Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.
En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.
Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.
Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 18 - EL REGISTRO
En 1957, en España, una niña no existía si no estaba en el Registro Civil.
Lola me lo dijo al octavo día, cuando Lucía todavía tenía el ombligo negro.
- Tienes ocho días, Ana. Si no la apuntas, es como si no hubiera nacido. Y si no ha nacido, no le pueden dar cartilla del médico. Y sin médico se te muere con una tos.
Yo no quería salir de Triana. Desde que Lola nos dijo que había dos hombres preguntando en el bar de la esquina - uno de Olvera y uno que no era de Olvera, que era de mi pueblo de antes, de donde me fui con la piedra - yo no quería salir del cuarto del fondo. Tenía miedo de que fuera Tomás. O mi hermano. O alguien que me conocía como Zeynep y no como Ana Vidal.
Pero Lucía necesitaba papeles.
Fuimos al Registro Civil de Sevilla un lunes a las nueve de la mañana. Fuimos Lola, Doña Rosario y yo. Zoe se quedó en la tienda con Lucía, porque si íbamos las dos con la niña iban a sospechar más. En Triana dos mujeres jóvenes con una niña recién nacida llamaban más la atención que una vieja gitana y una modista con una viuda.
Me puse el velo negro y el vestido ancho de flores. Lola me había dado su anillo de casada, uno de oro fino que le había dejado su madre, para que pareciera viuda de verdad. En 1957 una viuda podía tener una hija sin que la señalaran tanto. Una soltera no.
El Registro era un edificio grande, gris, con una bandera de Franco muy grande en la puerta y con gente haciendo cola con papeles en la mano. Olía a tinta y a suelo mojado.
Cuando nos tocó, el funcionario era un hombre flaco con bigote, con una camisa azul de Falange debajo de la chaqueta. No levantó la vista.
- Nombre del padre - dijo, con el sello en la mano.
Me quedé callada. Lola me había dicho que no dijera nada. Que dejara que hablaran ellas.
Doña Rosario se adelantó.
- No hay padre. Es hija natural. De madre soltera viuda.
El hombre por fin levantó la vista. Me miró a mí, después a Lola, después a Rosario.
- ¿Viuda de quién? ¿Dónde está el certificado de defunción del marido?
Lola, que ya se sabía toda la historia, contestó sin pestañear.
- De Vidal Martín. Ana Vidal Martín. Mi sobrino. Murió en el 54 en un accidente en la obra de la presa. Era de Olvera. La familia no guardó papeles porque eran pobres. Pero la niña es suya. De mi sobrino.
El hombre me miró la barriga, que ya no tenía barriga, pero todavía estaba blanda. Me miró el anillo de oro que me quedaba grande.
- ¿Y usted es?
- Ana Vidal Martín. La madre. Ana Vidal.
- ¿Edad?
- Veintidós.
- ¿Profesión?
- Sus labores.
- ¿Domicilio?
- Calle Pagés del Corro, 17. Triana. En casa de mi tía Lola. Telas Lola.
El hombre escribió todo con letra muy lenta. Cada letra la apretaba como si quisiera romper el papel.
- Según la ley de 1957, si no hay padre reconocido, la niña se inscribe como hija natural. Solo con el apellido de la madre. ¿Lo entiende?
- Sí.
- Entonces se llamará Lucía Vidal. Sin segundo apellido. Y en observaciones pondré "hija natural de madre soltera". ¿Quiere poner nombre del padre aunque no lo reconozca? A veces lo ponen para que la niña no quede como...
No terminó la frase. Como puta. Quería decir como hija de puta.
- No - dije yo, por primera vez en voz alta -. No hay padre. Solo madre.
El hombre me miró raro. Como si fuera la primera mujer en Triana que decía eso sin llorar.
- Firme aquí.
Firmé como Ana Vidal Martín. Con la letra que me había enseñado Zoe en la bodega. Temblando, pero firmé.
Doña Rosario y Lola firmaron como testigos. Rosario puso una cruz grande al lado de su nombre porque no sabía escribir, pero tenía anillos de oro en todos los dedos y eso valía más que una firma en Triana.
El hombre selló el papel con un golpe muy fuerte. PUM.
- Ya está. Lucía Vidal. Nacida el 8 de diciembre de 1957 en Triana, Sevilla. Hija natural de Ana Vidal Martín, de 22 años, sus labores.
Me dio una copia chica, amarillenta, con el sello morado.
Lucía ya existía. Para Franco y para España, Lucía Vidal ya existía.
Salimos del Registro y yo llevaba el papel apretado contra el pecho, como si fuera la niña. Afuera llovía y Lola me tapó con su chaqueta.
Cuando llegamos a la tienda, Zoe estaba en la trastienda con Lucía dormida encima, sin camiseta, pecho con pecho, como le había enseñado Rosario para que no tuviera frío.
- ¿Ya? - dijo Zoe.
Le di el papel. Lo leyó.
- Lucía Vidal - leyó -. Hija natural.
- Como yo - dije -. Hija natural de una mujer que se escapó con una piedra.
Zoe dobló el papel con mucho cuidado y lo metió en el libro de Mujercitas, en la página donde Jo se corta el pelo.
- Pues ahora es Lucía Vidal Araya - dijo bajito, para que solo la escuchara yo -. Porque en esta casa los papeles de Franco no mandan. Aquí mandamos nosotras.
Esa tarde vino Manolo, el camionero, con otro rollo de tela y con un recado.
- Preguntaban por ustedes ayer en el bar - le dijo a Lola -. Dos hombres. Uno dijo que era el prometido de la chica joven. El otro no dijo quién era. Solo dijo que buscaba a una chica morena con una piedra en la mano. Que se llamaba Zeynep.
Cuando escuché Zeynep, se me cayó el papel del Registro al suelo.
Zeynep no existía desde abril. Yo la había quemado con mi carnet.
Pero alguien en mi pueblo no la había quemado. Alguien la seguía buscando.
Y había llegado a Triana.