A sus 36 años, Alessandro De Luca es el heredero del imperio de moda más importante de Italia. Dueño de una prestigiosa agencia de modelos con sedes en Milán y Colombia, vive rodeado de lujo, poder y mujeres. Es un hombre frío, arrogante y mujeriego. Ninguna mujer ha logrado conquistar su corazón.
Desde niño, su padre decidió su futuro. Lo comprometió con Bianca Conti, una reconocida modelo italiana e hija de su mejor amigo y socio de la empresa. Para Alessandro, Bianca nunca ha sido el amor de su vida, solo la mujer perfecta para mantener la imagen de la familia ante la alta sociedad.
Antes de entregarle el control absoluto del imperio familiar, su padre le impone una última condición:
—Si quieres convertirte en el único dueño del Grupo De Luca, tendrás que casarte con Bianca. De lo contrario, jamás recibirás la presidencia ni la totalidad de la herencia.
Lo que Alessandro desconoce es que Bianca nunca ha permanecido a su lado por amor. La fortuna de su familia ha desaparecido y están
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Capítulo 3: Decisiones que cambian el destino
Alessandro continuó revisando los documentos que tenía sobre el escritorio. El silencio de la oficina solo era interrumpido por el sonido de las hojas al pasar y el lejano murmullo de la ciudad que nunca dormía.
Cuando levantó la vista hacia el reloj de pared, marcaba las siete y treinta de la noche.
Soltó un leve suspiro.
Había perdido la noción del tiempo.
Entonces recordó la cena que tenía con Bianca.
Cerró la carpeta con el logotipo del Grupo De Luca, guardó cuidadosamente los documentos dentro de su portafolio de cuero y apagó la computadora.
Tomó las llaves del automóvil y salió de su oficina.
La mayoría de los empleados ya había terminado su jornada laboral. Solo permanecían algunos asistentes organizando los últimos pendientes del día.
Al llegar a la recepción encontró a Mara, su secretaria, quien aún permanecía frente al computador.
La joven levantó la mirada al verlo.
—¿Ya se marcha, señor De Luca?
Alessandro asintió mientras acomodaba su saco.
—Sí, Mara. Tú también deberías ir a descansar. Ha sido un día largo.
Ella sonrió con ese aire coqueto que acostumbraba mostrar únicamente cuando estaban solos.
—Nos vemos mañana, señor.
—Hasta mañana.
Mara le dedicó una sonrisa insinuante y un pequeño guiño antes de despedirse.
Alessandro simplemente respondió con una leve inclinación de cabeza y continuó caminando hacia el ascensor.
No era la primera vez que notaba el interés de su secretaria.
Y probablemente tampoco sería la última.
pues a el tampoco le era indiferente le parecía muy linda y pues sabía que ella tenía claras las cosas así que por hay no iba a tener problemas
Minutos después salió del edificio.
Su automóvil negro ya lo esperaba en la entrada.
Uno de los escoltas abrió la puerta trasera para él.
Alessandro tomó asiento mientras otros dos vehículos de seguridad se acomodaban detrás para iniciar el recorrido.
Las luces de Milán iluminaban las elegantes avenidas mientras los edificios reflejaban el brillo de la noche.
Veinte minutos más tarde llegaron al exclusivo restaurante donde Bianca había hecho la reserva.
Como era habitual, ella aún no había llegado.
Un mesero lo condujo hasta una mesa ubicada junto al enorme ventanal con vista a la ciudad.
Alessandro pidió una copa de vino tinto mientras esperaba.
Apenas habían pasado unos minutos cuando sintió unas manos cubrirle los ojos.
Una sonrisa divertida apareció en el rostro de la joven.
—Hola... adivina quién soy.
Él sonrió con resignación.
—Bianca... deja de jugar.
Ella soltó una pequeña risa y retiró las manos.
—Siempre me descubres.
Alessandro se puso de pie.
Bianca rodeó su cuello con los brazos y lo besó suavemente en los labios.
Él respondió con naturalidad.
Era una costumbre.
