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Ecos Del Tercer Cielo

Ecos Del Tercer Cielo

Status: En proceso
Genre:Demonios / Ángeles / Fantasía épica
Popularitas:111
Nilai: 5
nombre de autor: Maicol Castañeda

Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.



NovelToon tiene autorización de Maicol Castañeda para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

DESPUES DEL FUEGO

Al costado de las ruinas humeantes, Dervían, Maion y Gahiel avanzaron hacia donde Jael había descendido.

El suelo todavía estaba caliente.

Gahiel fue el primero en intentar alcanzarlo. Dio dos pasos firmes… y en el tercero el cuerpo le cobró todo. La pierna derecha le tembló sin aviso y las rodillas cedieron contra los escombros. Cayó apoyando una mano para no golpearse el rostro, pero el impacto igual le sacudió el hombro. Se quedó ahí un segundo, inclinado, con la cabeza baja.

Intentó levantarse.

No pudo.

El mundo se le inclinó hacia un lado. Cerró los ojos hasta que dejó de girar.

Cuando volvió a abrirlos, veía borroso. Parpadeó varias veces. Se limpió la cara con el antebrazo y dejó una mancha oscura sobre la piel cubierta de polvo. Apoyó un pie, luego el otro. Esta vez no intentó pararse del todo. Se quedó sentado, respirando con la mandíbula apretada, como si negarse al dolor fuera suficiente para reducirlo.

Dervían avanzaba unos metros detrás. No se tambaleaba, pero caminaba como quien arrastra una armadura invisible. Cada paso sobre la piedra fracturada hacía crujir los restos bajo sus botas. Al agacharse para apartar un bloque de concreto que le cerraba el paso, el brazo le respondió tarde, rígido. Apretó los dientes y lo movió igual.

No miraba a sus hermanos.

Miraba el entorno.

Medía daños.

Contaba silencios.

Maion venía a su lado, más lento. No por falta de voluntad, sino porque su cuerpo ya no obedecía con la misma precisión de antes. Dio un paso y tuvo que apoyarse en un muro medio derrumbado. El calor de la superficie le quemó la palma, pero no la apartó. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas, dejando caer el peso un instante.

Observó la ciudad.

Una mujer ayudaba a levantarse a un anciano. Más allá, un hombre sacaba a un niño de entre los restos de una tienda. Se escuchaban toses. Llanto contenido. Gente llamándose por nombre.

Maion tragó saliva.

No hubo abrazos.

No hubo celebración.

Solo el sonido del viento moviendo ceniza.

Gahiel fue el primero en romper el silencio.

—Yo siempre juré que iba a superarte —dijo sin levantar la vista—. Pensé que si entrenaba más… si aguantaba más golpes… iba a alcanzarte.

Se rió apenas, una risa seca que se le cortó a mitad de camino.

Alzó la mirada hacia Jael.

—Pero lo de allá arriba… eso no fue fuerza.

Hizo una pausa.

—Eso fue otra cosa.

Maion dejó el muro y avanzó un par de pasos. Esta vez no cayó. Se mantuvo firme, aunque el equilibrio le costara más de lo que mostraba.

Miró a Jael de arriba abajo. Las alas aún desprendían restos de luz.

—Oye… —dijo, con media sonrisa cansada— ¿cuándo te nos fuiste tan lejos?

No lo dijo con reproche.

Lo dijo con asombro genuino.

Jael no respondió de inmediato.

Apoyó una mano en el hombro de Maion. Firme. Presente. No como un gesto solemne, sino como algo sencillo.

Estoy aquí.

Dervían finalmente se acercó.

Se detuvo a unos pasos de ellos y levantó la vista hacia el cielo, todavía marcado por grietas luminosas que tardaban en cerrarse.

Luego miró la ciudad.

Después a sus hermanos.

—Esto no fue solo una victoria —dijo con voz baja, clara—. Algo se movió hoy.

Se inclinó y recogió del suelo un fragmento de piedra ennegrecida. La apretó entre los dedos hasta que se desmoronó.

—Belgor no vino solo a destruir. Vino a medir.

Sus ojos volvieron a Jael.

—Y ahora saben lo que somos.

El viento sopló con más fuerza, levantando polvo y ceniza alrededor del grupo.

En la distancia, sobre la cima de una montaña apenas visible entre la bruma, una figura encapuchada permanecía inmóvil. No se movió cuando el viento la rodeó. No reaccionó cuando el fuego de la ciudad iluminó su silueta.

Observaba.

Luego, la niebla subió desde el suelo y la cubrió por completo.

Y aunque ninguno de los cuatro lo sintió en ese instante…

La mirada que se había posado sobre ellos no pertenecía solo a la tierra.

 

 

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