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SU MAJESTAD, ESTE NO ES SU SIGLO, PERO TIENE MI CORAZÓN

SU MAJESTAD, ESTE NO ES SU SIGLO, PERO TIENE MI CORAZÓN

Status: Terminada
Genre:Viaje En El Tiempo / Magia / Completas
Popularitas:5k
Nilai: 5
nombre de autor: RENE TELLO

Hace tres siglos, la joven reina Isolda fue traicionada la noche antes de firmar un tratado que habría salvado su reino.
En su última hora, una mujer misteriosa le prometió: “Tendrás otra oportunidad, pero no en este tiempo.”
En el 2025, Tomás Vidal, es un arquitecto urbano y orgulloso escéptico de todo lo sobrenatural, encuentra en la restauración de un antiguo palacio europeo a una mujer desorientada, vestida como si acabara de salir de una pintura. Dice ser reina. No recuerda cómo llegó allí.
Entre intentos por adaptarse a un mundo sin carruajes, sin criadas y con “pantallas mágicas”, Isolda se convierte en un fenómeno viral.
Tomás intenta protegerla de la prensa y de sí misma, pero acaba descubriendo que lo imposible tiene su propia lógica y que está empezando a enamorarse de alguien que, literalmente, no pertenece a su tiempo.
Mientras tanto, los fragmentos de la traición que la condenó comienzan a resurgir.
¿Sobrevivirán al pasado o al presente?

HISTORIA DE 25 CAPÍTULOS. GRACIA

NovelToon tiene autorización de RENE TELLO para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 22

El departamento estaba en silencio cuando Tomás regresó del estudio del castillo.

Isolda estaba sentada en el suelo de la sala, rodeada de hojas impresas, un cuaderno abierto y un lápiz que sostenía como si fuera una pequeña espada.

Había aprendido a usar la computadora, pero todavía desconfiaba de ella.

—Espero que eso no sea otro ejército de papeles —dijo Tomás, dejando su mochila.

Isolda levantó la vista.

—No es un ejército.

—¿No?

—Es una conspiración.

Tomás se dejó caer en el sofá.

—Peor.

Ella le tendió una hoja.

—Mira esto.

Tomás la tomó. Era una copia de registros financieros antiguos.

—Donaciones históricas —murmuró—. Fundaciones privadas… universidades… proyectos arqueológicos.

Isolda cruzó los brazos.

—Sigue leyendo.

Tomás pasó a la siguiente página.

Entonces frunció el ceño.

—Espera.

El documento enumeraba investigaciones financiadas durante más de un siglo. Se habían ejecutado restauraciones de archivos, excavaciones menores y estudios arquitectónicos..Todas relacionadas con el mismo lugar, el castillo de Edevane.

Tomás volvió a mirar el encabezado.

—¿Quién financió todo esto?

Isolda señaló la firma. Tomás leyó el nombre en silencio. Fundación Merek.

—Eso no puede ser casualidad —dijo él.

—No lo es —respondió ella.

Tomás se inclinó hacia la mesa.

—Esto empieza en 1882.

Pasó a la siguiente página.

—Luego en 1907.

Otra.

—1946.

Otra más.

—1973.

Levantó la vista.

—Han estado estudiando el castillo durante más de cien años.

Isolda lo observaba en silencio.

—Eso significa algo muy simple —dijo finalmente.

—¿Qué cosa?

—Que Merek nunca abandonó el castillo.

Tomás dejó el documento.

—Pero la Fundación Idolen es la que financia la restauración actual.

—Sí.

—Entonces tenemos dos fundaciones interesadas en el mismo lugar.

Isolda inclinó la cabeza.

—Una lo restaura.

—La otra lo vigila —terminó Tomás.

Durante unos segundos ninguno habló. Luego Tomás abrió su computadora.

—Espera.

Escribió rápidamente el nombre en el buscador.

Fundación Merek + investigaciones publicadas.

Los resultados aparecieron en la pantalla, Investigación histórica, patrimonio cultural y becas académicas, era lo que más predominaba. Todo impecable.

