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FANTASÍA REAL

FANTASÍA REAL

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."

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capitulo 23

 (Narrado por Julián)

La conducción nocturna tiene una cualidad hipnótica que favorece el pensamiento lineal. El asfalto mojado bajo los faros de mi coche parecía una cinta de planos desplegándose hacia el infinito, una línea negra que separaba la civilización que me había expulsado del refugio que yo estaba a punto de reclamar. Crucé la frontera de la provincia de madrugada, cuando la niebla del Cantábrico empezaba a lamer los acantilados con lenguas de vapor frío.

A medida que me acercaba a Cala Negra, el paisaje se volvía más agresivo, más primario. Rocas calizas que desafiaban la gravedad, pinos retorcidos por el salitre y un mar que rugía con una furia estructural que yo respetaba profundamente. Era el escenario perfecto para Elena. Ella siempre tuvo esa fragilidad de cristal que solo resalta cuando el entorno es de granito.

Aparqué en la plaza del pueblo a las seis de la mañana. El silencio aquí no era el de mi apartamento; era un silencio orgánico, lleno de graznidos de gaviotas y el golpe sordo de las olas contra el espigón. Saqué el teléfono y revisé la última señal que mis contactos habían rastreado del dispositivo de Valeria. Una casa de piedra al borde del acantilado, propiedad de una familia que veraneaba en el sur. Una casa que, sobre el papel, era un retiro, pero que para mí no era más que una caja de resonancia para su miedo.

Caminé por el sendero que bordeaba la costa. El viento me azotaba la cara, desordenando el peinado impecable que solía llevar en la ciudad, pero no me importó. Me sentía más vivo que en los últimos meses. La persecución me daba una claridad que el dibujo ya no me ofrecía. El dibujo es una representación; esto era la realidad física.

Llegué a la verja de hierro. La casa era una construcción sólida, de muros gruesos y ventanas pequeñas, diseñada para resistir galernas. Vi una luz tenue en el piso superior. Una luz de lectura.

Elena estaba despierta. Probablemente contando las olas, pensando que cada una la alejaba un poco más de mi sombra. Pobre pequeña. No entendía que yo soy la marea.

Salté la verja con una agilidad que sorprendió incluso a mis propios músculos. Rodeé la casa hasta la puerta trasera. Estaba cerrada, pero Valeria había cometido un error de principiante: las llaves de este tipo de casas suelen estar escondidas en lugares predecibles para el mantenimiento. La encontré bajo una maceta de barro roto.

Entré en la cocina. El olor aquí era distinto. Oía a lavanda, a humedad y a ese aroma a madera vieja que tanto me gustaba. Pero sobre todo, olía a ella. Un rastro sutil de su piel, de su jabón de hotel, de su desesperación.

Subí las escaleras de madera. Cada crujido era una nota en la partitura de mi regreso. Me detuve frente a la puerta del dormitorio. No llamé. Simplemente giré el pomo y entré.

Elena estaba sentada en el alféizar de la ventana, envuelta en una manta de lana gruesa, mirando el amanecer grisáceo sobre el mar. No se giró de inmediato. Quizás pensó que era el viento, o un fantasma de su propia mente.

—Has elegido un lugar con una iluminación excelente, Elena —dije, apoyándome en el marco de la puerta.

Se tensó de tal manera que pude oír el chasquido de sus vértebras. Se giró lentamente, con los ojos tan abiertos que parecían ocupar todo su rostro. La palidez de su piel bajo la luz del alba la hacía parecer una de mis esculturas de mármol inacabadas.

—¿Cómo... cómo me has encontrado? —su voz era un hilo de seda a punto de romperse.

—Soy arquitecto, pequeña —respondí, caminando hacia ella con las manos en los bolsillos de mi gabardina—. Mi trabajo consiste en entender cómo se conectan los puntos. Valeria fue descuidada. Creyó que el dinero de una tarjeta corporativa era invisible. No contó con que yo conozco cada uno de sus movimientos financieros desde hace años.

Me detuve a dos metros de ella. Elena se pegó más al cristal de la ventana, como si quisiera atravesarlo y caer al vacío del acantilado antes de dejar que la tocara.

—Vete, Julián. Por favor. Valeria dijo que aquí estaría a salvo. Dijo que tú no tenías poder aquí.

—Valeria es una romántica que juega a ser estratega —solté una risa seca—. Aquí solo estamos tú, yo y la ley de la gravedad. ¿A salvo de qué? ¿De mí? Yo soy lo único que te mantiene unida, Elena. Mírate. Estás temblando. Estás sola en una casa fría, comiendo pan duro y mirando un mar que no te conoce. ¿Esa es la libertad que te prometieron?

—¡Es mejor que estar encerrada en ese apartamento de mierda! —gritó ella, y por fin vi un destello de la rabia que tanto me gustaba provocarle—. ¡Me tenías como a un animal doméstico! Me dibujabas como si fuera un objeto, me poseías como si fuera de tu propiedad... ¡No soy un plano, Julián! ¡Soy una persona!

