Nica es el fruto de un rico hacendado, dueño de muchas tierras productoras de caña y algodón, y de un amorío con una de sus esclavas.
Y aunque su padre prometió protegerla, no vivió mucho para cumplir su promesa.
Apenas su padre murió, su tío y sus primos se encargaron de hacerle la vida un infierno. Le recalcaba a cada momento que ella solo era una sucia esclava con sangre impura corriendo por sus venas.
Y qué por lo tanto, su vida no valía nada.
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Tambores de Pasión.
Se mordió las uñas toda la tarde, sin tener otro oficio que hacer caminaba de un lado a otro por la casa grande en espera de noticias. No había rastros de Antonio, ni de Lilianne, nadie se dignaba a llegar.
Si no caminaba en círculos para expulsar sus nervios, se la pasaba pegada a la ventana. Las palabras de Antonio la carcomían por dentro, y mientras más las analizaba, más peligrosas se reflejaban.
«Me daré a respetar de ser necesario.»
Una horrible culpa comenzó a invadirla, quizás si ella no hubiera abierto la boca no estaría en esta situación. No quería que todo esto terminara desatando un escándalo donde no lo había.
En ese instante, observó un carruaje aproximarse en la entrada, el mismo que llevaba a Lilianne a la escuelita todas las mañanas. Angustiada, Nica salió rápidamente de la casa.
—¡Lilianne! —Exclamó la esclava al ver bajar a su prima del carruaje. —¿Estás bien?
—Si, ¿Por qué no lo estaría? —Respondió la rubia, sonriente.
—¿Segura? —Dudó Nica, mirándola de manera juiciosa. —¿No te hizo nada...?
—¿De qué hablas, prima? —Preguntó Lilianne, extrañada por su actitud. Nica no supo contestar. —Vine a prepararme para el sarao del señor Angeli, no quiero que se me haga tarde.
Luego de un segundo en trance, Nica reaccionó y asintiendo la cabeza varias veces se introdujo en la casa grande para alistar a su prima. A lo mejor y todo resultó en un malentendido. Aunque tampoco se explicaba por qué ella y Antonio no habían llegado juntos.
Era extraño, Lilianne actuaba con completa paz y tranquilidad. Mientras que Antonio llegó hasta el atardecer, y según la servidumbre, había llegado un poco tomado, por lo que debían esperar a que se le pasara el efecto del licor.
Con esa impresión, a Nica no le sorprendería si Antonio se hubiese desviado a una tasca en lugar de atender el asunto con respecto a Lilianne y las cartas.
Después de algunos arreglos, Lilianne estaba lista para la fiesta. El rosa pastel en su vestido iba en armonía con su tono de piel, junto a su joyería dorada y un abanico bien coqueto.
Por otro lado, Nica no cambió su aspecto en nada, salvó por unos harapos que no estuvieran rotos como la mayoría que tenía. En realidad, se vistió de esa forma por el ritual y no por la fiesta.
Ella y Lilianne se marcharon en un carruaje, mientras que Don Armando, Julián y Antonio iban en sus caballos a la hacienda vecina, propiedad del señor Angeli, por lo que el viaje no fue muy largo.
Nica descubrió que esa hacienda llevaba por nombre El Paraíso, aunque parecía todo lo contrario. La casa principal era un conjunto de ruinas hechas de madera a punto de colapsar. Solo una parte de la casa lucía decente, siendo la cocina y las barracas. Además del jardín interior, donde se celebraba la fiesta en cuestión.
—¿No es hermoso el lugar? —Comentó Lilianne.
Nica rió pensando que era una broma, pero al ver la expresión ilusionada de su prima lo dudó. La rubia miraba el sitio con curiosidad y emoción, mientras que Nica empezaba a hacerse la ciega con tal de no ver más defectos.
Los potreros quedaban demasiado cerca de la casa, si te acercabas un poco podías percibir el olor del ganado que, para rematar, no habían limpiado en cierto tiempo. Y así un montón de cosas más, Nica pensaba que tal vez no tenía mucho conocimiento comparado al Señor Angeli, por algo presumía tener oro en millones, pero estaba segura de que una persona con ese dinero no tendría su casa en mal estado.
—Bienvenidas, señoritas. —Un indio que trabajaba en la casa les dió la bienvenida y les ofreció una copa de un extraño vino.
