Lady Valeria Ansford siempre creyó que su destino estaba escrito. Durante años, toda la corte dio por hecho que algún día se convertiría en la esposa del príncipe Edward, el heredero del trono.
Pero una noche, en medio del baile más importante de la temporada, Valeria descubre que el hombre al que amaba no era quien decía ser.
La traición rompe su corazón… y provoca un escándalo que sacude a todo el reino.
Cuando todo parece perdido para su honor y su futuro, el destino da un giro inesperado: el poderoso y enigmático Rey Alexander IV toma una decisión que nadie imagina.
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La joven de la casa Ansford
En el reino de Eldoria, donde los inviernos eran largos y las primaveras estaban llenas de bailes, carruajes y promesas de matrimonio, existía una casa noble que, aunque no poseía la mayor fortuna del reino, sí conservaba algo mucho más valioso: prestigio.
La Casa Ansford.
Y dentro de ella había una joven que, sin saberlo aún, estaba destinada a cambiar el curso de la historia del reino.
Su nombre era Lady Valeria Ansford.
Valeria había nacido diecinueve años atrás en una mañana luminosa de primavera. Desde pequeña, su madre solía decir que había llegado al mundo con la misma calma con la que caía la luz sobre los jardines del palacio Ansford.
Era una joven de mirada profunda, cabello oscuro y porte elegante. No era solo su belleza lo que llamaba la atención en los salones de la nobleza; era algo más difícil de explicar.
Valeria tenía una forma de observar el mundo como si siempre estuviera tratando de entenderlo.
Mientras otras jóvenes de la nobleza soñaban únicamente con vestidos, bailes y pretendientes ricos, Valeria pasaba horas caminando por los jardines de la finca familiar leyendo libros o conversando con su padre sobre política, historia o las intrigas de la corte.
—Tienes la mente de un estratega —le decía su padre en más de una ocasión—. Si hubieras nacido hombre, probablemente estarías preparando tu lugar en el consejo del rey.
Pero Valeria nunca se sintió limitada por aquello.
Sabía perfectamente cuál era el destino que la sociedad esperaba para una mujer de su posición: un matrimonio conveniente que fortaleciera alianzas entre familias nobles.
Lo que no esperaba… era enamorarse.
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La primera vez que Valeria Ansford vio al príncipe Edward, ninguno de los dos sabía que aquel encuentro marcaría el inicio de una historia que sería comentada durante años en todos los salones del reino.
Ocurrió durante el festival de verano de Eldoria.
Cada año, el palacio abría sus jardines para celebrar el inicio de la temporada social. Era una ocasión donde las familias nobles acudían con sus hijos e hijas para presentarlos oficialmente ante la corte.
Carruajes elegantes llenaban la entrada del palacio, los músicos tocaban melodías suaves bajo las galerías de mármol y las damas lucían vestidos de colores brillantes que parecían competir con las flores del jardín real.
Valeria había llegado aquella tarde acompañada por su madre.
Llevaba un vestido color marfil que resaltaba la suavidad de su piel y un delicado collar de perlas que había pertenecido a su abuela.
No buscaba atención.
De hecho, prefería mantenerse alejada del centro del salón.
Mientras muchas jóvenes trataban de llamar la atención de los nobles más influyentes, Valeria caminó hacia una de las terrazas del jardín, donde el aire era más fresco y el ruido de la música llegaba apenas como un murmullo.
Fue allí donde ocurrió.
—¿Está intentando escapar del baile?
La voz masculina apareció detrás de ella.
Valeria se giró con curiosidad.
Frente a ella estaba un joven de mirada clara, vestido con un elegante uniforme oscuro adornado con insignias reales.
Tardó apenas unos segundos en reconocerlo.
El príncipe Edward.
Heredero directo del trono de Eldoria.
Valeria hizo una leve reverencia.
—No escapar, alteza —respondió con serenidad—. Solo tomar un poco de aire.
Edward la observó con interés.
A diferencia de la mayoría de las jóvenes que encontraba en los bailes, Valeria no parecía nerviosa ni impresionada por su presencia.
Eso lo intrigó.
—Curioso —dijo él—. La mayoría de las damas buscan acercarse al salón principal, no alejarse de él.
Valeria esbozó una pequeña sonrisa.
—Tal vez porque la mayoría espera encontrar algo allí.
Edward arqueó una ceja.
—¿Y usted no?
—No estoy segura de que las cosas importantes se encuentren en los lugares más ruidosos.
Aquella respuesta sorprendió al príncipe.
Durante unos segundos permaneció en silencio, observándola como si tratara de descifrar quién era aquella joven que hablaba con tanta naturalidad.
—No recuerdo haberla visto antes en la corte —comentó finalmente.
—Porque casi nunca vengo.
—Entonces Eldoria ha estado ocultando un secreto interesante.
Valeria no respondió.
Pero aquella conversación fue suficiente para despertar algo en el príncipe Edward: curiosidad.
Y la curiosidad, en ocasiones, es el primer paso hacia el amor.
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Después de aquel encuentro, Edward comenzó a buscar excusas para verla.
Primero fue una invitación a un pequeño evento de la corte.
Luego un paseo por los jardines reales.
Después comenzaron a intercambiar cartas.
Valeria no era como las otras jóvenes que él conocía.
No intentaba halagarlo ni impresionarlo.
De hecho, muchas veces lo desafiaba con preguntas que ningún otro noble se atrevía a hacer.
—¿Alguna vez ha pensado en cómo será gobernar realmente? —le preguntó una vez durante una caminata por el lago del palacio.
Edward la miró sorprendido.
—Se supone que debo saberlo.
—Eso no es lo mismo que pensarlo.
Edward comenzó a disfrutar aquellas conversaciones.
Por primera vez en su vida, alguien parecía verlo no solo como el heredero al trono, sino como una persona.
Y Valeria, por su parte, comenzó a descubrir algo que nunca había esperado.
El príncipe Edward no era solo un hombre criado entre privilegios.
A su lado, a veces, parecía simplemente un joven tratando de encontrar su lugar en el mundo.
Con el paso de los meses, la cercanía entre ellos se volvió evidente.
En los bailes, Edward siempre buscaba a Valeria.
En los eventos de la corte, su mirada parecía seguirla.
Las damas de la nobleza comenzaron a murmurar.
Y un día, finalmente, ocurrió lo inevitable.
Durante una velada en los jardines iluminados por cientos de faroles dorados, Edward tomó la mano de Valeria mientras caminaban entre los rosales.
—Valeria —dijo en voz baja.
Ella levantó la mirada.
—Sí, alteza.
Edward sonrió ligeramente.
—Cuando estamos solos puedes dejar de llamarme así.
Valeria dudó un instante.
—Edward, entonces.
El príncipe respiró hondo.
—Creo que ya no disfruto de estos eventos… si no estás aquí.
Valeria sintió que el corazón le latía con fuerza.
Edward continuó.
—Y sospecho que eso significa algo.
El silencio entre ellos duró apenas un segundo.
Pero fue suficiente para que ambos entendieran lo que estaba ocurriendo.
Aquella noche, bajo la luz suave de los faroles del jardín real, comenzó el romance que toda la corte terminaría observando.
El príncipe Edward y Lady Valeria Ansford se habían enamorado.
Y aunque en aquel momento parecía el inicio de una historia perfecta, el destino tenía otros planes para ellos.
Porque a veces, los grandes amores no terminan en coronas…
sino en traiciones que cambian el destino de un reino.