Esta es la historia de una joven enfermera, que tuvo que pasar por muchas adversidades, pero eso no la llevo a rendirse y lucho por lograr su sueño.
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24
— Entren ahí.
— Nos metieron en una celda. Las ironías de la vida, yo que soy hija de agente de tránsito y ahora detenida, en esa pieza tan chiquita y olía a orines.
— Las demás chicas lloraban, gritaban, hasta que las mandé: "Cállense ya, nada van a conseguir gritando o llorando. Más bien esperen, agente, venga, regáleme un minuto, tengo derecho a llamar".
— "Déjeme avisar a la empresa".
— El tipo se hacía el loco y ni me miraba, y las demás comenzaron a decirle: "Ey, ella tiene razón, tenemos derechos".
— Hasta que se levantó y se acercó diciendo: "Bueno, que salga una y llame, nada más".
— En nuestro grupo antes, había una de las chicas que era la que guiaba, y también se llamaba como yo, Juana. Atención, era más baja de estatura que yo pero muy bonita, de ojos verdes, cabellos ondulados rubios y pecosita. Ella era la novia de uno de los jefes, pero él era casado.
— Le dije: "Juana, ve tú y llama a Edgar para que avisen que estamos aquí".
— Se levantó y me dijo: "Bueno, ya vengo".
— Mientras ella llamaba, el policía comenzó a decirnos: "Ahora que venga el inspector, él decide si se van o esperamos que vengan, porque de pronto tienen que pagar algo o firmar algún papel".
— Le pregunté: "Disculpa, ¿cómo se llama el inspector de aquí?".
— Respondió: "Albeiro, mirando de la espiga".
— Me acordé que mi mamá siempre hablaba de una familia, amigos y paisanos de ella que vivían aquí, y los apellidos eran iguales.
— Le dije al agente: "Será que cuando venga me puedes anunciar con él, mi mamá conoce su familia".
— Me dijo: "Claro, yo le comento. Míralo, ahí viene llegando".
— Era un joven muy atractivo, pero como de unos treinta y cinco años, traía un anillo de casado en su dedo, camisa blanca, guayabera y pantalón blanco, zapatos de cuero marrón.
— "¡Buenos días!", dijo sonriendo.
— Contestamos al tiempo: "Buenos días".
— Nos miró sorprendido y sonrió, mientras preguntaba: "Ajá, Bermúdez, ¿qué pasó aquí y ellas por qué están ahí?".
— El agente le dijo mientras abría la celda para que entrara Juana nuevamente: "Ya le explicó, doctor".
— Y salió detrás de él.
— Se demoró como cinco minutos y salió diciendo: "Ven tú, la que dice que la mamá es amiga de su familia".
— Salí de aquella celda y entré a una oficina con alfombra y aire acondicionado, todas las paredes en madera.
— "Permiso".
— Me dijo: "Ven, sigue. Ven, siéntate aquí. Cuéntame por qué dices que tu mamá conoce a mi familia", sonrió nuevamente.
— Le contesté: "Tus padres son chimichagueros. Bueno, mi mamá es de allá, ella es de los Armenta, y siempre nos habla de tu papá, Albeiro Miranda, y de tu mamá que es muy bonita".
— Él se rió y me dijo: "Sí, es verdad. Ajá, ¿y tú eres menor de edad o qué? Porque no tienes tus papeles encima y ¿por qué andan vendiendo trago sin permiso? Adónde viven para llevarle a mis papás a tu mamá para que se vean".
— Dijo: "Entonces, Bermúdez".
— "Dígame, doctor".
— "Hazme el favor, deja que salgan esas mujeres y se sienten aquí", y mira, sacó un billete diciéndole: "Cómprate unas gaseosas para que les brindes, pide vaso".
— Salió Bermúdez y trajo a las chicas y salió a buscar las gaseosas.
— En ese momento llegó Edgar: "Buenos días, ¿cómo está usted?".
— Nos miró con sorpresa al vernos que estábamos en la oficina.
— Albeiro Miranda, mucho gusto, ¿en qué puedo ayudarlo? —respondió Edgar.
— Le dijo Albeiro: "Ah, ok, bueno, usted sabe que para trabajar aquí en las playas tienen que tener un permiso y ustedes no lo tienen".
— "No, no lo tenemos, pero ya están haciéndolo, usted disculpe".
— "Ya me lo traen y traen el carné de cada una".
— Dijo Albeiro: "Y la otra es que la señorita tampoco tiene documento de identidad, entonces eso nos lleva a creer que es menor de edad y no debe de vender trago".
— "No voy a poner multa por tratarse de que Juana es hija de una muy buena amiga de mis padres, paisana y todo, imagínese".
— En eso llegó Bermúdez con la gaseosa y repartió y Edgar solo nos miraba con una cara de querer reírse, pero trataba de ser serio.
— Yo lo miraba y sonreía, y miraba a las chicas.
— Nos tomamos la gaseosa.
— Cuando llegó mi cuñada José David.
— "Buenos días" y extendió su mano hacia el inspector, "mucho gusto, ¿cómo está? José David Monte".
— Albino se levantó y dio la mano, "mucho gusto, Albeiro Miranda, ¿cómo está?".
— Sacó los papeles que tanto estábamos esperando y me trajo un carné con mi foto y otro número, se lo entregó a Albeiro.
— "Aquí están los permisos y los carnets de todas, usted disculpe".
— Albeiro revisó el permiso y dijo: "Está bien en orden, ya se pueden ir".
— Se dieron las manos despidiéndose, y extendió la mano hacia mí.
— "Entonces, paisana, mira mi número de teléfono".
— Me sonrió y él sonrió.
— Dijo: "Hasta luego".
— Le dije: "Cuando le cuente a mi mamá y a papi se van a reír".
— Nos despedimos
, pero no para siempre.
— Nos llevaron para la empresa. Hoy no se pudo trabajar.
— Me fui para la casa, y al llegar le conté la odisea a mi mamá y a papi. Nos reímos de todo.
— Les mostré el famoso carné con un número que era la cédula de José David y cuando llegó José, mi mamá se reía.