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Enamorarse De Un Maxwell

Enamorarse De Un Maxwell

Status: En proceso
Genre:Elección equivocada / Traiciones y engaños / Reencuentro / Matrimonio arreglado / Amor-odio / Romance de oficina
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alejandro Briñones

Haberle querido fue un error, pero seguía deseándole…

NovelToon tiene autorización de Alejandro Briñones para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 18

¿Deseaba tener una relación con un hombre que estaba tan loco por el esquí que casi se había matado por practicarlo cuando no debería? Hacía dos años, Dan era egoísta, incapaz de ir más allá del momento, impulsivo y tremendamente apasionado. La vida con él era estimulante hasta cierto punto. Pero él no la entendía. O tal vez no se entendían mutuamente.

Helena frunció el ceño ante su reflejo en el espejo. Peinada, con el nuevo y caro vestido y maquillada de forma espectacular, no desentonaba en aquel mundo.

Pero no pertenecía a él. En su carta del restaurante no figuraban los precios porque era una mujer. Había oído hablar de eso, pero no lo había visto hasta ese día.

Era un ambiente en el que el dinero no importaba. Bueno, importaba, pero no como en el mundo de ella, donde una lavadora averiada, una rueda pinchada o un inesperada reparación del coche suponían un grave contratiempo económico para muchas familias.

Ese era el mundo en que se había criado. Esa era la gente a la que conocía y quería. Debido a su excelente trabajo en Maxwell River Outdoors, se había alejado gradualmente de su comunidad. Ahora tenía una cuenta de ahorro, un plan de pensiones y un estupendo seguro médico.

Un bache en el camino no acabaría con ella. De todos modos, comprendía a su familia y amigos de la infancia de una manera que a Dan, sencillamente, le resultaba imposible. Si alguien no conocía el hambre o la desesperación, le era difícil ponerse el lugar de los que las habían experimentado. No culpaba a los hermanos Maxwell por ser tan ricos. Eran jefes generosos.

Sin embargo, había una clara diferencia entre la experiencia vital de Dan y la suya. Quería que él la viera, que respetase sus valores y opiniones, no que se limitase a tener sexo con ella.

Al volver a la mesa, los tres hombres se levantaron hasta que ella se hubo sentado. Su innata cortesía era impecable.

Cuando el teléfono emitió un suave pitido, lo sacó del bolso y leyó el mensaje de texto suspirando. La expresión de su rostro debió de delatarla.

–¿Algún problema? –preguntó Dan.

Ella no quería explicárselo, pero los tres la miraban con distinto grado de interés y preocupación.

–Mi hermana quiere conseguir un piso propio. Duerme en el sofá del piso de una amiga. Tiene suficiente para pagar el alquiler, pero carece de crédito. Debo ayudarla con los depósitos para los servicios básicos y la tarifa de la mascota.

Dan emitió un sonido ahogado y frunció el ceño.

–¿Debes?

Ella lo fulminó con la mirada.

–No es asunto tuyo, Dan.

Nathan parecía muy sorprendido, tal vez porque era el único que desconocía la antigua relación de Helena y Dan.

–Todos tenemos que tomar esa decisión antes o después –afirmó–. Cuando cumplí los veinticinco y heredé una importante suma que mis abuelos me habían dejado, un montón de mis compañeros de universidad comenzaron a aparecer hasta debajo de las piedras. Es difícil decir que no.

Helena negó con la cabeza.

–Mi hermana no es así. No se está aprovechando de mí. Yo he tenido más suerte en la vida que ella. Y como puedo ayudarla, lo hago.

–No creo que hayas tenido más suerte en la vida –dijo Dan–. Te has matado a trabajar. En la universidad, tenías tres trabajos a tiempo parcial para salir adelante. Has ido ascendiendo en la empresa por tus méritos. Esa eras tú, Helena. Tu hermana procede de la misma familia.

En el incomodo silencio que se produjo, Fabio lanzó a su hermano una mirada de advertencia.

–Eso es mucha información sobre una mujer a la que hace tan poco que conoces. Sería mejor que cambiáramos de tema.

