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LA HEREDERA DE LA NIEBLA

LA HEREDERA DE LA NIEBLA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Vampiro / Hombre lobo
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Luna heredó una cabaña en un pueblo maldito donde vampiros, hombres lobo y la mafia se disputan el derecho a poseerla, sin saber que ella es la última Heredera de la Niebla y la única capaz de destruirlos a todos."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 19: EL MAPA DE LA PIEL

El otoño llegó a Cresta Negra con dedos de fuego.

Las hojas de los abetos no cambiaban de color —eran perennes, obstinadas, como todo en aquel valle—, pero el suelo se cubrió de un manto de helechos dorados y musgo rojizo. El aire olía a tierra húmeda y a humo lejano. Y Luna, cada mañana, se despertaba con la certeza de que algo en su cuerpo había cambiado durante la noche.

No dolor. No incomodidad. Una especie de... escritura.

Lo descubrió una semana después del trato con los Primeros. Se estaba duchando en el pequeño baño de la cabaña —agua caliente que calentaba una caldera de leña, un lujo que Alec le había instalado cuando el invierno apretó— cuando sus dedos rozaron algo extraño en el hueso de la cadera.

No era una cicatriz.

Era un dibujo.

Bajó la mirada. Sobre su piel blanca, donde antes no había nada ahora brillaba una runa. Pequeña, negra, perfectamente trazada. Como tatuada con tinta de sombra.

Salió de la ducha envuelta en una toalla y se plantó frente al espejo del recibidor.

Las runas no estaban solo en la cadera.

Estaban en sus costillas. En la nuca. En el interior de las muñecas. En el hueco de las rodillas. Formando un patrón que se repetía simétricamente, como si alguien hubiera usado su cuerpo como pergamino.

—Abuela —llamó, y su voz sonó más tranquila de lo que se sentía—. Ven.

Margaret entró en el recibidor con las agujas de tejer en la mano. Cuando vio las runas, las agujas cayeron al suelo.

—Los Primeros —susurró—. Te marcaron.

—¿Esto es malo?

—No lo sé. —Margaret se acercó. Sus dedos arrugados recorrieron las runas de la muñeca de Luna—. Esto no es como la marca de la Bruja. Es diferente. Más... antiguo.

—¿Puedes leerlo?

—Algunas. Esta de aquí dice «puerta». Esta otra dice «tiempo». Y esta... —Margaret tocó la runa de la cadera y su mano tembló—. Esta dice «origen».

—¿Origen de qué?

—De ella. De la Bruja Original. De todo.

Luna sintió cómo la sangre se le helaba.

—¿Los Primeros me han dado un mapa?

—Parece que sí. Un mapa escrito en tu piel. Y si lo he entendido bien... —Margaret la miró a los ojos—... te está señalando un lugar. Un lugar donde ninguna Heredera ha estado antes.

—¿Dónde?

—Bajo el lago. El lago que hay al otro lado del valle. El que no tiene nombre en los mapas.

Luna recordó haberlo visto desde la ventana de la cabaña. Una mancha oscura entre los árboles, tan negra que parecía un agujero en la tierra. Nunca había ido. Algo la había detenido siempre. Como si el lago supiera quién era y no la quisiera cerca.

—Bajo el lago —repitió—. ¿Qué hay bajo el lago?

—La verdad —respondió Margaret—. La verdad sobre por qué la Bruja Original llegó a este valle. Por qué los Moretti la invocaron. Y por qué los Primeros permitieron que todo ocurriera.

Esa noche, Luna reunió a los tres reyes en la cabaña.

No en la cocina. En el recibidor. Frente al espejo.

Se quitó la chaqueta. Se subió la camiseta hasta las costillas. Mostró las runas.

Los tres reyes la miraron en silencio. No era una mirada lasciva. Era una mirada de estudio. Como si estuvieran leyendo un texto milenario en un idioma que apenas conocían.

—Puerta —dijo Viktor, señalando la runa de su costilla izquierda.

—Tiempo —dijo Alec, tocando la de su nuca con un dedo que temblaba.

—Sangre —dijo Dante, señalando la del interior de la muñeca.

—¿Sangre? —Luna frunció el ceño.

—Ahí pone «sangre». Pero no en el sentido biológico. En el sentido de... linaje. Herencia.

Luna bajó la camiseta.

