Majic, Lycka y Huimang son reinas poderosas, pero deberán tomar decisiones cruciales para salvar a los seres que aman y a sus reinos, en una guerra contra seres guiados por los mismos dioses. ¿Podrán defender lo que más aman?
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Cap. 21. Has despertado
En Fontana, las torres de piedra clara se levantaban bajo un cielo limpio, las banderas ondeaban con la misma disciplina de siempre y los guardias cumplían turnos sin saber que algo esencial había cambiado en el orden del mundo.
Josag caminaba por la avenida principal sin escolta.
No necesitaba una, porque además de ser el rey de Susumira, también era un príncipe de Fontana, el hermano menor del rey y muy querido por su pueblo.
Pero ese día, había algo muy distinto en él, aquel cuerpo humano en que había encarnado un dios, ahora tenía conciencia de lo que era, pero también sabía que no estaba completo, que le habían arrebatado una parte de sí mismo, le habían arrancando la Armonía.
Durante siglos, Muerte y Armonía habían coexistido en él como dos fuerzas complementarias. Ahora solo quedaba una. Y Muerte no necesitaba suavidad para existir, si querían al dios que podía devastar el universo, ahora lo tenían en su esencia más pura, pero aún confinado a un cuerpo que lo limita, sino ya el mundo estuviera girando de otra manera.
Sus ojos, antes grises y serenos, se habían oscurecido hasta adquirir un tono profundo, casi mineral. La gente apartaba la mirada sin entender por qué, no parecía el príncipe cálido, amable, dulce y contemplativo de siempre, en su desconocimiento sólo podía ser explicado por Susumira, quizás la dureza de ese reino se le había pegado, a su príncipe más noble.
Los soldados enderezaban la espalda cuando él pasaba. Los animales callaban. No era intimidación, sino un reconocimiento instintivo, muy dentro de ellos, algo que iba más allá de la conciencia, les estaba alertando de que no estaban delante de un ser mortal.
El dios estaba despierto. Todos los recuerdos estaban ahí como los imperios que habían caído bajo su mirada, pactos antiguos sellados con sangre, dioses arrodillados ante el equilibrio final. No era un hombre recordando vidas pasadas. Era una entidad milenaria contenida en carne. Y alguien había osado tocar su esencia y eso no quedaría así.
Se detuvo frente al antiguo edificio administrativo del ala oriental. No había venido por casualidad. Fontana no era sólo el hogar que había escogido para venir como humano, también era un punto de tránsito entre planos. Un lugar donde la frontera se adelgazaba.
Allí lo sintió, la presencia de Khwan o lo que quedaba de él. El rey de Pallango estaba de pie en el patio interior, mirando sus propias manos como si no terminaran de pertenecerle. Cuando levantó el rostro, sus ojos ya no eran los de un rey implacable, aunque estuviera en ese cuerpo que ha resistido la muerte más de una vez, aunque en su cuerpo también hubiera esencia Senmorta que necesitaba para caminar al lado de un dios; en él también habitaba la conciencia de la vida que tuvo antes, la del muchacho alegre, con la palabra exacta en la boca y que miraba con optimismo la muerte, quizás por eso el mismo dios podía conectar con un humano de esa naturaleza.
Josag lo observó sin sorpresa.
- “Has despertado”, dijo Josag, y su voz parecía más una resonancia que una voz humana.
No fue Khwan, sino Lord Myeong, quien inclinó la cabeza apenas. No como súbdito. Como quien reconoce jerarquía cósmica.
- “Siempre supe que este día llegaría. Solo esperaba que tardara más”, respondió Khwan con voz firme.
Los recuerdos lo atravesaban con claridad absoluta. El palacio de Belgeun, la princesa Cira, el juramento ante un dios que no negociaba. Aceptó entonces hacer lo necesario para que ella pudiera vivir su historia de amor. No era romántico, era leal y a cambio, se le prometió algo que jamás había tenido, ser amado de manera recíproca, aún entre rayos, truenos y relámpagos.
Lo tuvo, con Huimang. Una vida donde no fue segundo plano ni guardián silencioso, fue elegido con el corazón, pero los pactos antiguos no prescriben.
- “Es momento”, dijo Josag.
No había dureza en su tono. Tampoco compasión.
Solo verdad. La parte dentro de Myeong asintió.
- “Seré el guardián”, aseveró Khwan.
No preguntó cómo. No preguntó cuánto tiempo.
Sabía lo que implicaba, convertirse en el puente permanente entre lo divino y lo humano. Custodiar el tránsito. Vigilar que ninguna esencia volviera a ser robada sin consecuencia. Era un pago, no un castigo, aunque a veces no se puedan diferenciar.
El aire alrededor de ambos se densificó apenas, una vibración sutil que ningún humano cercano percibió conscientemente, pero que hizo que el metal de las armaduras vibrara con un sonido casi imperceptible.
El vínculo quedó sellado. Josag dio media vuelta.
Ya no necesitaba permanecer allí. Había recuperado una pieza del orden, pero no la que le habían arrebatado.
Al salir del patio se encontró con Fortem, a quien le habían avisado que el príncipe más querido de Fontana estaba ahí. El rey estaba apoyado contra una columna, brazos cruzados, como si llevara varios minutos esperando.
Fortem lo miró en silencio, un segundo, dos entonces su expresión cambió, no retrocedió, no se inclinó, pero entendió.
- “Tú no eres solo Josag ahora”, dijo Fortem.
No era pregunta. Los ojos oscuros del dios de la Muerte se clavaron en él.
- “Nunca lo fui”, expresó Josag.
El viento cruzó la avenida levantando polvo fino entre las piedras del suelo.
Fortem sostuvo la mirada sin apartarse.
- “¿Va a regresar mi hermano? Majic lo ama y lo quiere a su lado”, dijo Fortem.
Josag no sonrió.
- “Y tú por poco se la quitas, si hubiese sido lo que soy ahora, te hubiese matado sin contemplaciones. Ella siempre será mi única elección en esta forma o en cualquiera, pero ahora voy a restaurar el equilibrio”, manifestó Josag.
No dijo nombres, no habló de Odio, ni mencionó a Ghian, no necesitaba hacerlo.
Fortem lo observó unos segundos más y comprendió algo que lo inquietó más que cualquier declaración, el Josag conciliador, el mediador paciente, el que suavizaba tensiones ya no estaba al mando.
Ahora quien estaba al mando era Muerte. Y cuando la Muerte actúa sin Armonía, el mundo tiembla.
Josag siguió caminando.
Fontana no sabía aún que acababa de convertirse en el punto de inicio de una corrección irreversible.