La servidumbre también era rara, ni siquiera lucían como servidumbre. Todos llevaban ropa bonita, calzas nuevas y joyas de oro. De no ser por su tono de piel, Nica podía confundirlos fácilmente con los invitados de la fiesta.
No obstante, sin duda quien la estaba pasando fenomenal era el suegro de Lilianne. Desde que llegó, notó como Angeli ahogaba a Don Armando con mujeres hermosas y ron del caro. Eso sí, él no bebía ni una sola gota. Al menos, el dueño de la casa debía estar cuerdo.
Contra todo pronóstico, Lilianne hizo ambiente con algunas personas, lo que dejó a Nica orgullosa pero a la vez triste por ser dejada de lado. De igual forma, trató de ver el lado positivo, ese era su momento para ir al ritual indígena.
—Que chaperona tan seria.
Nica se sobresaltó cuando escuchó la voz masculina mientras intentaba escapar. Maldijo internamente una y otra vez. No había visto a Antonio desde que llegaron a la fiesta como para lidiar con él ahora.
—A-Antonio. —Titubeó. —¿N-No debería estar conquistando a una de esas mujeres de allá?
—¿Quién, yo? Nah... No es mi tipo de entretenimiento. —Negó Antonio, sonriendo de forma ladina.
—Eso no dicen las malas lenguas sobre usted. —Dijo Nica entre dientes.
—Las malas lenguas siempre taparán la envidia con calumnias.
—Mi punto es... —«Que te vayas» Quiso decir la castaña con todas sus ganas, pero intentó mantenerse serena. —¿Usted piensa aburrirse toda la fiesta hablando con un florero, cuando puede divertirse mejor?
—Si supieras que poco me aburro contigo, señora florero.
Nacieron cosquillas en el estómago por una razón inexplicable luego de escuchar aquellas palabras.
—Este... —Nica se quedó atónita ante esa sensación que la hizo sonrojar. —¿Q-Qué sucedió en el pueblo? ¿Habló con Lilianne sobre las cartas?
—No pude, llegué a la escuelita y no estaba ahí, la procesión había terminado hace horas. Pregunté por ella, pero nadie la vió. Y en el camino me reuní con unos amigos que no veía desde hace tiempo. —Respondió Antonio, serio. —Pensé interrogarla en casa... Pero no me siento de humor para ser el novio malo. ¿Tú no le preguntaste nada?
—Pues no... —Murmuró.
Honestamente, no sabía de que manera hacerlo. ¿Cómo iba a volver a preguntarle a Lilianne quien le mandaba las cartas, si ella ya le había asegurado que se trataba de Antonio?
—Por cierto, Nica, ¿Puedo preguntarte algo? —Interrogó el joven, a lo que ella asintió. — ¿Qué pasó con el collar qué le regale a Lilianne?
—Ah, se le perdió. —Contestó, sin mentir. —Creo que se le cayó, lo buscamos por un tiempo pero no apareció nunca... ¿Por qué?
—No, por nada. —Evadió Antonio, despertando las dudas de Nica. —En fin, espero que la fiesta de los esclavos sea mejor que esta.
—¡E-Eh...! —La castaña se exaltó nerviosa. —Con respecto a eso...
No obstante, antes de que Nica pudiera decirle la verdad a Antonio, el señor Angeli la interrumpió tocando su copa para llamar la atención de los invitados.
—¡Atención, mis queridos invitados! —Exclamó el italiano de ojos verdes con esa personalidad tan vivaz que lo caracterizaba. —Quiero dedicar unas palabras de agradecimiento...
—Carajo, lo que me importa. —Murmuró Antonio. —Ven, aprovechemos.
Él joven Hurtado le sujetó la mano para arrastrarla al exterior, y fue como si todos los sentidos de Nica colapsaran. Mientras las personas se hallaban distraídas con el discurso de Angeli, ambos lograron escabullirse hacia el caballo del hombre.
—A-Antonio... no creo que sea buena idea. —Dijo la castaña, y con un mínimo de voluntad se soltó de él.
—Sube, nadie nos verá. —Convidó Antonio, montando a Relámpago, su corcel.
—No me refiero a eso. —Soltó Nica. —Creo que sería incómodo para los esclavos verlo a usted en la fiesta...
