Jay y Gio llevan juntos tanto tiempo que ya podrían escribir un manual de matrimonio... o al menos una lista de reglas para sobrevivirlo. Casados desde hace años, su vida es una montaña rusa de momentos caóticos, peleas absurdas y risas interminables. Como alfa dominante, Gio es paciente, aunque eso no significa que siempre tenga el control y es un alfa que disfruta de alterar la paz de su pareja. Jay, por otro lado, es un omega dominante con un espíritu indomable: terco, impulsivo y con una energía que desafía cualquier intento de orden.
Su matrimonio no es perfecto, pero es suyo, y aunque a veces parezca que están al borde del desastre, siempre encuentran la forma de volver a elegirse
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###**Capítulo 20: El Arte de la Paciencia
La lluvia seguía cayendo con fuerza, convirtiendo la ciudad en un reflejo brillante de luces y agua.
Los paraguas del personal del edificio los protegían, pero el frío se filtraba en el aire, pegándose a la piel.
Y lo peor de todo…
El auto aún no llegaba.
Jay apretó la mandíbula, sacando su teléfono en un movimiento calculado.
Gio lo miró de reojo y supo exactamente lo que estaba por hacer.
—¿En serio?
Jay lo ignoró y marcó el número de su hermano.
Después de dos tonos, Hyun contestó con su voz usualmente tranquila.
—¿Dime, estrella de pasarela?
Jay no tenía paciencia para bromas.
—Llegaremos cuatro minutos tarde.
Del otro lado de la línea, Hyun guardó silencio por un segundo.
Luego, se rió.
—¿Cuatro minutos?
—Sí.
—Jay, ¿me llamaste solo para decirme que llegarás cuatro minutos tarde?
Jay ajustó el abrigo sobre sus hombros, su ceño apenas fruncido.
—Odio ser impuntual.
Hyun soltó una carcajada más fuerte.
—Dios, eres el mismo de siempre. Cuatro minutos no van a matar a nadie.
Jay resopló.
—No es el punto.
—¿Entonces cuál es el punto?
—Que yo tenía que estar ahí a la hora exacta. Y no lo estaré.
Gio intercambió miradas con Chris, ambos claramente divirtiéndose con la situación.
Chris cruzó los brazos, observando con burla.
—Tu esposo es todo un caso.
Gio sonrió.
—Lo sé. Pero míralo, incluso enojado sigue siendo perfecto.
Jay levantó la mano con un gesto de advertencia.
—Puedo escuchar todo.
Gio levantó una ceja con falsa sorpresa.
—¿Ah, sí? Qué miedo.
Jay lo ignoró y volvió a enfocarse en Hyun.
—Solo quería informarte.
Hyun seguía riendo por lo bajo.
—Eres un jodido perfeccionista.
—Y tú eres irritante. Nos vemos en unos minutos.
—Tranquilo, hermano. El mundo no se va a acabar por cuatro minutos.
Jay colgó sin dignarse a responder.
Antes de que pudiera guardar su teléfono, un perfume empalagoso invadió el aire.
Un sonido de tacones resonó contra el mármol del lobby.
Y luego, una voz que hizo que la ya limitada paciencia de Jay se redujera a polvo.
—¡Oh, mis queridos vecinos!
Mierda.
Gio parpadeó con incredulidad antes de esbozar una sonrisa de lado.
Porque ahí estaba.
La plaga del edificio.
Vestida con un abrigo de un color lo suficientemente brillante como para dañar la vista.
Con una sonrisa demasiado amplia.
Y con los ojos cargados de un brillo depredador.
La expresión de alguien que acababa de encontrar una fuente de chisme fresco.
Jay cerró los ojos un momento, inhalando como si estuviera reuniendo fuerzas.
—Buenas noches, señora Margot.
Pero la mujer no estaba aquí para formalidades.
—Oh, qué elegantes. ¿Van a algún evento importante?
Chris bufó con fastidio.
—¿Qué crees?
Elia le lanzó una mirada de advertencia antes de responder con amabilidad.
—Sí, vamos a una gala.
