esta hermosa novela se trata de una mujer que dejó de vivir sus sueños juventud por dedicarse a sacar adelante a sus hermanos también nos muestra que que no importa la edad para conseguir el amor.
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capítulo 21
El hombre, después de escuchar lo que la mujer acababa de decir, no sabía por dónde comenzar. Él mismo ahora estaba metido en un gran problema y no sabía cómo solucionarlo. Tomó la mano de la mujer y la llevó hasta la cama; la miró fijamente y le dijo:
—La verdad es que me gustaría hablar de algo muy importante contigo. Quizás lo que te voy a decir te vaya a lastimar, pero prefiero ser sincero antes que mentirte. Has sido una mujer extraordinaria conmigo, siempre has estado para mí, y es algo que te voy a agradecer toda la vida.
Hizo una pausa, como si buscara valor.
—Lamento mucho decirte que me he enamorado de otra persona. Es alguien a quien debo cuidar y proteger. Quiero que sepas que a ti siempre te cuidaré y nunca te faltará nada, pero también quiero que entiendas que por ti solo siento un gran cariño y agradecimiento. Me encantaría decirte que te amo, pero me di cuenta de que estaba confundiendo el amor con el cariño y la gratitud por siempre estar a mi lado. Eres una mujer hermosa y muy valiosa; por lo tanto, no debes vivir atada a un hombre que no siente amor por ti.
La mujer parpadeó varias veces. No podía creer lo que estaba escuchando. Permaneció un largo rato conteniendo la respiración y, de pronto, las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Se levantó con una calma inquietante, tomó el peine que había en su tocador y comenzó a peinar su larga cabellera rubia. Luego se giró hacia donde estaba sentado el hombre y, con una voz dulce y serena, le dijo:
—Mire, Enrique… se te olvida lo que dijo el padre en la iglesia. Quiero que recuerdes una de esas palabras: “Lo que ha unido Dios, que no lo separe el hombre”. Y nunca te daré el divorcio.
Hizo una breve pausa, sosteniéndole la mirada.
—Y si te has deslumbrado por otra mujer, espero que muy pronto se te pase.
El hombre iba a seguir hablando, pero ella ya había salido de la habitación. Incluso él quedó sorprendido por su reacción. Esperaba gritos, insultos, reproches… pero no fue así. Enrique, después de vestirse, salió de la casa con miles de sensaciones encima.
—Me voy a devolver a mi finca. Tú puedes quedarte el tiempo que quieras con José o irte a la casa de Fernanda, pero estoy cansada de la ciudad. No es lo mío, y menos en un país tan lejos, que tampoco es el mío. Necesito que la brisa golpee mi rostro, necesito ver mis flores… necesito volver a mi hogar.
Suspiró.
—Y si no vuelvo a mi hogar, tendré que buscar un empleo. No puedo vivir de arrimada en la casa de mi hermano; él ya tiene su vida y no me gusta incomodar.
—En eso tienes razón —respondió su hermana—, pero creo que en vez de devolvernos, deberíamos conseguir trabajo. O… ¿por qué no ponemos una pastelería?
La mujer la miró. Seguía con la misma idea y, pensándolo bien, ¿por qué no emprender con algo?
Al mirar la hora, recordó que ese día había quedado de ir a ver a su hermana Fernanda. Desde que había llegado, ella insistía en que visitara su hogar. Se dio un largo baño y, al salir de la ducha, mientras se vestía, Vivian le dijo:
—También podemos pedirle trabajo a nuestro hermano José. ¿Cómo ves? Ayer hicimos un excelente trabajo y nos pagó muy bien.
Ella se dio cuenta de que la chica no quería irse; estaba buscando opciones para quedarse.
—Está bien, lo pensaré. Pero ahora vístete rápido, porque si no te quedarás —dijo.
Se puso unos jeans, una blusa blanca y unos tenis. Recogió su cabello en un moño alto. Mientras se miraba en el espejo, pensó que su cuñado tenía un excelente gusto; ese pantalón le quedaba hermoso.
Mientras esperaban el Uber, un carro negro se estacionó a su lado. Al bajar el vidrio, era Franco, con una gran sonrisa.
—Buenas tardes, señorita Hernández. ¿Cómo está?
¿Era impresión suya o el hombre estaba coqueteándole?
—Buenas tardes, señor De la Torre. Muy bien.
—Ay, Victoria… estás más hermosa que nunca. No tienes que ser tan formal conmigo, ya nos conocemos. ¿O se te olvida que tenemos un pasado?
—Creo que tiene razón —respondió ella—. Tenemos un pasado, y es mejor que se quede allí. No me gusta recordarlo. Esa parte de mi vida la enterré hace mucho tiempo.