Después de tantos años juntos, aquel tipo de demostraciones ya formaban parte de la rutina.
No sentía una pasión desbordante por ella.
Pero tampoco le resultaban incómodas.
Simplemente era la mujer con la que todos esperaban verlo.
Le acomodó la silla para que se sentara.
—Te ves hermosa esta noche.
—Gracias, amor.
Durante la cena conversaron sobre los preparativos de la próxima gala benéfica organizada por ambas familias, los nuevos proyectos de la empresa y el próximo viaje de Alessandro a Colombia.
Bianca, como siempre, tomó varias fotografías de los platos, del restaurante y de ambos juntos.
Le encantaba compartir cada momento en redes sociales.
Para el mundo eran la pareja perfecta.
Elegantes.
Exitosos.
Enamorados.
Solo ellos conocían la verdad.
Cuando terminaron de cenar salieron del restaurante.
El aire fresco de la noche envolvía las calles de Milán.
Bianca tomó la mano de Alessandro.
—Amor...
—¿Sí?
—¿Puedo quedarme esta noche contigo? Hace varios días que casi no compartimos tiempo a solas.
Alessandro comprendió perfectamente lo que ella quería decir.
La observó durante unos segundos.
Bianca era una mujer hermosa, inteligente y pertenecía a una de las familias más influyentes de Italia.
Nunca le había dado motivos para desconfiar de ella.
Y aunque entre ambos no existía un amor profundo, mantenían una relación estable desde hacía años.
—Está bien, Bianca.
Ella sonrió con evidente alegría.
—Sabía que dirías que sí.
Lo besó nuevamente.
Alessandro abrió la puerta del automóvil para que ella subiera.
Después entregó las llaves a uno de sus escoltas.
—Lleven el vehículo al edificio. Yo iré con ella.
—Sí, señor.
El trayecto transcurrió entre conversaciones ligeras.
Al llegar al apartamento de Alessandro, ambos entraron en silencio.
Bianca lo abrazó con cariño y apoyó la cabeza sobre su pecho.
Él respondió al abrazo.
Aquella noche permanecieron juntos, compartiendo la intimidad propia de una pareja que llevaba muchos años de relación.
Sin embargo, mientras Bianca dormía tranquila a su lado, Alessandro permaneció despierto observando el techo.
Algo dentro de él comenzaba a cambiar.
Y ni siquiera sabía por qué.
Mientras tanto, a más de nueve mil kilómetros de distancia, en Colombia, Valentina terminaba de guardar sus últimas pertenencias dentro de la maleta.
Se quedó inmóvil observando su habitación.
Cada rincón guardaba un recuerdo.
La pequeña cómoda de madera que su padre había construido con sus propias manos.
Las fotografías familiares colgadas en la pared.
El espejo frente al que había practicado incontables veces cómo caminar como una modelo profesional.
Una mezcla de emoción y tristeza oprimió su pecho.
Al día siguiente viajaría a Bogotá para presentarse en una de las agencias de modelaje más importantes del país.
Era la oportunidad con la que siempre había soñado.
Pero antes quería despedirse de alguien muy importante.
Dani.
Su primer novio.
Aunque sus padres nunca aprobaron esa relación.
Siempre le repetían que él no era el hombre indicado.
Era inmaduro, mujeriego y le gustaban demasiado las fiestas.
Sin embargo, Valentina estaba enamorada.
Durante dos años había imaginado un futuro junto a él.
También había decidido esperar para entregar su virginidad hasta sentirse completamente segura.
Dani insistía una y otra vez.
Decía que, si realmente lo amaba, debía demostrarlo.
Cada vez que ella se negaba, él se molestaba y podía pasar varios días sin llamarla ni escribirle.
Valentina terminaba buscándolo para arreglar las cosas.
En el fondo sabía que aquella actitud no era normal.
Pero el miedo a perderlo siempre era más fuerte.
Quizá por eso aceptó verlo esa misma tarde.
Cuando llegó al parque donde habían acordado encontrarse, Dani ya la esperaba sentado en una banca.