—Se ven muy respetables —dijo Tomás.

Isolda observó la pantalla con sospecha.

—Las traiciones mejor ejecutadas siempre lo parecen.

Tomás sonrió de lado.

—Empiezo a notar que tu optimismo histórico es limitado.

—Aprendí con la experiencia.

Tomás siguió leyendo.

—Esto es interesante.

Giró la pantalla hacia ella.

—La fundación no tiene sede pública clara. Opera a través de universidades, archivos privados y centros de investigación.

—Eso suena a alguien que no quiere ser encontrado.

—O a alguien muy paciente.

Isolda apoyó la barbilla en la mano.

—La paciencia siempre fue una de las virtudes de Merek.

Tomás levantó una ceja.

—¿Virtud?

—Para conspirar —aclaró ella.

Él volvió al teclado.

—Hay algo más.

Abrió un artículo académico.

—Un historiador menciona que durante una excavación menor en Edevane, hace treinta años, encontraron una cámara sellada.

Isolda se enderezó.

—¿Qué cámara?

Tomás siguió leyendo.

—No lo dice. Solo menciona que la investigación fue archivada.

—Archivada por quién.

Tomás volvió al encabezado.

—Fundación Merek.

Isolda se quedó muy quieta.

—Eso significa que encontraron algo.

Tomás asintió.

—Y que no quisieron que nadie más lo viera.

Ella se levantó y caminó hacia la ventana. La ciudad brillaba bajo la noche. Tan distinta de las torres de piedra que recordaba.

—Cuatro siglos —murmuró.

Tomás se acercó.

—¿En qué piensas?

Isolda cruzó los brazos.

—En que la rebelión siempre me pareció demasiado… desesperada.

—¿Desesperada?

—Sí.

Lo miró.

—Los rebeldes no luchaban como hombres que quieren el poder.

—¿Entonces?

—Como hombres que quieren algo escondido.

Tomás sintió un escalofrío.

—¿Algo en el castillo?

Isolda asintió lentamente.

—Algo que yo protegía.

—¿Sabes qué era?

Ella negó con suavidad.

—Sé que existía.

—Eso no ayuda mucho.

—Ayuda más de lo que crees.

Tomás suspiró.

—Déjame adivinar.

—Adelante.

—Tu traidor, Merek, intenta conseguirlo desde hace cuatro siglos.

Isolda lo miró con una media sonrisa.

—Exacto.

Tomás se dejó caer otra vez en el sofá.

—Perfecto.

—¿Qué?

—Estamos restaurando un castillo que podría esconder un secreto medieval perseguido por una conspiración centenaria.

Isolda se sentó a su lado.

—Suena emocionante.

—Suena peligroso.

Ella inclinó la cabeza.

—Las dos cosas suelen ir juntas.

Tomás la miró unos segundos.

—Hay algo que no entiendo.

—¿Qué?

—Si Merek lleva siglos buscando algo en el castillo… ¿por qué permitir que la Fundación Idolen lo restaure ahora?

Isolda pensó un momento. Luego sonrió lentamente.

—Tal vez no lo permitió.

Tomás frunció el ceño.

—¿Entonces?

—Tal vez necesitaba que alguien más abriera el castillo por él.

Tomás se quedó en silencio. La idea se instaló en la habitación con una claridad incómoda.

—¿Crees que nos están usando?

Isolda apoyó la cabeza en su hombro.

—Tomás.

—¿Sí?

—Si un traidor ha esperado cuatro siglos…

Levantó la vista hacia él.

—No creo que le importe esperar unos meses más.

Tomás suspiró.

—Eso no me tranquiliza.

Ella sonrió.

—No era la intención.

Después de un momento de silencio, Tomás habló otra vez.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto?

—¿Qué?

—Que ahora quiero saber qué hay en ese castillo.

Isolda soltó una pequeña risa.

—Bienvenido a la rebelión.