—Entonces, volveré a ser un esclavo más. —Dijo Antonio, determinado. —Nica, no soy tonto, sé que su fiesta no es con fines correctamente religiosos. Prometo no asustarme si veo como invocan al diablo.
—No invocamos al diablo. —Aclaró ella, mientras liberaba una pequeña sonrisa traviesa. —Aun.
Antonio rió junto a ella, y le extendió la mano invitándola a subir en Relámpago. Sería una experiencia nueva para si misma, por lo que decidió dejarse llevar y con ayuda del joven se subió en el caballo.
—Sujétate bien señora florero, si te caes no te recogeré.
Nica rodó los ojos pensando que era una exageración, pero apenas Antonio comenzó a galopar tuvo que reconsiderar la advertencia aferrándose a la espalda del jinete.
Al principio fue vergonzoso, aunque Antonio siempre se concentró en hacerla reír. Ella le dió las indicaciones, y los dos galoparon hacia la costa, dónde seguirían hasta llegar a un cerro que se alzaba al borde la bahía: El Morro.
En medio del galope, Nica y Antonio pudieron escuchar los tambores, y de esa manera llegaron a la fiesta. La mayoría eran esclavos, algunos incluso bailaban con las cadenas en sus pies, pero ciertamente era un maridaje de tradiciones y culturas. Indígenas pemones, caribes, junto a africanos y gitanos...
Todo lo que la iglesia católica aborrecía, estaba en ese sitio.
—¡Nica! ¡Llegaste! —El grito entusiasmado de Marú la recibió. —¡Ven, el chamán está por aquí!
Marú la terminó arrastrando hacia el chamán pemón, fue ahí cuando perdió de vista a Antonio, más no se libró de recibir una mala mirada por parte de Urima.
El indio la llevó a un sitio apartado de la multitud, en el interior de una carpa se encontraba el chamán y dos asistentes. Nica fue recibida con un asfixiante hedor a humo de tabaco y un altar con diversas ofrendas, entre ellas frutas u objetos simbólicos.
—Yo no traje ofrenda... —Dijo Nica, apenada.
—Tranquila Nica, la intención es lo que le importa a los Dioses. —Respondió Marú.
El chamán tenía un rostro aterrador, sus ojos enrojecidos eran menos intimidante que los palitos de madera incrustados en su cara. La bañó con el humo de tabaco, para purificar el alma de Nica de las influencias externas, según Marú.
—Pide, niña. —Exigió el chamán.
—No sé como pedirle...
—A mí no, a los Dioses. —Corrigió.
—Pídelo de corazón, Nica. —Recomendó el indio. —Que sea una conversación entre ellos y tú.
La invitaron a que se sentará a meditar mientras el chamán empezaba un cántico en su idioma tribal, de esta manera podría hablar con los Dioses y comunicarles su pedido. Claro que Nica no pensó en pedir otra cosa que no fuera su libertad.
Poder decidir sobre su vida sin restricciones o prejuicios, vivir sin la preocupación de ser juzgado o incluso rebajado por tus raíces, aspecto o creencias. Pensaba que, de llegar a vivir esa vida, podría finalmente ser feliz.
—A veces la esclavitud está en nuestro propio espíritu. —Habló el chamán a mitad del canto ancestral. Con su tabaco trazaba líneas de humo delante de ella, las cuales eran leídas. —Los Dioses te guiarán, puedes vivir en paz.
Nica permaneció pensaría ante aquellas palabras, pero siendo honesta el olor a tabaco no la dejaba pensar con claridad. Al terminar la sesión, ella y Marú salieron de la carpa para hablar sobre su experiencia.
En medio de la conversación, Nica divisó a Antonio en la mesa de una gitana que al parecer le leía las cartas del tarot.
—¡Marú! —Gritó Urima a cierta distancia, interrumpiendo la charla de ambos, de manera intencional.
—¡Voy! —Avisó el indio. —Veré que quiere Urima, te recomiendo los dulces de tamarindo, están muy buenos.
—Jeje... claro Marú. —Asintió sonriente.
—¡Y no tomes mucha caña! —Dijo mientras se alejaba al grupo de Urima.
