Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.
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Capítulo | 20
Camila
Retomar la rutina fue casi un acto automático.
El lunes por la mañana, la ciudad nos recibió con su ritmo habitual: bocinas, gente apurada, llamadas que comenzaban antes de llegar a destino. Todo seguía igual… y, sin embargo, algo era distinto.
Por primera vez en mucho tiempo, Nicolás y yo llegamos juntos a la empresa.
Entramos uno al lado del otro, caminando a la misma velocidad, sin prisas innecesarias. Sentí algunas miradas sobre nosotros, discretas pero curiosas. No era habitual vernos así. Generalmente llegábamos por separado, cada uno absorbido por su propio mundo. Aquella mañana, en cambio, compartíamos el mismo silencio cómodo, la misma calma inesperada.
Subí a mi oficina apenas llegamos. Apenas crucé la puerta, mi asistente apareció con una tablet en la mano y una expresión de alerta.
—Camila, tienes pendientes varios correos del exterior, dos reuniones reprogramadas y un proveedor que insiste en hablar contigo cuanto antes.
La escuché con atención, pero sin esa presión en el pecho que solía acompañarme.
—Está bien —le dije—. Vamos paso a paso. Organizamos todo y lo resolvemos en orden. No hace falta correr.
Me miró sorprendida, como si no reconociera del todo a la mujer que tenía delante.
Yo misma me sentí extraña… pero no incómoda. Era como si algo dentro de mí hubiera encontrado su lugar.
Avanzó la mañana entre llamadas y documentos, hasta que un leve golpe en la puerta interrumpió mi concentración.
—¿Se puede? —preguntó Nicolás, asomándose apenas.
—Claro. Adelante —. Le sonreí.
—Esto es para ti — dijo, colocando un lirio fresco sobre mi escritorio.
Mi flor favorita.
—¿Para mí? Gracias.
Sonreí sorprendida.
—Imaginé que estarías atascada de pendientes. Tómalo con calma. No te exijas demasiado.
Hizo un pequeño gesto elevando apenas los hombros.
—Gracias por preocuparte. De verdad.
Nos miramos a los ojos unos segundos.
—Bueno. Vuelvo a mi oficina. También tengo asuntos pendientes.
—Tómalo con calma tú también —. Le sonreí.
Él asintió devolviendo la sonrisa y salió de mi oficina.
Me resultaba agradable sentirme cuidada. Y a la vez, sentía una pequeña sensación de culpa. Ya era momento de que yo también tuviera algún detalle con él. Aunque fuera mínimo.
Cerca del mediodía, decidí buscar a mi esposo para irnos a almorzar juntos.
—¿Puedo? — pregunté tocando la puerta.
—Camila — dijo sorprendido —. Claro, adelante.
Lo vi algo alterado, acomodando papeles y revisando algo en su laptop.
—¿Estás ocupado?
Pregunté observándolo con atención.
—Quiero dejar preparado esto para que Fernanda los archive luego — levantó la vista hacia mí —. Me salió un viaje imprevisto.
—¿Un viaje?
Fruncí el ceño.
—Así es. Mañana es el campeonato de golf en San Cristóbal. Debo acompañar a don Ernesto porque a su vez quiere cerrar algunos tratos con unos socios que también estarán ahí.
Sentí una pequeña punzada de decepción.
—Oh, lo entiendo.
—Tú... ¿Necesitas algo? — preguntó.
—Venía a proponerte que almorcemos juntos.
Se detuvo y me miró fijo.
—Bueno... Cariño, lo siento. El vuelo sale en una hora y apenas me da tiempo de ir por algo de ropa.
Se veía realmente apenado.
—No te preocupes. Otro día podremos hacerlo. Es mejor que estés listo a tiempo o el abuelo se va a molestar — bromeé.
—Sí. No quiero llegar tarde.
—Bueno. Entonces, que tengas buen viaje.
Me sonrió. Se puso de pie. Se acercó y me dejó un beso. Un beso corto, pero tierno.
—Te llamo en la noche.
Dijo. Tomó su maletín y se marchó.
—No lo extrañes. Volverá mañana.
Bromeó Arturo entrando a la oficina de Nicolás.
Solo resoplé una sonrisa ante su comentario.
Arturo me observó en silencio un momento. Como si estuviera acomodando las palabras antes de hablar.