Y Tomás tuvo la sensación de que el castillo de Edevane no estaba volviendo a la vida, sino despertando algo que nunca había dejado de esperar.

El castillo de Edevane siempre era diferente por la noche.

Durante el día estaba lleno de obreros, maquinaria y voces que discutían sobre piedras, morteros y presupuestos.

Pero cuando el último camión se marchaba y las luces de obra quedaban encendidas en los corredores, el lugar recuperaba algo de su antiguo carácter.

El silencio y las sombras largas. Historia respirando entre los muros.

Tomás apagó el motor de la camioneta y miró hacia las torres parcialmente restauradas.

—No puedo creer que te haya traído aquí a estas horas.

Isolda bajó del vehículo con una naturalidad que habría hecho pensar a cualquiera que estaba regresando a su propia casa.

—Arquitecto —dijo, observando las murallas—. Este lugar nunca ha sido más honesto que ahora.

Tomás cerró la puerta.

—¿Honesto?

—Cuando está vacío.

El viento movía suavemente las telas de protección que cubrían parte de las paredes exteriores.

Isolda caminó hacia la entrada sin dudar.

Tomás la siguió.

—Sabes que esto técnicamente es ilegal.

—Lo sé.

—¿Te preocupa?

Ella se detuvo en el umbral y lo miró con una sonrisa tranquila.

—Tomás, he sido acusada de traición, brujería y conspiración contra la corona.

Él levantó una ceja.

—¿Y entrar a tu propio castillo no está en la lista?

—No oficialmente.

Tomás negó con la cabeza mientras encendía una linterna.

—Perfecto. Me alegra participar en tu carrera criminal.

Caminaron por el corredor principal. Las obras habían dejado parte del suelo cubierto con tablones provisionales, y el eco de sus pasos resonaba bajo las bóvedas.

Isolda avanzaba con una seguridad inquietante.

—Aquí había tapices —murmuró.

Se detuvo frente a un muro.

—Y aquí una escalera secundaria.

Tomás iluminó la pared.

—Ahora hay un andamio.

Ella sonrió.

—El tiempo tiene pésimo gusto para redecorar.

Continuaron hasta el ala norte, donde las obras estaban más avanzadas. Tomás señaló una puerta reforzada.

—La cámara que mencionaba el archivo debería estar detrás de esta sección.

Isolda observó la piedra.

—Esto no estaba aquí.

Tomás se agachó para examinar la base del muro.

—Lo sé.

Pasó la linterna por la unión entre bloques.

—La sellaron después.

—¿Después de la rebelión?

—Mucho después.

Isolda apoyó la mano sobre la pared. La piedra estaba fría, pero había algo más.

Una sensación extraña, como si el lugar recordara algo que ella no podía ver.

—Tomás.

—¿Sí?

—Este muro no protege algo.

—¿No?

—Protege a alguien.

Tomás se enderezó.

—Eso suena peor.

Ella señaló una línea apenas visible entre las piedras.

—Aquí.

Tomás acercó la linterna. La grieta era tan fina que parecía parte natural del muro, pero cuando pasó los dedos, sintió algo metálico.

—Hay un mecanismo.

Isolda cruzó los brazos.

—Eso tampoco es original.

—No.

Tomás presionó ligeramente la pieza. Nada ocurrió.

—Tal vez necesitamos herramientas.

Isolda lo miró con paciencia.

—O memoria.

Se acercó a la pared y recorrió las piedras con la mano. Contó en voz baja.

—Uno… dos… tres…

Tomás la observaba en silencio. Ella presionó una de las juntas. Luego otra. Luego una tercera.

Un sonido seco resonó dentro del muro. Tomás se quedó inmóvil.

—No me digas que…

El mecanismo se activó con un crujido lento. Una sección de la pared se desplazó apenas unos centímetros. Isolda dio un paso atrás.

Tomás la miró, impresionado.

—¿Sabías que estaba ahí?

—No exactamente.

—¿Entonces?

Ella sonrió levemente.

—Recordé que Merek odiaba las puertas obvias.