Me acerqué un paso más. El espacio entre nosotros se redujo, y con él, su capacidad de resistencia. Pude ver el pulso acelerado en su cuello, esa pequeña vena que siempre delataba su excitación o su terror. Para mí, eran la misma variable.

—Eres mi obra —dije, mi voz bajando a ese tono que sabía que la desarmaba—. Y las personas son efímeras, Elena. Se mueren, se olvidan, se pudren. Pero una obra de arte es eterna. Yo te he sacado del luto, te he sacado de la mediocridad de una vida común y te he convertido en algo que trasciende. ¿Crees que Sofía te entiende? Ella solo ve una amiga traidora. Yo veo una estructura de una belleza insoportable.

Extendí la mano y le acaricié la mejilla. Estaba helada. Ella cerró los ojos y, por un segundo, se dejó caer en mi palma. Fue un gesto instintivo, una memoria muscular de todas las noches que pasamos juntos.

—Me das miedo —susurró, sin abrir los ojos.

—El miedo es solo respeto ante una fuerza que no podemos controlar —repliqué, deslizando mi mano hacia su nuca—. Volvamos a casa, Elena. He limpiado el apartamento. He quitado los bocetos que no te gustaban. Vamos a empezar de cero. En un lugar nuevo. Un lugar que yo mismo diseñaré para nosotros. Sin secretos, sin Valeria, sin los Martínez. Solo tú y yo, en una arquitectura de cristal puro.

—¿Y qué pasará cuando te canses de dibujarme? —preguntó, abriendo los ojos, que ahora estaban llenos de lágrimas—. ¿Qué pasará cuando encuentres otra "estructura" que te parezca más interesante? ¿Me tirarás como tiraste a Valeria?

Me incliné hacia ella, pegando mi frente a la suya. Podía sentir el calor de su aliento, el aroma a salitre y miedo.

—Eso no va a pasar. Tú no eres una fase, Elena. Eres el cimiento. Sin ti, todo mi edificio se cae. Valeria era solo un andamio. Tú eres la piedra angular.

La besé. Fue un beso frío, salado, cargado de una posesión que no admitía réplicas. Al principio, sus labios estaban rígidos, una pared de hielo que intentaba mantenerse firme. Pero yo conocía sus puntos de presión. Sabía cómo inclinar la cabeza, cómo usar mis manos en su cintura, cómo presionar mi cuerpo contra el suyo hasta que el hielo se quebró.

Elena soltó un sollozo contra mi boca y sus manos, que al principio estaban cerradas en puños, se abrieron para aferrarse a mi camisa. Me estaba aceptando de nuevo. Estaba aceptando su destino de musa y de prisionera.

—Dilo —le ordené, separándome apenas unos milímetros—. Di que quieres volver conmigo. Di que este acantilado no es nada comparado con lo que tenemos.

—Quiero volver —susurró, derrotada—. Pero no me dejes sola otra vez, Julián. No me encierres en el silencio.

—Nunca más —mentí, con la satisfacción del arquitecto que acaba de sellar la última grieta de una cimentación defectuosa.

La levanté en vilo y la llevé hacia la cama de aquella casa extraña. Mientras la hacía mía bajo la luz gris del amanecer del norte, comprendí que no importaba cuántas veces intentara huir. Elena y yo estábamos conectados por un diseño superior, una geometría de dolor y deseo que yo había trazado años atrás en mi despacho de la ciudad.

Ella creía que este era el acantilado de la verdad. Yo sabía que solo era otro escenario, otra habitación en la gran mansión de mi obsesión.

Cuando terminamos, ella se quedó dormida en mis brazos, agotada por la huida y por la entrega. Yo me quedé mirando el techo de madera, trazando en mi mente el plano de nuestra nueva vida. Un lugar más alto, más seguro, más privado.

Saqué la llave dorada de mi bolsillo y la dejé sobre la mesilla de noche de aquella casa ajena. Ya no la necesitaba. Ahora tenía algo mucho mejor: su voluntad rota, lista para ser reconstruida a mi imagen y semejanza.

La marea siempre vuelve a la costa, no importa cuánto intente la arena mantenerse seca. Y yo, Julián Martínez, acababa de reclamar mi playa para siempre.

1
Margelis Izarra
si después de esto a caraja vuelve a tener sexo con el tipo, no leo más
Margelis Izarra
me parece muy maleable esta protagonista...no me termina de gustar
Rs
.
Blanca Fernandez
ella se sienta acostada por el por qué en este momento tan frágil no está preparada está confundida y el no le deja respirar obtener su duelo está sola ni con la amiga Abla lo que le pasa 🧐🧐
Rocio Raymundo
veremos a qué lleva todo esto
Rocio Raymundo
solo estar un mes en su casa el después que se irá y Elena si acepta solo lo tendrá un mes
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