—Veo que las cosas están cambiando entre ustedes — dijo —. Me da gusto.
No supe qué responderle.
—Supe por Nicolás que algunas veces les ha costado entenderse.
—Bueno... — comencé diciendo.
—No, tranquila —. Me detuvo —. No estoy para juzgarlos. Solo quiero decirte que últimamente los he observado y el cambio en ustedes es notable. Sobre todo en Nicolás. Se lo ve más feliz. Y no es difícil deducir que eso tiene que ver contigo.
Solo asentí con una leve sonrisa.
—A veces siento que he sido injusta con él — dije, bajando la mirada.
—Nicolás te ama, Camila. Te ama tal y como eres. No requieres de mucho esfuerzo para hacerlo feliz.
Aquellas palabras me atravesaron de una manera inesperada.
Es como si hubieran abierto una nueva puerta en mi interior. De pronto, me vi queriendo cumplir con aquello y hacerlo feliz hasta con el más mínimo detalle.
—Gracias por tus palabras, Arturo.
Regresé a mi oficina con una sensación distinta en el cuerpo.
Esa noche, después de la cena, llevé a Alvarito a su habitación.
Ya estaba en pijama cuando lo acomodé en su cuna. Le hablé en voz baja mientras le ajustaba la manta, como si temiera molestarlo si respiraba demasiado fuerte. Él me miró unos segundos más, con esos ojos cansados que aún intentaban mantenerse abiertos, hasta que finalmente se rindió al sueño.
Me quedé allí un momento, observándolo. Su respiración tranquila fue lo que me permitió soltar el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Cuando salí de su habitación y cerré la puerta con cuidado, el silencio de la casa se hizo más evidente.
Entré a mi cuarto y, de inmediato, sentí su ausencia.
La habitación estaba igual que siempre, pero no se sentía igual. El lado de la cama de Nicolás estaba intacto, vacío. Me senté en el borde y pensé, casi con sorpresa, que la cama parecía más grande de lo habitual. O tal vez era yo la que se sentía más pequeña en todo ese espacio.
Me recosté y tomé el teléfono. La pantalla se encendió y luego volvió a apagarse. Lo dejé sobre la mesa de noche… y al segundo lo volví a tomar.
Dudé.
Pensé en llamarlo, pero enseguida me detuve. Tal vez estaba ocupado. O cansado. O simplemente distraído. No quería parecer ansiosa… aunque no pude evitar mirar la hora.
Pasaron apenas unos minutos. Cinco, tal vez menos.
El teléfono vibró de repente sobre la mesa de noche.
Lo tomé de inmediato.
—¿Hola?
Su voz del otro lado me aflojó algo en el pecho.
—Hola —dijo—. ¿Ya estás en casa?
—Sí. Acabo de acostar a Alvarito. Ya está dormido.
—Me alegro. ¿Todo está bien?
—Sí. Todo tranquilo.
Hubo un pequeño silencio. No incómodo. Expectante.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Qué tal el torneo?
Soltó una risa suave.
—El golf bien… la cena, terrible. Acompañé a don Ernesto a un restaurante elegante. Mucho discurso, muchos brindis y conversaciones eternas.
Sonreí sin darme cuenta.
—Me lo imaginé. Él se mueve como pez en el agua en ese ambiente.
—Si te soy sincero, contaba los minutos para volver al hotel.
—¿Ya estás ahí?
—Sí. Acabo de llegar. Y quería llamarte antes de dormir.
Sentí algo parecido a alivio.
—Mañana regreso por la tarde —continuó—. Así que no me extrañen demasiado.
—Haremos lo posible —respondí, con una sonrisa que él no podía ver.
—Descansa —dijo—. Dale un beso a Alvarito de mi parte.
—Lo haré. Buenas noches, Nicolás.
—Buenas noches, Camila.
La llamada terminó.
Dejé el teléfono sobre la mesa y me acomodé bajo las sábanas. El cuarto seguía estando vacío… pero ya no se sentía tan silencioso.
Cerré los ojos con una extraña sensación en el pecho.
Era curioso: estaba hablando con mi esposo, el padre de mi hijo… y aun así, sentía ese nerviosismo leve, esa expectativa silenciosa que no sabía cómo nombrar.