Sofía y Nathan siempre fueron mejores amigos… hasta que una noche de impulso lo cambió todo. Ahora, atrapados entre secretos, rumores y un contrato absurdo que los obliga a casarse, deberán enfrentar emociones que nunca imaginaron.
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Noche de bodas
...CAPÍTULO 20...
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...SOFÍA RÍOS ...
La puerta del penthouse se cerró detrás de nosotros con un clic suave.
Demasiado suave para lo que acababa de pasar.
El vestido colgaba de mis hombros como si pesara toneladas, y el anillo en mi dedo me recordaba cada segundo que ya no había marcha atrás. Aflojé los zapatos apenas entré, dejándolos abandonados junto a la entrada.
Silencio.
Un silencio extraño.
No incómodo… pero sí cargado.
Nathan dejó las llaves sobre la isla de la cocina y se pasó una mano por el cabello, aún con el traje puesto, la corbata floja y esa sonrisa que había usado toda la noche para el mundo.
—Bueno —dijo, intentando sonar ligero—. Supongo que… oficialmente sobrevivimos a nuestra boda.
Solté una risa nerviosa.
—Nadie se desmayó. Eso es un logro.
—Carolina casi —respondió—, pero fue por el champán, no por nosotros.
Eso ayudó.
Un poco.
—¿Estás cansada? —preguntó en voz baja.
Asentí.
Pero no era solo cansancio físico.
Él me ayudó a quitarme los tacones, yo me reí cuando casi se tropieza con su propio pantalón. Hubo roces pequeños, manos que se encontraban sin querer, sonrisas suaves.
Nada forzado.
Nada incómodo.
Era… familiar.
Me senté en el sofá, mirando alrededor. Velas que alguien había encendido, flores que no recordaba haber pedido, y una botella de vino con una nota que decía “Por si la noche se pone rara”.
—Emma —murmuré.
—Cien por ciento —asintió Nathan—. Apostaría mi guitarra.
Nos quedamos en silencio otra vez.
Nathan respiró hondo.
—Sofi… antes de que esto se vuelva aún más incómodo de lo necesario, quiero decir algo.
Levanté la vista.
Él se sentó frente a mí, apoyando los codos en las rodillas, serio por primera vez en toda la noche.
—No tienes que hacer nada hoy —dijo—. Nada. Ni actuar, ni fingir, ni sonreír si no quieres. Esto… —se señaló a ambos— ya fue bastante para un solo día.
Tragué saliva.
—Gracias.
—Y para que quede claro —añadió, levantando una ceja—, no pienso cruzar ninguna línea si tú no quieres. No quiero que te sientas atrapada.
Eso me apretó el pecho.
—Nathan…
—Lo digo en serio —sonrió suave—. Te prometí que no haría de esto un infierno. Y pienso cumplirlo.
Me levanté despacio y me acerqué. Lo abracé sin pensarlo.
—Gracias por hoy —susurré—Por la canción… me encantó.
Él apoyó la barbilla sobre mi cabeza.
—Te amo, Sofi.
Las lágrimas me ardieron, pero no cayeron.
Nos separamos.
—Voy a cambiarme —dije—. Este vestido ya me odia.
—Justo lo que estaba pensando del traje —rió—Creo que me está cortando la circulación.
Entré a la habitación principal. Cerré la puerta.
Me quité el vestido con cuidado, dejándolo caer como si con eso pudiera soltar todo el día. Me miré al espejo: maquillaje intacto, ojos cansados, una mujer casada que aún no entendía cómo había llegado ahí.
Cuando salí, en pijama, Nathan ya estaba en el sofá, solo con unos pantalones de algodón, y con dos tazas de té.
—No había chocolate caliente —dijo—. Lo siento profundamente.
—Pésimo esposo —bromeé.
—Dame tiempo —respondió—Llevamos doce horas.
Nos sentamos uno al lado del otro, dejando un espacio prudente entre ambos.
—¿Sabes qué es lo más raro? —dije bromeando—Que hoy…por momentos… no fue horrible.
Nathan sonrió.
—Alta vara, señora Salles.
—No te emociones.
Reímos, casi toda la noche, recordando momentos lindos de nuestra infancia. Me recosté en su regazo mientras él tocaba mi cabello de forma tierna.
Nos preparamos para dormir sin prisas. Nos metimos en la cama, cada uno a su lado, respetando un espacio invisible que siempre había existido… hasta esa noche.
La oscuridad nos envolvió.
—Buenas noches, Sofi.
—Buenas noches, Nathan.
Cerré los ojos.
Intenté dormir.
Pero entonces vibró mi celular.
Era un mensaje de Alex:
¿Podemos hablar? Estoy en el lobby.
Sentí cómo algo se me rompía por dentro.
Decidí moverme con cuidado de la cama ponerme algo abrigado y salir agarrando el ascensor para bajar al lobby.
Alex estaba de pie junto a una de las columnas, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el suelo. Llevaba una camiseta oscura y una chaqueta ligera. Parecía… cansado. No solo físicamente. Cansado emocionalmente.
Cuando me vio, levantó la vista y algo en su expresión me hizo querer salir corriendo.
—Gracias por venir —dijo, con voz baja—No sabía si ibas a hacerlo.
—Yo tampoco sabía si debía —respondí, tragando saliva.
Hubo un silencio incómodo. Largo. Pesado.
—Te ves… hermosa—añadió finalmente—Supongo que hoy todos te lo dijeron.
Asentí, incapaz de sostenerle la mirada.
—Alex…
—No —me interrumpió, alzando una mano—Déjame hablar primero. Por favor. Si no lo hago ahora, no sé si podré hacerlo nunca.
Respiró hondo, como si se estuviera preparando para un golpe.
