Traicionada por quienes más amaba y reducida a la nada, Angie huye de su vida anterior con el corazón roto y sin un centavo. La única mano extendida es la de Roberta, su amiga de toda la vida, que la acoge en su hogar sin hacer preguntas. Allí, Angie conoce al padre de su amiga: Lucian, un hombre imponente, millonario, de mirada profunda y carácter inquebrantable.
Entre ellos surge algo imposible de callar: un deseo abrasador, una conexión que quema cada encuentro, aunque el secreto los condene. Cuando la verdad sale a la luz, la culpa y el miedo la empujan a huir. Pero Lucian no está dispuesto a dejarla ir: la retiene, no como prisionera, sino como la mujer que posee su alma. Ahora Angie deberá elegir: ¿la lealtad que le debe a su amiga, o el deseo que la consume junto al hombre prohibido?
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No te vas
Tuve la mano sobre el pomo de la puerta, a punto de girarlo, cuando escuché sus pasos rápidos detrás de mí. No me tocó aún, pero su voz, firme y cargada de emoción, me detuvo en seco.
—Angie. No te vas.
Me giré despacio, la maleta aún en la mano, el corazón golpeándome contra las costillas. Lucian estaba allí, de pie, imponente pero desgarrado, bloqueando el camino sin empujarme, sin gritarme. Solo me miraba con una determinación que me dejó sin aire.
—Tengo que hacerlo —susurré, apretando el asa hasta que los nudillos se me pusieron blancos—. Lo acordamos. Es lo correcto.
—Nadie decide lo correcto por los dos —dijo, dando un paso hacia mí, sin invadir mi espacio—. Y mucho menos te vas a ir para que yo me quede aquí sin ti. No lo voy a permitir.
—¿No lo permitirás? —repetí, con un hilo de voz—. ¿Y qué derecho tiene a retenerme? Todo está roto. Ella nos odia. No hay lugar para mí aquí.
—Hay lugar donde yo esté —respondió con firmeza, y su voz no fue una orden, fue una verdad que sentía en el alma—. Esta casa es también mi hogar. Y mi hogar eres tú. No te voy a obligar a quedarte, pero tampoco te voy a dejar marchar sin escucharme.
Se acercó un poco más, y levantó las manos lentamente, como quien se acerca a algo frágil, hasta posarlas suavemente sobre mis hombros. No me sujetó con fuerza; me sostuvo con ternura, como si supiera que me estaba desmoronando.
—Tienes miedo —dijo, mirándome a los ojos—. Lo sé. Yo también. Pero huir no borra lo que sentimos. No repara lo que rompimos. Solo nos aleja de la posibilidad de arreglarlo.
—¿Arreglarlo? —las lágrimas me brotaron solas—. ¿Cómo? Ella nos miró con tanto dolor… No puedo soportar ser la causa de eso.
—No eres la causa —susurró, acariciándome la mejilla con el pulgar—. Lo que pasó nos involucra a los dos. Y si hay que pedir perdón, si hay que esperar, si hay que luchar… lo haremos juntos. No te vas a llevar todo el peso tú sola.
Quise decirle que no era tan sencillo, que la culpa me ahogaba, que cada rincón de esa casa me recordaba a la amiga que había traicionado. Pero cuando intenté hablar, las palabras se me perdieron en un sollozo. Él no me apartó. No me dijo que dejara de llorar. Solo me atrajo hacia su pecho, rodeándome con sus brazos, y me dejó sentir su calor, su respiración acompasada, la certeza de que no estaba sola.
—No te obligo a quedarte por mí —dijo suavemente, cerca de mi oído—. No te obligo a amarme. Pero te pido que no tomes esta decisión con el corazón roto y sin mirar atrás. Quédate un día más. Una hora más. Solo para saber que te vas porque realmente quieres, no porque crees que debes.
Me separé lo justo para mirarlo. Sus ojos oscuros estaban llenos de miedo, pero también de esperanza. No me retenía como una posesión; me retenía como quien sostiene lo que más ama, con cuidado, respetando mi decisión aunque le doliera. Sentí miedo —miedo a quedarme, miedo a perderlo todo, miedo a que al final nos destruyéramos—, pero también sentí algo que no esperaba: alivio. Él no me dejaba caer. No me mandaba lejos para salvar las apariencias. Me pedía que nos enfrentáramos a la tormenta juntos.
—¿Y si no hay forma de arreglarlo? —pregunté, con la voz temblorosa—. ¿Si ella nunca nos perdona?
—Entonces lo enfrentaremos —respondió con firmeza—. Juntos.
Solté la maleta. Cayó al suelo con un golpe sordo que resonó en el silencio. No sabía si era lo correcto. No sabía qué pasaría mañana, ni la semana siguiente, ni si Roberta volvería a hablarme. Pero en ese instante, supe que no podía marcharme sin intentarlo. No podía dejarlo sin luchar por lo nuestro.
Lucian me tomó las manos entre las suyas, apretándolas con suavidad.
—Gracias —susurró, besándome la frente—. No te arrepentirás.
No respondí. Solo me acurruqué en su abrazo, cerrando los ojos, sabiendo que lo más difícil apenas comenzaba. Pero ya no estaba sola.