—Mi abuela cree que estas runas forman un mapa. Que señalan el lago sin nombre.

—Ese lago es peligroso —dijo Viktor al instante—. Los vampiros lo llamamos el Ojo Negro. No refleja la luna. No se congela en invierno. Y los peces que viven en él... no tienen ojos.

—¿Y has bajado alguna vez? —preguntó Luna.

—Ningún vampiro ha bajado. Los pocos que lo intentaron... no volvieron.

—¿Y los lobos? —preguntó Luna mirando a Alec.

Él negó con la cabeza.

—Ni los lobos. Ni los Moretti. Nadie. Ese lago es territorio de nadie. Ni siquiera la Bruja Original se atrevió a entrar.

—Pues yo voy a bajar —dijo Luna.

—No puedes —dijo Dante—. No sabes nadar.

—¿Cómo sabes que no sé nadar? —preguntó Luna, ofendida.

—Porque te he visto lavar los platos. Salpicas como un gato asustado.

Alec soltó una carcajada breve. Viktor sonrió. Luna los fulminó con la mirada.

—No voy a nadar. Voy a... bajar. De otra forma.

—¿De qué forma? —preguntó Margaret desde la puerta.

Luna se llevó la mano al pecho. Donde, antes del trato con los Primeros, había estado el nudo violeta. Ahora no había nada. Pero podía sentir algo. Un eco. Un recuerdo.

—La niebla —dijo—. Aunque se la presté a los Antiguos, sigue siendo mía. Puedo llamarla. Puedo... usarla. Para bajar.

—¿La niebla puede sostenerte bajo el agua? —preguntó Viktor con escepticismo.

—No lo sé. Pero puedo intentarlo.

—¿Y si no funciona? —preguntó Alec.

—Entonces me ahogo. Y la semilla de la Bruja se ahoga conmigo. Problema resuelto.

—No es divertido —dijo Dante en voz baja.

—No intento ser divertida. Intento ser práctica.

Margaret se acercó. Cogió las manos de Luna.

—Si bajas al lago, puede que no vuelvas. No por ahogarte. Por lo que encuentres allí.

—Lo sé.

—¿Y aun así quieres ir?

Luna miró a su abuela. A los tres reyes. Al espejo donde su cuerpo tatuado la miraba de vuelta.

—Necesito saber la verdad. Sobre la Bruja. Sobre los Moretti. Sobre por qué mi madre tuvo que morir. Si la verdad está en el fondo de ese lago, voy a buscarla. Aunque me ahogue.

—Entonces —dijo Viktor— no irás sola.

—El agua no es mi elemento —dijo Alec.

—La tierra es el mío —dijo Dante.

—La sombra es el mío —dijo Viktor.

—¿Y el agua? —preguntó Luna.

Los tres se miraron. Y luego, al unísono:

—El agua es tuyo.

---

Tres noches después, Luna estaba en la orilla del lago sin nombre.

El Ojo Negro.

No reflejaba la luna. Era cierto. La superficie era tan oscura que parecía un espejo apagado. No se oían ranas. No se oían pájaros. No se oía absolutamente nada.

Como si el lago estuviera escuchando.

Luna se quitó las botas. Las medias. Los pantalones. Se quedó en sujetador y bragas. No por provocación. Por necesidad. Las runas de su piel tenían que estar en contacto con el agua.

—¿Segura? —preguntó Alec a su espalda.

—No.

—Entonces ve.

Luna cerró los ojos. Llamó a la niebla.

No con palabras. Con el recuerdo. Con el vacío que había dejado en su pecho. Con la certeza de que, aunque ya no estuviera dentro de ella, seguía siendo suya.

La niebla violeta brotó del suelo. De los árboles. De las piedras. Envolvió su cuerpo como una segunda piel. Y la elevó.

—No es suficiente —dijo Viktor—. Necesitas más densidad.

—Lo sé.

Luna llamó más fuerte. La niebla violeta se condensó a su alrededor, formando una burbuja. Transparente. Flexible. Como un pulmón.

Dio un paso adelante. Sobre el agua.

No se hundió.

Caminó.

La niebla sostenía sus pies como si la superficie del lago fuera tierra firme.

—Voy —dijo, sin volverse.

—Te esperamos —respondieron tres voces al unísono.

Luna caminó hasta el centro del lago.

Y entonces, la niebla la hundió.

