En las frías calles de Ottawa, Alexandra Morozov es una fuerza de la naturaleza: una Alfa rusa, calculadora y letal, cuyo aroma a café amargo mantiene a todos a una distancia prudente. Ella no cree en el destino, solo en el control y en los negocios de su poderosa familia.
Pero todo cambia en una noche de nieve espesa, cuando la voz de una chica rompe su armadura de hielo. Rosalie, una joven canadiense de espíritu libre e hiperactiva, emana un aroma a miel y vainilla que despierta los instintos más posesivos de la Alfa. Rosalie no es una Omega común; es una Gama, una jerarquía tan rara como impredecible, y su naturaleza rebelde no está dispuesta a doblegarse ante nadie.
Alexandra ha decidido que Rosalie le pertenece, pero ¿podrá su amor tóxico y controlador atrapar a una chica que nació para ser libre? En este juego de poder, el café más amargo está a punto de mezclarse con la dulzura más peligrosa.
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capítulo 2
Rosalie se acercó un poco más, lo suficiente para que Alex pudiera ver el brillo de purpurina en sus pómulos. La energía de la cantante era eléctrica, casi agotadora para alguien tan contenida como Alex.
—El lugar se llama L’Écho de la Nuit —susurró Rosalie, desafiándola con la mirada—. Es un sótano pequeño, huele a saxofón y a libertad. Nada de lo que hay aquí. Si te atreves a aparecerte a medianoche, quizá te dedique una canción que no sea tan... institucional.
Alex abrió la boca para responder, sintiendo que el aroma a vainilla de Rosalie estaba empezando a calmar el amargor de su propio café, pero las palabras se le atascaron en la garganta.
Un frío repentino golpeó su espalda. El olor a tabaco seco y autoridad inundó el pasillo, cortando la burbuja que se había formado entre las dos.
—Alexandra. Veo que has encontrado entretenimiento —la voz de su padre resonó, lenta y pesada.
Alex recuperó su postura rígida al instante. Sus ojos se volvieron de hielo.
—Solo estaba... felicitando a la artista por su presentación, padre. Como dictan las normas de cortesía de la familia.
El señor Morozov caminó hacia ellas, ignorando a Rosalie como si fuera un mueble caro, pero sus ojos se clavaron en la chica con una intensidad calculadora.
—Interesante —murmuró él, con esa chispa peligrosa en la mirada—. Una voz excepcional. Deberíamos invitarla a nuestra gala privada de invierno, ¿no crees, Alex? Sería una adquisición... valiosa.
Alex apretó los puños. Sabía lo que significaba la palabra "adquisición" en el vocabulario de su padre. Significaba control. Significaba jaula.
Rosalie, lejos de intimidarse, soltó una risita nerviosa pero valiente.
—Soy cantante, señor, no un cuadro para su pared.
El padre de Alex arqueó una ceja, sorprendido por la audacia de la Gama.
—Ya veremos. Alex, vuelve al salón. Los inversores te esperan.
—y sabes que no los podemos hacer esperar.
Alex asintió mecánicamente y comenzó a caminar detrás de su padre, pero justo antes de doblar la esquina, se detuvo. Sintió la mirada de Rosalie en su nuca, una mezcla de decepción y desafío.
En un movimiento rápido, Alex sacó una pequeña tarjeta personal de su bolsillo —una que no tenía el sello de la familia Morozov, sino solo su número privado— y, aprovechando que su padre le daba la espalda, la dejó caer sobre un mueble de mármol cerca de Rosalie con un gesto casi imperceptible.
"A las doce. Estaré allí", pensó Alex, con el corazón acelerado por primera vez en años.
A lo lejos, el padre de Alex sonrió para sus adentros mientras encendía un nuevo cigarro. No necesitaba ver la tarjeta para saber que su hija acababa de morder el anzuelo. Había encendido la chispa perfecta: usaría el interés de Alex por esa chica para manipular los próximos movimientos de la heredera. Si Alex creía que estaba escapando hacia ese club de jazz, no sabía que estaba caminando directo hacia la red que su padre acababa de tejer.