Criada por un temido jefe mafioso, Isabella siempre creyó que sus padres murieron cuando era niña. Hasta que una verdad enterrada sale a la luz: su verdadero padre está vivo… y lidera la mafia enemiga.
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cap n°21
Cuando Isabella abrió la caja, sus ojos se iluminaron como nunca antes. Dentro, cuidadosamente envuelta en un paño de terciopelo oscuro, reposaba una pequeña arma de aire comprimido, elegante y pulida, con detalles grabados a mano. No era una pistola común, era suya. Diseñada especialmente para ella. Usaba balines, no balas reales, pero bastaba para entrenar con precisión. El metal tenía un tono opaco pero hermoso, y el mango estaba forrado con una textura suave, perfecta para sus manos pequeñas.
—¡Es… es…! —balbuceó Isabella, sin poder creer lo que veía.
—Tuya —dijo León, con una sonrisa orgullosa cruzándole el rostro—. Hecha a tu medida. No dispara balas reales, pero sirve para practicar. Pesa menos, es más manejable... y sobre todo, es segura.
Isabella soltó un gritito de emoción y, sin pensarlo dos veces, se lanzó a abrazarlo con fuerza.
—¡Gracias! ¡Gracias, León! ¡Es la cosa más increíble que alguien me ha regalado!
León dejó que se colgara de su cuello, y le acarició el cabello con una ternura que pocos conocían en él.
—Me alegra que te guste, pequeña. Quería darte algo especial. Has estado aprendiendo con disciplina, y eso merece ser premiado.
—¡Es hermosa! Mira cómo brilla… ¡Y pesa justo lo que puedo aguantar!
Isabella volvió a tomarla con cuidado, sosteniéndola con ambas manos mientras admiraba cada detalle.
—¿Puedo usarla ahora? ¿Puedo probarla? ¡Por favor, por favor!
León soltó una breve carcajada.
—No tan rápido. Ya es tarde, y aún no has cenado. Pero mañana por la mañana... —la miró con una ceja levantada—. Si te levantas temprano y desayunas bien, iremos a ver tu puntería. ¿Qué te parece?
—¿En serio? ¿Tú y yo?
—Tú, yo… y una caja de objetivos. Tal vez algunos globos.
—¡Eso suena increíble! —exclamó Isabella, casi saltando en el lugar.
—Pero —añadió León con voz firme— solo si cumples con todo lo que te digo. No hay puntería con el estómago vacío ni si llegas tarde.
Isabella asintió con entusiasmo.
—¡Sí, sí, prometido! Me voy a levantar temprano, me como todo el desayuno, ¡y después vamos a disparar!
—Así me gusta. Ve a dejarla con cuidado en tu armario, en el estuche que viene dentro. Esa arma es tu responsabilidad desde ahora.
—¿Mi responsabilidad? —repitió ella, más seria de pronto.
—Sí. Eso significa que debes mantenerla limpia, guardarla con cuidado, no mostrarla a cualquiera y sobre todo… respetarla.
Isabella asintió con solemnidad.
—Lo haré. Te lo juro, León. No voy a fallarte.
León se agachó para quedar a su altura, y le puso una mano en el hombro.
—No se trata de mí, Isabella. Se trata de ti. Y de lo fuerte y lista que estás aprendiendo a ser. Me haces sentir orgulloso.
Ella lo miró, con los ojos brillantes y el alma llena.
—Yo también estoy orgullosa de ti, León.
León no respondió con palabras. Solo le revolvió el cabello con afecto y luego le dio una palmada suave en la espalda.
—Anda. Guarda tu arma, que mañana será un gran día.
Isabella corrió hasta su habitación, abrazando la caja como si llevara un tesoro. Y para ella… lo era.
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A la mañana siguiente, Isabella se despertó incluso antes de que el sol asomara por completo. Sus ojos se abrieron de golpe y, por un momento, creyó que había soñado todo. Pero al girar la cabeza, ahí estaba: la caja negra reposando sobre su escritorio, exactamente donde la había dejado la noche anterior. Sonrió, se levantó de un salto y corrió al baño a lavarse la cara.