La señora Margot ladeó la cabeza, sonriendo con astucia.
—¿Una gala? ¿De qué tipo?
Jay mantuvo su expresión perfectamente neutra.
—Privada.
Gio tuvo que contener una risa cuando vio la forma en que los ojos de la mujer se entrecerraban con decepción.
Pero la vecina no iba a rendirse tan fácil.
—Seguro que habrá muchos empresarios importantes. ¡Ah! ¿Tal vez una de esas galas benéficas?
—Tal vez —respondió Jay, con un tono que no invitaba a seguir hablando.
La señora Margot cambió de táctica de inmediato, fijando su mirada en Gio.
—Y tú, querido, ¿cómo lograste convencer a Jay de que no se quedara encerrado como un anciano?
Gio sonrió con malicia.
—Soy muy persuasivo.
Jay le dio un codazo disimulado.
Chris, ya harto de la conversación, miró alrededor con impaciencia.
—¿Dónde diablos está el maldito auto?
—Oh, sí, el auto. —La señora Margot puso su mejor expresión de falsa sorpresa.— Debe ser un modelo impresionante, ¿cierto?
—Nada especial —respondió Jay sin emoción.
Gio soltó una risa baja.
Porque "nada especial" era un maldito auto de lujo que costaba más de lo que la señora Margot había visto en su vida.
Finalmente, las luces del vehículo aparecieron en la entrada.
Jay exhaló con alivio.
Pero la señora aún no había terminado su interrogatorio.
—Antes de que se vayan, ¿podrían decirme qué día regresan?
Jay se giró hacia ella con una sonrisa perfectamente educada.
—Cuando terminemos.
Y sin darle más tiempo para otra pregunta, abrió la puerta del auto y entró con la dignidad de un maldito rey.
Chris y Elia lo siguieron sin mirar atrás.
Pero Gio…
Gio se quedó un segundo más, inclinándose levemente hacia la mujer.
—Intentaré traerle un recuerdo.
La vecina parpadeó, desconcertada.
Pero antes de que pudiera responder, Gio ya estaba dentro del auto y la puerta se cerró con un suave ‘clic’.
Cuando arrancaron, Jay lo miró con exasperación.
—¿Un recuerdo?
Gio se encogió de hombros con una sonrisa satisfecha.
—Quería dejarla pensando.
Jay se pasó una mano por la cara.
—Dios, me casé con un maldito agente del caos.
Gio le guiñó un ojo.
—Y te encanta.
Jay miró hacia la ventana, fingiendo ignorarlo.
Pero en el reflejo del cristal…
Su sonrisa lo traicionó.
⋆。°✩
El auto se detuvo frente al gran salón de la gala.
Las luces bañaban la entrada con un resplandor dorado, reflejándose en los pisos de mármol y en los enormes ventanales que daban la bienvenida a los invitados.
Había elegancia en cada rincón.
Y entre todo ese esplendor, estaban ellos.
Jay fue el primero en bajar del auto, con movimientos fluidos, como si cada paso estuviera coreografiado con precisión milimétrica.
Gio lo siguió de cerca, la imagen perfecta de confianza y poder.
Chris y Elia salieron después, relajados, como si este tipo de eventos fueran lo más normal del mundo.
Pero tan pronto como sus zapatos tocaron la alfombra…
El murmullo en la entrada se apagó.
No del todo.
Pero lo suficiente para que se sintiera.
Para que fuera evidente que las miradas se giraban en su dirección.
Jay no reaccionó.
No necesitaba hacerlo.
Era consciente de cada par de ojos sobre él.
Y lo disfrutaba.
Gio también lo sintió.
No era solo el conjunto impecable de Jay, ni su postura perfecta.
Era su esencia.
Su jodida presencia.
Pero entonces, Jay movió los hombros con naturalidad y se quitó el abrigo.
Y en ese instante…
El aire en la entrada pareció detenerse.
Su traje blanco fluía como seda líquida sobre su cuerpo, ajustado en los lugares correctos, su escote en “V” descendiendo justo hasta donde debía para ser provocador sin esfuerzo.
