En la efervescente Buenos Aires colonial, donde el dominio de poder se pierde en las redes del amor, la obsesión y la lucha de clases. La posesión colisionan en una época de profundos cambios y un latente anhelo de libertad.
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Capítulo 20 : Un mundo nuevo
La noche cayó sobre la hacienda como un manto pesado y silencioso. Águeda avanzaba entre las casillas, con el corazón martilleando contra sus costillas. La ausencia de Esperanza en las siembras, su lugar de encuentro sagrado, había dejado un hueco gélido en su pecho. Al llegar a la precaria casilla y divisar la silueta de la joven sobre una manta, el aire regresó a sus pulmones en un suspiro entrecortado.
Se deslizó entre las telas que colgaban como fantasmas en el paso y se arrodilló junto a ella. Con una delicadeza que desafiaba sus manos curtidas por el trabajo, Águeda apartó un mechón de cabello de la frente de Esperanza. Al quedar el rostro al descubierto bajo la luz pálida de la luna, una punzada de angustia le recorrió el espinazo: los hematomas florecían en la piel joven como flores oscuras y crueles. No hacían falta palabras; el rostro de Esperanza era el mapa de una jornada cruel.
A la mañana siguiente, Esperanza despertó con el cuerpo rígido y adolorido. Cada movimiento le arrancaba un gemido silencioso. Se incorporó con esfuerzo y sobre una cesta cercana, vio frutas frescas. Supo de inmediato quién las había dejado allí. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Águeda siempre la había reprendido por comer los frutos destinados a los amos, y sin embargo, esta mañana le había dejado una canasta con algunos de ellos. Aquella canasta no era solo alimento, era un acto de rebelión silenciosa, un sacrificio de amor de quien siempre había predicado la prudencia.
El día comenzó como siempre. Esperanza se dirigió a la casona, se lavó lo mejor que pudo, se puso el uniforme y puntual, se presentó en la cocina para iniciar sus labores. Carlota colocaba la gran pava de hierro sobre el fuego para preparar el cocido cuando habló sin siquiera mirarla.
—No terminaste bien el día, por lo visto.
Esperanza no respondió. Bajó la mirada.
Carlota suspiró, tomó un pequeño frasco y comenzó a preparar un ungüento.
—Necesito hacer unas compras —dijo mientras trabajaba—. Faltan algunas especias para la señora. Irás conmigo.
—¿Qué…? ¿Yo? —El nudo en el estómago de Esperanza fue inmediato. Jamás un esclavo había salido de la hacienda. Nunca había cruzado esos muros que marcaban el límite de su mundo.
—Aún no han traído a las nuevas mujeres, así que necesito que me acompañes.
Los ojos de Esperanza se iluminaron, incrédulos, como si temiera que aquella oportunidad se desvaneciera al parpadear.
Caminaron juntas por el sendero central que conducía a las afueras de la hacienda. Esperanza iba unos pasos detrás de Carlota, con el corazón desbocado y la mente llena de temores.
—Si la gente se da cuenta de que soy una esclava… —murmuró.
Carlota la interrumpió sin detenerse.
—Estás vestida como una sirvienta de la casa, no como una esclava. No te preocupes. Están demasiado ocupados para pensar en eso.
Esperanza apretó las manos contra la tela de su uniforme y siguió caminando. Por primera vez, el mundo parecía abrirse ante ella, aunque fuera solo por un instante.
El trayecto se transformó en un asalto a los sentidos. A lo lejos, la imponente estructura del Cabildo se alzaba como un gigante de piedra blanca bajo el sol, mientras el eco lejano de cascos de caballos y gritos de júbilo llenaba el aire. Esperanza sentía que el corazón le bailaba en el pecho; cada paso la alejaba de la monotonía de la hacienda y la sumergía en un universo vibrante.
El río se extendía como una sábana de plata en el horizonte, y el aire traía una mezcla embriagadora de aromas: pan recién horneado, cuero curtido y el salitre del agua. A su paso, desfilaba un ejército de pregones: el velero con sus velas colgando, el aguatero ofreciendo el frescor de la mañana y los puestos de especias que hacían estornudar a los transeúntes. Damas de alta alcurnia, envueltas en encajes y sedas, descendían de carretas barnizadas, ajenas al polvo del camino.
Por un instante, el viento que soplaba desde el Río de la Plata le acarició el rostro, soltando algunos mechones de su cabello. Esperanza cerró los ojos y sonrió, una expresión tan pura que parecía haber olvidado el dolor de sus heridas. Se sentía parte de un sueño, una habitante más de aquel mundo de colores.