Alana muere tras su deporte favorito. reencarna en el cuerpo de una mujer de la nobleza. Una mujer que al ver la situación del reino decide actuar para cambiarlo todo.
Pero esperen... Ella no actuará sola. Ayudará al villano a obtener poder y consigo, asegurar su futuro.
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Capitulo 20: Enfermedad.
Grecia dio un paso más dentro de la habitación. La luz de la mañana entraba filtrada por las cortinas claras que rodeaban la cama, y por primera vez desde que llegó a esa casa sintió que estaba invadiendo un espacio verdaderamente privado. Levantó la mano y, con cuidado, tomó la tela. Dudó un segundo. Luego la abrió despacio, lo justo para ver.
El hombre que yacía allí no era lo que había imaginado durante todo el trayecto desde su hogar.
Estaba recostado con varias almohadas sosteniéndole la espalda. Era delgado, más de lo que resultaba saludable, y su piel tenía un tono pálido que no parecía reciente, como si llevara tiempo así. El cabello castaño le caía algo desordenado sobre la frente. Tenía ojeras marcadas, profundas, y cuando abrió los ojos para mirarla, Grecia vio en ellos un cansancio real, no fingido. Un agotamiento que venía de años.
A simple vista podrían haber pasado por personas de la misma edad. Ese pensamiento la golpeó de forma incómoda. Ella sabía que no era así. Su padre se lo había repetido: el duque era mayor, diez años al menos. Pero en esa cama, sin títulos ni presencia imponente, parecía simplemente un hombre enfermo.
James notó su silencio.
—Puedes acercarte —dijo con voz suave—. No muerdo. Tampoco contagio.
Grecia dio otro paso. Luego otro. Se detuvo al lado de la cama y, sin darse cuenta, comenzó a observarlo. Los hombros, la respiración, el color de la piel, las manos. Bajó la mirada hasta las piernas cubiertas por las sábanas.
Sintió vergüenza de pronto. Era la primera vez que examinaba a alguien así, con intención real, no como curiosidad infantil. Apretó los dedos de su vestido.
—Perdón —murmuró—. No quería incomodarlo.
James negó despacio.
—No me incomoda —respondió—. Hace años que me miran peor que eso.
Grecia levantó la vista.
—¿Desde cuándo se siente así? —preguntó, y su tono cambió sin que ella lo buscara.
Desde cuándo se siente así? —preguntó.
—Desde hace 4 años yo—respondió James—. Al principio solo era dolor en el pecho y cansancio. Nada que no pudiera ignorar. Luego vinieron las noches sin dormir. Ahora… —hizo una pausa, breve pero pesada— ahora a veces siento que mi cuerpo no me obedece.
Grecia asintió lentamente. Se acercó un poco más a la cama, lo justo para que su voz no tuviera que alzarse.
—¿Tiene dificultad para respirar cuando camina?
—Sí. Incluso trayectos cortos.
—¿Dolor constante o en momentos?
—Constante.
—¿Fiebre?
—No.
—¿Ha vomitado sangre?
—Dos veces al día. Hasta más, quizás.
Ella cerró los ojos un segundo, para ordenar lo que ya sabía. Cuando los abrió, su voz fue firme, sin temblar.
—Es Mal de pulmón —dijo—. No es contagioso. Pero es progresivo. Y muy doloroso si no se trata bien. Lamentablemente, no tiene cura.
James guardó silencio. Luego soltó una leve risa seca, sin humor.
—Eso mismo dijeron los otros médicos.
Grecia tragó saliva.
—Entonces sabrá que ese medicamento —señaló la bandeja— no es el adecuado.
—¿Y tú sí lo sabes?
Ella dudó un instante, pero no bajó la mirada.
—Ese preparado solo alivia el dolor por momentos, pero a la larga debilita más el cuerpo. Hay una hierba que crece en el pueblo más cercano. Es común. Se usa en infusión. No cura, pero ayuda a respirar mejor y reduce el dolor sin dañarlo.
James la observó con atención, como si la viera por primera vez.
—¿Y quién te enseñó eso?
—Nadie —respondió ella—. Leí lo que pude. Observé. Pregunté. Siempre quise estudiar medicina, pero mi padre… —calló.
