Diana y Alejandro Ferrera, mellizos criados entre lujos que ya no existen, enfrentan el derrumbe silencioso de su legado familiar.
Con las deudas ahogando cada rincón del viejo caserón, su padre decide tomar una última y desesperada decisión: comprometer a sus hijos con herederos influyentes para salvar lo que queda del apellido.
Pero cuando Diana escapa antes de su compromiso, Alejandro es obligado a tomar su lugar.
Disfrazado como su hermana, atrapado en una farsa que no eligió, Alejandro deberá sostener una vida doble mientras su verdadero compromiso también lo espera.
Y mientras todos veían a Diana… él solo tenía ojos para Alejandro.
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22. Giro de acontecimientos.
Saúl, aturdido, volvió en sí. “¿M-mañana?”, balbuceó.
“Sí, eso dije”, reafirmó Alejandro mientras comenzaba a desabrocharse la camisa blanca. Se rio al ver a Saúl darse la vuelta rápidamente. “Hace unos segundos preguntabas si podías ayudarme personalmente, pero ¿ahora estás avergonzado?”, exclamó juguetonamente.
Saúl evadió la pregunta, diciendo: “Mañana aún tiene clases, joven amo. ¿Va a faltar?”
“Sí, no iré. Envíale la invitación para las nueve o diez”, respondió Alejandro.
“Pero… joven amo. El joven Cesar tiene clases en ese horario, al igual que usted”, señaló Saúl.
“Hay cosas importantes que debo discutir con él. No hay tiempo que perder. Sé que vendrá de algún modo”, afirmó Alejandro.
“Ya veo, así lo haré entonces. Joven amo”, dijo Saúl con una pequeña reverencia antes de salir en silencio de la habitación.
Alejandro se quitó el uniforme y el relleno que llevaba envuelto en su pecho. Se estiró un poco y entró en la ducha. Después de un tiempo, no pudo evitar apoyar la cabeza y los codos en la pared, dejando que el agua fría golpeara su nuca y espalda, mientras su mente deliberaba sobre todo lo que había pasado ese día. Algunos pensamientos le provocaron dolor de cabeza, otros hicieron que sus mejillas se tornaran rojizas.
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Al día siguiente, martes.
Después de un mes, Alejandro pudo vestir su ropa habitual: pantalones de seda blancos con una camisa negra de cuello de tortuga.
Sentado en la sala de invitados desde las ocho, leyendo un librillo, su mirada inexpresiva se iluminó al instante cuando la puerta se abrió. Cesar entró con el impecable uniforme de la Academia Laurentz, lo que sorprendió a Alejandro.
“¿Por qué vistes el uniforme? ¿Acaso…?”, comenzó a preguntar Alejandro.
“Me escapé, jeje”, respondió Cesar de forma adorable, sentándose en el mueble de terciopelo azul marino.
Alejandro se arregló el cabello con el dedo de forma sutil. “Creo que es la primera vez que nos encontramos así… siendo yo”, comentó.
“Sí, es así…”, respondió Cesar, acomodando su mochila a su lado y luego dirigiendo toda su atención a Alejandro. “Es un gusto verte, joven Alejandro”, agregó con una sonrisa dulce, como si se le hubiera cumplido un sueño.
Alejandro sintió un cosquilleo familiar y respondió: “Llámame Alejandro. Creo que a estas alturas, los honoríficos son irrelevantes”.
Cesar se sorprendió, pero asintió rápidamente. “Alejandro. También puedes llamarme sin honoríficos”, ofreció.
Alejandro dudó un poco y susurró avergonzado: “C-Cesar”.
El aire se volvió meloso y rosado por alguna extraña razón.
Alejandro, al darse cuenta, tosió seco, interrumpiendo el momento. “L-lo siento mucho por hacerte faltar, pero reunirnos era urgente”, dijo rápidamente.
Cesar, sin ninguna señal de molestia, respondió: “No importa. No tendría sentido ir a la academia si tú no vas”.
Alejandro no supo cómo responder al golpe bajo que le tomó desprevenido. Desvió la mirada, ignorando la oración anterior. “Tenemos que decidir qué vamos a hacer”, dijo, cambiando de tema.
Cesar dejó su semblante descuidado y se sentó derecho. “¿Qué está mal…?”, pregunto con una cara decepcionada.
El sentimiento de culpa volvió a Alejandro. Suspiró y llevó su mano a la cara cubriéndose. “¿No es obvio? Soy un hombre”, dijo con pesar.