Tomás empujó el bloque.

La abertura se amplió lo suficiente para que pudieran pasar.

Un pasadizo oscuro descendía hacia el interior del castillo.

Tomás iluminó el interior con la linterna.

Hablan unas escaleras de piedra y polvo, aire atrapado durante siglos.

—Definitivamente esto no estaba en los planos de restauración —murmuró. Isolda observó el descenso.

Su expresión había cambiado.

Había algo más que curiosidad en sus ojos.

—Aquí empieza la parte interesante.

Tomás la miró.

—¿Estás segura de que quieres saber qué hay ahí abajo?

Ella lo miró como si la pregunta fuera absurda.

—Tomás.

—¿Sí?

—Alguien ha esperado siglos para abrir este lugar.

Le ofreció la mano.

—Sería una descortesía hacerlo esperar más.

Tomás suspiró, pero tomó su mano.

—Si encontramos un esqueleto medieval, tú lo explicas.

—Acepto la responsabilidad.

Bajaron juntos. La escalera terminaba en una pequeña cámara subterránea. El aire era pesado, inmóvil.

Tomás movió la linterna por la habitación. No había cofres. No había reliquias. Solo una mesa de piedra.

Y sobre ella, un objeto cubierto por una tela negra.

Tomás se acercó lentamente.

—Esto no parece un tesoro.

Isolda no respondió. Estaba mirando la tela.

Algo en la forma bajo la tela le resultaba demasiado familiar. Tomás extendió la mano.

—Voy a quitar esto.

—Espera.

Él la miró.

—¿Qué pasa?

Isolda dio un paso adelante.

Su voz era apenas un susurro.

—Tomás…

—¿Sí?

—Ese símbolo.

Tomás bajó la linterna.

En la tela negra había un bordado antiguo. Un halcón con las alas abiertas. El mismo escudo de la casa Idolen.

Tomás frunció el ceño.

—Entonces esto es tuyo.

Isolda negó lentamente.

—No.

Levantó la mirada hacia él. Y había una sombra de inquietud real en sus ojos.

—Esto no debería estar aquí.

Tomás tragó saliva.

—¿Por qué?

Isolda retiró la tela.

Debajo había una espada. Una espada antigua, perfectamente conservada. Y grabado en la hoja, en letras que el tiempo no había borrado, había un nombre. Merek.

El silencio en la cámara se volvió absoluto.

Tomás miró a Isolda.

—Creo que tu traidor dejó algo atrás.

Isolda observó la espada con una calma peligrosa.

—No.

Tomás frunció el ceño.

—¿No?

Ella levantó la espada lentamente. El metal brilló bajo la linterna.

—No la dejó atrás.

Sus ojos se oscurecieron apenas.

—La estaba esperando.

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Lupita Espinoza Castro
Rara historia, interesante, gracias escritora
RENE: Gracias ☺️
total 1 replies
Thibizay Garcia
Excelente
RENE: Gracias ☺️
total 1 replies
Thibizay Garcia
Me ha encantado leerte y mucho /Proud//Proud//Proud/
Ana Elena Jiménez
felicitaciones @RENE muy linda la historia 👏👏👏
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja jajajaja
Ana Elena Jiménez
super fascinante 🫶
Ana Elena Jiménez
muy linda la historia,
Ana Elena Jiménez
cuanto misterio 🫢
MANATE
😘💯
RENE: Gracias ☺️
total 1 replies
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja con isolda es para morirse de la risa definitivamente 🫢
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja isolda totalmente atropellada por la tecnología
Ana Elena Jiménez
eso sí es cierto
Ana Elena Jiménez
amo esta historia,es espectacular 🫶
Ana Elena Jiménez
está historia es espectacular muchas gracias René Tello por continuarla 🫶🫶🫶
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja
Ana Elena Jiménez
este par son todos un personaje 🫶🫶🫶
Ana Elena Jiménez
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja ya no puedo más con isolda
Ana Elena Jiménez
me encanta este amor 😍😍
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