Entre más el hombre la miraba, más le gustaba. Ya no era aquella chiquilla que había conocido; ahora era una mujer completamente diferente. Incluso su forma hiriente de hablarle le fascinó.
—Si gusta, la puedo llevar a donde quiera.
—Muchísimas gracias, señor De la Torre, pero acabo de pedir mi Uber… y ya llegó.
Se subió rápidamente al carro. Mientras se alejaba, pensó: ¿Qué pretende ahora Franco? ¿Conquistarme? Qué ridículo.
Al llegar a la casa de su hermana, se dio cuenta de que vivía muy bien. Se sintió feliz por ella y le dio gracias a Dios por haberle dado un excelente hombre. Mientras tomaban té, su hermana preguntó de repente:
—¿Quién es el padre de tu hijo?
Victoria no supo qué contestar. Sabía que a su hermana no le iba a gustar la historia, así que decidió omitir algunas cosas.
—No estoy preparada para hablar de ese hombre todavía. Dame tiempo. Me mintió en muchos aspectos. Me gustaría decirte que lo odio, pero no es así… gracias a él voy a ser madre, así que no todo fue malo.
Después de un largo rato charlando, su hermana miró la hora.
—Me gustaría que me acompañes a la compañía de mi esposo. Quedé de verme con él; necesita decirme algo importante.
—Me encantaría, pero anoche no dormí bien. El embarazo me tiene con mucho sueño.
Su hermana lo entendió y pidió al chofer que cambiara de dirección. Al llegar a la casa de su hermano, estaba completamente sola. Fue a la cocina, se sirvió un vaso de jugo de naranja y, al ver las recomendaciones del médico, se sintió irritada, pero decidió ignorarlas.
Prendió la televisión y, cuando por fin se estaba quedando dormida, alguien tocó la puerta.
Seguro a José se le olvidaron las llaves, pensó.
Pero al abrir, era Andrés.
—Buenas tardes, señorita Hernández. ¿Cómo está? Necesito hablar con usted de algo muy importante.
—Dígame, soy todo oídos.
—Lo primero: no quiero que le rompa el corazón a mi hermano. Es una chica muy frágil, y es la primera vez que la veo tan ilusionada. Usted es su primer amor, ¿lo entiende? Espero que actúe con responsabilidad.
—Le prometo que nunca haré nada que la perjudique.
—No necesito promesas, necesito hechos. ¿Lo entiende?
Luego añadió:
—Estoy aquí porque el señor De la Torre ha mandado por usted.
—¿Ahora es el señor De la Torre? Pensé que era el señor Quintero —dijo ella con ironía.
—Dígale a su jefe que no estoy y que no lo quiero ver. Que me deje en paz.
—Me encantaría hacerlo, pero no va a ser posible. Me dijo que, así fuera obligada, debía llevarla.
La mujer ni siquiera se puso zapatos; se calzó unos Crocs y salió furiosa, maldiciendo a Enrique.
Andrés solo reía. Realmente parecía una niña caprichosa.
Al llegar a un enorme edificio, ella preguntó:
—No me digas que la cita es aquí.
—Sí, señorita Hernández. En el último piso.
—No me digas que estoy delante del edificio de tu jefe…
—Así es, señora.
Ella miró el edificio, impresionada. Vaya que ese joven sabía manejar su dinero… y su ambición.
Al entrar, sintió todas las miradas encima. Todo el personal vestía impecable, y ella estaba despeinada y con Crocs. En el ascensor contó los pisos; al llegar al número 50, Andrés abrió la puerta con una tarjeta. Otro mundo, pensó.
—Mira, Enrique, me tienes cansada. ¿Qué te hace pensar que soy otro juguete tuyo? Eres un mocoso malcriado que cree que por tener dinero puede manejar a la gente. Respétame, déjame en paz.
Él no se movía. Solo la miraba fijamente.
—¿Por qué me miras así y no dices nada? ¿Quién te dijo que quiero conocer a tu padre? Él ya conoce a tu esposa. ¿O ahora pretendes presentarme como tu amante? ¿Sabes qué es estar cansada? Estoy cansada… Me voy a devolver a mi finca. Fue un error venir, un error confiar en ti. No sé en qué momento pensé que eras diferente.
En ese momento explotó. Lloraba como una niña. La decepción, la rabia y la desilusión se reflejaban en su rostro.
—Confié en ti, Enrique… confié tanto. Siempre soñé con casarme, tener un hogar hermoso, cinco hijos, un hombre que me amara incondicionalmente, que tomara mi mano y, cuando hubiera problemas, me mirara a los ojos y me dijera que todo estaría bien. Pero algunas mujeres no nacemos para vivir nuestros sueños… solo para soñarlos.