De repente, Cesar se levantó y exclamó casi gritando: “¡NO ME IMPORTA!”
Alejandro no pudo mantener el equilibrio por la sorpresa y cayó hacia atrás en el sofá. “¿Q-Qué?”, balbuceó.
La cara de Cesar se volvió cada vez más roja mientras bajaba el mentón, con los ojos determinados. Estaba a punto de decir algo más, a pesar de estar tan avergonzado.
Pero el fuerte sonido de la puerta interrumpió, lo que podría haber sido una declaración segura.
Quien entró por ese marco no fue nada más ni nada menos que el mismísimo jefe de la familia, Arthur Ferrera, seguido obedientemente por el leal perro de la familia, Saúl, cuya mirada no se despegaba del suelo.
Con su aire de superioridad e implacable firmeza, Arthur preguntó: “Joven Cesar, ¿qué hace aquí?”, antes de dirigirse a Alejandro. “Y tú, ¿por qué no estás en la academia? ¿Qué está pasando aquí?”, dijo con un tono intimidante.
Alejandro había decido ocultar lo ocurrido y planeaba arreglarlo por su cuenta, pero ahora, eso ya no era una opción.
En un intento de tomar el control de la situación, Cesar se sentó de nuevo. “No es usted quien debería hacer las preguntas”, dijo, su tono ahora serio. “Ya descubrí lo que intentaba hacer con su hijo, tratando de engañarme, señor Ferrera”.
Arthur inevitablemente tragó saliva, tratando de mantener su postura segura. “Alejandro”, llamó a su hijo. Respondió con voz sumisa: “Lo siento, padre”.
Hubo un silencio matador y una tensión que cortaba el aire. Alejandro comenzó a sudar, Arthur se mantenía de pie sin decir nada al igual que Saúl. Finalmente, la voz de Cesar interrumpió con palabras inesperadas: “Aun así, me quiero casar con su hijo”.
Todos los presentes no pudieron contener sus expresiones. Alejandro se ruborizó intensamente, Saúl dio un brinco con los ojos bien abiertos y Arthur mostró cierta aversión que rápidamente ocultó tras su máscara de impasibilidad. Luego, dirigiéndose a Cesar, preguntó con calma calculada: “¿Está hablando en serio, joven Cesar?”
Cesar respondió con determinación: “Sí, estoy hablando en serio”.
Arthur suspiró, evaluando la situación rápidamente.
A pesar de que Cesar había descubierto la farsa y podría correr a contárselo a sus padres y a la prensa, aun así quería casarse con Alejandro. Era obvio que tenía sentimientos por su hijo. Aunque la idea de dos hombres juntos no le agradaba del todo, la situación económica que atravesaba la familia Ferrera no le permitía rechazar ninguna oportunidad, incluso si no le gustaba. Estaba dispuesto a lo que fuera necesario para asegurar su estabilidad.
Arthur miró a Saúl con una mezcla de incredulidad y disgusto. “¿El matrimonio entre hombres es legal?”, preguntó. Saúl, con la mirada aún baja, asintió: “Sí, poco a poco, se ha estado legalizando en varios países”
“Vaya, cómo cambian las cosas”, murmuró Arthur con un tono que denotaba su disgusto interno. Sin embargo, su rostro permaneció impasible, ocultando sus verdaderos sentimientos detrás de una máscara de neutralidad.
Los brazos de Arthur, que se mantenían cruzados, se soltaron y anunció con firmeza: “Si es así, con gusto le doy mi bendición. Pero, ¿qué hay de sus padres?”
La apariencia decidida de Cesar se torció ligeramente. “… Ellos no saben nada”, confesó con una pizca de preocupación en su voz. Era evidente que no podía revelarles la verdad a sus padres, especialmente a su madre, quien seguramente sumiría a la familia Ferrera en un escándalo aún mayor si se enterara de la farsa.
Arthur asintió comprensivamente. “¿Me promete que está hablando en serio y que no le dirá a nadie?”
Cesar respondió con convicción: “¡Sí!”
Con un gesto decidido, Arthur sacó su teléfono y dijo: “Está bien, sígame. Hablaremos en mi despacho para llegar a un acuerdo”.
Tanto Cesar como Arthur y Saúl abandonaron la sala tan pronto como habían entrado, dejando al pobre Alejandro totalmente estupefacto como una roca.
P.D.
¿Qué creen que Alejandro estaba leyendo mientas esperaba a Cesar? (͡° ͜ʖ ͡°)
espero pronto leer más novelas de ella felicidades