Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
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Capítulo 23 – El límite que duele
Briana
El eco de la cena todavía flotaba en la casa. La vajilla estaba apilada en la cocina, los niños dormían hacía rato y yo me había quedado recogiendo lo último. Llevaba puesto todavía el vestido negro que había elegido para esa noche, y mientras enjuagaba los vasos no podía sacarme de la cabeza las miradas que Maicol me había lanzado durante toda la velada.
No eran miradas inocentes. Lo sabía. Había en ellas una intensidad que me encendía por dentro y, al mismo tiempo, me asustaba.
Estaba guardando los platos cuando lo sentí entrar. Su presencia llenó la cocina antes de que yo girara para verlo. Él se apoyó en el marco de la puerta, con la chaqueta del traje ya en su mano y la camisa desabotonada en el cuello. Se veía cansado, pero esa mirada fija sobre mí no tenía nada de agotamiento: era deseo puro.
—¿Todavía aquí? —preguntó con voz baja.
—Quería dejar todo ordenado —respondí, tratando de sonar tranquila, aunque el corazón me golpeaba el pecho.
Él se acercó despacio. El sonido de sus pasos sobre el suelo resonaba demasiado fuerte en medio del silencio. Me puse tensa, pero no me moví. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, su mano rozó mi muslo por debajo del vestido. Un estremecimiento me recorrió entera.
—Maicol… —susurré, apenas un hilo de voz.
No respondió. Me giró suavemente y, de pronto, su boca estaba sobre la mía. El beso fue desesperado, intenso, como si contuviera todo lo que habíamos estado guardando. Mis manos se aferraron a su camisa mientras él me apretaba contra la encimera.
Cuando me mordió el labio inferior, gemí bajito y lo sentí sonreír contra mi boca.
—Ese jodido vestido te queda hermoso —murmuró con la voz ronca, apenas separándose un segundo—. Pero se vería mejor sin nada puesto.
El calor subió a mis mejillas y casi pierdo la razón en ese instante. Sus manos en mi cintura, su cuerpo pegado al mío, la urgencia de sus labios. Todo en mí quería rendirse a ese momento.
Pero, de repente, él se apartó un poco, respirando agitado. Se pasó una mano por el cabello y bajó la mirada.
—No puedo controlarme contigo —dijo en un suspiro.
Yo me quedé inmóvil, todavía con la piel ardiendo, tratando de recuperar el aire.
Entonces levantó la vista y sus ojos encontraron los míos. No era solo deseo lo que vi ahí: era conflicto, miedo, una lucha interna que me atravesó.
—Me encantas, Briana. Y sé que los niños te adoran. Pero no sé si sería bueno para ellos… —su voz se quebró un poco—. Después de lo que pasó con su madre, han sufrido demasiado. No quiero que se confundan, que crean que alguien va a reemplazarla. Y además… —se interrumpió, apretando la mandíbula—. Además, tú te irás algún día. Y eso les rompería el corazón.
Sentí como si me arrancaran el aire del pecho. Porque lo entendía. Porque tenía razón. Pero también porque dolía, y mucho, escucharlo.
Bajé la mirada y, con la voz temblorosa, respondí:
—Lo comprendo, Maicol. De verdad. Por el bien de ellos… será mejor mantener la distancia.
Lo dije aunque una parte de mí gritaba lo contrario.
Él asintió despacio, como si esa decisión le pesara tanto como a mí.
El silencio se instaló entre nosotros. Yo me aparté un poco, ajustando el vestido como si pudiera borrar lo que había pasado segundos antes.
—Buenas noches —murmuré, casi en un susurro, y salí de la cocina sin atreverme a mirarlo otra vez.
Subí las escaleras con las piernas temblorosas, cerré la puerta de mi habitación y apoyé la frente contra la madera. El corazón me dolía tanto como me ardía la piel.
No había pasado nada más que unos besos, pero ya era demasiado tarde: yo estaba perdida.
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Los días siguientes se volvieron extraños. No dejamos de hablar, no dejamos de convivir, pero algo había cambiado. Él evitaba quedarse a solas conmigo demasiado tiempo, y yo trataba de ocuparme más de los niños, fingiendo normalidad.
Aun así, cada vez que nuestras miradas se cruzaban, la tensión estaba ahí, latiendo, recordándonos lo que había ocurrido en la cocina.
El acuerdo de mantener la distancia se volvió casi una condena. Porque era imposible olvidarme de lo que sentí cuando sus labios se fundieron con los míos.
Y, aunque me esforzara, ya no podía engañarme: lo quería más de lo que debería.
Enorabuena autora tu historia me parecio una gran historia de amor. Al estilo que antes se usaba antes que viniera la tecnologia. Una mirada aqui otra mirada alla. Y el amor creciendo entre ellos aun ritmo lento pero bien firme. Donde todo el miedo desaparece cuando las personas implicadas acepta como todo lo que es Amor del mas dulce