Diodora vive en Hermich, un pueblo pobre y olvidado, donde a veces un pan al día es todo lo que hay para sobrevivir. Entre las artesanías que vende, guarda un secreto que nadie debe conocer; recuerda otra vida, con conocimientos imposibles para este mundo.
Un día, un comerciante le ofrece un saco de fertilizante. Pero lo que Diodora descubre es mucho más que eso; cacao, un tesoro desconocido capaz de cambiar el destino de su familia y abrir un futuro nuevo. Sin embargo, un solo error bastaría para que la acusen de bruja y la condenen al fuego.
Y mientras lucha por mantener su secreto, un hombre misterioso aparece dispuesto a protegerla... Siempre y cuando comparta con él lo que nunca nadie ha probado, el chocolate.
¿Hay un mundo donde no exita el chocolate?
Junto a Diodora, volverá a nacer el postre más aclamado de todos los tiempos.
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Capitulo 20
Diodora, aún con la camisa de Valtor cubriéndole el cuerpo, le explicaba con entusiasmo el proceso de cómo el licor y el chocolate podían convivir bien. Sin darse cuenta, su voz suave ya le había revelado su pequeño secreto.
— Entonces… ¿Los pueblerinos se emborracharán con el dulce? —preguntó Valtor con una sonrisa.
— Más o menos.—respondió ella, divertida— Depende de cuánto coman. Pero el toque de brandy le dará algo especial… Ya lo verás.
— Oye.—dijo él arqueando una ceja— Sin darte cuenta me dijiste tu secreto.
— ¿Ah?... ¡Cierto! —se llevó una mano al rostro, riendo nerviosa— Otra vez me inspiré más de la cuenta y te dije todo. ¿Prometes no decírselo a nadie?
— ¿Me ves cara de tener muchos amigos?
— Eres lindo.—soltó ella con naturalidad.
Valtor carraspeó, intentando ignorar el calor que esas palabras le provocaban. Se acercó despacio, y con una media sonrisa empezó a desabotonarle la camisa que llevaba puesta.
— Lo soy porque te he dejado ver eso de mí… —susurró— Pero también hay una parte más oscura que no conoce nadie. Solo te piensa a ti ¿Sabes?
Diodora se sonrojó, pero no retrocedió. Al contrario, sostuvo la mano de él.
— ¿Y si me deja ver esa parte? —murmuró.
Valtor rió por lo bajo, pero sus ojos permanecieron serios. Rozó los labios de ella con los suyos, apenas un toque, y luego se detuvo.
“No puedo... Si sigo con mi deseo de tocarla, no responderé por lo que podría hacer... No quiero aprovecharme"
Para él, Diodora no era solo deseo; era el único color en su mundo gris. Su pincel, su salvación.
Sin embargo, la calma duró poco. Valtor la abrazó de pronto, atrayéndola contra su pecho desnudo. Ella se aferró a su espalda, sintiendo la tensión de sus músculos, hasta que él habló en un tono bajo, casi triste.
— Diora… Debo regresar. Me escapé solo para verte un momento.
— ¿Está bien que hayas hecho eso? ¿No tendrás problemas con tu hermano?
— Que él se vaya al infierno. —respondió sin pensarlo— Lo único que me importa eres tú. Vale la pena arriesgarlo todo por verte. Ahora… Si eres tan amable, ¿Puedes devolverme la camisa?
Diodora se echó hacia atrás, y comenzó a desabotonarla con calma. Valtor, algo nervioso, le tomó las muñecas antes de que continuara.
— ¿Qué haces?
— Lo que me pediste.
— Sí, pero… No delante de mí.
Ella apartó la mirada y se levantó sin decir palabra. No comprendía el porqué, pero sintió una pulsada en el pecho. Para ella, aquello sonó a rechazo. Caminó hasta un árbol cercano y se cambió detrás, en silencio. El aire entre ambos se volvió pesado. Cuando terminó, le lanzó la camisa sin mirarlo.
— Aquí tienes. —dijo, seca, con una voz que delataba su molestia.
Valtor la atrapó, desconcertado.
— ¿Qué ocurre? —preguntó acercándose.
Diodora giró apenas el rostro, lo justo para que él notara el brillo herido en sus ojos.
— Nada… Solo pensé que quizás te avergüenza verme. No soy perfecta ni delgada como las mujeres que conoces.
Valtor frunció el ceño. En ese instante se odió un poco a sí mismo. Entendió que sus palabras habían despertado en ella una inseguridad que no merecía.
— Diora.—dijo con voz baja— No quiero que te cambies frente a mí porque si lo haces, no podría dejarte ir hasta satisfacer mis más oscuros deseos... —La abrazó por detrás, respirando su aroma dulce, ese que le recordaba al chocolate y licor.— Ninguna mujer me ha gustado hasta que te vi por primera vez. Para mí, eres perfecta… Incluso cuando estás enojada.
Diodora lo miró de reojo
— Tal vez malinterpreté las cosas.—admitió— Lo siento.
— No te disculpes.—dijo él, besándola suavemente en la mejilla— Prometo que haré que jamás dudes de lo que eres.
Luego, la besó de nuevo, apenas un roce, y se apartó con un suspiro.
— Ahora regresa al pueblo, antes de que me arrepienta de dejarte ir. Y Diora… Un día antes de que vengas a Dorkar, escríbeme. Aseguraré tu ruta y te llevaré a mi fortaleza.
Ella asintió en silencio y se marchó entre los árboles. Valtor la siguió con la mirada hasta que su figura desapareció entre la niebla, llevándose consigo todos los colores del día.
De vuelta a su caballo, respiró hondo y emprendió el regreso. Tres horas más tarde, la reja de Dorkar se levantaba, dejando pasar al príncipe fugitivo.
El aire dentro del castillo era difícil de respirar. Caminó por los pasillos hasta la sala de entrenamiento para tomar un arco y una flecha; iba de caza. Allí, una figura colgaba boca abajo de una cuerda, ensangrentada por la nariz. Valtor no mostró sorpresa. Sabía lo que era ese castigo; él mismo lo había vivido una vez.
Se acercó y, sin decir palabra, cortó la cuerda. La chica cayó al suelo con un golpe seco. Era la misma joven del arco, la torpe aprendiz. Tosió, recuperando el aliento, y alcanzó a ver solo la sombra de Valtor alejándose por el corredor.
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Los días pasaron en Hermich.
Diodora ya tenía todo preparado para su viaje a Dorkar; equipaje, recetas y la determinación de enfrentarse a un público exigente. William insistió en acompañarla; no pensaba dejarla viajar sola, y además, nadie conocía el chocolate como ellos.
— Cuídate mucho. Tu hijo y yo te estaremos esperando. — le dijo Violeta, con el bebé en brazos.
— Los veré pronto. —respondió William, besando la frente de su esposa y acariciando al pequeño— La panadería quedará cerrada hasta mi regreso.
— Vamos, padre. —dijo Diodora con una sonrisa— Tenemos trabajo que hacer, y esta vez el público será más difícil de convencer.
Él rió, cargando el último saco de cacao a la carreta.
— ¿Ah sí? ¿Y qué clase de público enfrentaremos?
Diodora lo miró por encima del hombro, con ese brillo travieso que William conocía tan bien.
— Primero tomaremos de rehén al Rey de Aroth.
William se quedó mudo un segundo… Y luego soltó una carcajada que resonó por todo el camino.
— Que chistes los tuyos, Canelita... Que chiste... Es broma ¿Verdad?