Elena yacía en el asfalto, envuelta en su propia sangre, preguntándose cómo el amor de su vida, su hermana y su mejor amiga habían terminado convirtiéndose en sus verdugos. Diez años de matrimonio, confidencias y promesas rotas se desvanecían en un segundo de traición absoluta.
Pero la muerte no fue el final.
Un parpadeo, un susurro de deseo no pronunciado, y el tiempo retrocedió. Diez años exactos. El mismo día, la misma decisión fatal que lo cambió todo. Ahora Elena despierta con el sabor metálico del miedo en la boca y un fuego frío en las venas: sabe lo que viene. Sabe quiénes son en realidad.
Esta vez, no será la víctima.
Una mujer traicionada, un plan imposible, y una fortuna que todos quieren.
¿Hasta dónde llegará Elena para evitar que la historia se repita?
¿Y qué precio pagará por jugar con el destino?
HASTA QUE EL DIVORCIO NOS SEPARE
Porque algunas segundas oportunidades no son un regalo… son una guerra.
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La Trampa que No Vi Venir
Sentía que el aire se me escapaba. Las piernas me fallaron. Y no sé en qué momento fue que sucedió, pero ya me había caído al suelo de rodillas sin siquiera darme cuenta, con las manos temblando, y el estómago revuelto. No podía procesar lo que estaba sucediendo. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Quién había grabado eso? ¿Quién lo había editado así, tan crudo, tan expuesto?
La sala estalló. Hubieron gritos, jadeos e insultos. Los flashes de las cámaras me cegaban. Y mis padres se pusieron de pie como si les hubiesen disparado. Mi madre me vió con una expresión que nunca antes le había visto: un dolor tan profundo que parecía estarla partiendo en dos, y una furia tan pura que la hacía temblar.
Fue en ese entonces cuando Elena habló. Y su tono de voz cambió saliendo bajo, y roto, lleno de lágrimas que parecían ser reales.
—Estoy decepcionada... profundamente decepcionada... pensé que eras diferente. Pensé que no eras igual al resto y que lo nuestro era real... pero ahora veo que todo fue una ilusión. No, Marcos... necesito tiempo... necesito alejarme... no puedo seguir aquí.
Y entonces se marchó. la vi correr hacia la salida lateral, con el vestido rojo ondeando detrás de ella como si fuera una bandera rota, con la cabeza agachada, y los hombros temblando. La multitud se abría paso para dejarla pasar. Mientras que algunos intentaban tocarla, consolarla, pero ella solo optó por seguir corriendo hacia adelante y sin mirar atrás.
Mis padres no tardaron en reaccionar al instante, mi madre se dió la vuelta hacia mí. Y sus ojos estaban repletos de lágrimas, pero su voz salió firme, cortante:
—Sofía... esto no se quedará así. En casa hablaremos de esto. Y nos vas a explicar todo. Todo.
Mi padre agregó, con un tono grave y tembloroso de ira: —No te muevas de aquí hasta que terminemos con tu hermana. Esto no terminará esta noche.
Y sin siquiera esperar mi respuesta, se marcharon detrás de Elena. Corriendo hacia la salida lateral, mi madre con lágrimas rodando por sus mejillas, y mi padre con los puños apretados, mientras dejaba atrás a un salón que ya no era el mismo.
Yo permanecí allí arrodillada en el suelo frío, rodeada de miradas de odio, de flashes que no paraban de sacar fotos, y de los susurros que se convirtieron en gritos. Intenté ponerme de pie, pero mis piernas ya no me respondían. Intenté hablar, pero mi voz se quebraba cada vez que lo intentaba.
La gente comenzó a aproximarse. Algunos lo hacían señalando, y otros insultandonos. “¡Cómo pudieron!”, “¡Traidores!”, “¡Pobre Elena!”. Los periodistas no paraban de empujar con los micrófonos en mano. Los empleados nos observaban con desprecio. Y los socios antiguos movían sus cabezas negando.
Marcos intentaba llegar hasta mí, mientras gritaba mi nombre, y decía que era una trampa, que alguien nos quería destruir, pero la seguridad lo retuvo. Y lo arrastraron hacia la salida entre abucheos y empujones.
Yo seguía allí. Sola. Arrodillada. Con el vestido completamente arrugado y el maquillaje corrido. Observando la puerta por donde mis padres se habían marchado detrás de Elena.
No me lo había esperado. Nunca creí que mi madre me miraría así, nunca pensé que mi padre me daría la espalda, y nunca imaginé que Elena pudiera guardar algo tan cruel.
Pero aquí me encontraba. Destruida. Expuesta. Y con el salón completo mirándome caer. Mientras la multitud gritaba y los flashes no paraban de seguirme, solo podía pensar en una sola cosa: ¿Cómo habíamos llegado a esto?
Y la respuesta me congeló la sangre: Porque yo lo había permitido. Porque yo lo quise. Y ahora... ahora ya no había vuelta atrás.
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