Nathan seguía desconcertado, como si se hubiera perdido parte de la conversación. Lo había hecho. Todos, menos él, sabían que Helena era mucho más que una ayudante temporal de Dan durante su recuperación.

Por suerte, llegó la comida y la incómoda conversación se interrumpió.

Cuando acabaron de cenar, se estaba haciendo tarde.

–Tenemos que irnos al teatro –dijo Dan.

Se levantaron y Nathan agarró la chaqueta y sacó la tarjeta de crédito.

–Debéis estar atentos a la previsión meteorológica –dijo, dirigiéndose a Dan y Helena –. Cabe la posibilidad de que el huracán llegue a la costa. Tened cuidado.

–Espero que se equivoquen –afirmó Fabio–. Si se sufren muchos daños, el proyecto de construcción de un laboratorio en mi casa se retrasará. Quiero que el nuevo laboratorio sea mi único lugar de trabajo hasta que averigüemos lo que sucede.

Al salir del restaurante, se separaron. Otro coche de alquiler esperaba a Helena y Dan. Ella no supo qué decirle cuando se quedaron solos, pero sí cómo quería que acabara la noche. ¿Su inesperada discusión había estropeado el buen ambiente?

De repente, él la tomo de la mano.

–Lo siento, Helena. Me he pasado de la raya. Lo que hagas en tu vida privada no es asunto mío. ¿Me perdonas?

Ella vio en sus ojos que lo sentía de verdad.

–Te perdono.

Él esbozó una sonrisa tímida.

–No soy de trato fácil –confesó–. Me pregunto por qué rompiste conmigo, pero pudo ser por muchas razones.

Ella se removió en el asiento. La sincera descripción que él había hecho de sí mismo se merecía la misma sinceridad, pero no serviría de nada.

–Creo que debemos olvidar el pasado, Dan. No vamos a volver. Prefiero vivir el momento. Es más seguro.

–Si es lo que quieres –la leve arruga entre las cejas le indicó que a él no le gustaba su respuesta.

El coche ocupó un espacio vacío junto a la acera. El teatro se hallaba a media manzana de allí. Dan y el chófer intercambiaron unas palabras sobre la recogida posterior.

Mientras la ayudaba a bajar del coche, él se lo explicó anticipándose a su pregunta.

–Es casi imposible encontrar un taxi a la salida de los teatros. No quiero perder el tiempo para volver al hotel.

Era una afirmación capciosa. Cuando él la tomó de la mano, a Helena se le hizo un nudo en el estómago y notó que le ardían las mejillas.

Dan rio.

–Pareces un conejo asustado. Tú decides. Siempre ha sido así.

Ella recordó esas palabras durante el musical. Aunque la historia, las canciones y la música eran fascinantes, ella era muy consciente de la presencia de Dan a su lado.

En cuanto apagaron las luces, Dan le pasó el brazo por los hombros y le acarició el hombro desnudo. Ella quería conservar ese momento, toda la velada, pero era como intentar retener arena entre los dedos.

Cuando cayó el telón, el público, entusiasmado, aplaudió y gritó.

Ya en la calle, seguía haciendo calor, a pesar de que había anochecido. Dan la atrajo hacia sí.

–¿Te apetece un café?, ¿un postre? –preguntó con expresión alegre.

–No, gracias. Vamos a casa.

Fue un lapsus. El Carlyle no era su casa, pero esa noche les prometía intimidad y un sinfín de posibilidades.

El coche lo esperaba una calle más allá. En otro momento, a Helena le hubiera gustado ir en metro. Era un rito iniciático que no había experimentado. Pero, en aquel momento, se contentó con llegar enseguida al hotel.

En el ascensor, Dan apenas habló. Al llegar a su planta y bajarse, Helena lo tomó de la mano.

–Dame media hora y, luego, ven a mi habitación.

Los ojos de él brillaron de sorpresa, a la que rápidamente siguió el deseo.

–¿Estás segura?

Ella le puso las manos en la nuca y lo atrajo hacia sí para besarlo.

–No, pero te prometo que no voy a cambiar de opinión.

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Celinda Piña
directo al grano Helena 🤣🤣
Celinda Piña
estamos frente a un macho alfa loquito 😱👦
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