El dije de ónix sobre su clavícula brilló bajo la luz de los candelabros.
Y por un maldito instante…
Pareció irreal.
Un jodido ángel descendiendo en medio de un mar de humanos promedio.
O, como Gio pensó con burla, un ángel rodeado de calamares.
Gio apretó la mandíbula.
No porque estuviera molesto.
Sino porque el orgullo y la maldita posesividad se le enredaron en el estómago como un nudo.
"Dios. Mío."
Jay sintió su mirada y le lanzó una sonrisa de lado.
—¿Te gusta lo que ves?
Gio se acercó un poco, sin importarle que todo el mundo estuviera viendo.
—Siempre.
Jay sonrió más y caminó con él hacia la entrada.
El interior del salón era aún más impresionante.
Lámparas de cristal colgaban en el techo alto.
Las mesas estaban adornadas con centros de mesa de orquídeas blancas y copas de vino fino.
La música clásica llenaba el aire con una elegancia calculada.
Pero antes de que pudieran absorber por completo el ambiente, la voz de Jongin los recibió con su tono tranquilo y neutral.
—Llegaron.
Jay rodó los ojos.
—Sí, y cuatro minutos tarde.
Jongin sonrió apenas.
—Lo noté.
Jay bufó, pero no tuvo tiempo de seguir discutiendo porque, antes de que pudiera decir algo más, un huracán de energía juvenil lo embistió.
—¡Hermanito!
Jay apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que su hermano menor, Alex, lo abrazara con fuerza.
—¿Vas a decirme cuanto creciste? —bromeó Jay, dándole un par de palmadas en la espalda.
Alex se separó, con una sonrisa enorme en el rostro.
—Obvio no. Solo quería verte para comparar qué tan mal envejeciste.
Gio soltó una risa baja, disfrutando la dinámica.
Pero antes de que pudiera decir algo, Hyun, el hermano mayor, apareció a su lado.
—Veo que aún sigues amando ser el centro de atención.
Jay le lanzó una mirada aburrida.
—Y veo que tú sigues amando actuar como si no me adoraras.
Hyun sonrió con calma.
—No lo hago.
—Sí, claro.
Gio observó la interacción con diversión, pero también con una ligera sensación de respeto.
Porque Hyun era un alfa con una presencia intensa, calculadora y difícil de leer.
Nada que ver con Alex, que era la energía y el desorden en una sola persona.
Y ahí, entre ellos, estaba Jay.
Perfecto.
Radiante.
Como si estuviera en su elemento.
Gio se cruzó de brazos, observándolo en silencio.
Y en ese momento, supo algo con absoluta certeza.
Nadie aquí tenía a alguien como él.
Nadie.
Y le encantaba recordárselo al mundo.
El evento fluía con naturalidad.
Las luces doradas, la música suave, el murmullo de conversaciones calculadas en cada rincón.
Todo perfectamente orquestado.
Hasta que...
—Jay.
Era un tono tranquilo, pero cargado de intención.
Jay lo miró con expresión neutra.
—Aaron.
Gio no se movió de su lugar, pero su postura se volvió más alerta.
Porque él reconocía ese tipo de hombres.
No eran directos.
No atacaban de frente.
Pero cada palabra era un filo oculto.
—No puedo creer que volvamos a encontrarnos —dijo Aaron con una sonrisa perfectamente medida.
—El mundo es pequeño —respondió Jay sin emoción.
Aaron desvió la mirada hacia Gio.
Y ahí fue cuando empezó.
—¿Y este es tu esposo?
—Sí —respondió Jay.
—Oh.
Solo una palabra.
Pero el tono decía demasiado.
Gio extendió la mano con cortesía.
—Giovanni.
Aaron la estrechó, pero su sonrisa tenía un matiz de condescendencia.
—Ah, el doctor.
No fue una afirmación.
Fue casi… una burla.
Gio sintió la punzada inmediata de molestia, pero no dejó que se reflejara en su rostro.
