Lucia tiene que vivir bajo el odio de su propia familia sin saber el porqué, toda su vida ha sido así. En la escuela conoce a Liam, un chico que parece interesarse en ella, pero para su sorpresa, Fernanda, la hermana de Lucia, está enamora de Liam, lo que causara mayores problemas para Lucia…
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NO SOY COMO TU
Narra Lucía, entre confusión y determinación
La mañana siguiente me encontró despierta temprano. Abrí los ojos y, casi de inmediato, miré mi celular. Tenía un mensaje de Abby; respondí al instante.
6 a.m.
Abby: —¿Dónde estabas? Ayer te llamé y no contestaste. ¿Estás bien?
Lucía: —Sí, estoy bien. Ya sabes, lo de siempre... pero ya me cansé, Abby, ya nomás.
Abby: —¿Te volvieron a golpear? Dime.
Lucía: —Sí, todo por ese supuesto novio de ella, el tal Liam. Abby, esto es serio... aunque, la verdad, si él está para comérselo hasta con Nutella... satisfecha, pero necesito que me ayudes.
Abby: —Qué bueno que lo admites. Después hablamos de eso. Ahora dime, ¿en qué te ayudo?
Lucía: —Bueno, primero que todo: tengo moto. ¿Puedes creer que me dieron mil dólares para comprar una moto? Y, según ellos, tengo una chatarra. Ya sabes de dónde saqué ese dinero, ¿verdad? Luego, necesito que me inscribas de nuevo en el gimnasio.
Abby: —Buenas noticias por lo de la moto. Tienes demasiado dinero. ¿Por qué no sales de ahí? No seas necia, eres una empresaria y nadie lo sabe. ¿Hasta cuándo vas a seguir con tus secretos? Tus equipos electrónicos son muy vendidos en el mundo. Deberías aprovechar este cambio para vestirte como te gusta, comprar lo que quieras y aprovechar para comprar una casa.
Lucía: —Tú siempre tan dramática. Lo intentaré, pero primero el gym y después la ropa, ¿vale?
Abby: —Bueno, ya quiero ver qué moto te compraste. Conociéndote, me gustará. Hoy voy en la mía. Nos vemos en la U.
Lucía: —Vale, nos vemos ahí. Ya me voy, tengo que arreglarme. A las 8:00 llega, ni modo si no es más temprano. Ya son las 6:30 a.m.
Abby: —Bueno, mi niña, nos vemos luego.
Me levanté y dejé la cama tendida. Busqué mi ropa en el clóset y fui al baño. Me puse aceite de pétalos rosados. Cerré los ojos; eso me relajaba. De pronto, escuché que tocaban la puerta. Abrí los ojos.
—Señorita, baje, llegó un pedido para usted y necesito que firme —dijo una voz desde abajo.
—Okay, ya bajo —respondí.
Me enjuagué, me vestí rápidamente y me sequé el cabello. Llegaron temprano. ¿Qué hora era? Miré el reloj: 7:30 a.m. Cuánto había dormido en el baño. Bajé rápido, y, como esperaba, todos estaban afuera.
—Buenos días. ¿Dónde firmo? —pregunté.
—Joven, esto no es para esta casa. Nadie lo ha encargado ni lo comprará —dijo Richard.
—Lucía, ¿qué crees que hace? Nadie va a pagar eso —añadió Gabriela.
—Lo siento mucho, tengo órdenes. Esta moto la compró la señorita Lucía. Solo la entrego porque mi jefe me la envió. Señorita Lucía, ¿puede firmar aquí, por favor? —dijo el joven repartidor.
—Sí, por supuesto… mmm, ¿por qué hay otro casco?
—La verdad, no lo sé. Yo solo entrego —respondió sonriente.
De pronto sonó mi celular. Miré el número, era conocido. No contesté. El joven me miró raro y pregunté.
—¿Qué?
—Deberías contestar. Así tendrás respuestas —me dijo.
—Sí, contesta, querida hija —ordenó Richard con tono enojado.
Contesté:
—Hola, ¿con quién deseo hablar?
