Mía una de 19 años es obligada a casarse con un mafioso por culpa de su hermana gemela ella está pagando
su hermana era una drogadicta siempre estaba en problemas mano a la mujer de un mafioso y el por venganza decide casarse con ella para hacerla pagar todos los días por haber arrebatado al amor de su vida
sus padres por proteger a su princesa entregaron a mía una hija que ellos cautiva
NovelToon tiene autorización de Adri pacheco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 22
La noche había caído por completo sobre la ciudad.
Las luces amarillas de las calles apenas iluminaban el camino mientras Hanna caminaba sola, con paso firme pero mente inquieta. Había salido de la casa de Mía con una sensación extraña… algo que no podía explicar.
No era miedo.
Hanna no conocía el miedo.
Era… intuición.
Esa sensación que solo aparece cuando algo está por romperse.
Se detuvo un segundo en la vereda, cruzando los brazos.
—Esto no me gusta… —murmuró.
Miró a su alrededor.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Y eso… era lo que menos le gustaba.
Siguió caminando hacia su auto, estacionado a media cuadra. Cada paso era calculado, cada movimiento atento.
Cuando estaba por abrir la puerta…
Un sonido.
Seco.
Rápido.
Un disparo.
Hanna reaccionó en milésimas de segundo.
Se tiró hacia un costado justo cuando la bala impactó contra el vidrio del auto, haciéndolo estallar en mil pedazos.
—Mierda… —susurró.
Rodó por el suelo y sacó su arma.
Silencio.
Pero no era un silencio vacío.
Era un silencio peligroso.
—Salgan… —dijo en voz baja, apuntando hacia la oscuridad—. Sé que están ahí.
Nada.
Un segundo disparo.
Esta vez pasó rozando su hombro.
Hanna se levantó rápidamente y se cubrió detrás del auto.
—No son amateurs… —pensó.
Respiró profundo.
Analizó.
Dos… quizás tres tiradores.
Buena puntería.
Organizados.
Esto no era un robo.
Era un ataque directo.
Y alguien… la quería muerta.
—Interesante… —susurró con una leve sonrisa.
Sacó su celular y marcó un número.
—Activen protocolo —dijo sin rodeos—. Me están atacando.
Colgó.
Guardó el celular.
Y salió de su cobertura disparando dos veces hacia donde había visto el destello.
Un grito.
Uno cayó.
Pero no terminó ahí.
Pasos.
Corriendo.
Otro disparo.
Hanna se movió rápido, giró sobre sí misma y disparó nuevamente.
Silencio.
Todo terminó tan rápido como empezó.
Se quedó quieta unos segundos, respirando agitada.
—No vinieron a improvisar… —pensó—. Vinieron a probar.
Se acercó con cautela.
Uno de los hombres estaba en el suelo… herido.
Hanna se agachó frente a él, tomándolo del cuello de la camisa.
—¿Quién te envió? —preguntó fría.
El hombre escupió sangre.
Sonrió.
—Ya estás muerta… —susurró.
Hanna entrecerró los ojos.
—Error… —respondió antes de golpearlo y dejarlo inconsciente.
Se puso de pie.
Y entonces lo entendió.
Esto recién empezaba.
Minutos después…
Tres camionetas negras llegaron al lugar.
Hombres armados bajaron rápidamente.
Eran de ella.
Su gente.
Invisible… como siempre.
—Señorita —dijo uno acercándose—. ¿Está bien?
—Estoy perfecta —respondió Hanna—. ¿Rastreo?
—Ninguna señal clara. Estaban limpios.
Hanna chasqueó la lengua.
—Profesionales… —murmuró.
Miró nuevamente al hombre en el suelo.
—Llévenlo. Lo quiero vivo.
—Sí, señorita.
Mientras sus hombres limpiaban todo, Hanna se quedó en silencio.
Pensando.
¿Quién?
Esa era la única pregunta.
No era Renzo.
No era Joseph.
Esto… venía de otro lado.
Y eso la molestaba.
Porque significaba algo peor.
—Nos vamos —ordenó finalmente.
Subió a la camioneta.
Pero su mirada… ya no era la misma.
En la casa…
Renzo caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado.
Milo estaba en silencio.
El ambiente era pesado.
—No me gusta esto… —dijo Renzo—. No me gusta nada.
—¿Por Hanna? —preguntó Milo.
—Sí.
Antes de que pudiera decir algo más…
La puerta se abrió.
