NovelToon NovelToon
La Luz Rojo Carmesí Del Final

La Luz Rojo Carmesí Del Final

Status: En proceso
Genre:Acción / Escena del crimen / Terror
Popularitas:6.2k
Nilai: 5
nombre de autor: XintaRo

Pesadillas terribles torturan la conciencia y cordura de un Hombre. Su deseó de proteger a los suyos y recuperar a la mujer que ama, se ven destruidos por una gran telaraña de corrupción, traición, homicidios y lo perturbador de lo desconocido y lo que no es humano. La oscuridad consumirá su cordura o soportará la locura enfermiza que proyecta la luz rojo carmesí que late al fondo del corredor como un corazón enfermo.

NovelToon tiene autorización de XintaRo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Hombre Sin Ojos. Pt21.

La puerta se abre sin que nadie toque. El sonido me saca del trance y volteo. Héctor entra con una charola de metal entre las manos, equilibrando tres tazas que tiemblan con cada paso. El aroma a café recién hecho corta el aire denso de puro y tabaco. El viejo ventilador del techo zumba lento, moviendo apenas el humo que flota sobre nuestras cabezas.

—Mírate nada más —le digo con media sonrisa, mientras deja la charola sobre el escritorio del teniente—. Pareces el mayordomo de un burdel barato. Héctor, tráeme mis palos de golf, saldré con el teniente a despejarme un momento.

Héctor arquea una ceja, sin perder la sonrisa.

—Si fuera tu mayordomo ya te habría envenenado hace años —responde, pasándome mi taza—. Además, eres pésimo en el golf, solo harías pasar vergüenza al teniente.

—Gracias —le respondo, riendo y sosteniendo mi taza.

El teniente, suelta una pequeña risa, seca, casi un gruñido. Toma la suya —una taza enorme, vieja, con una grieta en el asa y el escudo del distrito Sur—. Asiente con aprobación, oliendo el café.

—Al menos alguien en esta oficina todavía sabe preparar un café decente. Gracias Héctor.

Nos quedamos un momento en silencio, solo oyendo el burbujeo leve del líquido caliente cuando lo soplamos. El reloj del escritorio marca las 11:26 a.m. El café está amargo, fuerte, con ese toque dulce que le da Héctor, como debe ser.

El teniente lo deja sobre el escritorio y se inclina hacia adelante, los codos hundiéndose en la madera.

—Héctor —dice con voz grave—. Ya te lo he dicho mil veces: deja de seguir a este idiota a todos lados. ¿No te cansas de meter la cabeza en cada agujero que él encuentra?

Héctor sonríe sin levantar la vista. Huele su taza de café, le da un largo trago.

—Si mi hermano dice que hay que saltar en la boca del infierno, teniente —responde, clavando su mirada en los ojos del teniente—, Solo besaré mi medalla de Santini… y saltaré con él.

El viejo suelta un bufido entre dientes y se recuesta en la silla, agotado.

—Un día de estos no volverán a subir, muchachos. Y yo no quiero tener que firmar sus nombres en otra maldita lápida.

El comentario me cala más de lo que debería. El tono de su voz no suena a regaño… suena a miedo. A cariño disfrazado de autoridad. A un padre que ya enterró a demasiados hijos que no eran suyos.

Bajo la mirada a mi café. El vapor me empaña la vista por un segundo. Héctor se ríe despacio, como si no entendiera el peso de esas palabras, o quizás para aligerar la carga del teniente. Yo solo pienso en lo mucho que les debo.

Héctor me ha seguido desde el principio, cuando solo éramos adolescente y nadie más hacía lo necesario para salvar este distrito. Cuando todos me veían como un lunático adicto a partir caras con mis nudillos de acero, evitando que otros se lastimen en la oscuridad que devoraba todo en ese tiempo. Ahora es menos densa, al menos un poco menos que en esos malditos años.

Después de todas esas peleas entre pandilleros y mafiosos, todo lo que perdimos para recoger migajas al final. Y, sin embargo, aquí está. Sirviendo café y caminando conmigo directo a la oscuridad. Sin dudarlo ni un segundo.