Al verla, sonrió y caminó hacia ella.
—Hola, princesa.
La abrazó y depositó un beso sobre sus labios.
—Ven, siéntate. ¿Qué era eso tan importante que querías decirme?
Valentina respiró profundamente.
Sentía un nudo en la garganta.
—Amor... ¿recuerdas que hace unas semanas envié mi hoja de vida a una agencia de modelaje en Bogotá?
—Sí... donde trabaja esa insoportable de Juliana.
Ella sonrió con paciencia.
—No le digas así.
—Bueno... continúa.
Valentina tomó aire.
—Me llamaron esta mañana.
Él levantó las cejas.
—¿Y?
—Fui seleccionada para presentarme en la agencia. Si todo sale bien, podría empezar a trabajar con ellos.
Durante unos segundos Dani permaneció en silencio.
Su expresión cambió por completo.
—¿Qué dijiste?
—Viajo mañana.
—¿Mañana?
Ella asintió.
—Me avisaron hoy. Todo fue muy rápido.
El rostro del joven se endureció.
—¿Y hasta ahora me lo dices?
—Quería decírtelo personalmente.
—¿Y piensas irte?
Valentina lo miró sorprendida.
—Claro que sí. Tú sabes que este siempre ha sido mi sueño.
—¿Y qué va a pasar con nosotros?
—Podemos seguir juntos. Cuando me instale puedes visitarme. Yo también vendré cuando tenga tiempo. Incluso, si algún día surge una oportunidad para ti en Bogotá...
Dani la interrumpió.
—No.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo que no?
Él cruzó los brazos.
—Las relaciones a distancia no funcionan.
Valentina sintió un vacío en el pecho.
—Podemos intentarlo.
Dani la observó fijamente antes de hablar.
—Solo hay una forma de que yo siga contigo.
Ella sintió un mal presentimiento.
—¿Cuál?
Él tomó una de sus manos.
—Qué esta noche seas completamente mía.
Valentina retiró lentamente la mano.
No necesitaba más explicaciones.
Durante meses él había insistido en que tuvieran relaciones íntimas.
Siempre encontraba una excusa para presionarla.
Le decía que era una prueba de amor.
Que todas las parejas lo hacían.
Que ella desconfiaba de él.
Pero Valentina nunca se había sentido preparada.
Soñaba con entregar su virginidad por amor, cuando realmente se sintiera segura y respetada.
Y en ese momento comprendió algo que llevaba mucho tiempo negándose a aceptar.
Dani no estaba pensando en sus sentimientos.
Solo quería conseguir lo que ella tantas veces le había negado.
—No, Dani.
Él la miró con molestia.
—¿Otra vez lo mismo?
—Sí. Porque no voy a hacer algo para lo que no estoy preparada.
—Entonces hasta aquí llegamos.
Valentina sintió cómo los ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.
Aun así levantó la cabeza.
—Si esa es tu decisión... la acepto.
Se puso de pie.
—Gracias por estos dos años. De corazón espero que seas feliz.
Esperó, aunque fuera por un instante, que él la detuviera.
Que le dijera que estaba equivocado.
Que la abrazara.
Pero Dani permaneció sentado, inmóvil.
Ni siquiera hizo el intento de alcanzarla.
Valentina entendió que acababa de perder a quien creía era el amor de su vida.
Pero también acababa de salvar su dignidad.
Regresó a casa con el corazón destrozado.
Se encerró en su habitación y lloró hasta quedarse dormida.
A la mañana siguiente se levantó antes del amanecer.
Se arregló en silencio, abrazó con fuerza a sus padres y se despidió de ellos con lágrimas en los ojos.
A las nueve de la mañana, el avión despegó rumbo a Bogotá.
Mientras observaba por la ventanilla cómo su ciudad se hacía cada vez más pequeña, no imaginaba que aquel viaje cambiaría su destino para siempre.
Sin saberlo, el camino de Valentina y Alessandro estaba a punto de cruzarse.