—Hola, Lucía. Te envié la moto —respondió una voz masculina.
—Pon altavoz —ordenó Richard.
—Un poco más temprano. Espero te guste. También te envié otro casco por si quieres llevar a alguien —continuó el desconocido—. Gracias, señor. Tenga buen día.
—De nada, y no me digas señor, llámame... te lo envío por mensaje. Si tienes algún problema, me avisas. Tuviste suerte que ya estuviera ahí. Hoy saldré de viaje, cualquier cosa ya sabes. Chao, Lucy.
—Okay, tú... —cerré la llamada.
El joven se despidió y se fue.
—¿Quién era ese? —preguntó Richard, con cara de enojo—. ¿Por qué tanta confianza con ese señor? ¿Y por qué compraste una moto tan cara? Solo te di mil dólares. Habla, Lucía.
—Seguro que era un cliente, papi. Y le ayudó a comprar. Ni con diez años de trabajo le alcanzaría para comprarla —intervino Fernanda.
—El señor creo que es el dueño del lugar donde compré la moto. Y no, Fernanda, él no es un cliente mío. No soy como tú, que te acuestas con cualquiera. —Le di una cachetada.
—¿Cómo te atreves a hablar así de mi hija y tu hermana? —gritó Gabriela.
—Hermana, lo dudo mucho. Una hermana no te hace esto. —Me levanté la blusa—. Una hermana no intenta matarte.
—¡Oh Dios mío! —gritaron las sirvientas.
—Yo no hice eso, mami, papi, te lo juro —replicó Fernanda.
—Te creo, hija. Anda tranquila a la universidad, se te hace tarde —dijo Richard.
—Ve, mi niña. Tú, Lucía, no irás a la universidad hoy. Sube a tu habitación —ordenó Gabriela.
Entré a la casa, subí de largo, agarré mi mochila y las llaves y salí. No me iba a quedar ahí. Iba a estudiar, a ser alguien, y nadie me lo iba a impedir.
Mientras bajaba las escaleras, escuché:
—Despide a César, sirvientas. Gabriela, ya no la soporto. ¿Cuándo le vas a decir la verdad? Ella no es...
—Cierra la boca, Richard. Te pueden escuchar. Y no, nunca le diremos quién es esa mocosa. Se merece sufrir como ellos. Ella es y seguirá siendo mi hija. ¿Entendido?
—Lo que digas. Me voy.
Terminé de bajar las escaleras y los encontré.
—Me voy, ya es tarde. Ayer faltaron las últimas clases y hoy no lo haré —dije firme.
—Te dije que no irías hoy. Te quedarás en tu cuarto —insistió Gabriela.
—No iré a mi cuarto. Adiós —contesté y salí.
Encendí la moto, me puse el casco y me fui. No demoré más de diez minutos. Por suerte, sé manejar. Cuando llegué, aún había estudiantes afuera. A quienes no quería ver.
Busqué a Abby con la mirada, sin quitarme el casco. No la encontré. De pronto, escuché ruido detrás. Llegaba, se paró a mi lado.
—Veo que la trajiste —dije.
—¿Quién eres? —preguntó Abby. —¡Lucía!
Me quité el casco y bajé. Vi que Jeremy venía en mi dirección. Me apresuré.
—La misma, nos vamos —dije.
—Sí, vamos —respondió Abby.
—Hola, Luci. ¿Cómo estás? —dijo Jeremy al pasar.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué lo tratas así? Dijiste que era tu nuevo amigo —preguntó Abby.
—Sí, lo dije. Y eso me trajo muchos problemas. Fernanda no quiere que me acerque a ellos, y no sé por qué. Ayer escuché que le dijo “bastardo”.
—En serio, Lucy, él es un buen chico. No dejes que ella te diga qué hacer. Dijiste que ibas a cambiar. No permitas que se meta con tus amistades —me animó Abby.
—Ok, tienes razón. Hablaremos en el receso. Ahí hablo con Jeremy. Además, ayer me llamó un número desconocido. Después te lo enseño. Bye.
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