Nica se quedó sola en medio de la parranda, observando a la gente bailar a ritmo del tambor. Tuvo curiosidad de lo que estaría haciendo Antonio, ya que lo veía bastante pensativo mirando sus cartas sobre la mesa.
Nica se acercó, y de inmediato capturó la atención de la gitana, la cual también tenía un afán al tabaco que había dejado secuelas en sus dientes oscuros. En la mesa, se mostraban tres cartas: el sol, la torre y el ermitaño.
—¿Qué salió en su futuro? ¿El fin del mundo? —Preguntó Nica, bromista.
—Mm... Quisieras. —Dijo Antonio, rodando los ojos.
El joven se levantó de la mesa dispuesto a irse, y la gitana le dedicó una última mirada llena de pillería que Nica notó. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos de la gitana, ella se lo revolvió en la cara.
—Parece que llamaste la atención de la gitana. —Soltó Nica, en un tono serio.
Antonio se rió, pensando que el comentario tenía una intención oculta. Celos, tal vez.
—No te preocupes, la única hechicera que ha logrado hipnotizarme eres tú.
—Pues déjeme decepcionarlo diciendo que a pesar de ser esclava, no hago embrujos. —Expresó la castaña, cruzándose de brazos fingiendo estar ofendido.
El joven rodó los ojos divertido.
—¿No bailas, florero? —Preguntó.
—Nunca se me dió bien. —Murmuró Nica, apenada. —Doña Gwendoline quiso enseñarme, pero decía que tengo dos pies izquierdos... Y este tipo de baile es desconocido para mí.
—Yo te puedo enseñar.
—¿Usted? —Dudó incrédula. —¿Qué parte de que tengo dos pies izquierdos no entiende?
—Eso veremos, vente. —Convidó Antonio.
Sintiéndose apenada, ella siguió al joven hacia la playa que se encontraba medianamente oscura, apartados de los demás. El bajo sonido de los tambores y las olas eran la música que guiaba su clase de baila.
—Olvídelo, esto es absurdo. —Desistió la castaña. —Y de nada me sirve aprender a bailar, eso solo le sirve a las señoritas que buscan marido.
—¿En serio? —Comentó Antonio, intrigado. —¿Piensas quedarte soltera toda la vida?
—Lo consideraría un triunfo, sí.
Su respuesta fue muy cortante, pues Nica consideraba todos los males y dolores de cabeza provocados por hombres, dejando en claro que conseguir un esposo no era su objetivo.
No obstante, Antonio la tomó de la cintura por sorpresa, y juntando sus manos comenzó con un vaivén de lado a lado. En cualquier otra situación, Nica se habría sentido acorralada o incluso tensa, pero ahora, debía admitir que se encontraba relajada. Segura y protegida.
—Eres una exagerada, bailas muy bien. —Alardeó Antonio.
—Solo lo dice para convencerme. —Dijo Nica, en el mismo tono serio y cortante.
—Bien, si tú lo quieres.
De imprevisto, Antonio la cargó en sus brazos y corrieron hacia el mar. Nica empezó a gritar, intentando zafarse, aunque fue demasiado tarde, ya que ambos terminaron cayendo y mojándose por completo.
—¡Que le pasa! ¿¡Es un tonto o qué!? —Reclamó Nica entre risas, totalmente empanada.
—Pero te estás riendo. —Recalcó Antonio, riendo de igual manera.
Y era lo que buscaba, hacerla reír. Nica no lo había notado, pero Antonio usó la excusa de enseñarle a bailar para tener privacidad.
En ese momento, ver a Nica riendo y jugando con el agua endulzó su corazón, se dió cuenta en que las palabras de la gitana tenían sentido.
Los ojos de Nica lo teletransportaban a un mar de chocolate que el deseaba conquistar...
Y sí, tenía miedo porque su relación estaba radicalmente prohibida. Eran de distintas clases sociales, él era un hombre comprometido, y ella ya le había confesado hace pocos minutos su nulo deseo de casarse.
Pero el embrujo era más fuerte que él, pasó de observar su sonrisa a fijarse en sus ojos, en su pelo y en su ropa mojada marcando todo su cuerpo. Quería que cada parte de ella, fuera suyo.
Sin más, Antonio se dejó llevar por sus impulsos, y tomando de manera delicada el mentón de la castaña le dió un beso apasionado.
Un beso, que ella correspondió...