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21: la sonrisa que quema
Sauching regresó al penthouse esa noche pasadas las once. La puerta se abrió con el clic habitual, y el silencio que lo recibió fue casi peor que los gritos. Minji estaba sentada en el sofá del salón principal, con las piernas cruzadas, un vaso de vino tinto medio vacío en la mano. No se levantó. No gritó. Solo lo miró con ojos que brillaban de rabia contenida.
Sauching dejó el maletín en la mesa auxiliar, se quitó la chaqueta y la colgó en el perchero sin mirarla. Pasó por su lado como si fuera un mueble más. Minji apretó el tallo de la copa hasta que los nudillos se pusieron blancos, pero no dijo nada. Aún no.
Al día siguiente, la cena familiar en la residencia principal de los Lee en Setagaya fue el detonante que Minji había estado esperando sin saberlo.
La mesa larga estaba puesta con porcelana china heredada, candelabros de cristal y arreglos de flores blancas que Aya misma había enviado esa mañana como gesto de cortesía. Todos estaban allí: los padres de Sauching —el señor Lee con su habitual expresión serena y la señora Lee con su sonrisa cálida de anfitriona perfecta—, Taeyong (que había llegado directamente desde una reunión en Yokohama), Aya Nakamura (días regresada de Hong Kong, radiante con un vestido negro sencillo pero elegante), Sauching y, por supuesto, Minji.
Minji se sentó al lado de Sauching, sonrisa perfecta pegada al rostro. Pero cada vez que Aya hablaba o reía, sus ojos se clavaban en ella con un odio que nadie más parecía notar.
La conversación fluyó ligera al principio: negocios, el nuevo hotel en Busan, el clima inusualmente cálido de abril. Luego Aya tomó la palabra con esa naturalidad que siempre había tenido.
—Recuerdan cuando éramos niños y los dos se peleaban por mí? —dijo con una risa suave, mirando alternadamente a Taeyong y Sauching—. Sauching siempre llegaba con flores robadas del jardín de la abuela. Decía que eran “para su futura esposa”. Y Taeyong se ponía furioso y le quitaba las flores para pisarlas.
Taeyong soltó una carcajada grave.
—Y Sauching lloraba como niño porque las flores eran caras. “¡Eran para Aya, idiota!” —imitó la voz infantil de su hermano menor.
Sauching sonrió de lado, una sonrisa genuina, relajada, que Minji nunca había visto dirigida a ella.
—Eras un salvaje —comentó Sauching, voz baja pero divertida—. Al final te gané yo… por una semana.
Aya rio, cubriéndose la boca con la mano.
—Una semana gloriosa. Hasta que Taeyong me regaló un helado y me olvidé de ti por completo.
Los padres de Sauching sonrieron con ternura. La señora Lee suspiró.
—Siempre supe que Aya sería parte de la familia. Solo que no sabíamos de qué forma.
Minji rio. Fue una risa corta, forzada, que sonó como vidrio rompiéndose. Nadie pareció notarlo. Nadie excepto Aya, que la miró un segundo con curiosidad neutra antes de volver a la conversación.
Minji sintió la sangre hervirle en las venas. Cada palabra de Aya era una puñalada. Cada sonrisa de Sauching era una traición. Cada recuerdo infantil compartido era una prueba de que ella nunca había pertenecido a ese círculo. Nunca sería parte de esas anécdotas. Nunca haría sonreír a Sauching así.
La cena terminó con postres y café. Todos se despidieron con abrazos y promesas de verse pronto. Minji mantuvo la sonrisa hasta que la puerta de la residencia se cerró detrás de ellos.
El trayecto de regreso al penthouse fue en silencio absoluto.
Cuando entraron, Minji explotó.
Cerró la puerta de un portazo y se giró hacia Sauching con los ojos encendidos.
—¿En serio? ¿En serio vas a seguir fingiendo que no pasa nada? —gritó—. ¡Esa mujer! ¡Aya Nakamura! ¡La traes a la cena familiar, la dejas hablar de cuando eras niño y le regalabas flores, y yo tengo que sentarme ahí y sonreír como idiota mientras todos se ríen de sus anécdotas!
Sauching se quitó la chaqueta con calma. La colgó. No la miró.
Minji avanzó hacia él.
—¡Es tu amante, verdad? ¡Admítelo! ¡Por eso no me tocas! ¡Por eso te fuiste la noche de bodas! ¡Por eso me dejas dormir sola cada maldita noche! ¡Es ella! ¡La amiga de la familia, la novia de tu hermano! ¡Qué asco!
Sauching caminó hacia el pasillo sin responder.
Minji lo siguió, voz cada vez más alta.
—¡No me ignores! ¡Soy tu esposa! ¡Me debes una explicación! ¿Cuánto tiempo llevas con ella? ¿Desde antes de casarte? ¿O empezaste después para humillarme más?
Sauching abrió la puerta de su oficina privada. Entró. Cerró la puerta detrás de sí.
Minji golpeó la madera con el puño.
—¡Cobarde! ¡Cobarde de mierda! ¡No puedes ni mirarme a la cara cuando te confronto con la verdad!
Del otro lado, silencio.
Sauching se sentó en el escritorio, abrió su laptop y empezó a revisar correos. No respondió. No gritó. No se defendió. Simplemente la ignoró, como siempre.
Minji se quedó allí un rato, respirando agitada, lágrimas de furia corriendo por sus mejillas. Luego se dio la vuelta y caminó hacia la habitación de invitados. Cerró la puerta con llave. Se dejó caer en la cama y lloró hasta quedarse sin voz.
Sauching no fue a consolarla. No sintió culpa. Solo siguió trabajando.
Porque para él, Aya no era la amante.
Y Minji nunca lo sería.
Pero la confusión de Minji crecía. Y con ella, el deseo de destruir lo que fuera que Sauching escondía.
Aunque aún no supiera que no era Aya.
Que era alguien mucho más invisible.
Y mucho más peligroso para su orgullo.