—Hoy te casaste con otro hombre —dijo—Con mi mejor amigo.
Hizo una pausa.
—Y lo peor no fue eso.
Sentí que el pecho se me apretaba.
—Lo peor fue darme cuenta de que, incluso ahora… sigo preguntándome qué hice mal.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Alex, yo…
—No, Sofía —repitió, esta vez con más firmeza, aunque su voz temblaba—. No me engañaste solo acostándote con él. Eso me dolió, sí. Pero lo que de verdad me destruyó fue que me miraras a los ojos durante meses y me dijeras que me amabas… sabiendo que había algo más.
Se pasó una mano por el rostro, frustrado.
—Me hiciste sentir como un idiota. Como el imbecil al que podías manipular mientras te acostabas con mi mejor a mis espaldas.
—Nunca quise lastimarte —susurré.
Alex soltó una risa seca.
—Nadie quiere, Sofía. Pero igual lo hacen.
Me miró por fin, directo a los ojos.
—No te odio, Sofía —hablo, con la voz rota—. Y eso es lo peor. Porque si te odiara, sería más fácil. Pero no puedo dejar de pensar que todo lo que tuvimos… fue real solo para mí.
Mis ojos se enrojecieron.
—¿Sabes qué es lo que más me duele? Que yo sí te elegí. Todos los días. Incluso cuando peleábamos. Incluso cuando estabas distante. Yo siempre te elegí.
Las lágrimas empezaron a caer sin control.
—Yo te amé —continuó—. No como un pasatiempo. No como una confusión. Te amé de verdad. Pensé que eras el amor de mi vida, pero me engañaste mirándome a los ojos y yo te creí. Todos los días.
Eso fue lo que me rompió.
—Lo siento —dije entre sollozos—. Lo siento tanto…
—Lo sé —respondió en voz baja—. Y eso es lo peor. Sé que te arrepientes. Pero el arrepentimiento no borra lo que pasó.
Se acercó un paso, lo suficiente para que pudiera sentir su presencia, pero sin tocarme.
—No te llamé para pelear —dijo—. Te llamé porque necesitaba cerrar esto. Porque si no lo hacía, iba a odiarte… y no quiero odiarte, Sofía.
Lo miré, devastada.
—Merecías algo mejor que esto —añadió señalándose—Y yo merecía la verdad.
Asentí, incapaz de hablar.
—Te deseo felicidad—dijo finalmente—. De verdad. Aunque no sea conmigo.
Se dio la vuelta sin esperar respuesta.
Lo vi alejarse por el lobby, y supe —con una certeza que dolía— que ese adiós era definitivo.
Subí al ascensor con las piernas temblando.
El reflejo del espejo me devolvió una versión de mí que no reconocía: maquillaje corrido, ojos enrojecidos, el anillo aún brillando en mi mano izquierda como una ironía cruel.
La conversación con Alex seguía repitiéndose en mi cabeza, palabra por palabra.
—No te odio, Sofía —me había dicho, con la voz rota—. Y eso es lo peor. Porque si te odiara, sería más fácil. Pero no puedo dejar de pensar que todo lo que tuvimos… fue real solo para mí.
Había sido honesto. Brutalmente honesto. Me habló de la humillación, de cómo las redes lo pintaban como un idiota, de cómo le dolía más la mentira que la traición física.
—Me engañaste mirándome a los ojos —dijo—. Y yo te creí. Todos los días.
Eso fue lo que me terminó de romper.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, sentí un nudo en la garganta. No quería estar sola. No podía.
Caminar hasta el penthouse fue casi automático, como si mi cuerpo supiera exactamente a dónde ir cuando mi mente ya no podía más.
Abrí la puerta en silencio.
Nathan estaba despierto, sentado en el sofá. Levantó la vista al verme y su expresión cambió al instante.
—Sofi… —dijo, levantándose—. ¿Qué pasó? ¿Dónde estabas?
No pude responderle.
Las palabras no salieron. En lugar de eso, me acerqué y lo abracé con una fuerza que no sabía que tenía. Me aferré a su pecho como si fuera lo único sólido que quedaba.
Nathan no preguntó más.
Solo me rodeó con los brazos.
Y ahí, justo ahí, me quebré.
Lloré contra su pecho, en silencio, con el cuerpo sacudiéndoseme. Él apoyó la barbilla sobre mi cabeza, respirando hondo, como si también estuviera tratando de sostener algo que se le iba de las manos.
—Tranquila… —murmuró—. Estoy aquí.
No fue amor.
No fue romanticismo.
Fue necesidad.
Necesidad de no sentir.
De apagar el ruido.
De dejar de pensar en Alex, en la culpa, en lo que había perdido para siempre.
Cuando levanté la mirada, nuestros ojos se encontraron. Había cansancio, confusión… y una ternura algo peligrosa.
Nathan me acarició el rostro, dudó un segundo.
—Sofi… —susurró, como si aún quisiera darle la oportunidad de detenerlo.
Pero yo no quería detener nada.
Lo besé.
No fue un desesperado. Nathan respondió con la misma manera, cargándome con sus brazos, como si supiera que en ese momento yo buscaba pasión y olvido. Rodeé su cintura con mis piernas en respuesta y deslicé los dedos entre las hebras de su cabello, aferrándome a él como si fuera el único ancla capaz de mantenerme a flote.
Esa noche, no fue deseo lo que me llevó a su cama.
Fue el miedo a estar sola.
Fue el dolor aún fresco.
Fue la necesidad desesperada de no sentir.
Solo éramos dos personas tratando de anestesiar heridas que no sabían cómo cerrar y en algún lugar muy profundo, supe que siempre había usado un clavo para sacar otro…
y que eso, tarde o temprano, también me pasaría factura.