No de golpe. Despacio. Como si el agua la estuviera tragando con un enorme suspiro.

La burbuja de niebla la rodeaba, manteniendo el agua a raya. Podía respirar. Podía ver. Podía sentir.

El fondo del lago no era barro.

Era otra cosa.

Era una ciudad.

Ruinas sumergidas. Columnas de piedra negra. Estatuas sin rostro. Escaleras que descendían hacia una oscuridad más profunda.

Y en el centro, un altar.

Igual al de la cueva.

Pero más antiguo.

Mucho más antiguo.

Luna se acercó. La niebla violeta iluminaba su camino. Sobre el altar, no había runas. Había un nombre.

Grabado en piedra. En un idioma que no conocía, pero que entendía perfectamente.

LA PRIMERA.

—No el Primero —susurró Luna—. La Primera.

La Bruja Original no había llegado al valle.

Había nacido en él.

—¿Quién eres? —preguntó en voz alta.

Las ruinas temblaron.

Y del altar, brotó una figura.

No era la Bruja Original. Era otra. Más joven. Más humana. Con los ojos violetas y el pelo castaño.

Clara.

—Mamá —susurró Luna.

La figura sonrió.

Hola, mi niña. Llevo treinta años esperándote aqui.

—¿Estás... muerta?

No. Estoy atrapada. Como lo estuvo la Bruja Original. Como lo estuviste tú. El lago es otra puerta. La primera puerta. La que nunca debió abrirse.

—¿Qué hay al otro lado?

Clara señaló el altar.

La verdad. La verdad sobre por qué los Primeros permitieron todo esto. Sobre por qué los Moretti pudieron invocar a la Bruja. Sobre por qué tú... tú eres la única que puede cerrar el círculo.

—¿Qué tengo que hacer?

Aceptar lo que eres. No lo que te hicieron ser. Lo que tú elegiste ser cuando entregaste la niebla a los Antiguos. Ese fue el primer paso.

—¿Y el segundo?

Clara se acercó. La figura de luz la envolvió en un abrazo que no era de carne, pero era real.

El segundo paso es volver a casa. Y contarme qué has aprendido.

—¿Volver? ¿Después de todo esto?

El lago te dejará salir. Porque ahora sabes. Ahora entiendes. Y ahora... ahora puedes elegir.

La figura se desvaneció.

Luna se quedó sola en el altar, con el nombre de la Primera grabado en la piedra y el eco de la voz de su madre en los oídos.

Volvió a la superficie.

La burbuja de niebla la elevó. El agua la expulsó como una semilla.

Cayó de rodillas en la orilla, tosiendo, riendo, llorando.

Los tres reyes corrieron hacia ella.

—Luna —Alec la sostuvo.

—He visto a mi madre —dijo, entre arcadas—. Está viva. No como nosotros. En el lago. Atrapada. Como la Bruja.

—¿Qué? —Dante se arrodilló a su lado—. ¿Eso es posible?

—El lago es otra puerta. La primera puerta. Alguien tiene que custodiar las dos. La Bruja custodiaba la del bosque. Mi madre custodia la del lago.

Viktor palideció —más de lo que ya estaba—.

—Eso significa que...

—Que las Herederas no mueren —dijo Luna—. Se transforman. Se convierten en guardianas. De puertas. De secretos. De este maldito valle.

Se puso en pie. Sus piernas temblaban.

—Pero yo voy a romper el ciclo.

—¿Cómo? —preguntó Margaret, que había estado esperando en silencio, con las manos retorciendo el borde de su delantal.

Luna miró el lago. El Ojo Negro. La tumba de su madre.

—Encontraré a la Primera. La que empezó todo. Y le preguntaré por qué.

—¿Y si no responde? —preguntó Dante.

—Entonces no me iré hasta que lo haga.

Cogió la mano de su abuela. Y con la otra, tocó las runas de su costilla.

Puerta. Tiempo. Sangre. Origen.

La verdad estaba en algún lugar entre esas cuatro palabras.

Y Luna iba a encontrarla.

Aunque tuviera que bajar al fondo de todos los lagos del mundo.

1
Gloria
Buenas noches autor una pregunta esta es una historia poliamorosa , o ella solo tiene en destinado por así decirlo , lo digo por que no me gustan las historias poliamorosas , yo soy más de la pajarera y ya 🤔🤔🤔🤔
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