—Hoy es el día —susurró para sí misma, con una sonrisa llena de nervios y emoción.
Cuando bajó a la cocina, León ya estaba ahí, sentado, con una taza de café en la mano. Al verla aparecer tan temprano, alzó una ceja, sorprendido.
—Vaya, sí que te lo tomaste en serio —dijo con tono burlón.
—Te dije que lo haría —respondió Isabella mientras se sentaba—. ¡Y me comeré todo el desayuno!
—Mejor, porque hoy vas a necesitar energía. No vamos a jugar a las muñecas —respondió León mientras le servía el desayuno—. Vamos a entrenar.
Isabella devoró cada bocado sin dejar ni una miga. León observaba en silencio, satisfecho.
Un rato después, caminaron juntos hacia el jardín trasero, un espacio cerrado y seguro, alejado de miradas curiosas. León había dispuesto un pequeño campo de práctica con botellas vacías, latas y un par de globos flotando sujetos a estacas.
—Aquí estamos —dijo León—. Saca tu arma.
Isabella lo hizo con cuidado, como si se tratara de algo sagrado. León le indicó que se la colgara en el cinturón.
—Recuerda lo primero que te enseñé —dijo con voz grave—: seguridad. Antes que todo, verifica que esté descargada.
—Aunque sea de balines, igual puede hacer daño, ¿cierto?
—Exacto. Siempre trátala como si pudiera disparar en cualquier momento.
Ella asintió y revisó el cargador como le habían enseñado. Luego miró a León, esperando instrucciones.
—Muy bien. Ahora párate ahí —dijo, señalando un círculo pintado en el suelo—. Pies firmes, hombros relajados, pero alerta. No estás en una pasarela, Isa. Estás entrenando.
—Entendido —dijo ella, acomodándose como pudo.
—Bien. Apunta al globo rojo.
Isabella levantó el arma con ambas manos, respiró profundo, y apretó el gatillo.
¡Puff!
El balín salió disparado… y falló por un par de centímetros.
—¡Ay, casi! —exclamó ella, frunciendo la nariz.
—No está mal para el primer disparo —respondió León con un gesto de aprobación—. Pero te tensaste en el último segundo. Relaja los brazos. Control, no fuerza.
Isabella asintió y volvió a apuntar. Esta vez, respiró más despacio, cerró un ojo y disparó.
¡Paf!
El globo explotó.
—¡Lo hice! ¡Le di! —gritó emocionada, girando hacia León.
—Eso fue mejor. ¿Ves lo que pasa cuando no dudas de ti?
—¡Soy buena en esto! —exclamó, volviendo a apuntar con una sonrisa.
—Estás empezando a serlo —corrigió León, con una mueca que ocultaba el orgullo—. No bajes la guardia. Cada disparo es una oportunidad para hacerlo bien… o para cometer un error. No te confíes.
Durante casi una hora, Isabella continuó disparando, fallando algunas veces, acertando otras, pero siempre concentrada, determinada. León caminaba a su alrededor como un general paciente, corrigiendo su postura, enseñándole a respirar mejor, y a no perder la calma.
Finalmente, cuando el último globo estalló, Isabella dejó escapar un suspiro largo y dejó caer los brazos, agotada pero feliz.
—Lo hiciste bien —dijo León, acercándose a ella—. Te lo ganaste. Desde hoy, esa arma no es solo tuya… es parte de ti.
Isabella lo miró, jadeando un poco, con la frente perlada de sudor.
—¿Crees que algún día… pueda usar una de verdad?
León se quedó en silencio unos segundos, luego le acarició la cabeza con una mano.
—Cuando llegue el momento, lo sabrás. Pero por ahora, aprende. Aprende todo. Porque cuando tengas que tomar una decisión real… vas a necesitar más que puntería.
Isabella asintió. No lo entendía del todo, pero confiaba en él. Y en ese instante, supo que ese entrenamiento no era solo un juego.
Era preparación para algo más grande.
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