—Te lo prohibió —completó James.
Grecia asintió. James soltó una risa baja, que terminó en tos. Se llevó una mano al pecho.
—Qué conveniente para el mundo —dijo cuando se calmó—. Entonces, señora mía, ¿qué propone?
—Puedo ir a buscarla —respondió ella sin dudar—. Volvería hoy mismo.
James no contestó de inmediato. Giró un poco el rostro hacia la ventana, pensativo. Luego levantó la voz.
—Jackson.
El mayordomo apareció casi al instante. Era un hombre de apariencia cuidada, no demasiado mayor. Tenía el cabello rojo recogido en una cola baja y vestía un traje oscuro, sencillo pero de buena calidad.
—Acompaña a la señora al pueblo —ordenó James—. Que regrese sin problemas.
Jackson inclinó la cabeza.
—Como ordene, señor.
Grecia dio un paso atrás.
—Volveré pronto —dijo, mirándolo.
James asintió.
—Te esperaré.
El carruaje avanzó por el camino de tierra mientras el sonido de los cascos marcaba un ritmo constante. Grecia observaba el paisaje por la ventanilla, aún procesando lo ocurrido.
—Mi nombre es Jackson —dijo el mayordomo después de un rato.
—Grecia —respondió ella—. Gracias por acompañarme.
—Es mi deber.
Ella lo miró de reojo.
—¿Cuántos médicos visitan al duque?
—Dos —respondió él sin rodeos.
—¿Y ambos recetan lo mismo?
—Siempre.
Eso le pareció extraño.
—¿La familia del duque viene a verlo?
Jackson tardó un segundo más en responder.
—Una vez por semana. Vienen con los médicos.
Grecia frunció el ceño. Sacó sus propias conclusiones.
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En otra parte del reino, Anabel despertó sola. La cama aún estaba tibia a su lado. Se incorporó despacio y tomó la bata que descansaba sobre una silla. Apenas terminó de ajustarla cuando la puerta se abrió.
Vladimir entró con una bandeja entre las manos.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días —respondió ella, sorprendida.
Él se acercó y dejó la bandeja sobre la mesa. Había pan, fruta, algo caliente que olía bien. Antes de que ella pudiera decir algo, Vladimir se inclinó y le dio un beso suave, breve.
Anabel se quedó quieta.
—Nunca… —empezó—. Nunca me habían tratado así.
Vladimir la miró con seriedad.
—Desde ahora no te faltará cariño.
Ella sonrió, pero luego su expresión cambió.
—Grecia… mi hija—murmuró—. Se casó sin quererlo.
Vladimir pensó un segundo.
—Podemos visitarla —propuso—. Si quieres.
Antes de que ella respondiera, la puerta se abrió de golpe. Edric entró con el rostro pálido y un periódico arrugado en la mano.
—Tenemos un problema —dijo.
—¿Qué pasó? —preguntó Vladimir.
Edric extendió el papel.
—La reina ha hecho un anuncio. Quien lleve tu cabeza será coronado como futuro rey. Plebeyo o noble. No importa.
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Muy lejos de allí, en el palacio, el príncipe arrojó una copa contra la pared.
—¡Es una locura! —gritó—. ¡Me estás dejando en ridículo!
Franchesca lo miró con frialdad. Se acercó y le dio una bofetada seca.
—Cualquiera que no sea Vladimir puede gobernar —dijo—. Lo que quiero es que nadie lo quiera. Y que su cabeza esté en mis manos.
El príncipe apretó los dientes.
—¿Y por qué no envías a padre? Antes era un gran guerrero.
Franchesca sonrió sin humor.
—Tu padre es un viejo —respondió—. Ya no está en eso ahora.
James se fue tranquilo haciendo casi todo lo q quería hacer con su pequeña esposa y protegiéndola hasta el final, ambos estaban enamorados y pidieron mostrarse y entregarse su amor completamente, Grecia aprecio y logro conocerlo aún más antes de partir, él se fue sin remordimiento y sin sufrimiento, se fue feliz y ella lo recordara x siempre pues espero q un bebé haya quedado ahí