El timbre del teléfono rompe el silencio. El teniente lo mira un momento antes de responder. Su voz cambia al instante, se vuelve rígida, controlada.

—Comisaría del distrito Sur… sí, soy yo.

Una pausa. Su ceño se frunce.

—No, todavía no. El informe está en revisión.

Otra pausa. Más larga. Su mandíbula se tensa.

—Les dije que me encargaría personalmente. No es necesario que envíen a nadie.

El silencio en la oficina se espesa. Héctor me mira, como si quisiera preguntar quién diablos está al otro lado de la línea. Yo solo niego con la cabeza. No pueden saber que estamos presentes escuchando esto.

—Sí… lo entiendo —dice el teniente finalmente, en un tono que suena más a rendición que a acuerdo—. Pero mientras este caso esté en mi distrito, yo decido cómo se mueve.

Cuelga sin despedirse.

Durante unos segundos, el único sonido es el del reloj y el zumbido del ventilador. El teniente apoya la frente en una mano y deja escapar un suspiro profundo.

—Los federales —murmura, casi para sí mismo—. Ya metieron las narices.

Héctor y yo nos quedamos quietos. El viejo levanta la mirada, sus ojos están rojos, cansados, pero firmes.

—No se preocupen. Yo me encargo del resto.

Da un trago largo a su café y añade con voz baja, áspera como grava.

—Mientras yo siga respirando, este caso no sale de nuestras manos.

El humo, el café y las palabras quedan flotando en el aire como una promesa… o una advertencia.

El silencio se rompe cuando el teniente se pone de pie. Su sombra cubre medio escritorio, y la silla rechina detrás de él. Nos mira con esa expresión que mezcla cansancio y autoridad, como si las arrugas de su frente pesaran más que el propio caso.

—Escúchenme bien —dice, señalándonos con el puro entre los dedos—. Los federales no están “interesados” en el caso, muchachos. Lo quieren. Y cuando ellos quieren algo… lo toman.

Sus ojos se clavan en mí.

—Así que será mejor que no llamen la atención. Ni una palabra a nadie, ni un movimiento fuera de protocolo. ¿Entendido?

Asiento despacio, tragando el sabor amargo del café que ya se enfrió. Héctor hace lo mismo, sin levantar la vista de su taza.

El teniente apaga su puro en el cenicero, aplastándolo con rabia contenida.

—Ustedes dos son buenos, los mejores que tengo, pero a veces parecen suicidas. Si esos informes son reales, están metidos hasta el cuello. Y créanme, la familia Linova no necesita una orden para hacer desaparecer a alguien.

—No será la primera vez que nos quieran borrar del mapa —respondo sin pensar.

Él me mira con algo entre orgullo y molestia.

—Sí… pero podría ser la última.

Me levanto de la silla junto con Héctor, le doy otro trago a mi café.

—Lo entiendo, teniente. No haremos ruido. Prometido.

Él asiente, sin convencerse del todo.

—Más les vale, par de estúpidos. Ahora lárguense de mi oficina, tengo demasiado papeleo.

Nos giramos y salimos de la oficina sin decir más. El aire afuera de su oficina huele a desinfectante barato y papeles viejos.

1
favita
me encanta la historia muy genial el detective
melani99
🥰
sofialopez2010
favuloso
jomijomi2012
Muy buena, que siga
jomijomi2012
Que increíble el relato, hasta me dio penita la polilla de papel😔
manueles
Me encanta, que siga contando la historia 😻😻😻
manueles
Que hermoso, parese un poema😻
jotape
Donde habrán quedado mis alas de papel 😔
entomomoyan
Yo nací sin mis alas de papel, al igual que el detective 😔
latifa
yo igual ya no tengo mis alas de papel 😭
XintaRo
👍
latifa
ingreible quiero leer mas
jotape
😻
Anon
Esta muy buena la historia
Anon
Nadie pisa el sur sin consecuencias 😎
Anon
El héroe oscuro del distrito sur 😻😼
Anon
/Casual//Determined/
Anon
😻😎😼
Anon
👏/Good/
Anon
Esto esta muy bueno 🙀 esta muy buena la historia
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play