Aaron siguió hablando, con esa calma pulida que solo los arrogantes podían dominar.
—Debe ser interesante para ti estar aquí esta noche.
Gio mantuvo su sonrisa educada.
—No tanto. Galas como esta son comunes.
Aaron ladeó la cabeza.
—Sí, pero no para cualquiera. Es decir, este tipo de eventos… ya sabes, están llenos de empresarios, inversores, familias con poder.
Gio no parpadeó.
—¿Y?
Aaron sonrió más, como si estuviera disfrutando la conversación.
—Bueno, simplemente me pregunto si no te sientes fuera de lugar.
Jay entreabrió los labios para decir algo, pero Gio fue más rápido.
Su sonrisa se mantuvo perfecta, pero ahora había un brillo peligroso en sus ojos.
—Para nada. ¿Debería?
Aaron soltó una risa baja.
—No lo sé, tú dime. No es común ver a alguien con tu… trayectoria aquí.
Gio ladeó la cabeza, fingiendo pensarlo.
—Sí, tienes razón. Normalmente estoy rodeado de gente que hace cosas importantes.
Aaron se tensó apenas, pero siguió con su tono relajado.
—Jay siempre tuvo gustos… interesantes.
—Y exigentes. —Gio sostuvo su copa de vino con calma—. Lo que explica por qué tú ya no estás en la ecuación.
Aaron parpadeó lentamente, su sonrisa apenas tambaleando.
Jay miró de reojo a Gio, felicitándolo mentalmente.
Pero Aaron no se rendía.
—Es curioso. Nunca imaginé que Jay terminaría con alguien tan… humilde.
— Sí, esta vez optó por alguien que piensa antes de hablar.
Aaron rió bajo, pero ahora sus ojos estaban afilados.
—Bueno, seguro que te es difícil adaptarte a este mundo. Las dinámicas aquí son bastante distintas a lo que estás acostumbrado.
Gio se inclinó un poco hacia adelante, su tono tranquilo, pero con un filo helado.
—Sí, como la gente que habla mucho pero no dice nada interesante.
Aaron abrió la boca para responder, pero una voz juvenil y relajada irrumpió en la conversación.
—Mierda, esto es incómodo.
Todos se giraron al mismo tiempo.
Y ahí estaba Alex.
De pie con su copa en la mano, observando la escena como si fuera un maldito programa de televisión.
Su expresión era despreocupada, pero sus ojos se deslizaron con lentitud hacia Aaron con el desdén de alguien que lo consideraba una cucaracha en la alfombra.
—Aaron, qué sorpresa —dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Aaron frunció apenas el ceño.
—Alex.
—Wow, sigue siendo raro verte aquí —dijo Alex con total descaro, bebiendo de su copa—. Quiero decir, después de lo mucho que te costaba socializar, asumo que viniste solo.
Aaron tensó la mandíbula.
Gio sintió una oleada de pura satisfacción.
"Dios, me encanta este niño."
Jay soltó una pequeña risa, pero rápidamente la disimuló con un sorbo de su copa.
Alex miró de reojo a Gio, y sin disimulo, le dio una mirada de aprobación.
Luego volvió a enfocarse en Aaron.
—Pensé que ya no te gustaba venir a este tipo de cosas. Pero supongo que la nostalgia es difícil de soltar.
Aaron mantuvo la compostura, pero estaba claro que la conversación ya no le interesaba.
—Bueno, ha sido una noche interesante. Nos vemos.
Alex sonrió más, como si hubiera ganado un premio.
—No lo creo.
Aaron giró sobre sus talones y desapareció entre la multitud.
Cuando finalmente se fue, Alex soltó un largo suspiro y miró a Gio con una ceja arqueada.
—¿Cómo demonios lo aguantaste tanto tiempo sin lanzarle la copa en la cara?
Gio se rió bajo.
—Entrenamiento en el arte de lidiar con imbéciles.
Jay suspiró, relajando la postura.
—Gracias por la interrupción.
Alex le guiñó un ojo.
—Siempre al rescate.
Jay rodó los ojos con una sonrisa.