Hanna entró.
Renzo giró de inmediato.
—¿Dónde estabas? —preguntó seco.
Pero se detuvo.
Vio su ropa.
El vidrio en su cabello.
El leve rasguño en su hombro.
Su expresión cambió.
—¿Qué pasó? —preguntó, más serio.
Hanna lo miró unos segundos.
—Me atacaron.
Silencio.
Pesado.
Peligroso.
—¿Quién? —preguntó Renzo, su voz bajando a un tono oscuro.
—No lo sé.
—No me jodas, Hanna.
—No lo sé —repitió firme—. Pero no eran cualquiera.
Renzo apretó la mandíbula.
—¿Cuántos?
—Tres. Uno vivo.
Milo intervino.
—Eso ya es algo.
Renzo miró a Hanna fijamente.
—¿Joseph?
—No.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Renzo se quedó en silencio.
Eso era peor.
Mucho peor.
—Entonces tenemos otro enemigo… —murmuró.
Hanna cruzó los brazos.
—Y uno que no se presenta.
Renzo golpeó la mesa.
—Perfecto. Más problemas.
—No es casualidad —dijo Hanna—. Esto viene de antes.
Renzo la miró.
—¿Antes de qué?
Hanna dudó.
Un segundo.
Nada más.
—De todo esto —respondió—. No tiene que ver con Mía.
Renzo entrecerró los ojos.
—¿Segura?
—Sí.
Pero no sonaba tan segura.
Y él lo notó.
Horas más tarde…
Hanna estaba sola en su habitación.
Sentada en la cama.
Con la mirada perdida.
El silencio la envolvía.
Pero su mente… no paraba.
Ese ataque…
Ese estilo…
Esa forma de moverse…
Lo había visto antes.
Y no quería admitirlo.
Cerró los ojos.
Recordó.
México.
Una habitación.
Una discusión.
Una traición.
Un cuchillo.
Sangre.
Respiró fuerte.
—No… —susurró—. No puede ser.
Pero en el fondo…
Sabía que sí.
Alguien del pasado…
La había encontrado.
Y si era quien ella pensaba…
Esto no iba a terminar bien.
En otra parte…
Una habitación oscura.
Un hombre sentado.
Una pantalla encendida.
En ella… una imagen.
Hanna.
Sonriendo.
Viva.
El hombre inclinó la cabeza.
—Así que sigues con vida… —murmuró.
A su lado, otro sujeto habló.
—¿Seguimos?
El hombre sonrió levemente.
—No… todavía no.
Se levantó.
Se acercó a la ventana.
—Quiero que sufra.
Silencio.
—Despacio.
Volvió a mirar la pantalla.
—Hanna… —susurró—. Esta vez no vas a escapar.
De vuelta en la casa…
Renzo no podía dormir.
Estaba sentado en su despacho.
Un vaso de whisky en la mano.
Pero no lo bebía.
Pensaba.
Demasiadas cosas.
Mía.
Joseph.
Y ahora…
Esto.
—Se está desmoronando todo… —murmuró.
La puerta se abrió.
Hanna entró.
—No estás durmiendo —dijo.
—y tu tampoco
Silencio.
Ella se apoyó contra la pared.
—Esto no tiene que ver con contigo—dijo finalmente.
Renzo la miró.
—Todo lo que pasa acá… tiene que ver conmigo.
—No esta vez.
—¿Entonces con quién?
Hanna lo miró.
Fijamente.
Pero no respondió.
Renzo frunció el ceño.
—Hanna…
—Mañana lo resolvemos —interrumpió ella—. Ahora necesitamos enfocarnos en Mía.
Renzo apretó los dientes.
—Siempre terminamos en lo mismo.
—Porque es lo importante.
Silencio.
Tenso.
—Si algo le pasa a ella… —dijo Renzo en voz baja—. No va a quedar nadie en pie.
Hanna bajó la mirada un segundo.
Porque por primera vez…
No estaba segura de poder controlar todo.
Cierre del capítulo
La noche avanzaba.
El peligro también.
Mía… sin saber lo que se acercaba.
Renzo… atrapado entre el amor y la guerra.
Y Hanna…
Con un pasado que volvía para cobrar lo que quedó pendiente.
Porque a veces…
El enemigo más peligroso…
No es el que conoces.
Es el que creías haber dejado atrás.
Y ahora…
Ya era demasiado tarde para escapar.