suficiente para obligarla a quedarse quieta. ¿Te vendrías a vivir con nosotros unas semanas?
Los ojos de mi madre brillaron.
—¡Pero claro que sí! ¡Mañana mismo armo mi maleta! —exclamó, dándole un aplauso a la espátula—Nada me haría más feliz que cuidar a mi nuera y a mi pequeñito.
Se quedó un momento en silencio y luego me miró con ternura.
—¿Y qué? ¿Te quedarás a dormir hoy? Ya es muy tarde para que andes manejando por ahí con esa cara de zombi.
Asentí en silencio. No quería volver al apartamento vacío, ni quería estar solo con mis pensamientos.
—Sí, me quedo —respondí—. Necesito dormir en mi vieja cama.
—Perfecto. Voy a prepararte la habitación. Mañana salimos temprano por Luciana.
Mientras ella subía las escaleras tarareando una canción alegre, yo me quedé mirando la cena servida para mi padre. El "hombre trabajador" no llegaría a probar ese bocado, y yo me sentía atrapado en una red de mentiras que estaba a punto de estallar, pero al menos sabía que mañana, Luciana tendría a la mejor guardiana del mundo.
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Me quedé sentado en el sofá de la sala, a oscuras, con la mirada fija en la puerta principal. El silencio de la casa de mis padres, ese que antes me daba paz, ahora se sentía pesado. El reloj de la cocina marcaba las 3:15 AM cuando escuché el motor de un auto deteniéndose frente a la casa.
Unos minutos después, el sonido metálico de las llaves girando en la cerradura rompió el silencio. La puerta se abrió con una lentitud milimétrica, casi quirúrgica.
Mi padre entró de puntillas, quitándose el saco con cuidado, moviéndose como un ladrón en su propia casa. No encendió la luz. Se quedó allí un segundo, suspirando con lo que supuse era alivio por no haber despertado a mi madre. Estaba a punto de avanzar hacia las escaleras cuando decidí terminar con el juego de sombras.
—Llegas tarde del "trabajo", ¿no? —solté con una voz gélida.
Mi padre dio un salto del susto, llevándose la mano al pecho. Se giró hacia el sofá y, al verme ahí sentado como un juez en las sombras, su expresión de pánico se transformó rápidamente en una máscara de irritación.
—¡Sebastián! ¡Casi me matas de un susto! —susurró con furia, tratando de recuperar la compostura mientras se ajustaba la corbata—. ¿Qué haces aquí a estas horas? ¿Le pasó algo a Luciana?
—Luciana está bien. Mañana le dan el alta —respondí, poniéndome de pie lentamente—. Me quedé porque vine a pedirle a mi mamá que se mude con nosotros unos días para cuidarla. Ella aceptó encantada. Estuvo despierta hasta tarde esperándote con una cena especial.
Mi padre desvió la mirada un segundo, incómodo.
—Tuve una reunión que se extendió más de lo previsto... temas de la constructora que tú bien sabes que no pueden esperar.
Caminé hacia él hasta quedar a pocos centímetros. El olor a perfume dulce, joven y barato que emanaba de su ropa era tan fuerte que me daban ganas de vomitar. Era el mismo aroma que seguramente inundaba ese auto deportivo hace unas horas.
—Huele a mucha "estrategia de negocios" ese perfume, papá —le dije, con sarcasmo—. No me tomes por idiota. Te vi. Te vi hoy en el restaurante con esa niña.
El rostro de mi padre se puso rígido. Por un momento, vi un destello de vergüenza, pero su ego fue más rápido.
—No sabes de lo que hablas, Sebastián. Estás cansado, el estrés del accidente te está haciendo alucinar cosas donde no las hay. Fue una cena de negocios, nada más.
—Si vuelves a usar la palabra "negocios" para referirte a engañar a mi mamá, juro que voy a perder el respeto que me queda —lo sentencié, señalando las escaleras—. Ella está allá arriba, feliz porque cree que tiene al marido más romántico del mundo. No voy a decir nada ahora porque Luciana necesita paz y a mi madre cerca, pero no creas que esto se va a quedar así.
Mi padre me miró con desafío y miedo. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró de golpe cuando escuchamos un ruido en la planta alta.
—¿Sebastián? ¿Eres tú, mi amor? —la voz de mi madre bajó por las escaleras, soñolienta.
Mi padre cambió el chip en un milisegundo. Esbozó una sonrisa cansada y me miró como si nada hubiera pasado.
—Sí, cariño, soy yo. Acabo de llegar —gritó él hacia arriba con una voz melosa—. Sebastián y yo nos quedamos charlando un momento del trabajo. ¡Ya subo!
Me dio una palmadita condescendiente en el hombro, una que me hizo hervir la sangre, y subió las escaleras como si fuera el hombre más ejemplar de la ciudad. Me quedé solo en la sala, apretando los puños.